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Semana 23 de julio: LA VERDAD Y LAS CREENCIAS

La verdad carece de contornos –es ilimitada- y no puede contenerse en una fórmula. Por ese motivo, no es “algo” que la mente pudiera apropiarse o que fuera posible aferrar. Lo cual explica, también, que para el yo sea incertidumbre por cuanto, al no ser un objeto mental –una idea o creencia-, se le escapa completamente.

          La misma naturaleza de la verdad provoca que, en el momento mismo en que se la quiere delimitar en una creencia concreta, se caiga en la mentira: se ha confundido la verdad inefable con una mera construcción mental. Buscando seguridad en la que sostenerse, se ha desembocado en un error de consecuencias graves y peligrosas para uno mismo y para los demás.

       La verdad no puede ser apresada, ni aporta seguridad al yo que, ante ella, se descubre completamente desnudo, sin consistencia. Por ese motivo, la evita, refugiándose –protegiéndose- en el sucedáneo de las “creencias”, en las que cree encontrarse seguro.

         Al no ser objeto, la verdad simplemente es. Una con la realidad, constituye el fondo último de todo lo que es. Por eso, no se la puede tener; únicamente se la puede ser.

       Cuando eso se vive, lo que hay es “ser”, sin añadidos conceptuales; es un vivir viviendo en estado de presencia, en el reconocimiento lúcido y gozoso de que somos Eso que ni siquiera se puede nombrar.

         Eso –la verdad, lo que somos- es Plenitud. Pero, ante ella, el yo queda desnudo. Como le ocurre, por otra parte, ante cualquier realidad transpersonal: la Belleza, la Bondad, el Amor, el Gozo, la Plenitud… Ninguna de ellas tiene al yo como sujeto; al contrario, se “esconden” en el momento mismo en que el yo quiere atribuírselas. Del mismo modo que cuando hay Amor, no hay nadie que ame, cuando brilla la Verdad, nadie la posee. La Verdad nos descubre que el yo era solo un pensamiento más, una realidad ilusoria.

       Se advierte, así, una bella paradoja: es la propia verdad la que me hace comprender, de manera definitiva, que no sé nada. Porque, al abrirme a ella, descubro que todo lo que mi mente pudiera atrapar ya no es la verdad, sino solo una “opinión”; y que aquello que presumía “saber” no es otra cosa que creencias, meras construcciones mentales sin mayor importancia. Por eso, justo en el momento en que me abro a la verdad –siempre ilimitada-, se producen dos comprensiones tan simultáneas como paradójicas: soy la verdad y no sé nada.  

Semana 23 de julio: PARA EL DEBATE SOBRE LAS “PSEUDOCIENCIAS”

OBJECIONES DE UNA CIENTÍFICA A LA CAMPAÑA CONTRA LAS “PSEUDOCIENCIAS”.

     En los últimos meses han proliferado las manifestaciones en contra de las llamadas  “pseudociencias”  en los medios de comunicación, muchas de ellas lideradas por la recientemente creada Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP) y estimuladas por escándalos recientes, como el del niño italiano que murió porque sus padres no quisieron llevarle a un hospital para resolver una otitis, confiando en la homeopatía. A pesar de a que esta campaña  levanta muchas simpatías por presentarse como una defensa del rigor científico frente a la magia, me gustaría posicionarme  contra ella por diversas razones, ya que creo que esta persecución no está exenta, también, de riesgos.

        Puedo decir que soy parte de la comunidad científica, ya que soy doctora en Físicas y gran parte de mi trabajo en la universidad es la investigación y la publicación en revistas científicas. Sin embargo, esta campaña contra lo que tildan de pseudociencias me rechina profundamente. Me recuerda a los habituales intentos de las Academias de protegerse contra los paradigmas nuevos que rompen sus esquemas, esos paradigmas que, después, son la base de los avances científicos realmente revolucionarios.

       Mi posición personal ante este tema se podría ilustrar con una anécdota que se atribuye a Galileo. De él se dice que tiró dos bolas similares, una de metal y otra de madera, delante de sus maestros para demostrar que, en contra de la “verdad” de la teoría de Aristóteles, las dos bolas caían a la vez. Yo tengo una experiencia muy directa de la efectividad de los tratamientos homeopáticos en mi persona y en dos enfermedades que la medicina oficial trata de crónicas e incurables (asma y psoriasis). Si no fuera porque mi caso es realmente llamativo, porque la mejora fue muy rápida y no se puede atribuir otra causa y porque pasé décadas con estas enfermedades en un peregrinaje por diferentes médicos públicos y privados, quizá también   pensaría que la homeopatía es una “pseudociencia” y que todas esas cosas de las terapias alternativas son bobadas. Pero mi “bola de madera” ha caído exactamente al mismo tiempo que mi “bola de metal”, y por más que repito el experimento el resultado es el mismo ¿Qué debe hacer una buena científica? ¿Rechazar su experiencia para hacer caso a la teoría establecida? ¿Hacer mala ciencia, es decir, amañar y olvidar los datos incómodos que no cuadran con los esquemas preconcebidos para que la teoría parezca correcta?

      Cada vez hay más personas que utilizan este tipo de terapias alternativas y acudir a ellas supone un riesgo: sobre todo el de perder tiempo y dinero; pero resulta muy   poco científico decir que todo lo que ofrecen son timos sin haber estudiado escrupulosamente todos los casos (como el mío) cosa que, evidentemente, requiere un esfuerzo enorme y no se ha hecho.

    Resulta llamativo que, tanto la APETP como numerosos artículos aparecidorecientemente, hablen taxativamente de que todas estas terapias son inútiles y todos los casos positivos son debidos al efecto placebo, sin dejar el mejor resquicio para la duda.

       Esa no es la forma de hablar de los científicos cuando hacen buena ciencia. Los científicos del IPCC, por ejemplo, ha dedicado décadas a proyectos de investigación sobre la relación entre el cambio climático y las emisiones antropogénicas, y  hablan de que “es muy posible que sea causado por los seres humanos” y de que haya “más del 90 % de certeza” de ello, etc. Sorprende que los médicos de la APETP, sin embargo, puedan resolver de un plumazo  y con una evidencia absoluta la relación entre cientos de terapias alternativas y cientos de enfermedades sobre miles o millones de enfermos  después de unos pocos estudios.

     Además, estas campañas están constantemente acudiendo a razones emocionales y estableciendo una lucha entre “los que creen en las pseudociencias” y “los que creen en la ciencia” que me resulta espantosamente acientífica. La ciencia no necesita acólitos que crean en ella ni tribus que se vistan con sus colores, porque la ciencia no es fe, es simplemente un método para interpretar y conocer la realidad y no debería utilizarse como un estandarte  para luchar contra “el otro”. Esto se parece más a una campaña orquestada contra  ciertas tendencias que no gustan  a alguien  (¿quizá a la industria química?) que  está utilizando el prestigio de lo científico para luchar contra sus particulares enemigos. Esto no es hacer buena ciencia ni fomentar el espíritu científico, es, simplemente, marketing.

     Por ello, el papel de los médicos ante todas estas terapias alternativas, a mi juicio, no puede ser el de convertirse en una institución censora que le diga a la gente lo que tiene que creer y debería limitarse a dos aspectos. El primero sería insistir públicamente en que se  busque siempre primero un diagnóstico en la medicina oficial, se acuda a los hospitales en los casos agudos y  no se abandonen los tratamientos  convencionales sin ser muy conscientes de los riesgos (y no se haga en menores de edad). También se debería vigilar que no se vendan sustancias prohibidas por la legislación, cosa que ya se hace. Pero el segundo aspecto que deberían tener en cuenta los médicos es preguntarse en qué están fallando ellos o en qué están acertando los otros  para que este tipo de cosas tengan cada día más aceptación.

        El riesgo que suponen estas terapias viene, sobre todo, del hecho de que se rechace la medicina oficial por su culpa. Lo realmente peligroso  es que aparezcan gurús que prometan curarlo absolutamente todo con los remedios que ellos venden y que absolutamente todo lo que hace la medicina oficial es pernicioso. Porque el problema es ese absolutamente todo, ese creer que “mi” teoría particular es la mejor y la única y que, además, lo cura todo. De poder caer en este error, por cierto, tampoco se libra la medicina académica que debe reconocer que no lo sabe todo, que todavía tiene mucho que aprender e investigar y que, evidentemente, hay muchas enfermedades que no cura.

       Es esa modestia del que sabe que no sabe la que hace avanzar  la ciencia, ya sea por los cauces oficiales o por los extraoficiales. Porque la historia de la ciencia está llena de avances surgidos en sus límites, en muchas ocasiones rayando el absurdo, el arte o la magia; y se han descubierto muchos hechos reveladores a  través de  creencias erróneas. Prohibir a toda “terapia experimento” que dé la impresión de no ser efectiva o que haya sido desacreditada por algún estudio (quizá interesado) supone que nos privamos de descubrir cosas nuevas; supone no dejar que personas inquietas (algunas de ellas con formación científica y con buena voluntad, otras no) acumulen experiencias que quizá en el futuro sean de gran valor para la medicina.

     La medicina oficial también tiene todavía muchas cosas que aprender y tiene que reconocer que hay muchas personas enfermas a las que no sabe cómo ayudar. Desde el siglo XX se ha avanzado enormemente en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, en la cirugía y en el diagnóstico, pero la medicina actual está fracasando a la hora de dar respuesta, por ejemplo, a las enfermedades relacionadas con la contaminación  y a la hora de explicar el imparable aumento de las alergias y el cáncer. Quizá algún día esas mismas tendencias que ahora tacha de “pseudociencia” sean la clave de descubrimientos revolucionarios que permitan curar o evitar esas dolencias.

      De hecho, no sería extraño que su fracaso ante el cáncer y las enfermedades ambientales se deba a su insistencia en curar casi exclusivamente mediante medicamentos químicos, lo cual no funciona en enfermedades cuyo origen es, precisamente, el abuso de la química. Sorprende, por cierto, que la APETP ponga tanto énfasis en que se prohíba la venta de sustancias cuyo único peligro, según ellos, es ser un placebo y no levante la voz contra la escandalosa venta de todo tipo de herbicidas, pesticidas, biocidas y disruptores endocrinos que se añaden  sin apenas control  a nuestros alimentos, ropa y productos de limpieza habiendo bastantes evidencias de sus efectos cancerígenos.

      La ciencia médica está todavía muy enclaustrada en un paradigma reduccionista y  muy basada en el medicamento mientras los científicos más lúcidos están viendo que necesitamos superar el reduccionismo para avanzar hacia una ciencia  más sistémica. La medicina oficial se comporta demasiadas veces como el mecánico de un coche que, si falla una pieza,  la sustituye por otra y  ve demasiadas pocas veces el cuerpo como lo que es: un organismo con una complejísima capacidad de autorregulación y regeneración. Las medicinas “alternativas” suelen incidir precisamente en esos aspectos donde falla la oficial: ser más sistémicas, no abusar tanto del medicamento y ver el cuerpo-mente-persona como una unidad. De hecho, lo que muchas de ellas hacen no es curar sino, simplemente, poner al cuerpo en un estado de bienestar que permita que todos esos complejísimos mecanismos de regeneración  se pongan en marcha. Al fin y al cabo, el propio Hipocrates, padre de la medicina occidental, ya decía que es el cuerpo el que cura, no el doctor.

      Si hablamos de que algo es terapéutico cuando consigue ayudar al cuerpo a recuperar su equilibrio, todo lo que permita que la persona mejore la gestión de sus emociones, la colocación de su cuerpo o sus hábitos psicológicos  puede ser visto como terapia, sin que tenga por qué ser demostrable objetivamente o estrictamente científico. No todo en la cultura humana puede ni debe ser probado mediante la experimentación científica. El arte no es demostrable objetivamente pero es necesario para el ser humano y desde hace milenios sabemos que puede ser curativo (aunque también sabemos que no lo puede curar absolutamente todo). ¿Hay alguna diferencia entre la risoterapia actual y la comedia de siempre, o entre la musicoterapia y la música que desde hace milenios cura el alma humana?

      Recuperemos un poco la cordura y no caigamos en ninguno de los extremos aberrantes del “yo lo sé todo”. Se debe insistir en la importancia de acudir en primer lugar al médico y al hospital, pero no se puede prohibir que las personas enfermas a las que la medicina oficial falla experimenten por otros caminos. Se debe exigir rigor científico a lo que es ciencia, pero también ser debe admitir que el método científico no se puede aplicar a todo. Se debe tener respeto por el conocimiento acumulado por las Academias durante milenios, pero no se puede prohibir avanzar a todas las personas que deciden alejarse de los caminos trillados para buscar nuevas explicaciones de la realidad.

Margarita Mediavilla Pascual.

Licenciada en Ciencias Físicas y doctora  por la Universidad de Valladolid. Actualmente es profesora titular en el Departamento de Ingeniería de Sistemas y Automática de la Escuela de Ingenierías Industriales de esta misma Universidad. Sus líneas de investigación se centraron en la ingeniería de control y la robótica hasta el año 2003, en que orienta su investigación hacia la energía y la sostenibilidad. Pertenece al Grupo de Investigación en Energía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid.

https://contadashabas.wordpress.com/2017/06/19/objeciones-de-una-cientifica-a-la-campana-contra-las-pseudociencias/

NUEVO LIBRO: “El Evangelio lee nuestro anhelo”. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo B – 2017/2018)

A Ana

Todo ser humano puede detectar en su interior la voz del deseo y la voz del Anhelo. El deseo es el lenguaje del ego: nace de la necesidad y se caracteriza por la ansiedad y la insaciabilidad; el Anhelo es expresión de la plenitud que somos y lleva la marca del gozo y de la gratuidad. Así, mientras la identificación con el primero tiraniza, el segundo nos conduce a casa.

Un texto es inspirado cuando nace del anhelo. Eso explica que el lector se sienta “leído” interiormente por él. Porque, en último término, todo texto de sabiduría y nuestro corazón dicen la misma cosa, porque en ambos es el anhelo quien se expresa.

A diferencia del deseo, siempre insaciable, con el anhelo ocurre una profunda y hermosa paradoja: al acogerlo se “disuelve”, porque nos hace descubrir, con tanta sorpresa como admiración, que somos justamente aquello que anhelábamos. Como decía Jesús, “el Reino de Dios está dentro de vosotros”.

Esto es lo que descubrimos en el evangelio: una palabra sabia que “lee” el anhelo humano y, de ese modo, desenmascarando posibles engaños y advirtiendo de las trampas que acechan, muestra el camino a “casa”, la misma que habitaba Jesús y a la que nombraba como “Padre” o como “Reino de Dios”.

El autor, al acompañarnos en esta lectura del evangelio, abriga el deseo cordial de que la palabra de Jesús produzca “resonancias” en nosotros y dinamice nuestro propio Anhelo, hasta descubrir, experimentar y saborear la plenitud que somos, y que queda expresada en una afirmación del propio Jesús, aplicable a todos nosotros: “Yo soy la vida”.

No busques la verdad, tan solo deja de mantener opiniones” (Xin Xin Ming).

No pasa / nada. Los ojos no ven, / saben. El mundo está bien / hecho” (Jorge Guillén).

“Aquí se puede ver el camino en lucha con la tierra, el amarillento acantilado, el castillo con sus portillos, sus crestas y sus muros. El camino se hace entonces afilado, y los pasos se incrustan en él cada vez más profundamente. El camino se mete en la tierra, pero lo detiene el desprendimiento de una colina entera. Le es necesario entonces saltar por encima para continuar su trazado un poco más adelante: el camino no olvida jamás su objetivo” (David Le Breton).

Yo ni siquiera soy poeta: veo. / Si lo que escribo tiene valor, no soy yo quien lo tiene: / el valor está allí, en mis versos. / No hay nada en todo eso que dependa de mi voluntad” (Fernando Pessoa). 

Realizarse es descubrir la verdad que soy detrás del error que vivo” (Antonio Blay).

Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”.

ÍNDICE

Introducción

Tiempo de Adviento

Tiempo de Navidad

Tiempo Ordinario

Tiempo de Cuaresma

Tiempo de Pascua

Tiempo Ordinario

Índice de las lecturas evangélicas

INTRODUCCIÓN

El ser humano se percibe a sí mismo como un ser anhelante. Dentro de la tradición cristiana, en un lenguaje teísta, Agustín de Hipona expresó esa percepción de un modo sublime: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Sin embargo, parece necesario precisar a qué nos referimos cuando hablamos de “anhelo”. Porque suele confundirse con otros movimientos psíquicos y, sobre todo, porque una inadecuada comprensión del mismo puede confundirnos acerca de nuestra verdadera identidad.

El anhelo no es lo mismo que el deseo que nace de la necesidad. En un nivel relativo, el ser humano es pura necesidad; no es extraño, por tanto, que se sienta sacudido constantemente por deseos que tiran de él en diferentes direcciones. Ahí nos movemos. El riesgo aparece cuando, apropiándonos del deseo, nos reducimos a él. Porque, en ese mismo momento, desconectamos de nuestra verdadera identidad para convertirnos en marionetas movidas por las necesidades y los miedos.

El anhelo no tiene tampoco nada que ver con lo que podría ser la exigencia mental que nace generalmente del “yo ideal” o incluso del superyó. En virtud de ese mensaje, la persona se siente “impelida” a sacar adelante una acción determinada o a comportarse de un modo específico.

Esta doble matización orienta nuestra mirada hacia algo más profundo e interior que los meros deseos sensibles y las exigencias mentales. Pero todavía es necesaria una puntualización más para prevenir un engaño mucho más sutil, pero no menos peligroso.

Esta última trampa es la que hace conectar el anhelo –innegablemente experimentado- con una supuesta carencia original. Según esta lectura habitual, el ser humano es visto como –y reducido a- un yo particular, radicalmente necesitado, frágil y vulnerable, es decir, como un ser carenciado. Sin ningún cuestionamiento previo, se da por sentado que su “personalidad” constituye –es lo mismo que- su “identidad”.

Una vez que se asume como real esa visión, solo quedan dos caminos: la resignación, que ve la carencia como definitiva y califica al anhelo de ilusión engañosa, o la proyección, que sitúa la plenitud anhelada en el exterior y en el futuro, como “algo” que supuestamente nos completaría.

La primera es la lectura del ateísmo clásico; la segunda es la propia de las religiones teístas. En esta se inscriben las palabras de Agustín, citadas más arriba. A mi parecer, aciertan al afirmar que solo hay descanso en la plenitud, pero se equivocan al situar la plenitud “fuera”, proyectando en el exterior lo que realmente somos. Al hacerlo así, el “Dios” pensado secuestra nuestra verdadera identidad: lo que realmente somos, es arrebatado y proyectado en un Ente separado.

Eso explica que, para salir de esa trampa mortal, sea necesario abrirse al modelo no-dual de conocer(1). Desde él, es claro que somos plenitud –consciencia de ser, vida…-, por lo que no se trata de “perseguir” ningún objeto fuera, sino de caer en la cuenta y reconocer lo que siempre hemos sido.

Si no fuéramos plenitud, no nos dolería la carencia”, escribía Antonio Blay. Somos aquello que permanece cuando todo cambia. Y eso único permanente no es otra cosa que la consciencia de ser. Lo que ocurre es que no podemos captarlo pensando, debido a la naturaleza dual y separadora de la mente, sino atendiendo –acallando el pensamiento- y, finalmente, siéndolo.

Somos, pues, consciencia que se expresa en una forma particular –como “personalidad”-; plenitud que adopta una modalidad concreta. Si el error de base consiste en olvidar nuestra identidad y reducirnos a la forma, la sabiduría nos lleva a reconocernos en lo que realmente somos.

¿Qué significa entonces el anhelo? Tal como lo percibimos, sería sencillamente la expresión –o, si se prefiere, la “voz”- de la plenitud que somos. Dicho de un modo más preciso: el anhelo de vida y de plenitud obedece a la intuición de que, en realidad, uno es la Totalidad. Pero, cuando esa intuición se aplica a la sensación de identidad independiente, termina adulterándose y convirtiéndose en el deseo de poseerlo todo. Así, en lugar de serlo todo, uno se limita simplemente a tratar de poseerlo. Este es el fundamento de toda búsqueda de gratificación sustitutoria, la sed insaciable que padece todo yo independiente.

A partir del momento en que aparece la sensación de identidad separada, la sombra de la muerte será su inseparable compañera. Y no hay nada que el yo pueda hacer; por eso recurre a todo tipo de apoyos “externos” que contribuyan a aliviar el miedo a la muerte y consoliden el engaño de que el yo es inmortal. Pero todos ellos son objetos sustitutorios, del mismo modo que el yo independiente es un sujeto sustitutorio.

No hay modo de salir de esta trampa hasta que no reconocemos nuestra verdadera identidad. Al caer en la cuenta de ello, descubrimos también que, en realidad, anhelamos lo que ya somos. Con lo cual, se nos hace evidente que lo que nombramos como “anhelo” no es sino otro nombre de la plenitud. De ahí que no nos “lance” hacia fuera ni hacia el exterior, sino que nos ancle en nuestra auténtica “casa”. Y será entonces, una vez reconocida nuestra identidad, cuando la Vida –la plenitud- se exprese a través de nosotros, de una manera sabia y amorosa.

Si el anhelo expresa lo que ya somos, ¿qué sentido tiene acercarnos al evangelio? Hay un motivo sencillo: el evangelio –como todo libro “sagrado”, antiguo o moderno- y nuestro corazón dicen lo mismo. Porque en ambos se expresa la sabiduría atemporal que se halla en el origen y en el corazón de todo lo real. Sabiduría que no es diferente de la consciencia originaria y originante.

Esto requiere acercarse al texto evangélico, no como un anecdotario de la vida de Jesús, tampoco como un código moral o como un “catecismo” doctrinario, sino como un texto sabio que, precisamente por serlo, conecta con el corazón de cualquier ser humano que busca.

Y lee nuestro anhelo porque, del mismo modo que la consciencia –como la vida- es solo una, que todos compartimos y que en todos se manifiesta, la plenitud y el propio anhelo es siempre el mismo en todos los seres. Eso explica que, al acercarnos al evangelio, descubramos el anhelo que movía a Jesús –si bien expresado con palabras propias de la época- y caigamos en la cuenta de que no es diferente del que nos mueve a nosotros.

Este primer reconocimiento libera ya de cualquier riesgo de alienación, porque no se otorga la autoridad a un texto “ajeno”, por más “sagrado” que fuere, sino a la sabiduría profunda y única, que “resuena” en nuestro interior como propia, aunque haya sido “despertada” por las palabras de otro.

El anhelo, decía más arriba, es la vida misma que fluye a través de nosotros. Eso hace que lo sintamos dotado de un dinamismo poderoso, sabio y ajustado, que a la vez que nos ancla en lo que somos, nos conecta en la unidad con todo y busca desplegarse armoniosamente.

El anhelo, pues, no es “algo” ajeno ni separado, sino que constituye realmente nuestra “casa”, el lugar donde hacer pie, nuestra identidad. Y nos recuerda nuestra única certeza: la certeza de ser. De todo lo demás podremos dudar, cualquier otra cosa será impermanente; sin embargo, estemos como estemos y ocurra lo que ocurra, siempre permanecerá estable la certeza de ser.

Los comentarios que siguen quieren ayudar a comprender el mensaje del evangelio desde nuestro propio anhelo. Para experimentar que realmente lo que en él se dice lee nuestra propia vida y nos conecta a nuestra verdadera identidad, aquella a la que el propio Jesús se refería cuando afirmaba: “Yo soy la vida” o “El Padre y yo somos uno”.

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(1). Para una comprensión de lo que ello implica, remito a mis libros anteriores: Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22014; Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 22015; así como a los comentarios del evangelio de los dos Ciclos litúrgicos anteriores: Otro modo de leer el evangelio. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo C, 2015-2016), Desclée De Brouwer, Bilbao 2015; Guía para volver a casa. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo A, 2016-2017), Desclée De Brouwer, Bilbao 2016.