Todas las entradas de: Enrique Martínez Lozano

Semana 15 de julio: LO QUE SOMOS, EN UNA METÁFORA

        Me parece claro que la única cuestión decisiva, de la que pende todo lo demás, no es otra que comprender la respuesta adecuada a la pregunta “¿quién soy yo?”.

          De cara a facilitarla, quiero proponer una metáfora. Cuando vemos una sala, nuestra mente tiende a identificarla por los objetos que percibe en ella: las paredes, el techo, las columnas, las puertas y ventanas…, en definitiva piensa que la sala es un conjunto cerrado y delimitado que contiene determinados objetos.

          La realidad, sin embargo, es bien diferente: lo que define a la sala no es nada de aquello, sino sencillamente el espacio, que es lo único que permanecerá cuando todo lo demás se venga abajo. Al aparecer los objetos citados, surge con ellos una forma concreta que el espacio adopta, pero la entidad real que hace posible la sala es justamente ese mismo espacio. Y este no es en absoluto diferente del que se halla “fuera” de la sala: en realidad, se trata siempre del único y mismo espacio, que las paredes levantadas no separan en absoluto, por más que sea esa la impresión que percibe nuestra mente.

          Como ocurre con la sala, también a nosotros mismos tendemos a definirnos por los objetos que nuestra mente percibe: el cuerpo, los pensamientos, los sentimientos, las emociones, las reacciones, nuestra biografía… Y sin embargo, todo ello está cambiando constantemente, mientras que hay “algo” en nosotros –aquello que somos– que permanece. Eso que permanece inalterable es justamente el espacio en el que aparece todo lo demás, la espaciosidad consciente que constituye el fondo o realidad última de todo lo que es y de donde brotan, sostenidas por ella, todas las formas.

          El hecho, accesible a cualquiera, de poder observar todo aquello que reconocemos en nosotros –cuerpo, mente, psiquismo, historia…– es signo evidente de que no somos nada de ello. Como en el caso de la sala, aquello que no se ve es lo que hace posible que aparezca lo que nos resulta perceptible.

          Si en aquel caso nos preguntábamos qué es lo que queda cuando desaparecen todos los objetos (paredes, tejado, columnas, puertas, ventanas…), al referirnos a nosotros mismos, podemos hacernos unas preguntas similares: ¿qué es lo que permanece cuando vemos lo que cambia en nosotros?; ¿qué es eso que observa y no puede ser observado?

          La respuesta es evidente: en el caso de la sala, el espacio; en nosotros, la consciencia o presencia consciente.

          Una vez comprendida nuestra identidad, cualquier otra cuestión queda automáticamente “recolocada” en el marco adecuado.

         La indagación siempre conduce al mismo resultado: la clave radica en comprender lo que somos y vivir en conexión consciente con ello. Todo lo demás –diría Jesús de Nazaret– “se nos dará por añadidura”.

Semana 15 de julio: TEXTO ADVAITA

Tú y yo somos Uno.

Tu vida cósmica y yo somos Uno.

Tú eres el océano y yo la ola: somos Uno.

Tú eres la llama, yo la pavesa: somos Uno.

Tú eres la flor, yo el perfume: somos Uno.

Tú eres el padre, yo el hijo: somos Uno.

Tú eres la amada, yo el amante: somos Uno.

Tú eres el amante, yo el amado: somos Uno.

Tú eres el espíritu, yo la naturaleza: somos Uno.

Tú eres el amo, yo el siervo: somos Uno.

Tú eres la madre, yo el hijo: somos Uno.

Tú eres el maestro, yo el discípulo: somos Uno.

Y como Tú y yo somos Uno: lo fuimos y lo seremos para siempre.

Semana 8 de julio: RELACIONES Y APRENDIZAJE

Las relaciones interpersonales, en todos sus niveles –de vecindad, de parentesco, de amistad, de pareja-, pueden ser fuente de gozo o bien constituir un campo minado de dificultades.

          Un elemento fundamental que genera sufrimiento en las relaciones es el “guion” con el que el ego se maneja. Según él, los otros están ahí para complacerme. En consecuencia, resulta inevitable que, cada vez que tal expectativa no se cumple, aparezca la frustración y, con ella, el enfado, la ira o el abatimiento.

          Solo podremos salir del sufrimiento abandonando aquella expectativa o creencia errónea, gracias a la comprensión, la cual nos ofrece dos claves decisivas en toda esta cuestión:

  • Los otros no están para complacerme, sino para ayudarme a aprender.
  • Los otros –como yo– hacen siempre lo mejor que saben y pueden, por lo que carece de sentido la culpabilización.

¿Qué es lo que necesito aprender a partir de lo vivido en las relaciones?

Tal vez, tres cuestiones básicas:

  • Conocerme y aceptarme tal como soy, integrando la sombra que había reprimido, ocultado o negado. En las relaciones se me hace patente que todo aquello que me altera de los otros se encuentra en mí sin aceptar y, con frecuencia, sin ni siquiera conocerlo.
  • Crecer en amor incondicional hacia mí. Todos mis enfados y frustraciones que nacen en el campo relacional son, en realidad, expresión de un grito que pide amor. Sin ser consciente de ello, estoy pidiendo a los otros el amor –aprecio, reconocimiento, comprensión…– que yo mismo soy incapaz de darme. El hecho de no recibir lo que espero puede constituir una oportunidad preciosa para desarrollar en mí aquel amor incondicional que reclamo de los otros y que, aun sin darme cuenta de ello, me hace vivir mendigando afecto.
  • Crecer en comprensión de mi verdadera identidad. De un modo u otro, todo aprendizaje culmina en este, que me permite contestar adecuadamente a la pregunta primera: ¿quién soy yo? Porque no hallaré luz ni paz hasta que no encuentre, por experiencia propia, la respuesta adecuada: soy no-separado de los otros. Más allá de las formas diferentes –o “disfraces” en que se expresa– todos compartimos la misma y única identidad; la nuestra es una identidad compartida, Eso que sostiene todas las formas y que en todas se expresa.

Semana 8 de julio: IGNORANCIA Y SUFRIMIENTO

IGNORANCIA

“La ignorancia es el desconocimiento de la verdadera naturaleza de las cosas” (Matthieu Ricard, En defensa de la felicidad, Urano, Barcelona 2005).

Cuando hablamos de ignorancia, no nos referimos en absoluto a la estupidez. En cierto sentido, la ignorancia es muy inteligente, pero se trata de una inteligencia de sentido único. Es decir, que solo reaccionamos a nuestras propias proyecciones en lugar de ver simplemente lo que es (Chögyam Trungpa, Más allá del materialismo espiritual, Edhasa, Barcelona 1999).

La ignorancia consiste en tomar como verdaderas las proyecciones que hace nuestra mente, en lugar de ver la verdad de lo que es. Detrás de tal engaño, se esconde el principio, también erróneo, que nos hace creer que “mis pensamientos son la realidad”.

SUFRIMIENTO

        Al ser nombrado rey de Persia, pidió a su tutor que escribiera la historia de los hombres, para ayudarlo así en su tarea de gobierno. Después de consultar a los sabios, y tras varios años de estudio, se presentó al rey con 36 volúmenes. El rey le pidió algo más breve, porque no disponía de tiempo para leer tanto. Después de un plazo, los redujo a 9 volúmenes. También le parecieron excesivos. Tras otro tanto tiempo, los resumió en un solo volumen. Le volvió a pedir que le llevara el resumen en unas páginas. Y así se dispuso a hacerlo. Cuando el tutor volvió, encontró al rey en cama, muy gravemente enfermo; se había hecho ya muy anciano.

          — ¿Y bien? –murmuró el rey, entre la vida y la muerte–, ¿cuál es la historia de los hombres?

          Su tutor lo miró largamente y, en vista de que el soberano iba a expirar, le dijo:

       — Sufren, señor.

EL PELIGRO DE IDENTIFICARNOS CON EL EGO

      Cuando nos identificamos con el yo (ego), nos transformamos, sin darnos cuenta, en monos enjaulados, airados o deprimidos, eufóricos o vanidosos…; en cualquier caso, permanecemos en la ignorancia de quienes somos, con lo que, inevitablemente, generamos confusión y provocamos sufrimiento.

Semana 1 de julio: VERDAD-ALEGRÍA, MENTIRA-SUFRIMIENTO

Es verdad lo que produce alegría serena.

Es verdad lo que calma la mente.

Lo que hace sufrir es mentira: sufrimos porque estamos creyendo un pensamiento falso, una lectura engañosa o equivocada de lo real.

Debido al hecho de haber crecido identificados con nuestra mente, damos por hecho que es real todo lo que vemos a través de ella, que las cosas son tal como la mente las percibe. En consecuencia, terminamos creyendo nuestros propios pensamientos… Y ahí radica la gran locura que engendra confusión y sufrimiento.

Cuando me creo mis pensamientos, sufro; cuando no me los creo, no sufro.

Cuando creo un pensamiento que discute con la realidad, estoy confundido.

Todo el sufrimiento procede de discutir con lo que es.

Ni yo soy mi mente, ni mis pensamientos son la verdad. Mis pensamientos no tienen tanto que ver con la realidad, cuanto con mis propios condicionamientos de diverso tipo. Son estos patrones grabados en mi mente los que generan constantemente las interpretaciones o etiquetas que coloco sobre todo lo que acontece, dentro y fuera de mi persona.