GALAPAGAR (MADRID): «Vivir sin culpa» (2ª Parte), 16 – 18 de octubre

Taller de psicología y espiritualidad

VIVIR SIN CULPA
2ª Parte:
Nadie es culpable, pero somos responsabilidad transpersonal

La culpa es una creencia errónea de efectos devastadores. Al ser una creencia, nos liberamos de ella gracias a la comprensión, que nos permite, por un lado, entender ese fenómeno mental y, por otro -todavía más importante- comprender qué es lo que realmente somos.
Desde ahí, nos plantearemos tres cuestiones:

  • ¿Cómo pasar de la culpabilidad -infantil, errónea e insana- a la responsabilidad adulta y transformadora?
  • ¿Por qué afirmamos que nunca nadie es culpable? ¿Qué significa eso?
  • ¿Cómo tratar con la culpa que, a pesar de todo, aparece? 

Las respuestas a esas cuestiones nos mostrarán que nadie es culpable, que somos responsabilidad transpersonal (no egoica) y que hay un modo sabio y eficaz de tratar con la culpa, que nos libera de ella y nos conecta con nuestra inocencia original.

Nota: Es posible participar con provecho en este encuentro, aun sin haber hecho la 1ª Parte.
Acordaos de llevar papel y boli.

INDICACIONES PRÁCTICAS:

Fechas:
16 (20 hs) – 18 (15 hs) octubre 2026

Lugar: 
Casa de Espiritualidad «Santa María». Institución Javeriana.
C/ Navalonguilla 10. GALAPAGAR (MADRID).
www.javerianas.net/galapagar
Ubicación

Información e inscripciones:
secretaria@smg.fjaverianas.com
91.858.44.14 // 620.060.175

DE LA INDIFERENCIA A LA RESPONSABILIDAD

Comentario al evangelio del domingo 2 de agosto de 2026

Mt 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”. Ellos le replicaron: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Les dijo: “Traédmelos”. Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se lo dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

DE LA INDIFERENCIA A LA RESPONSABILIDAD

El yo vive en función de sus necesidades, por lo que adopta una actitud egocentrada. En cierto modo, divide toda la realidad en dos bloques: “yo” y “lo que no es yo” —de hecho, esa es la perspectiva que adopta a la hora de entender el mundo.

Sobre esa base, se entiende que se mantenga en la indiferencia ante los otros. Y, en casos más extremos, sea incapaz de vivir la empatía y la compasión, como ocurre cuando, con mucha frecuencia, vive un deslizamiento hacia algún nivel de narcisismo.

Solo en la medida en que el yo empieza a ser trascendido, a través de él pueden pasar actitudes, gestos y comportamientos caracterizados por el amor. En ese momento, lo que era indiferencia se torna responsabilidad. Ese es el giro que, en el texto que leemos hoy, Jesús les hace dar a los discípulos. Frente a su despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”, Jesús contesta: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer”.

Al dejar de identificarnos de manera absoluta con el yo, se produce una apertura a los otros, que no nace de una voluntad moral, sino de la comprensión de lo que somos. Cuando comprendo que el otro, siendo diferente, es lo mismo que yo, se abre camino en mí la empatía, tal como la expresaba Terencio en el siglo II a.C.: “Soy humano y nada humano me resulta ajeno”. Cuando la comprensión nos moviliza, brota la compasión, llevándonos a vivir la llamada “regla de oro”, presente en todas las grandes tradiciones sapienciales: “Trata a los demás como te gustaría ser tratado por ellos”. Porque se ha comprendido que todo otro es no-otro de mí.

EL TESORO ESTÁ YA EN NOSOTROS

Comentario al evangelio del domingo 26 de julio de 2026

Mt 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y lo compra. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra. El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien esto?”. Ellos le contestaron: “Sí”. Él les dijo: “Ya veis, un escriba que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo de lo antiguo”. 

EL TESORO ESTÁ YA EN NOSOTROS

La mirada de la mente es miope y reductora. Incapaz de traspasar el nivel de las formas, las absolutiza, reduciéndonos a nosotros mismos e una forma más, al identificarnos con el yo. A partir de ese error de origen, es inevitable que la lectura que hace sea autorreferencial y en clave de carencia. Dado que nos ha identificado con el yo, solo cuenta aquello que le ocurra al yo. Será bueno o malo aquello que, respectivamente, lo sostenga o lo amenace. Y dado también que percibe al yo como radicalmente necesitado, creerá que su plenitud se halla “fuera” —¿dónde?—, introduciéndonos en una carrera tan ansiosa como estéril.

Frente a la lectura mental, las personas sabias recuerdan constantemente que ya somos lo que buscamos. Que somos la plenitud anhelada y que el tesoro, no solo no está lejos, sino que constituye nuestra misma identidad. Solo nos falta caer en la cuenta y reconocerlo. Esa es la propuesta de todo el llamado “camino espiritual”, que toma forma de invitación: “Conoce lo que eres”, descubre tu verdad.

Ciertamente, no se trata de un camino exento de dificultades ni de trampas. Porque puede asumirse aquella afirmación como una creencia más, sin haberla experimentado. Y porque, si antes se absolutizaba el mundo de las formas como si fuera el único, ahora se puede caer en el engaño de absolutizar el Fondo común, ignorando o despreciando las formas.

El camino espiritual es un camino sencillo y sutil: nace de una vivencia experimentada, que da como resultado una mirada afinada. Y aporta la comprensión que contiene la clave y el secreto de toda la existencia: somos el tesoro que siempre hemos buscado, intentándolo atrapar. Aun experimentándonos en una forma necesitada, limitada, frágil y carenciada, somos plenitud que se desborda.

EL ERROR DE LOS PLANTEAMIENTOS DUALISTAS

Comentario al evangelio del domingo 19 de julio de 2026

Mt 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo: pero, mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?». Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho». Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». Pero él les respondió: «No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero»”.

EL ERROR DE LOS PLANTEAMIENTOS DUALISTAS

Tal vez porque la mente es, por su propia naturaleza, dualista —ve la realidad como una suma de objetos separados—, los humanos tenemos tendencia a dividir la realidad en dos bloques contrapuestos: yo / los otros, buenos / malos, verdad / mentira, vida / muerte… Al hacer así, convertimos la polaridad —que es complementariedad— en dualidad o contraposición irreductible. A partir de ahí, se abre camino el enfrentamiento y la lucha en todos los niveles, sostenidos por un conflicto interno, que nace justamente de aquella equivocada lectura mental.

Quizás, el mejor modo de desenmascarar el error sea reconocer que las fronteras que delimitan el “trigo” de la “cizaña”   —por tomar la metáfora que propone el evangelio— no son externas, sino internas. No existe el “trigo” al margen o separado de la “cizaña”, de la misma manera que, en nuestra vivencia cotidiana, no hay bondad sin maldad, ni verdad sin mentira. No hay “buenos” y “malos”, a los que nuestra mente etiqueta según sus propios estereotipos. Todos nos debatimos entre bondad y maldad, entre verdad y mentira, entre “trigo” y “cizaña”.

Todo planteamiento dualista, antes o después, revela su falsedad, así como sus consecuencias funestas, en forma de juicio, descalificación del diferente, enfrentamiento, condena y castigo. Si miramos bien, advertiremos que todos ellos no son sino mecanismos de defensa que solo buscan sostener y fortalecer el propio yo, erigido en juez.

El motivo que explica su falsedad es fácil de reconocer: la realidad, siendo polar, es no-dual. Es solo una —“solo hay ser”—, desplegada en infinidad de formas. La mente es dual porque se queda meramente en las formas aparentes, incapaz de percibir el Fondo, único y compartido. Al contemplar ese Fondo, toda la mirada al mundo de las formas queda radicalmente modificada. Vemos lo mismo que antes, pero lo vemos de otro modo, porque estamos mirando desde otro lugar