Revista C’alma

Acaba de salir a la calle una nueva revista: «C´alma. Revista para la expasión de la consciencia».

Sus editoras la presentan con estas palabras:

«C’alma nace como un espacio de pausa en un mundo saturado de ruido: una revista que integra ciencia, psicología, filosofía, espiritualidad y arte para acompañar una vida más consciente. 
Cada número gira en torno a un tema que camina de la mano de la estación que lo enmarca, y se explora a través de voces expertas en cada materia: científicos, psicólogos, filósofos, terapeutas, maestros de tradiciones contemplativas… que prestan su conocimiento para pensarlo juntos desde el rigor y la sensibilidad».

Se trata de una revista de periodicidad cuatrimestral -cada número saldrá al inicio de cada estación del año-. En el primer número (otoño de 2026), que lleva por título «El arte de soltar», nos hacen una entrevista «a dos voces», sobre ese mismo tema, a Mónica Cavallé y a mí mismo.

Podéis ver toda la información sobre la nueva revista en su web: https://universocalma.com/

SOBRE LA AUTOAFIRMACIÓN

Comentario al evangelio del domingo 4 de octubre de 2026

Mt 21, 33-43

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: “Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados a los labradores para recibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo». Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”. Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos”. Jesús les dice: “¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

SOBRE LA AUTOAFIRMACIÓN

Las lecturas que hacemos de la historia suelen ser interesadas, porque, de manera consciente o no, buscamos que confirmen nuestra posición de hoy, es decir, que nos den la razón.

Es lo que hicieron aquellas primeras comunidades de discípulos —esas palabras no fueron pronunciadas por Jesús—, como modo de afirmar la verdad de su creencia (Jesús es la “piedra angular”) y de reconocerse a sí mismas como el nuevo “pueblo que produzca sus frutos”.

Hacernos conscientes de ese modo de funcionar por el que buscamos la autoafirmación a toda costa, tendría que convertirnos en personas más lúcidas y más humildes.

Tanto cuando releemos la historia colectiva, como cuando reconstruimos nuestra historia personal o, simplemente, cuando dialogamos con otros, estamos tentados a priorizar, por encima de todo, la propia autoafirmación. No es raro que, como resultado, alimentemos la confrontación permanente o la crispación, haciendo inviable el encuentro real con quienes dialogamos.

La diferencia entre una afirmación sana —e imprescindible— y otra más o menos enfermiza consiste en que, en el primer caso, la autoafirmación de sí incluye necesariamente la afirmación de los demás. ¿A qué se debe que, para afirmarme yo, tenga que “rebajar” o descalificar a los demás? ¿Qué estoy buscando, en realidad, con ello?

LOS PECADORES Y LOS CUMPLIDORES

Comentario al evangelio del domingo 27 de septiembre de 2026

Mt 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». Él le contestó: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y dijo lo mismo. Él contestó: «Voy, señor». Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?”. Contestaron: “El primero”. Jesús les dijo: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni creísteis”.

LOS PECADORES Y LOS CUMPLIDORES

Atreverse a proclamar, en un estado teocrático, que los publicanos y las prostitutas se hallaban más cerca de Dios que los sacerdotes constituía un atrevimiento que no dejaría de ser gravemente castigado. Aunque no solo por ello —Jesús hizo de la denuncia del poder religioso uno de los ejes de su mensaje—, al Maestro de Nazaret acabaría costándole la vida. Porque no fueron los “pecadores” quienes hicieron ejecutar a Jesús, sino los sacerdotes del Templo en connivencia con los otros círculos de poder.

La denuncia de Jesús viene a subrayar que lo importante, lo que realmente cuenta, no es el estado de las personas, su rango, su clase, sus creencias, su ortodoxia o el cumplimiento de las prácticas religiosas…, sino la bondad del corazón.

Como es sabido, no se trata de la única vez que Jesús insiste en este punto. Al contrario, todo el relato evangélico se halla atravesado por este mensaje: desde la afirmación según la cual, “No todo el que me dice `Señor, Señor´ entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7,21-23) hasta las magistrales parábolas del samaritano compasivo (Lc 10,25-37) o del llamado “juicio de las naciones” (Mt 25,31-46), donde es puesto en entredicho el mero cumplimiento religioso, mientras se proclama, como criterio definitivo de verdad, la bondad compasiva y eficaz que cuida de las personas más vulnerables.

La Iglesia, como toda institución, busca personas “cumplidoras”, de la misma manera que los fariseos se jactaban de ser “observantes de la Torá”. Sin embargo, la insistencia en el “cumplimiento” religioso entraña el riesgo de vivir en función del “yo ideal” que, en la práctica, deriva en una inflación del ego, que se manifiesta en una actitud de superioridad, desde la que se ha tendido a juzgar y descalificar a quienes no “cumplían”, a los “no observantes”. Con lo cual, en una llamativa paradoja, el “cumplimiento” y la “observancia” venían, en la práctica, a alimentar el juicio y la condena. Es precisamente en ese contexto donde la proclama de Jesús muestra su acierto.

VOLVER A ÍTACA: EL VIAJE DE APRENDER A SER NADIE // Imanol Bacaicoa

Hay historias que nos ayudan a entender la vida. A través de los siglos siguen hablando de nosotros. La Odisea es una de esas obras, en la actualidad visualizada a través del cine. Narra la historia de un héroe que regresa a su isla, pero es la historia de cualquier persona que, tras perderse en mil circunstancias, descubre que su verdadera casa no está al final del viaje, sino en la forma de ver y actuar en el mismo.

Cuando su protagonista Odiseo se enfrenta al gigante Polifemo sucede una de las escenas mas impactantes del poema. El héroe decide llamarse “Nadie”. No es solo una argucia para escapar del cíclope sino una reacción inmediata para escapar del miedo del futuro. Y por ello, durante un tiempo deja de apoyarse en lo que representa su nombre, linaje y prestigio incluido. De tal modo que sobrevive cuando deja de actuar como “alguien” y sí como “nadie”.

Por eso esta escena ha fascinado tanto a filósofos y místicos. La propia identidad es necesaria para vivir en el mundo, pero también se convierte en nuestra prisión. Pasamos gran parte de la vida defendiendo una imagen de nosotros mismos: el ideal profesional que debemos ser, el éxito que deseamos alcanzar, el reconocimiento que buscamos en los demás y en todo lo que hacemos. Sin darnos cuenta, terminamos confundiendo la identidad personal con lo que verdaderamente somos.

Sin embargo, el anonimato de Odiseo dura poco. Cuando el barco ya se aleja de la costa, siente la necesidad de comunicar quién es realmente. Necesita que Polifemo sepa quién lo ha vencido. Ahí reaparece el ego con toda su fuerza: el deseo de ser visto, recordado y admirado. Y es precisamente ese gesto el que desencadena la larga persecución de Poseidón.

Las tormentas de la Odisea no son únicamente temores del destino o castigos divinos. Es nuestra propia historia  y se deben leer también como una imagen de nuestras propias resistencias. Cada vez que nos aferramos demasiado a una identidad, la vida acaba recordándonos que todo es más frágil y fugaz de lo que creemos. El mar de Poseidón nunca permanece quieto porque la existencia tampoco lo hace. Todo cambia, todo fluye, todo nos invita a soltar y vivir el duelo de la pérdida en la vida.

Por eso Ítaca es mucho más que una isla. Representa ese lugar interior donde dejamos de vivir pendientes del personaje que hemos construido. Allí el héroe ya no necesita demostrar nada. Ya no es el estratega admirado ni el rey victorioso. Es, sencillamente, alguien que ha aprendido a regresar sin mochilas pesadas que dificultan la vuelta.

 “Nadie es feliz. Quien pudiera ser nadie,
sin nombre, sin nadie que le busque ni le nombre,
libre de la memoria y la espera”.

No es un deseo de desaparecer, sino de descansar en aquello que es innombrable. Ser “nadie” significa dejar de cargar continuamente con la obligación de defender un personaje. Significa habitar en el presente sin que cada experiencia tenga que confirmar quiénes somos.

Es posible que esa sea la enseñanza más silenciosa de la Odisea. No viajamos para convertirnos en alguien extraordinario, sino para desprendernos poco a poco de aquello que nos impide estar en casa. Ítaca no es la recompensa del héroe sino el descubrimiento de que, tras el nombre y nuestra historia, hay siempre un lugar y un tiempo al que pertenecemos.

Y el viaje termina cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos y empezamos, simplemente, a vivir.

Imanol Bacaicoa.