NADIE PUEDE VIVIR POR TI

Comentario al evangelio del domingo 8 de noviembre de 2026

Mt 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los Cielos se parece a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!». Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas». Pero las sensatas contestaron: «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis». Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron en el banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: «Señor, señor, ábrenos». Pero él respondió: «Os lo aseguro: no os conozco». Por lo tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

NADIE PUEDE VIVIR POR TI

La parábola no habla de egoísmo ni de resistencia a compartir, aunque parezca expresarse de ese modo. El acento está puesto en la necesidad de vivir “despiertos” —con atención— en todo momento. Y eso solo puede hacerlo uno mismo. Nadie puede vivir por ti.

Porque, en realidad, de eso se trata: no de esperar un “fin del mundo” en el que vendrían a pasar cuentas sobre nuestro comportamiento para dar premio o castigo —esa es solo una lectura mítica del texto—, sino de vivir conscientes en cada momento.

Vivir conscientes equivale a vivir en la comprensión de lo que realmente somos, no girando en torno al yo —a sus necesidades y a sus miedos—, aunque sea necesario acoger y gestionar unas y otros, sino anclados en esa Realidad sin nombre a la que tenemos acceso en el silencio de la mente.

En la práctica del silencio experimentamos que el yo se hace a un lado, por lo que dejamos de buscarnos como tal yo y de vivir para —y en función de— él. Debido a la poderosa inercia que nos lleva a identificarnos con él, será necesario todo un entrenamiento diario para revertirla y, de ese modo, poder vivir conscientes, con las “lámparas encendidas”.

LA CULPA COMO PROTECTOR

    Sabemos bien, quizás porque la hemos experimentando en carne propia, que la culpa es una creencia errónea de efectos devastadores. Una creencia, con frecuencia grabada a fuego en nuestro psiquismo, que viene a decirnos: “tú no eres como deberías ser”. Ni siquiera hizo falta que tal creencia nos fuera inoculada de manera explícita, pero lo cierto es que, cada vez que sufrimos por no habernos sentido reconocidos, fue arraigando y creciendo en nosotros la idea de que éramos inadecuados. A partir de ahí, esa creencia pudo llegar a envenenar y contaminar toda nuestra existencia.

     Ahora bien, reconociendo que ese fue el origen de la creencia culposa, hay otro modo de acercarnos a ella, que puede resultar efectivo y liberador: entender la culpa como “protector”, por utilizar un término que propone el modelo IFS (“Internal Family Systems” o “Sistemas de familia interna”), cuando, desde una perspectiva psicológica sistémica, se refiere a las “partes” que pueblan nuestro mundo interno. (Además de los “protectores”, las otras partes a las que se refiere el modelo son los “exiliados” y el “Self” —Sí-mismo o Yo profundo—).

      Para entender adecuadamente la propuesta que planteo aquí con respecto a la culpa, así como al modelo IFS en su conjunto, remito al libro recién publicado “Armar con acierto nuestro puzle interno y entender la mente para vivir sin sufrimiento” —que trabajamos durante el curso anterior en los encuentros bimestrales realizados en Pamplona y que es objeto de los encuentros quincenales de este curso 2026/27: las charlas de esos encuentros pueden encontrarse en nuestro canal de Youtube, en este enlace—, así como al anterior “Vivir sin culpa. Reconocer la inocencia, descansar en la confianza”. En el texto que sigue, me voy a referir únicamente a la cuestión de la culpa, vista desde esa perspectiva, porque me parece un asunto de mucho calado, por un doble motivo.

La culpa como “creencia madre” del círculo del sufrimiento

          Por un lado, la creencia en la culpa —entendida como creencia de ser “inadecuado”, de no ser suficiente como soy, de no ser como debería ser— es la “creencia madre” de la que se derivan luego toda una serie de creencias que sostienen, alimentan y refuerzan el círculo del sufrimiento. Creencias como estas, que actúan de manera consciente o, peor aún, sin que lo advirtamos, porque se hallan ocultas todavía en nuestro inconsciente: “Mi cuerpo no es adecuado”, “mi inteligencia no es suficiente”, “no puedo mostrarme vulnerable”, “solo puedo ser feliz si todo el mundo me aprueba”, “la vida es hostil”, “tengo que estar a la defensiva”, “necesito controlar todo al máximo”, “las personas no son de fiar”…

       Por otro lado, porque me parece igualmente importante acertar con el modo adecuado de tratar con la culpa, con el fin de liberarnos de ella. Si la creencia en la culpa se halla en el origen mismo del círculo del sufrimiento, no podremos salir de él, mientras la culpa siga activa —o, peor aún, enmascarada— en nosotros. En este sentido, me parecía que esta aclaración que os comparto podría facilitar el modo de vivir el “diálogo” con la culpa como protector.

¿Cómo nos relacionamos con nuestro mundo interior?

          Empecemos desde el principio, con una pregunta en el origen mismo del cuestionamiento a esta forma de plantear las cosas: si resulta evidente que la culpa es una creencia errónea de efectos devastadores, ¿cómo se nos ocurre presentarla como protector?

          Para situar la cuestión en su contexto adecuado, quizás sea bueno empezar poniendo luz en lo que suele ser nuestro modo habitual de funcionar. Con demasiada frecuencia, a veces incluso sin advertirlo, vivimos creando conflictos en nuestro mundo interno, sobre todo cuando aparece en él algo que nos molesta, no nos gusta o, simplemente, no entendemos. De entrada, en lugar de aceptarlo, sentirlo y poner luz en ello, lo que solemos hacer es evitarlo, no querer verlo, rechazarlo o reprimirlo. Lo que conseguimos con ello es sentirnos interiormente fragmentados, habitando una oscuridad que cada vez se nos hace más insoportable y generando sufrimiento inútil. El motivo es muy fácil de reconocer: nos negamos a aceptar y mirar de frente nuestra verdad. Esa negación, de cualquier forma que se viva, es la que crea el conflicto.

          El camino no pasa por rechazar —negar o evitar— nada de lo que hay en nosotros, sino por aceptarlo y abrazarlo, siendo conscientes de que el horizonte no consiste en llegar a ser “perfectos”, sino completos. La aceptación de toda nuestra verdad nos hace humildes y, en consecuencia, nos humaniza. (Ambos términos, igual que “humor”, provienen de la misma raíz latina: “humus”, que significa “tierra fértil”).

          Por lo que se refiere específicamente al tema de la culpa, una mirada superficial cree encontrar sobrados motivos para rechazarla de plano, negarla o intentar vencerla a fuerza de voluntarismo perfeccionista. Se trata de actitudes, todas ellas, que, aunque planteadas con la mejor intención, no solo no alcanzan el objetivo propuesto, sino que hacen vivir en un doloroso conflicto interior.

La culpa como protector

          La mirada adecuada ante la culpa parece ser otra y consiste en verla como un protector. Su objetivo no es otro que el de hacer de mí “un buen chico” que, logrando hacer todo perfecto, consiga ser aceptado, valorado, querido y reconocido.

          Ahora bien, si la culpa, más allá de su apariencia primera y más allá también de los efectos que puede llegar a producir, es un protector, la respuesta acertada ante ella —como ante cualquier otro protector— no puede ser otra que la gratitud. Lo que le agradezco, de corazón, es su voluntad de protegerme y su interés por buscar mi bien. Porque ese es, en realidad, el objetivo que busca la culpa, el mismo que seguramente tenían nuestros padres y educadores: que fuéramos “buenos chicos” para que todo nos fuera bien.

          Sin embargo, siendo ese su objetivo, el problema que complica todo es la información que la culpa maneja, porque será precisamente tal información la que produzca efectos radicalmente contrarios a los deseados. Por eso, es muy importante detenerse y entender qué ocurre con esa información y, en general, con la información que manejan los protectores.

          Para empezar, tal vez sea necesario caer en la cuenta de que los protectores —la culpa entre ellos— no nacen sabiendo ni tienen una información que les ha caído del cielo. La recibieron de lo que fueron viendo en nuestras experiencias más tempranas, es decir, aprendieron a tratarnos del mismo modo como nos trataron —o nos sentimos tratados en su momento por— nuestros cuidadores primarios, fundamentalmente nuestros padres. De ahí —aparte de pautas que provengan de generaciones anteriores— extrajeron los protectores la información con la que se habrían de manejar posteriormente, a lo largo de nuestra existencia. Esto explica por qué los protectores guardan tanto parecido con nuestros propios padres y/o educadores.

La información equivocada que maneja la culpa

          En concreto, la información que maneja la culpa, en cuanto protector, es radicalmente errada en estos puntos:

  1. Parte de un error de base: “Eres malo”.
  2. Olvida que ser humano significa poder equivocarse.
  3. Me sigue viendo —así nos ven los protectores— como el niño indefenso que fui.
  4. Cree que puedo llegar a ser perfecto, y eso es lo que me va a exigir —igual que me exigían mis cuidadores— en todo momento.
  5. Cree que la aprobación y el reconocimiento de los otros hay que «ganárselos» a fuerza de hacer todo perfecto, por lo que fácilmente conduce a una dinámica que lleva a cuidar, por encima de todo, la mera imagen o apariencia, fortaleciendo así la construcción de un “yo ideal”, tan inconsistente como falso y distorsionador.
  6. Cree que el método más eficaz para lograr que sea perfecto es el castigo, lo cual explica que produzca en mí sentimientos tan dolorosos como la soledad, la angustia, la indignidad, la vergüenza, el autorreproche, el enfado contra mí, la decepción de mí mismo… Cree que, haciéndome sentir todo eso —hasta ese punto se ha inoculado en nuestra cultura la necesidad del castigo—, conseguirá que yo cambie y me porte según lo que considera la forma “adecuada”. Por eso, cada vez que no lo haga, volverá el castigo.

El camino es el diálogo

          Pues bien, en el diálogo con la culpa, aparte de agradecerle su interés por protegerme y tratar de asegurarme la aprobación de los demás, esa es la información que necesita ser actualizada, o mejor, confrontada y traída a la verdad de lo que somos.

          ¿Cuá es el camino para actualizarla? No es el enfado contra el protector, tampoco la lucha ni el voluntarismo perfeccionista, que no conseguirán sino reforzar y alimentar la información equivocada.

          El camino adecuado no puede ser otro que el diálogo, presentándome ante ella, no solo como la persona adulta que soy en la actualidad —los protectores siguen viéndonos siempre como los niños indefensos que éramos en su momento—, sino en mi verdadera identidad, como plenitud de consciencia e inocencia original. Más allá de límites, carencias y errores, en nuestra identidad profunda somos plenitud. Desde ahí, me hago cargo del niño herido —exiliado— que la culpa buscaba proteger y, tras hacerlo, invito a la culpa a que pueda soltar su papel, porque ya no es necesario.

          Cuando eso ocurre, no solo dejo de estar fusionado (fundido) con ella, sino que experimento espaciosidad, amplitud, descanso, serenidad, gozo, libertad interior, disponibilidad, amor… Y toda la energía que se consumía para forzarme a dar la imagen de un “niño bueno”, incluso “perfecto”, queda liberada, lo cual me permite vivir con más soltura y apertura, dejando que la vida se viva en mí.

          Os dejo, finalmente, una guía posible para vivir el diálogo con la culpa como protector:

GUÍA PARA EL DIÁLOGO CON LA CULPA COMO PROTECTOR

  1. Visualiza una situación en la que se activó la culpa en ti.
  2. ¿Dónde te encuentras en mi cuerpo?
  3. ¿A qué exiliado proteges (de qué me proteges)? ¿Qué temes que pasaría si no lo hicieras?
  4. Te agradezco de corazón tu interés por protegerme.
  5. Pero necesito actualizar tu información: ¿qué edad te parece que tengo? Hoy no soy aquel niño/a indefenso/a; soy una persona adulta. Y tengo derecho a equivocarme y a no ser perfecto/a.
  6. Más aún, en lo profundo, soy plenitud y todo está a salvo.
  7. Quiero decirte que hoy me hago cargo del exiliado/a.
  8. Así que te invito a soltar tu papel.
  9. Nota qué experimentas cuando lo hace.
  10. Para terminar: ¿A qué vas a dedicar ahora tu energía?

Nota final: ¿Por qué me parece valioso el modelo IFS?

          Me parece un modelo valioso y útil, sobre todo por cuatro motivos:

  1. Por la visión que ofrece del ser humano, una concepción antropológica que me parece centrada y positiva.
  2. Porque soy testigo de su eficacia transformadora cuando se trabaja con perseverancia.
  3. Por su visión sistémica. De hecho, esta perspectiva sistémica se ha ido incorporando, con una terminología u otra, a todas las corrientes y escuelas psicológicas y en los acompañamientos psicoterapéuticos. Me atrevería a decir que, en la actualidad, todo acompañamiento psicoterapéutico eficaz asume esta perspectiva sistémica.
  4. Porque el modelo unifica y afronta, simultáneamente, el trabajo psicoterapéutico de los que, a mi modo de ver —si se entienden bien—, constituyen los dos “núcleos” del mismo: la integración del niño o niña interior y la integración de la sombra, al plantear el trabajo (liberación) de los “exiliados” (niño herido) y sus “cargas” —dolor, soledad, miedo, tristeza y vergüenza— (sombra).

Enrique Martínez Lozano.

Zizur Mayor, 1 de noviembre de 2026.

«ARMAR CON ACIERTO NUESTRO PUZLE INTERNO»

NUEVO LIBRO

ARMAR CON ACIERTO NUESTRO PUZLE INTERNO

Y ENTENDER LA MENTE PARA VIVIR SIN SUFRIMIENTO

A Ana, porque, viviéndote en verdad y en bondad, supiste armar,
de manera tan bella, tu puzle interno.

La mayoría de las personas son otras personas.
Sus pensamientos son las opiniones de otra persona, sus vidas son un plagio,
y sus pasiones un eslogan.
Oscar Wilde.

 En cada uno de nosotros hay otro a quien no conocemos…
El privilegio de una vida es convertirte en quien realmente eres.
Carl Jung.

La unidad en el espacio del psiquismo es una quimera mientras no nos conozcamos a nosotros mismos, pues nuestros “yoes” superficiales son múltiples. No solemos caer en la cuenta de que conviven en nosotros “yoes” distintos, cada cual con creencias e impulsos diferentes, porque transferimos nuestro sentimiento ontológico de unidad al plano psicológico.
Mónica Cavallé.

La falta de paz interior —en realidad, todo malestar emocional—
denota que estamos más o menos fusionados con un pequeño yo
—protector o exiliado—.
Cuando se produce la defusión de todos ellos
 —cuando dejamos de identificarnos con el yo—,
lo que queda es espaciosidad, descanso, libertad, gozo y amor.

ÍNDICE

Prólogo, de Esther Fernández Lorente

Introducción. Armar el puzle: vivir lo que somos

1. Entender, acoger y trascender la mente
Mente: riqueza y límites
Más allá de la antropología pesimista y del paradigma monomental
Tu mente no puede saberlo, pero nunca te ha faltado nada
Ejercicio 1.1. Cómo me relaciono con mi mente

2. Las piezas del puzle
Un juego de exiliados y protectores
Una primera aproximación a los protectores
El lugar de la consciencia
Lo que ocurre cuando no ponemos atención
Ejercicio 2.1. Reacciones desproporcionadas, protectores extremos y exiliados básicos
Ejercicio 2.2. Conocer mis protectores extremos y mis exiliados básicos
Los actores en acción: una sesión de psicoterapia

3. Aproximación a nuestro modo de funcionar y proceso de defusión
En la superficie más visible
Cuando un sentimiento disfuncional toma el mando
Despertares dolorosos e involuntarios
Protectores que no lo parecen
El niño herido (exiliado) que vive en nosotros
Ejercicio 3.1. Acercarnos a nuestros yoes internos: los protectores
Ejercicio 3.2. Acercarnos a nuestros yoes internos: los exiliados
Ejercicio 3.3. Mapeo inicial de mis protectores y mis exiliados

4. Claves básicas para acoger y liberar a protectores y exiliados desde la consciencia que somos
Acoger, agradecer y liberar a los protectores
Seis rostros concretos de protectores
Dialogar con los protectores (1): la rumiación
Dialogar con los protectores (2): la ansiedad
Dialogar con los protectores (3): el crítico interno
Acoger y rescatar al niño herido y liberar al niño original
Seis rostros concretos de niño herido
Dialogar con los exiliados (1): el yo abandonado
Dialogar con los exiliados (2): el yo avergonzado
Dialogar con los exiliados (3): el yo desvalorizado
El fruto de la liberación: descanso, espaciosidad, libertad y transformación
Ejercicio 4.1. Dialogar con los protectores
Ejercicio 4.2. Dialogar con los exiliados
Ejercicio 4.3. Acoger al niño/a herido/a cuando aparece en la vida cotidiana

5. Reconocer la consciencia y vivir sabiéndonos ella, acogiendo nuestra realidad completa
Más allá de lo observado, la pregunta por eso que observa
La experiencia solo es posible gracias a la consciencia
El proceso de separación o defusión del yo
La consciencia acoge y abraza todo lo que en ella aparece
Ejercicio 5.1. Convivir de manera consciente con los propios yoes
Ejercicio 5.2. Situarse en la consciencia, comprender a protectores y exiliados y vivir lo que realmente somos
Ejercicio 5.3. Práctica meditativa para anclarse en la consciencia y vivir la defusión
Ejercicio 5.4. Cuando el yo se hace a un lado

6. De reaccionar a responder: un caso práctico donde aparecen todos los actores
Adictos a la reactividad
Acoger al niño herido al que quería proteger la reactividad
En la comprensión cesa la reactividad
Ejercicio 6.1. ¿Reacción o respuesta?
Ejercicio 6.2. Del yo a la consciencia
Ejercicio 6.3. Práctica meditativa: guía para acceder al silencio

Epilogo. Cuando el yo se quita de en medio

Pequeño glosario

 

PRÓLOGO, de Esther Fernández Lorente

           A lo largo de estos días, trabajando la sugerente propuesta que Enrique Martínez Lozano nos ofrece en este libro, me he acordado de una persona con la que compartí una etapa del camino hace ya unos años; le gustaban mucho los puzles. El mejor regalo que le podíamos hacer era uno de esos con infinidad de piezas diminutas que extendía sobre la mesa. Aquello era un caos de formas y colores que ella iba agrupando siguiendo los tonos dominantes antes de comenzar la labor del ensamblado.

          Me encantaba ver su atención durante horas, a lo largo de varios días, observando cada pieza, la singularidad de sus detalles, de sus huecos, su relieve y también su parecido con otras para ir armando partes sueltas que tenían el mismo color o compartían algunos matices concretos. Iban apareciendo así pequeñas islas sobre la mesa con imágenes inconexas: un ojo azul, un cuadro de flores violetas, un perrito marrón sobre fondo gris, el sillón verde con la manta naranja… Todo enmarcado por las piezas laterales ya armadas.

          Porque mi amiga comenzaba siempre por esas piezas más sencillas con caras lisas que, con mayor facilidad, encontraban su lugar en las esquinas y en las líneas exteriores. Por eso, se movía de la periferia hacia el centro armando posteriormente esas islas de imágenes aparentemente desconectadas entre ellas, pero con la coherencia interna de colores que iban dibujando formas reconocibles que flotaban dentro del marco. Con mirada muy atenta a los detalles, encontraba, más tarde, los fragmentos que las entrelazaban. Así, iba apareciendo, pieza a pieza, esa hermosa imagen que siempre había estado ahí, oculta al principio en el caos, desenfocada a veces en esa parte que no encajaba y que ocupaba durante algún tiempo toda la atención, esa hermosa imagen intuida, pero carente de sentido en las piezas inconexas durante el proceso.

          A lo largo de estas páginas me he sentido invitada a seguir dedicando tiempo y espacio al autoconocimiento poniendo la atención en las partes que iban surgiendo de mi propio puzle interior, las que me cuesta aceptar y me hacen sufrir: patrones de conducta destructivos (evitativos o compensatorios) para mí o para los demás, emociones desproporcionadas que me inundan, a veces, ocupándolo todo y que me hablan de creencias limitadas muy profundas sobre mí misma, de heridas y carencias…; también en esas partes que transparentan mi ser profundo y me llenan de alegría y compasión.

          Me he sentido invitada por las palabras de Enrique y las prácticas que propone a poner una atención amorosa en cada una de ellas. Las he visto como islas aparentemente inconexas en ocasiones e incluso opuestas en algunos casos, partes de mi ser que compartían colores y rasgos, conductas y emociones, pero que a veces parecían no conocerse o vivir en aparente lucha e incluso rechazarse mutuamente. He querido mirarlas más allá de su apariencia, escucharlas, acogerlas y descubrir, desde el amor a la verdad, las piezas de las que estaban hechas, esos hilos tal vez de desconfianza, de evitación del dolor, de búsqueda de control y/o perfección, de miedo a que se tambalee la fachada, piezas que protegían la propia imagen de insuficiencia u ocultaban la propia luz a veces temida. También he contemplado piezas de creatividad, cariño y hondura, piezas de gran belleza y calidez.

          El marco que ha ido facilitando la construcción de este puzle es la relectura profunda y clara de la IFS (Sistemas de Familia Interna) que Enrique va desarrollando a lo largo de este libro. Este marco me ha posibilitado, como a mi amiga, hacer un viaje de la periferia al centro ayudada por el andamiaje de prácticas y cuestionarios. Pero, sobre todo, y dando un paso más allá, algo a lo que Enrique nos tiene acostumbrados, me ha regalado la experiencia de realizar este camino anclada en el Ser, de poder contemplar mi entramado psicológico desde la experiencia de la Consciencia que soy, desde la bondad, verdad y belleza que me constituyen, más aún, desde la unidad que me vive y me sustenta.

          Se me ha regalado, pieza a pieza, la comprensión de que esa integración armoniosa que se va construyendo o, mejor dicho, desvelando, no es el fruto de eliminar o bloquear lo que nos duele o nos genera sufrimiento. Esa imagen integral es el resultado de “andar en verdad”, como diría Teresa de Ávila, de nuestra disposición a ver y sentir todo lo que se da desde la aceptación, de nuestra disposición a transitar el gozo y el sufrimiento con una gratitud profunda a la vida que quiere desplegarse en nosotros y nosotras, aunque a veces, en nuestras creencias limitadas, lo haga por caminos equivocados.

          Se me ha regalado la comprensión de que ya somos, en lo más profundo, aquello que se va desvelando y de que la atención amorosa es la herramienta de trabajo más poderosa para armar con acierto nuestro puzle interno, para la integración de nuestro ser: atender y amar lo que se muestra sin juicios, atender y amar incondicionalmente desde la Consciencia que somos y, como dice Enrique, siempre está a salvo, atender amorosamente para más vida y vida en abundancia.

 

INTRODUCCIÓN

 ARMAR EL PUZLE: VIVIR LO QUE SOMOS

          A partir de las experiencias de comprensión que se me regalaron en el año 2005, me quedó claro que nuestra única “tarea” no era otra que vivir lo que (ya) somos, y así lo intenté plasmar, con las luces que entonces tenía, en el libro que lleva ese mismo título[1].

          Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer a simple vista, tal tarea no es fácil. Requiere, como todo lo humano, de la aportación de la psicología y de la espiritualidad. Solo el concurso de ambas permite una articulación adecuada de nuestra paradoja, abrazando y teniendo en cuenta, en todo momento, las dos dimensiones -personalidad e identidad- que nos constituyen.

          Me parece claro que la mencionada tarea únicamente será posible desde la comprensión de lo que somos, comprensión que, de manera simultánea, habrá de ir acompañada de un proceso psicológico de unificación y armonía.

          Ambas condiciones me remiten a la imagen del puzle. Por lo que la tarea de vivir lo que somos viene a coincidir con aquella otra de armar con acierto nuestro puzle interno. Y ahí se descubre que, justo en la medida -y solo entonces- en que se arma adecuadamente ese puzle, se produce el despliegue de lo que somos de una manera armoniosa.

          Armar el puzle requiere, de entrada, conocer las piezas que lo constituyen y el modo como se articulan entre sí. Tanto el olvido de alguna como la ignorancia de la interrelación entre ellas hacen que la tarea se vea abocada al fracaso.

          Desde que fui consciente de todo esto, no he cesado de buscar y de proponer herramientas pedagógicas que facilitaran este trabajo y garantizaran un avance cierto. Y en esa búsqueda he encontrado una propuesta que me resulta especialmente llamativa por su potencia pedagógica. Me refiero al modelo propuesto por el Internal Family Systems Institute (IFS)[2], de orientación sistémica, fundado por Richard C. Schwartz.

          Ha sido justamente el reconocimiento, en mi propia persona, de su capacidad y eficacia pedagógica, lo que me ha llevado a recurrir a él, sirviéndome de sus claves básicas -aunque introduciendo perspectivas nuevas y ampliando el marco de referencia-, para articular esta propuesta, con el objetivo de favorecer el trabajo psicológico y espiritual que hace posible vivir lo que somos[3].

          Desde esta introducción deseo subrayar una característica de IFS que me resulta tan acertada como valiosa: la afirmación de que “no hay partes malas” en nosotros[4], sino que cada una tiene un porqué y un para qué. En consecuencia, el modo adecuado de tratarlas pasa por el diálogo con ellas, como veremos a lo largo del texto, si queremos acertar a la hora de construir nuestro puzle interno.

          Siempre con la vista puesta en ese objetivo, y con la propuesta de IFS como trasfondo, divido este trabajo en los siguientes capítulos, cuyo contenido comento brevemente.

En el capítulo 1, empezaré ofreciendo unas claves para entender, acoger y trascender nuestra mente. No olvido lo que alguien me enseñó hace ya muchos años: la mente te tratará de la misma manera que tú la trates a ella. De ahí, la importancia de acogerla, amorosa y respetuosamente, al mismo tiempo que buscamos entender su modo de funcionar. Pero, como veremos, no se trata únicamente de entenderla, sino que es necesario trascenderla -cesar en la identificación con ella y reconocerla como lo que es: una herramienta-, si no queremos perdernos en la ignorancia -y, en consecuencia, en la confusión y en el sufrimiento inútil- desde el mismo inicio. Es obvio que el simple hecho de poner luz en ello, desmontando creencias tan arraigadas como falsas, proporciona la actitud adecuada para llevar adelante todo el trabajo.

En el capítulo 2, me detendré en la exposición de las diferentes “piezas” que nos constituyen, y que IFS divide en una triple categoría: protectores, exiliados y self. Por mi parte, y sobre la base también de mi propia experiencia -entendiendo el self como una instancia psicológica, por más que sea considerada netamente positiva y “sana”-, incorporo de manera expresa la consciencia, porque, por un lado, remite de manera directa e inmediata a nuestra identidad última; y por otro, evita cualquier equívoco de partida, al mostrar que nos estamos refiriendo, no a una instancia psicológica más, sino a la realidad transpersonal y no-dual, que no es una parte más ni tampoco la suma de las partes, sino aquella realidad estable y permanente que las constituye, las sostiene, las acoge y permite integrarlas armoniosamente en una unificación creciente[5]. Por decirlo brevemente y con una clara intencionalidad pedagógica, la consciencia -lo que realmente somos- es aquello que observa todas las partes y no puede ser observado. Así pues, en lo concreto, hablaré de exiliados, protectores, self y consciencia[6]. Los llamados exiliados se agrupan, según otro esquema explicativo de la persona, en la figura del niño interior herido, mientras que los protectores -sean preventivos o reactivos- no son sino los diferentes mecanismos de defensa, que se activan automáticamente en el instante mismo en que aparece dolor.

Clarificados esos elementos, podremos acercarnos a entender nuestro modo habitual de funcionar (capítulo 3), aportando claves que nos permitan vivir de una manera más ajustada y coherente[7], como consecuencia de acoger y liberar a nuestros protectores y exiliados (capítulo 4).

Subrayaré a continuación la importancia decisiva de entrenarnos en permanecer en la consciencia -o mejor, en dejar que viva en nosotros la consciencia que somos-, creciendo en desidentificación del yo (capítulo 5), lo cual nos permite vivir, no reaccionando, sino respondiendo a lo que el presente nos trae en cada momento (capítulo 6). Me resulta evidente que solo ese entrenamiento constante, unido al trabajo psicológico que se precise, irá haciendo posible vivirnos, de manera consciente, no en la mente ni en el yo -adonde nos empuja la inercia que arrastramos-, sino en la consciencia que somos. La práctica, en concreto, pasa siempre por poner la atención en eso que es consciente para que, de ese modo, el yo se quite de en medio (Epílogo) y, en consecuencia, pueda brillar ante nosotros lo que siempre es y somos. Solo así, es posible armar con acierto el puzle completo.

El libro se cierra con un Pequeño glosario, que he creído oportuno incluir, con el fin de delimitar el sentido de los términos más relevantes que aparecen en el texto. Por ese motivo, me atrevo a sugerir la conveniencia de empezar por ahí la lectura del libro[8]: conocer de antemano el significado del vocabulario utilizado facilitará, sin duda, entender lo escrito.

Con el declarado objetivo de crecer en comprensión, a lo largo del texto compartiré, tanto experiencias personales que puedan aportar luz, como ejercicios prácticos que favorezcan aterrizar y hacer operativas las claves que vayan apareciendo.

          El sufrimiento -no el dolor- nos muestra que, en mayor o menor medida, en nuestro interior nos hallamos escindidos. Tal escisión es consecuencia de heridas, carencias o temores no resueltos y de la ignorancia acerca de lo que somos.

          Para superar la escisión y responder al anhelo de unificación, necesitamos conocernos profundamente, confiar en nuestra guía interna y hacernos diestros en gestionar adecuadamente nuestro universo interior. Tres cuestiones, por cierto, a menudo olvidadas, cuando no absolutamente ignoradas, por la educación convencional, que refleja carencias básicas de nuestro medio sociocultural.

          En concreto, necesitamos conocer de primera mano las “piezas” que nos constituyen y aprender el modo sabio de relacionarnos con ellas para vivirnos armoniosamente, en un amor que, pacificándonos, nos unifica interiormente y nos despliega hacia los demás.

          La propuesta remite, por tanto, a un trabajo de autoindagación que permita experimentar por uno mismo, de primera mano, la realidad que nos constituye. Soltando creencias aprendidas, pero no verificadas por nosotros mismos, nos iniciamos así como “buscadores”, hasta que se produzca el reconocimiento inmediato de lo que realmente somos.

          En algunos ámbitos suele hacerse una distinción entre seguidores y buscadores. Las religiones -de manera particular, las teístas- promueven seguidores -hasta el punto de que, en su particular argot, se les denomina “fieles”[9]-, de quienes se espera que se mantengan aferrados a las creencias que la propia religión propone. Tal es el motivo por el que, en Occidente, los buscadores no han estado bien vistos: su actitud -como la de todo librepensador- despertaba recelos, al ser percibida como una amenaza para cualquier creencia. Aquel posicionamiento religioso se basa en la creencia -siempre una creencia- de poseer la verdad, lo cual impide reconocer que toda creencia no es sino una verdad prestada, una respuesta heredada, en definitiva, un conocimiento de segunda mano. Frente a la actitud sumisa de los “fieles” o seguidores, los buscadores, dejando de lado todo tipo de creencias, indagan por su propia cuenta para no aceptar sino aquello que ellos mismos pueden experimentar. Tienen en cuenta todas las voces, pero pasan todas ellas por el tamiz de la propia experiencia. Ahora bien, así como los seguidores tienden a asumir meras creencias, los buscadores fácilmente caen en el engaño de leerse en clave de carencia, lo cual los lleva a situar la verdad -la plenitud- en un horizonte futuro, más o menos lejano, al que aspiran llegar algún día. Pues bien, frente a ambas posturas, desde mi experiencia, la actitud adecuada es la de quienes podemos designar como “reconocedores”. Liberados de todo tipo de creencias religiosas -que mantienen los seguidores-, porque no se conforman con conocimientos de segunda mano, liberados igualmente de la creencia del buscador que lleva a imaginar la plenitud en el futuro, los reconocedores saben -han hecho experiencia de- que, en el plano profundo, todo es ya. Y no se precisa sino retirar el velo mental que deforma la realidad, para caer en la cuenta de la plenitud que somos y vivirnos desde esta consciencia. Ni seguidora ni buscadora, la persona despierta sabe que ya somos todo lo que buscamos y anhelamos; solo nos falta reconocerlo.

          No necesitas ser mejor de lo que ya eres. Solo necesitas conocerte en profundidad y crecer en habilidad para gestionar y armar tu complejo puzle interno. Celebraré que estas páginas puedan ayudarte a conseguirlo.

Deseo terminar esta introducción agradeciendo a tres personas amigas, excelentes conocedoras de la cuestión abordada en este libro y expertas en lo que podemos llamar “trabajo interior” -Fernando Tobías, Alberto Navarro y Esther Fernández Lorente-, que leyeran el borrador y me aportaran acertadas y valiosas sugerencias, que han enriquecido el texto. Muchas gracias de corazón. La última palabra de esta introducción es también de gratitud. Gracias a Esther por la joya que nos regala en forma de Prólogo hermoso y poético, “completo” en sí mismo, donde la prosa elegante del texto, el acierto en las imágenes utilizadas y la riqueza y profundidad del contenido se combinan de manera tan armoniosa como elocuente. Deseo que os dejéis atrapar por su belleza y movilizar interiormente por todo lo que es capaz de evocar.   

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[1] Vivir lo que somos. Cuatro actitudes y un camino, Desclée De Brouwer, Bilbao 2007.

[2] https://ifs-institute.com/

[3] De la misma manera que, hace ya un tiempo, me comprometí a no afirmar ni enseñar nada que no hubiera experimentado, tampoco propongo ninguna práctica, cuya eficacia no haya comprobado en mí mismo.

[4] Tal es el título de la obra de R. SCHWARTZ, No hay partes malas. Sanar el trauma y recobrar la plenitud con el modelo Sistemas de Familia Interna (IFS), Eleftheria, Barcelona 2021. Otro libro interesante, que me ha servido de inspiración en este trabajo es el de J. EARLEY, La terapia del Self, Eleftheria, Barcelona 2016. En esa misma escuela se sitúa el libro de M. SWEEZY, Internal Family Systems Therapy for Shame and Guilt, Guilford Press, New York 2023; y el de R. DE LA ROSA, Superar el trauma. Una nueva visión de la autocompasión, Kairós, Barcelona 2025.

[5] Sospecho que, en el modelo propuesto por IFS, entienden el self como sinónimo de consciencia. Por mi parte, sin embargo, prefiero afirmar la centralidad de esta de manera expresa y con toda nitidez. Tal como explicaré en su momento, aunque se refiera a la dimensión nuclear, dinámica y positiva de la persona, el self no deja de ser una instancia psicológica, es decir, un objeto más -y, como tal, observable- dentro del campo de la consciencia.  

[6] También más adelante me referiré al hecho de que el self es la plasmación de la misma y única consciencia en cada individuo particular. Esto explica que, al situarnos lúcidamente en la consciencia, ya somos remitidos de manera inmediata al self. En mi propuesta, como se irá viendo a lo largo de la exposición, el trabajo con protectores y exiliados se aborda, de manera explícita, desde la consciencia.

[7] Entiendo por “coherencia”, no la actitud que sería consecuente con los principios o creencias que se profesan -y que solo son constructos mentales-, sino la fidelidad a la consciencia que somos y que fluye a través de nosotros. En este sentido, la coherencia no nace de un esfuerzo voluntario, sino que, aunque en ocasiones lo requiera, es fruto de la comprensión experiencial.

[8] Pag. 209-220.

[9] Es de notar que no se habla de fidelidad a uno mismo -que sería el camino adecuado-, sino de -en teoría- “fidelidad a Dios” que, en la práctica, se materializa exigiendo fidelidad a las creencias o dogmas y, en último término, a la autoridad religiosa. Con lo cual, bajo el nombre de fidelidad, lo que se está promoviendo, en realidad, es sumisión. Lo cual queda reflejado, de manera impensada, incluso en el mismo lenguaje que distingue “pastores” y “rebaño”.