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NUEVO LIBRO: “PRESENCIA”

A Ana, con quien día a día buscamos desvelar la Presencia que somos.

 “Cuando hay presencia, todo aquello que es ilusorio se desvanece, y lo que queda es real, vital y apasionadamente vivo. Eso es vida total; no mi vida, sino simplemente vida” (Tony Parsons).

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          El ser humano intenta avanzar, rodeado de fuertes antítesis que le impiden ver la esencia de la vida, encerrado en un laberinto de miedo y tensión que él mismo ha creado, y sin ser capaz de encontrar la salida.

En Presencia, Enrique Martínez Lozano nos invita a iniciar el largo viaje de vuelta a casa, a desandar el camino y a desaprender lo aprendido, con el único objetivo de lograr descubrir lo que realmente somos”.

Editorial San Pablo

ÍNDICE

 Introducción

1. El aprendizaje: venir al presente

Aprender a leer el malestar
¿Qué tiene el presente?
Nuestro mayor problema: la inatención y el efecto hipnótico
La salida del laberinto pasa por la atención
Desgajados de la vida: miedo y tensión
Venir al presente para reconectar con nuestra verdadera identidad

2. La comprensión: ¿qué es el presente?

Aquí y ahora: efectos manifiestos
El presente pensado y el instanteísmo
El tiempo no existe
Presente, atemporalidad, eternidad
 
3. La realización: vivir en estado de presencia

Del presente a la presencia: un estado de ser
Del yo que pensamos ser a la presencia que realmente somos
Presencia es no-dualidad
Nada y Plenitud
Solo ser: vivir en estado de presencia
La Presencia es

Anexo: Guía para pasar del estado mental al estado de presencia

  

INTRODUCCIÓN

 Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras” (San Juan de la Cruz).

 Pase lo que pase, sientas lo que sientas, pienses lo que pienses, nunca puedes dejar de ser lo que eres. Cambia y muere la apariencia (la personalidad); lo realmente real (la identidad) permanece. Aunque psicológicamente sientas estar desconectado de ella, eres siempre pura Presencia. Nos parece estar desconectados debido a una especie de hipnosis, en la que nos ha introducido nuestra identificación con la mente. Hipnotizados por ella, creemos que es verdad lo que pensamos, mientras no vemos lo que realmente es.

Comprender ese efecto hipnótico que nos hace olvidar lo que somos es condición para vivir todo lo que nos ocurre como oportunidad de “reconectar” de manera consciente con nuestra verdadera identidad: cualquier circunstancia, cualquier acontecimiento, incluso lo más trivial, podemos vivirlo como oportunidad para abrirnos a comprender un poco más lo que somos. En todo momento, cualquiera que sea el “lugar” adonde la mente te haya conducido, con el pretexto quizás de una circunstancia “adversa”, ven al presente y percibe el “fondo” último que se esconde detrás de la “forma” que ha aparecido en este momento. Notarás una quietud que transciende todo vaivén y, si mantienes la atención, no te será difícil percibir que esa quietud es tu verdad más profunda. Y que la percibes precisamente porque la eres.

Desde esa perspectiva ha surgido este libro, y así planteo el modo que me parece adecuado para leerlo: como una oportunidad para “recordar”, en cada paso de su lectura, quiénes somos. Porque “conectar” con ello y vivir ahí es sabiduría y liberación.

No hay juicio, no hay queja –ni contra los otros, ni contra ti, ni contra la vida-; hay solo Presencia manifestándose en todo, Presencia que es Eso ­–pura apertura consciente y atenta- que tú eres, más allá de la idea que tu mente se ha hecho acerca de ti pensándote como un “yo” separado.

La Presencia no es “algo” donde ir o que buscar, sino Eso que somos… Pero solo cuando conectamos conscientemente con ella nos es posible reconocer que estamos –siempre habíamos estado- en “casa”.

Todo lo que nos ocurre –decía- es una oportunidad para “reconectar”: salir del estado mental (habitual e hipnótico) –en el que nos identificamos con el yo- y reconocernos como estado de presencia. Y esa es la primera y radical invitación que quiero proponer al lector, con quien desearía mantener un encuentro en la misma (y única) Presencia que compartimos: sean cuales fueren las circunstancias y los movimientos –mentales o emocionales- que puedan estar manifestándose en este mismo momento, ábrete a conectar conscientemente con Eso que realmente eres. No la mente enredada en su incesante parloteo, ni el “yo” que juzga todo según como le afecta, sino la pura Presencia ecuánime que, como espaciosidad sin límite, acoge todo sin verse afectada por nada de ello. No quieras de entrada pensarlo ni entenderlo con la mente; simplemente, silencia el pensamiento y percíbelo.

Así empezamos a acercarnos a ese estado de consciencia que constituye lo que realmente somos. ¿Qué tienen en común una roca, un árbol, un perro y un bebé? Todos ellos son Presencia manifestándose o desplegándose. Lo que es –detrás de las variadas formas en que se manifiesta- es pura Presencia que, en el ser humano, deviene “autoconsciente”. Con el riesgo de que, debido a la apropiación, la mente lo olvide. Pero lo cierto es que, más allá del yo aparente o “personalidad” particular –cuerpo, mente y psiquismo-, somos esa misma Presencia, Eso que permanece mientras todo cambia, lo único realmente real.

Y esto no es una creencia. Prueba por un simple instante a acallar la mente y pregúntate qué queda. Advertirás que, una vez silenciado todo, lo que permanece es una desnuda consciencia de ser, es decir, pura presencia. Si te permites descansar en ella y saborearla, sin prisa, percibirás que has encontrado tu “casa”, tu verdadera identidad. El hecho de conectar con ella de manera consciente producirá en ti un cambio de estado de consciencia: has sido conducido del “estado mental” –en el que habitualmente nos movemos- al “estado de presencia”. En el primero, nos hallamos identificados con la mente, encerrados en ella como en una jaula y a merced de los movimientos mentales y emocionales, alejados de lo que constituye nuestra verdadera identidad. En el segundo, por el contrario, desaparece por completo la ilusoria “distancia” entre nosotros y el conjunto de lo real –llámese vida o ser- y recuperamos (psicológicamente) lo que nunca habíamos perdido, aunque nuestra mente nos hiciera creer lo contrario: nos experimentamos como plenitud de presencia.

Esa Presencia tiene una percepción inmediata y autoevidente de ser. Sabe que es. No a través de ningún raciocinio, sino de un modo directo, sé que soy. No soy nada que pueda pensar o nombrar, no soy ningún objeto capaz de ser observado y ninguna forma impermanente. Soy, por el contrario, Eso que es consciente, que atiende y atestigua; en definitiva, la Presencia una en –de- la que emergen todas las formas.

A diferencia del “yo” con el que solemos identificarnos y que, a su vez, es fruto de la identificación con algún objeto determinado, por lo que se halla sujeto a una permanente impermanencia, la Presencia es siempre idéntica a sí misma: solo ella, por tanto, puede constituir lo que denominamos nuestra “identidad”.

La Presencia tiene un sabor directo de sí misma. Y es su saboreo el que en nosotros abre las puertas a la sabiduría. La cual no consiste en otra cosa que en permanecer y mantener viva la conexión con la Presencia que somos. Todo lo demás vendrá de su mano. En el instante mismo en que nos reconocemos en ella, caen todas las confusiones en las que nos habíamos enredados y cesa toda búsqueda.

No soy el yo que, al percibirse como carencia, ansiosamente trata de compensarla, aferrándose a objetos de todo tipo o proyectándose en un futuro imaginado como respuesta a su búsqueda compulsiva. No soy el yo que “debe” esforzarse para llegar a adquirir una completitud que se le antoja inalcanzable. Soy la Presencia plena que late bajo el “yo” al que, en virtud del estado hipnótico controlado por la mente, me había reducido. La acción deja de verse como “algo que tengo que hacer” para completarme, y se vive sencillamente como expresión o despliegue de la plenitud que ya soy. La búsqueda ha terminado. Estoy en casa.

Ahora bien, si somos Presencia plena, ¿a qué se debe que vivamos con tanta frecuencia alejados de aquello mismo que nos constituye? Aunque volveré más adelante sobre ello, la respuesta me parece sencilla: tal ignorancia radical es consecuencia directa de la identificación con la mente. Al reducirnos a ella, dejamos de verla como una herramienta a nuestro servicio para confundirla con nuestra identidad. A partir de ahí, entramos en una especie de hipnosis: no solo percibimos la realidad reduciéndola a la estrecha perspectiva mental, sino que nosotros mismos nos definimos como un objeto más –otro ente separado- dentro de la infinidad de objetos que la propia mente delimita. A partir de ahí, la educación, la cultura y la sociedad no harán sino confirmarnos en aquella creencia, con lo que se fortalecerá hasta el extremo la identificación con el yo (mental).

Una vez identificados con el yo o ego, víctimas ya del efecto hipnótico, nos tomamos todo personalmente, uniendo nuestra suerte a lo que le ocurra a nuestro cuerpo o a nuestro psiquismo. Y aquel efecto llega a ser tan intenso que la mera alusión a nuestra verdadera identidad nos sonará hueca y, a la postre, ilusoria. La confusión no podía llegar a más: se juzga como ilusión lo real, y lo real como ilusorio.

Sin embargo, por más que la identificación haya alcanzado niveles extremos, es probable que, en determinadas ocasiones, escuchemos en nuestro interior la voz del anhelo que nos llama a casa. Quizás en medio de una crisis o tal vez en una experiencia de plenitud, alcanzaremos a oír el “eco” de la añoranza de Eso que realmente somos…, y que habíamos olvidado o proyectado fuera de nosotros en un mundo ideal, montado también por nuestra mente.

Es la “voz” del anhelo la que nos invita a desandar el camino y a desaprender lo previamente asumido, para abrirnos a la novedad y descubrirnos como Presencia. Así como al desconectar (psicológicamente) de ella nos entendimos radicalmente como vacío que exigía ser compensado, al “reencontrarla”, saboreamos la plenitud.

Lo que quiero compartir en estas páginas son unas pautas sencillas para lo que podría denominarse un trabajo de reeducación, que ayude a salir de la inercia de donde venimos –el “estado mental”- y conectar con lo que somos –el “estado de presencia”-.

Y me parece adecuado, por motivos pedagógicos, hacerlo en tres etapas, que nombro como aprendizaje, comprensión y realización. El aprendizaje no es otra cosa que la práctica que permite iniciar la reeducación, en un adiestramiento perseverante por venir al momento presente. Pero, debido a la tendencia mental a confundir el presente con el concepto de presente que la mente elabora, me parece necesario detenernos a comprender qué es el “presente” del que hablamos. Finalmente, ejercitados en la práctica y en la comprensión, podremos favorecer conscientemente lo que realmente importa: la vivencia o realización de la Presencia que somos y, con ella, el paso del “estado mental” al “estado de presencia”.

Como ha quedado dicho, se trata de un camino de regreso a la “casa” de la que –paradójicamente- nunca habíamos salido. Tal como acabo de formularlo, puede dar la impresión de que el sujeto de todo ello es el yo, pero en rigor no es así. Lo que solo es una ficción –o construcción mental- no puede ser sujeto de ninguna comprensión. En todo momento, el único sujeto es la Presencia que somos que, como consciencia que es, va desvelándose a sí misma hasta mostrar su rostro diáfano y pleno. No hay nadie que llegue al “estado de presencia” o se reconozca como tal; hay solo y únicamente Presencia haciéndose consciente de sí misma en las formas en las que se expresa.

Frente a la inexorable limitación e incluso ambigüedad del lenguaje, es preciso afirmar que no existe un yo que esté presente, o haga el aprendizaje de estar presente. Al contrario, donde hay presente, no hay yo. Solo hay –y todo es- Presencia autoconsciente.

No existe ningún hacedor individual, ningún yo que llegue a alcanzar la iluminación o estado de presencia. Todo es Presencia que se desvela. Pero tal Presencia no constituye –de nuevo, las lecturas mentales- algo “paralelo” que discurriera “al margen” de lo que somos. Más bien al contrario, Eso es lo que somos.

No soy el “yo” que mi mente piensa; soy “Eso” inefable que es el “Sujeto” de todo. Pero suele ser precisamente aquí donde el lenguaje nos engaña porque, aun sin darnos cuenta, se cuelan fácilmente esos “dos niveles” y surge la confusión.

Me parece importante subrayar este punto porque, en algunos ámbitos del heterogéneo movimiento New Age e incluso entre algunas personas que se mueven en lo que es considerado como “neo-advaitismo”, creo percibir una cierta confusión, de consecuencias negativas fácilmente constatables. Me refiero a aquella posición que, tras desenmascarar la ilusión del yo, termina negando cualquier tipo de consciencia y de responsabilidad, con el argumento de que no habría ningún sujeto portador de la misma. Las consecuencias no tardan en hacer acto de presencia: descuido de las formas, del trabajo (psicológico) consigo mismo y de la responsabilidad ante los otros y ante el mundo. De una manera sutil e inadvertida, utilizando incluso expresiones de los sabios, la sabiduría puede degenerar en cinismo: de hecho, quienes pregonan esta visión en poco se parecen a aquellos sabios cuya sola presencia resulta transformadora.

¿Dónde radica la trampa? Se trata, en mi opinión, de algo muy sutil. Es cierto que no existe ningún “yo” libre ni responsable que pueda “mejorar”. Todo es un despliegue de la consciencia en el que todos los yoes intervienen como personajes de la representación. Pero el sabio no habla de ese “yo”, sino de la consciencia (presencia) que constituye nuestra verdadera identidad. Ella es nosotros, y ahí todo encuentra encaje. No hay un yo hacedor y, sin embargo, todo se hace. No hay un yo protagonista y, sin embargo, todo es luz y creatividad. No hay apropiación y tampoco existe “alguien” libre, pero todo es libertad.

No existe tal cosa como un “yo” que viva en presente. La vivencia de la presencia no es otra cosa que la misma y única Presencia viviéndose a sí misma. No hay “nadie” que busque, decida o haga; nadie que se apropie de nada…, porque no existe tal cosa como un “yo” que fuera el (supuesto) sujeto de esas acciones. Todo es Presencia –Consciencia, Plenitud, Vida- que se expresa constantemente. Pero no soy “yo” quien lo ve, sino la misma Consciencia en “mí” (que es “yo”). Y esa es –así lo veo- la sabiduría de la no-dualidad: vivir la forma del día a día desde el “Fondo” que realmente somos, vivir en estado de presencia.

Indaga hasta el final –en realidad, es la misma consciencia la que indaga en ti-: ¿“Quién” o “qué” en ti percibe lo que percibes?, ¿“quién” o “qué” sabe lo que sabes?, ¿“quién” o “qué” es consciente? Y Eso que es consciente en ti, ¿no es lo mismo que Eso que es consciente en mí? Eso es lo que realmente somos. Dado que no es un objeto, es erróneo hablar de “mi” presencia o “tu” presencia… Es una y la misma Presencia en la que nos reconocemos -la idea de separatividad es solo una ilusión mental- y la que se vive en nosotros.

En contra también de lo que la mente pensaría, tal reconocimiento no induce a la pasividad o la indolencia. Más bien al contrario, es fuente de creatividad antes inimaginada y de cuidado amoroso de todas las formas. Lo que desaparece es la apropiación y los “debería”; todo es Presencia expresándose e iluminando la realidad completa, incluido nuestro psiquismo –con sus aspectos sombríos-, nuestras relaciones y nuestro mundo.

Con todo lo anterior, la invitación que sugería puede resumirse en una simple instrucción o propuesta: sal de la hipnosis mental y déjate conectar con la Presencia; ella sabe quién eres. Para ello, no te busques como “yo”, no caigas en la trampa de identificarte con él ni te tomes nada personalmente; más allá del yo, ábrete en todo momento a percibir la Presencia absolutamente íntima, de la que no te separa ni la más mínima distancia. Eres esa misma y única Presencia ilimitada y consciente.

Semana 12 de noviembre: TODO PASA

Tú no eres nada de lo que pasa; eres “Eso” en lo que todo pasa.
Sabemos que todo es impermanente, porque hay “Algo” que es estable.
Todo pasa, porque hay “Algo” que no pasa.
Lo real no cambia; lo que cambia no es real.

Un estudiante fue hasta su profesor de meditación y le dijo:
̶ ¡Mi meditación es horrible! Me distraigo completamente, mis piernas me duelen, o estoy constantemente quedándome dormido. ¡Es horrible!
̶ Ya pasará-, dijo irónicamente el profesor.
Una semana después, el estudiante volvió hasta su profesor:
̶ Mi meditación va de maravillas. Me siento tan consciente, tan apacible, tan vivo… ¡Es maravilloso!
̶ Ya pasará-, contestó irónicamente el profesor.

Es bueno recordar que todo pasa. Las emociones no son permanentes. Hay momentos de alegría y momentos de tristeza. El camino es aceptarlo como parte de nuestra naturaleza.

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Cuenta una leyenda que hace muchos años, un Rey de un poderoso reino convocó a sus sabios y consejeros, y les dijo:
— He encargado a mis joyeros un precioso anillo, en el que deseo grabar una frase que me ayude e inspire en mis momentos desesperados. Una frase que me ayude a tomar decisiones. Una frase que me ayude cuando me sienta perdido. Una frase que me ayude a ser un Rey más justo, sabio y compasivo
Sus asesores y consejeros, los sabios más cultos del reino, se dispusieron a escribir las frases más extraordinarias. Pero el Rey las rechazaba. No le llegaban. No eran suficiente.
Como suele ocurrir en las leyendas, apareció, de no se sabe dónde, un anciano, humilde, pero que de algún modo transmitía seguridad y sabiduría. Le dijo:
— Majestad, ha llegado a mis oídos que busca una frase, la frase que le sirva en las situaciones complicadas de la vida.
— Efectivamente, contestó el Rey.
— ¿Crees que puedes ayudarme?
— Tengo la frase en este papel.
El Rey, raudo e impulsivo, se dispuso abrirlo; pero el anciano le dijo que no podía leerla hasta que estuviera en una situación desesperada. Sin saber muy bien por qué, pero sintiendo la certeza de que debía seguir el consejo del anciano, guardó el papel, y además le ofreció al anciano ser su acompañante.
Unas semanas más tarde, el Rey se vio metido en una gran emboscada. ¡Estaba desesperado! ¡Huía con su corte por el bosque, tratando de escapar de quienes le perseguían! Pararon en un claro, miró al anciano, que a su vez le miraba tranquilo y confiado, y recordó el papel. Lo sacó, lo leyó. Decía: “Esto también pasará”.
El desconcierto que sintió en un primer instante, poco a poco se transformó en calma y confianza. ¡Efectivamente! ¡Esto también pasará! El Rey estaba entusiasmado. Casi de manera automática respiró profundamente, aliviado.
— ¡Gracias, gracias!, le repetía una y otra vez al anciano. Esta es la clave. ¡Por fin!
A lo que el anciano respondió, sonriendo, lleno de amor y compasión: “Esto también pasará”.

Aunque no lo creamos, aunque estemos en un el peor de los momentos, hemos de tener la certeza de que todo pasa. Lo único que permanece es el cambio, como dijo hace ya mucho tiempo el sabio griego. Todo pasa. Ese momento terrible pasa. Pero ese momento de extrema excitación y placer también pasa.
No existe el placer sin el dolor. Ni la alegría sin la tristeza. Ni el valor sin el miedo. Es la VIDA. La VIDA en la que TODO PASA, y por la que todo pasa.
Esto que tanto te preocupa ahora… también pasará… Y eso que tanto te gusta ahora… también pasará.

Y en todo momento recuerda:

 Tú no eres nada de lo que pasa; eres “Eso” en lo que todo pasa.
Sabemos que todo es impermanente, porque hay “Algo” que es estable.
Todo pasa, porque hay “Algo” que no pasa.
Lo real no cambia; lo que cambia no es real.

Semana 12 de noviembre: ANTE TODO LO QUE APARECE (Jeff Foster)

“La ley es simple. Cada experiencia se repite o se sufre hasta que la experimentas adecuada y completamente por primera vez” (Ben Okri).

Justo en el momento en que tenemos un encuentro con el enojo, con la tristeza, con el miedo, con la duda, con el dolor, en su estado puro, no filtrado y completamente natural; sin el intento de evitarlo, ni de adormecernos ante él, sin manipularlo de alguna forma, sin convertirlo en nuestro enemigo, ese ciclo del karma relacionado a ese aspecto en particular de la experiencia, se rompe.

Cuando hay resistencia hacia aquello que ya es, cuando se trata de evitar lo que surge en la vida, cuando se rechaza alguna experiencia, cuando uno rehúsa a convivir con ESTO tal y como es, ese enojo puro, natural, se solidifica como “mi enojo”, y nace entonces una (falsa) identidad. Ahora me identifico como “el que está enojado” (o “el que está frustrado” o “el miedoso”, y así sucesivamente.)  He olvidado que soy ese vasto espacio de consciencia en donde todas las sensaciones y sentimientos tienen el absoluto permiso de surgir. Olvidé que lo que realmente soy es, por naturaleza, algo no identificable e incapaz de juzgar…, ¡sin tener que “intentar” serlo! Olvido mi verdadera identidad como la vida misma. Olvido la vastedad y me identifico como una “cosa” muy limitada, un objeto dentro del tiempo y el espacio. Es aquí donde nace el karma. Y donde comienza la violencia.

La historia del karma, la historia de la causa y el efecto, es la historia de “este objeto o persona HIZO que me enojara”. Repito la historia una y otra vez, me la repito a mí y a los demás, a través de mis palabras y mis acciones. Estoy inconscientemente jugando el papel de “la persona enojada”, y a partir de ahí…, ¡voy por todos lados buscando cosas y personas con QUIEN enojarme! Árboles, autos, animales, palabras -cualquier cosa es buena-. Si no hubiera objetos o personas con QUIEN enojarme, ¿cómo podría yo reconocerme como “el enojado”? ¡Por eso creo que debo alimentar esa identidad! Me protejo a mí mismo de la muerte de esa identidad, proyectando mi enojo hacia todo y todos los que veo. Ahora viene hacia mí un momento eterno de enojo y así es como el ciclo comienza. Me identifico como una persona separada.

Años después, podría seguir regurgitando la misma historia, repitiendo la experiencia incansablemente, recordando la historia de “yo y mi enojo” y la justificación acerca de por qué estoy enojado, lo mal que todo salió, lo horrible o terrible que tal o cual persona hizo. Puedo repetir esto a mis hijos, y ellos lo repetirán a sus hijos, y la identificación pasará a través de las generaciones, y el círculo del prejuicio y la violencia se mantendrá intacto. Ese es el verdadero significado de la reencarnación. Y todo esto continúa hasta que el ciclo se rompe, en el momento, a través de la profunda aceptación de lo que surge. 

El Amor, en el sentido profundo de la palabra, destruye el karma.

En la absoluta aceptación, esa energía pura de vida que llamamos “enojo” (o miedo, o dolor…) es aceptada profundamente conforme surge en el momento, y es reconocida como yo mismo. Esa sensación natural está profundamente admitida aquí para que viva su breve existencia y muera a su debido tiempo. La etiqueta “enojo” ni siquiera tiene la necesidad de surgir, ya que ninguna etiqueta es necesaria en el misterio de esto. Y estas etiquetas, si es que llegan a surgir, son también bienvenidas como parte del misterio. La sensación es bienvenida, y tiene permiso de estar, y permiso de pasar con su propia dulce forma. La intensidad de la vida se recibe con un bello abrazo.

Los pensamientos, sensaciones y sentimientos surgen en el océano que somos, los “hijos” de la consciencia, como yo les llamo -sí, ¡la consciencia es el padre supremo!-, no se abortan, no se les aplica la eutanasia, no son negados. Se les honra. Se les conoce en presencia. Nunca se convierten en enemigos. Y así, nunca nos identificamos como seres limitados. “El enojado” jamás nace -solo hay un momento de enojo-. “El frustrado” nunca tiene por qué surgir -solo surge un momento de frustración-. “La víctima del dolor” jamás tiene la oportunidad de echar sus raíces -hay solo esa fuerte sensación a la que llamamos “dolor”-. Y todas esas olas surgen y se disuelven en el vasto océano que somos, nunca se vuelven “permanentes”. “El herido” se reconoce ahora por la imagen transitoria que realmente es. “La víctima” es solo una historia, aquí en la vastedad que eres. El recuerdo de esta vastedad -que es la vastedad que nos compone a todos- reverbera a través de las generaciones. 

El karma nunca se crea y, tampoco se transmite. Tú no te relacionas con tus seres amados como “la persona enojada” o “el herido” o “el temeroso”, sino como la vastedad ilimitada en donde la ira, el miedo, el dolor, la duda, en donde toda energía es profundamente permitida a surgir y caer. Sanándote a ti mismo de una identificación errónea, otros sanarán automáticamente gracias a “ti”. El karma ya no se “genera” y así, el ciclo se rompe.

Un momento presente no es solo un momento presente. Es precioso y sagrado y está preñado de potencial. Es una invitación para liberar a tus seres queridos de “ti”, ahora y en las generaciones futuras al dejar de participar en la creación del karma. Liberándote a ti de esa manera, liberas al universo para siempre.

Jeff Foster.