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Sentimientos y crecimiento personal

AL PRINCIPIO FUE LA NECESIDAD…
SENTIMIENTOS Y CRECIMIENTO PERSONAL

en CRÍTICA 964 (noviembre-diciembre 2009) pp.14-18. http://revista-critica.com/wp-content/uploads/2012/11/964-Educar-las-emociones-nov-dic-2009.pdf

Me parece muy positivo el interés creciente por el mundo de los sentimientos porque, sólo favoreciendo una relación consciente y ajustada con ellos, es posible la integración de la persona. Por el contrario, lejos de ellos, nos encontramos a distancia de nosotros mismos y de la vida, y confundidos con ellos, caemos en la inconsciencia, el autoengaño y el sufrimiento crónico e inútil.

Con el objetivo de favorecer la integración personal, en el proceso que lleva al sujeto a buscar la unificación, intentaré plantear un “marco” de referencias que permitan clarificar el lugar de los sentimientos en el conjunto de nuestra persona, y orientarnos en nuestro hacer con ellos.

Sensación, sentimiento, emoción
Para empezar, una constatación elemental: estamos sintiendo constantemente…, aunque no nos enteremos, no seamos capaces de nombrar lo que sentimos, o nos hallemos “encerrados” en los vericuetos de nuestra mente. Incluso totalmente alejados de ellas, lo cierto es que somos seres habitados de sensaciones incesantes; y no puede ser de otro modo, porque vivir es sentir.
Entendemos por sensación todo mensaje corporal: desde el contacto de los pies con el suelo hasta la percepción de la temperatura que hace en este momento en nuestra habitación; desde el calor de las manos que se entrecruzan hasta el dolor de muelas que no logramos calmar. Somos, permanentemente, un mar de sensaciones inagotables. Pero solemos vivirnos tan distantes de ellas, sobre todo de las más tenues y profundas, que no es extraño que, ante la pregunta: ¿qué estás sintiendo?, muchas personas no sepan qué responder.
Algunas de esas sensaciones corporales conllevan una alteración anímica, afectan a nuestro estado de ánimo, es decir, tienen un contenido psicológico: son los sentimientos. Por lo que, aunque todo sentimiento es una sensación, no toda sensación es sentimiento.
Cuando, finalmente, algunos sentimientos aparecen “cargados” con una intensidad especial, hablamos de emociones. La emoción denota un “plus” añadido, que toma a toda la persona, y que sólo puede evacuarse a través del propio cuerpo –no olvidemos que la emoción es también una sensación corporal-, en forma de llanto, grito, golpe, movimiento… Por eso, una vez evacuada, lo que queda es el sentimiento de base.

Sensibilidad como capacidad de vibrar
Si tuviéramos que resumir en una sola palabra lo que es común a la sensación, el sentimiento y la emoción, esa palabra sería “vibración”. Es nuestro cuerpo que vibra a diferente intensidad según lo que se halla en juego. Un cuerpo vivo es un cuerpo vibrante; una persona “viva” es la que se halla en contacto consciente con lo que bulle en su interior.
Sensibilidad es, pues, capacidad de vibrar, pero esa capacidad es deudora de la historia psicológica del sujeto, del “color” y de la intensidad de los fenómenos que han quedado registrados. Como consecuencia de esa historia, la sensibilidad ha podido quedar congelada/endurecida, hipersensible o armoniosamente vibrante.
Ante el sufrimiento emocional reiterado, en el niño se activa un automático mecanismo de defensa, por el que endurece su cuerpo, entrecorta la respiración –que pasa de ser diafragmática a torácica- y se sitúa en la cabeza, poniendo en marcha un funcionamiento cerebral caracterizado por la “rumiación”. En ese proceso, su sensibilidad queda congelada o endurecida; se ha reducido, minimizado o incluso prácticamente anulado la capacidad de sentir.
El sufrimiento emocional reiterado provoca también heridas que dejan huella en el psiquismo, convirtiéndose en “focos” de perturbación, que sitúan a la persona en una hipersensibilidad exagerada o, en el otro extremo, en una sensibilidad congelada o bloqueada. En ambos casos, el sujeto tenderá a reaccionar de una manera habitualmente desproporcionada ante diferentes estímulos de la vida cotidiana.
Cuando la historia afectiva del niño ha sido “sana”, la sensibilidad se halla en condiciones favorables para poder vibrar de un modo ajustado, reflejando adecuadamente la vivencia de la persona que, siempre en contacto con sus sentimientos, se percibe vibrante y armoniosa.
En el estado de rigidez (o congelación), el cuerpo se encuentra igualmente rígido y es la mente la que asume un papel protagónico. En el de hipersensibilidad, el cuerpo participa de la misma inquietud y la persona se vive “a flor de piel”. En ambos casos, se halla lejos de lo mejor de sí. Se requiere una sensibilidad mínimamente sana y vibrante para que la persona pueda acceder a su dimensión más profunda, donde encontrarse con su propio centro integrador. Al anclarse en él, tanto la mente como la sensibilidad dejan de monopolizar el funcionamiento de la persona, situándose ambos en el lugar que les corresponde dentro del conjunto unificado del ser humano.

Desde la necesidad a la capa de protección
Para entender estos funcionamientos, es necesario partir desde el comienzo. Y, en el inicio, el ser humano es pura necesidad; fundamentalmente, necesidad de ser reconocido.
Ese hecho hace que el niño sea absolutamente vulnerable, si bien la vulnerabilidad sólo le resultará problemática cuando empiece a sufrir, es decir cuando su necesidad no sea adecuadamente respondida. Será entonces cuando el sufrimiento psíquico, que percibe en la zona abdominal, le lleve a emprender la huida, hasta instalarse en una “zona de protección”, lejos del sufrimiento. Lo que ocurre, sin embargo, es ambivalente: si bien, por un lado, así se protege de la intensidad del sufrimiento, por otro, al alejarse del dolor, se distancia inadvertidamente de sus sentimientos y de la vida misma.
Instalada en la capa de protección, la persona ya no vive; actúa, interpreta papeles. Hasta el punto de que puede pasar toda su existencia alejada de sí misma, de sus sentimientos y de su vida profunda, desarrollando los roles con los que progresivamente se ha ido identificando.

Razón y corazón
Pero el diálogo mente/sentimiento es todavía más complejo. Tan complejo como son las relaciones entre el cerebro emocional o límbico –regulador de emociones y afectos- y el cerebro cognitivo (o neocórtex), sede de la razón.
El problema básico entre ambos cerebros –y el conflicto consiguiente en la vida de la persona- radica en un doble hecho: por una parte, cada uno de ellos tiende a imponerse sobre el otro; por otra, el cerebro emocional no entiende el lenguaje verbal ni conceptual. Eso explica que los intentos “mentales” por modificar el comportamiento suelan quedar en poco, y que las psicoterapias tradicionales produzcan efectos tan lentos e inestables.
En la pugna entablada entre ambos cerebros, pueden producirse dos resultados contrapuestos: si se impone el cerebro cognitivo sobre el emocional, se produce una “asfixia cognitiva”; en el caso contrario, asistiremos a un “cortocircuito emocional” . En el primero, se padece una represión de los sentimientos; en el segundo, un desbordamiento emocional.

Qué hacer con los sentimientos
La inteligencia emocional se define como la aptitud para identificar, comprender, razonar y regular las emociones, pasando de la lejanía e ignorancia a una conciencia cada vez más lúcida de los propios estados emocionales, sus causas y su gestión adecuada.
De un modo sencillo, la relación con los propios sentimientos puede sintetizarse en dos palabras: aceptación (no-represión) y no-reducción.
El primer paso consiste en la aceptación de todos los sentimientos que aparecen en nuestro campo de conciencia: aparte de ser no-voluntarios, todos ellos tienen un porqué. La aceptación significa sencillamente el reconocimiento sereno de su existencia y su presencia en nuestra vida.
Cuando no hay aceptación, lo que se vive, con mayor o menor intensidad, es represión, hasta el punto de perder el contacto con ellos, llegando a no saber qué es exactamente lo que se siente ni lo que se quiere. Ahora bien, la represión camufla y niega los sentimientos, pero no los elimina. Lo que ocurre entonces es que la energía reprimida –todo sentimiento o emoción es un caudal de energía activa- debe buscar otro cauce de salida. Puede llegarse a una “explosión” emocional, en la que la persona se siente desbordada por tanta energía reprimida. O, más frecuentemente, ésta se manifestará en somatizaciones, produciendo problemas físicos: fatiga inexplicable, hipertensión arterial, enfermedades cardíacas, trastornos intestinales, problemas de la piel… Porque lo realmente perjudicial no son los sentimientos “negativos”, sino la supresión (represión) de los mismos por parte del cerebro cognitivo. Los sentimientos no hacen daño; hace daño lo que hacemos con ellos, particularmente la represión (negación), la reducción o la cavilación en torno a los mismos.
Ahora bien, el reconocimiento de los sentimientos no significa dejarse conducir por ellos; eso equivaldría a dejar las riendas de la propia vida en manos de un niño de tres años. Por eso, junto con la aceptación, la actitud sabia pasa por la no-reducción a los mismos.
La sabiduría del no-reducirse implica, por un lado, el reconocimiento de que siempre somos más que los sentimientos que se despierten, hasta el punto de que podemos reconocer que tenemos un determinado sentimiento, pero que somos más que él. Por otro lado, esa misma sabiduría nos lleva a conectar, consciente y voluntariamente, con lo mejor de nosotros mismos, con el “lugar” adecuado del que brote nuestra acción.
Por decirlo brevemente, acertamos en la relación con nuestro mundo emocional cuando reconocemos, aceptamos y nombramos todos nuestros sentimientos, pero los acogemos desde nuestra identidad profunda, sin negarlos ni reprimirlos y sin dejarnos conducir por ellos. Teniendo en cuenta el conjunto de nuestra persona, decidimos en fidelidad a quienes somos en profundidad.
Más en concreto, por lo que refiere a los sentimientos “positivos”, se trata de sentirlos y entrar conscientemente en contacto con ellos: son el “reflejo” de nuestra realidad profunda. Sentimientos de paz, alegría, amor, cercanía, solidaridad, unidad, creatividad…, manifiestan y expresan lo que somos: sentirlos e impregnarnos de ellos fortalecen nuestra verdadera identidad.
Los sentimientos “negativos” requieren un tratamiento diferente, en el que habrá que tener en cuenta estos pasos: identificarlos, nombrarlos, verbalizarlos, aceptarlos, no reducirse a ellos, comprender (descifrar) de dónde vienen y vivirlos desde la identidad profunda. Es precisamente esta identidad profunda la que, constituyendo nuestra “plataforma” de solidez, permite no reducirnos a ellos, porque nos hace experimentar que somos “más” que ellos.
En realidad, se trata de desarrollar actitudes constructivas frente a todo aquello que puede hacernos sufrir. Entre ellas, indicaría las siguientes: 1) acogerse a sí mismo, frente al rechazo de sí y la autoculpabilización; 2) aceptar lo que nos hace sufrir sin reducirnos, frente a la negación del problema y al hundimiento; 3) dialogar con el niño o la niña interior, frente a la lejanía de sí; 4) desdramatizar, frente a la tendencia a la dramatización; 5) traducir el malestar en dolor, frente a la huida y el funcionamiento imaginario; 6) des-identificarse por medio de la observación, frente a la autoafirmación del yo .

Sensación y crecimiento personal
La madurez psicológica de la persona requiere una armonización creciente entre las distintas dimensiones que nos constituyen: cuerpo, mente, sentimientos, imagen, sombra…, en un proceso de integración, crecimiento y autotrascendencia.
Pues bien, el camino para avanzar en ese proceso pasa por la sensación: el contacto con las propias sensaciones y sentimientos es condición indispensable para habitarse a sí mismo y para venir al momento presente.
Parece claro que el cuerpo es la gran puerta que nos introduce en el presente –la mente nos mantiene alejados en el pasado o en la proyección del futuro-, y la sensación, la llave que la abre. Será por eso que, según cuenta una leyenda, cuando le preguntaron al Buda cómo avanzar en la transformación personal, respondió: “Empieza por la respiración”.
La respuesta del Buda es sabia. En una primera instancia, porque es a través del cuerpo, en principio a través de la respiración, como accedemos al cerebro emocional y, de ese modo, a la serenidad y a la unificación. Pero también porque, a otro nivel más profundo, al sentir el cuerpo, salimos de la cavilación mental, y venimos al presente, el único lugar donde puede producirse la integración de la persona y su trascendencia: en el presente, nos percibimos como un “yo integrado” y emerge la conciencia de una nueva identidad.

El hombre sabio y compasivo

EL HOMBRE SABIO Y COMPASIVO
UNA APROXIMACIÓN TRANSPERSONAL A JESÚS DE NAZARET

en Journal of Transpersonal Research nº 1 (2009) pp.34-56:
http://www.transpersonaljournal.com/pdf/vol1-jul09/Martinez%20Lozano%20Enrique.pdf

Resumen

El artículo trata de investigar, en los textos de los evangelios, signos de que Jesús de Nazaret experimentó un nivel de conciencia transpersonal.
Para ello, se hace una lectura de los textos, en torno a tres ejes: 1) signos que muestran a Jesús como un hombre desidentificado de su yo; 2) signos de que, más allá del yo, experimentó, vivió y habló desde una conciencia unitaria; 3) signos de esa misma conciencia, en lo que percibieron quienes convivieron y escribieron sobre él.
Como resultado del estudio, parece evidente que Jesús vivió en un nivel transpersonal de conciencia: Eso hizo de él un hombre sabio y compasivo, un maestro experimentado en el camino hacia la Conciencia unitaria.

Palabras clave:

Jesús, conciencia, unitaria, transpersonal, yo, Padre, Hijo.

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A raíz de la publicación del libro ¿Qué Dios y qué salvación? (Martínez Lozano, 2008), muchos lectores me solicitaron un estudio similar referido a la figura de Jesús. En realidad, entendí que se trataba de plantear, en aquella misma clave, la cuestión ¿Qué Jesús?… Me puse a ello.
Y en ello estaba cuando, desde esta nueva revista, me llegó una petición en la misma línea. Así que, sin renunciar a seguir trabajando más detenidamente esa cuestión y poder ofrecer un texto más acabado, que ayude a plantear adecuadamente la cuestión sobre Jesús en el paradigma postmoderno, lo que aquí pretendo es, únicamente, acercarme a los textos del evangelio en los que pueden apreciarse señales de que Jesús vivió en un nivel de conciencia transpersonal.
Me frena un poco la ausencia de estudios sobre el tema, que apenas aparece marginalmente en los autores que abordan el fenómeno de lo transpersonal. Lo más cercano que conozco es un libro titulado Desde dentro de la mente de Cristo (Marion, 2005), pero, como indica en el subtítulo, se refiere más a la “espiritualidad cristiana” que a la propia persona de Jesús.
Sin embargo, y aunque parezca paradójico, esa misma carencia constituye una de mis motivaciones más fuertes. Creo importante que la teoría transpersonal tome en serio la figura de alguien que ha influido tan decisivamente en la historia de Occidente. Y considero igualmente enriquecedor poder “traducir” y leer el mensaje del evangelio en clave transpersonal.

Pero esto requiere una palabra introductoria sobre la lectura de un texto sagrado –en este caso, el evangelio- y sobre la conciencia transpersonal.
Todo texto nace espacial y temporalmente situado. Y a él nos acercamos cada cual también desde nuestro propio tiempo y lugar. Nos hallamos, por tanto, ante un doble condicionamiento que no podemos olvidar. Si a ese inevitable marco en el que toda expresión se produce lo llamamos “paradigma”, habremos de concluir que un paradigma no es sino un “idioma cultural”. Y del mismo modo que no podemos hablar sin usar un idioma determinado, tampoco podemos acceder a la comprensión de la realidad sin recurrir a un paradigma concreto. Porque así como no puede haber palabras sin idioma, tampoco puede haber pensamiento sin paradigma.
Cuando nos acercamos a una obra que proviene de un ámbito cultural diferente al nuestro, es probable que experimentemos dificultades de comprensión. Y como nos ocurre con un texto escrito en un idioma desconocido, nos veremos en la obligación de traducirlo.
El evangelio fue escrito en un paradigma que, genéricamente, podemos designar como premoderno, propio de sociedades agrarias, preindustriales e inmovilistas. Quienes se encuentran en un paradigma postmoderno, característico de nuestras sociedades postindustriales, globalizadas y dinámicas, no podrán comprenderlo, a menos que sea “traducido” a este nuevo idioma cultural. Porque no hay un paradigma mejor que otro: todo lo humano puede expresarse en cualquiera de ellos.
La “traducción” de la que hablo se complica todavía más cuando lo que se está modificando no es únicamente el marco cultural o paradigma, sino el propio nivel o estadio de conciencia. Se trata en este caso de algo cualitativamente diferente, con repercusiones incomparablemente más profundas. Y es que hay signos de que lo que se está agotando, no es sólo el paradigma mítico y heterónomo, definitivamente superado (Lenaers, 2008; Vigil, 2007), sino el mismo modelo dualista de cognición –o modelo cartesiano-, basado en la dualidad sujeto/objeto (Corbí, 2007; Ferrer, 2003; Martínez Lozano, 2009; Wilber, 2007). Ello indicaría el final del estadio egoico de la conciencia y el umbral colectivo de uno nuevo: el nivel transpersonal.
Al estadio transpersonal de conciencia accedemos cuando empezamos a observar la mente. Al hacer así, caemos en la cuenta de que tenemos mente, pero que somos mucho más que ella. Se ha producido ya el primer atisbo empírico de que nuestra identidad no se reduce a lo egoico, aunque durante siglos lo hayamos creído así. De modo que podemos reconocer que tenemos un “yo”, pero que somos más que ese yo que podemos observar. De un modo similar a como, de niños, pasamos de una “conciencia corporal” a otra “mental” –de una manera espontánea, en cuanto empezamos a observar nuestro cuerpo-, nos hallaríamos ahora, colectivamente hablando, en los inicios de un nuevo salto de la conciencia mental a la transpersonal.
Todo ello no significa negar la mente ni el lugar que ocupa en nuestra vida. Lo único que ocurre es que dejamos de identificarnos con ella, porque hemos vislumbrado una identidad inmensamente más amplia.
En contraste con el estadio mental, caracterizado por la separación, el nuevo nivel transpersonal, en el que el propio yo queda integrado y trascendido, se caracteriza por la percepción de la unidad de todo en las diferencias.
Si bien, colectivamente y a pesar de los indicios que apuntan un cambio, la humanidad se encuentra aún en estadios míticos y racionales de conciencia, parece que no han sido pocos los hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, han experimentado ese otro nivel que trasciende el yo.
Entre ellos, Jesús ocupa un lugar destacado. Lo que sigue es simplemente un primer esbozo de comentario a textos que así parecen mostrarlo.
Son textos que, a pesar de haberse leído habitualmente desde un paradigma premoderno –lo cual se explica porque ése era justamente el “idioma” que se hablaba en el periodo histórico en que nacieron-, encierran una sabiduría propia de quien ha “visto” y habla desde más allá de la mente, porque ha accedido a un nivel mayor –transpersonal- de conciencia.
Signos de la conciencia transpersonal en Jesús

La experiencia mística es una experiencia transpersonal. Se trasciende lo mental y se abre paso una nueva percepción de lo real. Por ese motivo, porque en tales experiencias se acalla el pensamiento y es posible “ver” más allá del velo de la mente, es fácil encontrar en los místicos expresiones de claro sabor transpersonal. Eso mismo ocurre en el evangelio.
Sin entrar en el debate sobre lo que serían palabras “auténticas” de Jesús –“ipsissima verba Iesu”- y lo que, tras la denominada “experiencia pascual”, es obra de los discípulos y, en último término, de los redactores del evangelio, lo cierto es que en el texto que ha llegado a nosotros encontramos expresiones que revelan toda su hondura y riqueza cuando las leemos en esa clave. En este sentido, es innegable que el evangelio constituye un mensaje de sabiduría, que nos invita a despertar.
Lo transpersonal es un estadio de conciencia que conlleva, como cualquier otro, un modo de percibir y un modo de actuar, coherentes entre sí. Habría que dudar, por tanto, de aquello que no desemboque en una transformación personal (Daniels, 2008). Lo característico de ese estadio es la superación-integración del nivel mental y, por tanto, del yo, con el que habitualmente nos identificamos de una manera absoluta.
La conciencia transpersonal es, pues, una conciencia unitaria y desegocentrada. Quien accede a ella, “ve” la unidad de lo real más allá del velo opaco que interpone la mente –más allá de las aparentes diferencias- y actúa desde el amor a todos los seres. De ahí que los dos rasgos más característicos de quien se halla en ese nivel de conciencia sean la sabiduría y la compasión.
Y eso es precisamente lo que más se destaca en la persona de Jesús. ¿Quién es y qué ha visto este hombre sabio y compasivo? Vamos a acercarnos a los textos, buscando huellas de la conciencia transpersonal en aquellas dos dimensiones que la caracterizan: la desegocentración y la conciencia unitaria.

Un hombre desidentificado del yo
En el proceso evolutivo de la persona –como, globalmente, el de la humanidad-, la emergencia del nivel mental –y, con él, la aparición y consolidación del yo, en cuanto identidad independiente-, marca un momento culminante. Se sale de la oscuridad de lo pre-personal y se accede a la autoconciencia personal.
Ahora bien, como no podía ser de otro modo, ese nuevo nivel “personal” está caracterizado por una conciencia egoica: el yo recién nacido se embarca en una carrera, espontánea y ansiosa, con la que busca constituirse en centro y protagonista de toda la escena. Olvidando que es sólo un momento más de la evolución y despliegue de lo real, tiende a absolutizarse como si fuera la meta definitiva. Se llega, de ese modo, a la apoteosis del egocentrismo, con consecuencias en todos los sectores (relacional, económico, social, político, religioso…). Es el reino del yo y del individualismo exacerbado.
Lo que se halla detrás de ese modo de hacer –y lo explica- no es en primer lugar una cuestión moral (egoísmo personal), sino una falta de comprensión de la verdadera naturaleza de lo real, es decir, ignorancia, que nos lleva a tomar como definitivo lo que es sólo pasajero. Y al considerarse a sí mismo como definitivo, el yo buscará por todos los medios a su alcance, inadvertida y compulsivamente, sobrevivir y afirmarse frente a todos los demás: la ignorancia lleva a la competitividad, a la rivalidad, a la crispación y al enfrentamiento.
Sólo una comprensión más adecuada de lo real permitirá que pueda modificarse aquella actitud. De hecho, las personas que han “visto”, más allá de las apariencias, han modificado su comportamiento. De ellas hemos recibido un mensaje que, con matices propios en cada caso, habla de no dejarnos encerrar en la cárcel del yo, si queremos favorecer el despliegue de la vida. Justamente eso es lo que nos llega de Jesús.
De Jesús se ha dicho con razón que fue el “hombre fraternal” y que todo su comportamiento tuvo como eje el amor a los otros, expresado como bondad, compasión y servicio incondicional. Pero ese comportamiento no proviene, en primer lugar, de un empeño ético, esforzado o voluntarista, sino de su propia comprensión de la realidad: él vio que el yo no era la realidad definitiva y por eso mismo enseñó que vivir para el yo equivale a perder la vida. Veámoslo más despacio en algunos textos, tal como han llegado a nosotros.

• “El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que niegue su vida por mí y por la buena noticia, la salvará” (evangelio de Marcos 8,35).
Este texto se ha interpretado habitualmente desde una perspectiva egoica. Es lo que ocurre con cualquier texto inspirado (espiritual, místico), cuando el lector se encuentra en un nivel de conciencia diferente (mítico o racional). En esa lectura, parecía que se trataba de negar la vida, mortificarse o sufrir; y que ese sufrimiento por Jesús era fuente de salvación. Desde una conciencia mítica y, más ampliamente, egoica, era lo que se podía leer.
Pero el mismo texto nos da una pista que nos hace mirar en otra dirección. Cuando habla de negar la vida, no habla de “biós”, sino de “psiché”, es decir, del yo psíquico: no se trata de negar la vida, sino de no reducirse al yo.
Por otra parte, en el nivel egoico, el “por mí” del texto se ha entendido como si el “yo” del discípulo tuviera que negarse a favor del “yo” de Jesús. Pero, de nuevo, una tal lectura desconoce justamente la novedad misma de la que Jesús habla. No estamos ante una personalidad narcisista que reclamara atención, sumisión y renuncia a todo lo que no sea él. Estamos, por el contrario, ante alguien que habla y que vive desde más allá del yo. Eso significa que ese “por mí” no puede entenderse en clave egoica, sino que, como veremos, alude nada menos que al “Yo soy”, como nombre de la identidad profunda que transciende lo meramente egoico; la identidad honda que a todos nos constituye, que todos compartimos y en la que todos nos encontramos.
En resumen: la invitación es a “negar el yo” para poder acceder al “Yo soy”.

• “Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal; al contrario, a quien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto; y al que te exija ir cargado mil pasos, ve con él dos mil” (evangelio de Mateo 5,38-41).
Tales palabras resultan absolutamente incomprensibles e impracticables desde una perspectiva egoica. Ningún “yo” puede entender ni vivir un programa semejante. Sin embargo, mientras estamos situados en la nueva identidad que trasciende al yo, en la nueva “conciencia unitaria”, no sólo somos capaces de vivirlas, sino que no podemos vivir lo contrario. He subrayado el término “mientras”, porque ahí se halla justamente la clave: todo depende de dónde nos hallamos situados para poder “ver” y “vivir” una cosa u otra.
Parece claro que alguien que habla así, sólo puede hacerlo desde “más allá” del yo. Y así es como vivió Jesús, “devolviendo bien por mal”, porque no se identificaba como un “yo” frente a otros “yoes” competidores. Él vivía y hablaba desde una identidad nueva que “incluía” a todos y a todo abrazaba. Esa identidad no puede no amar; únicamente puede buscar el bien del otro, no-diferente de sí.

• “Habéis oído que se dijo: «Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo». Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. De ese modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (evangelio de Mateo 6,43-45).
Es sabido que el nivel mítico, tanto a nivel individual como colectivo, está caracterizado por el sentimiento de pertenencia. Hasta el punto de que, en él, el amor universal es algo sencillamente impensable, porque cae fuera del campo de la conciencia que se halla en ese estadio. Sólo en la medida en que éste empieza a ser trascendido, el horizonte se amplía y se empieza a intuir y a vivir la posibilidad de un amor que incluya a todos.
Cuando se accede al nivel de lo transpersonal, el amor universal no sólo se hace posible, sino que es inevitable. Quien se halla situado en ese nivel, como han experimentado siempre los místicos, no puede no amar a todos. Porque se ha visto que ésa es la Realidad, la Unidad-sin-costuras en la que nada es diferente de nada, la Conciencia unitaria.
Sólo desde esa conciencia puede proclamarse con toda verdad el amor al enemigo; porque se está viendo que incluso ese “enemigo” es no-diferente de “mí”, y que es sólo la ignorancia y el sufrimiento los que nos hacen percibirnos como tales.
En esta nueva conciencia, tampoco se ve a Dios como “quien premia a los buenos y castiga a los malos” –percepción característica del estadio mítico e incluso racional; en todo caso, de cualquier nivel egoico-, sino como el que es “bueno con todos”. Por eso, no es extraño que, para Jesús, Dios sea siempre Gratuidad, Amor misericordioso sin límites y sin condiciones.

• “Por eso os digo: No andéis preocupados pensando qué vais a comer o a beber para sustentaros, o con qué vestido vais a cubrir vuestro cuerpo. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Fijaos en las aves del cielo; ni siembran ni siegan ni recogen en graneros, y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, puede añadir una sola hora a su vida? Y del vestido, ¿por qué os preocupáis? Fijaos cómo crecen los lirios del campo; no se afanan ni hilan; y sin embargo, os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos. Pero si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno Dios la viste así, ¿qué no hará con vosotros, hombres de poca fe? Así que no andéis preocupados diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? Ésas son las cosas que inquietan a los paganos. Ya sabe vuestro Padre celestial que las necesitáis. Buscad ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará todo lo demás. No andéis preocupados por el día de mañana, que el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su propio afán” (evangelio de Mateo 6,25-34).
Al escuchar estas palabras, cualquiera puede experimentar un “eco” interior que le dice que son verdaderas, porque conectan con algo que, aunque sea muy remotamente, todo ser humano intuye.
Sin embargo, una vez más, si se leen desde una perspectiva egoica, resultan incomprensibles y, sobre todo, imposibles de vivir. Porque es característico del yo inquietarse, afanarse y preocuparse en su movimiento compulsivo a buscar seguridad en lo que controla o posee. Al yo no se le puede pedir desprendimiento ni calma: es egocentrado y ansioso.
No; éstas son, de nuevo, palabras que vienen de alguien que ve y vive “más allá” de su yo. Lo que ve y vive es una realidad nueva, que él mismo designaba como “Reino de Dios”, y que podemos entender como el conjunto de lo real, la Unidad de Lo Que Es y que se manifiesta en la infinita variedad de formas que la constituyen. Quien ve ese “Reino”, ha descubierto la verdadera naturaleza de lo real y esa nueva conciencia reorienta todo su actuar. Deja de vivir para su yo y accede a una sabiduría ecuánime y serena, en comunión con todos y con todo.
Las palabras de Jesús no pueden entenderse como una invitación a no trabajar –deberemos seguir trabajando, porque no somos pájaros ni lirios-, sino a hacerlo desde la actitud propia de quien, por haber descubierto la verdadera naturaleza de lo real, se deja vivir, descansadamente entregado y confiado en el Misterio que todo lo envuelve.
Cuando eso se ha percibido, la persona se siente permanentemente cuidada y protegida por y en el Misterio de Lo Que Es. Porque, como ha escrito A. Nolan (2007: 190 y 229),

“soy parte del misterio. El misterio me dio a luz… Si el misterio de Dios está más próximo a mí que yo mismo y si, en un sentido profundo, somos uno, entonces no tengo nada que temer. El misterio cuidará de mí en todo momento y circunstancia… Soy amado sin límites porque soy uno con todo el misterio de la vida… Dios es uno con el universo como una persona es una con su cuerpo”.

Pues bien, a ese Misterio que todo lo constituye, Jesús lo llamaba “Padre celestial”. Una expresión que contiene connotaciones míticas, propias de su época –la idea de un Dios que vive en un mundo separado, arriba en los cielos-, pero que expresa, en metáfora, el secreto último de la realidad como Amor originario, originante y envolvente.

• “No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma echan a perder las cosas, y donde los ladrones socavan y roban. Acumulad mejor tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la carcoma echan a perder las cosas, y donde los ladrones ni socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (evangelio de Mateo 6,19-21).
El yo no tiene consistencia propia: es un constructo mental y una identidad transitoria y, por tanto, parasitaria. Para subsistir –para tener una sensación de existir-, necesita aferrarse a cualquier “objeto” que lo alimente: a todo lo que sea tener, poder o aparentar. En todo ello cree percibir seguridad, estabilidad y, en definitiva, consistencia. Eso explica que el yo sea forzosa e inevitablemente egocéntrico. Vive para tener y acumular, para lograr poder e imponerse, para figurar y destacar.
¿Qué ocurre mientras permanecemos identificados con la conciencia egoica? Que “necesitamos “cargar” el ego con la energía que arrebatamos a los inferiores para autoafirmarnos superiores… El ego se tiene que cargar como las baterías, porque no se automantiene…; se tiene que alimentar y crecer arrebatando la capacidad anímica de los otros” (Rodrigáñez, 2007: 244).
De ahí que, para poder sostenerse, el yo se vea obligado a echar mano constantemente de aquellos mecanismos que le proporcionan una ilusoria sensación de existir: la identificación, la apropiación, el dominio y la confrontación. El yo se cree consistente en la medida en que se identifica o apropia de cualquier “objeto”, y domina o se enfrenta a los otros. Por eso, será también la presencia de esos mecanismos el mejor test para indicarnos el nivel de nuestra conciencia egoica.
Ahora bien, una vez trascendido el yo, todo eso se desvanece o, como dice Jesús, se descubre que son tesoros expuestos inevitablemente a la carcoma. La sabiduría consiste en acumular “tesoros en el cielo”.
Lo que ocurre es que, cuando hemos leído estas palabras de Jesús desde una conciencia egoica, no hicimos más que cambiar un “tener” por otro “tener”: se trataba, en esa lectura, de dejar el dinero para acumular “méritos”. Pero no podíamos darnos cuenta de que, en ambos casos, el que buscaba acumular era el mismo yo que, de este modo, incluso pretendía asegurarse la eternidad. Con lo cual, el mensaje de sabiduría de Jesús no llevaba a trascender el yo, sino a fortalecerlo.
Los “tesoros en el cielo” son algo bien diferente de la afirmación egoica. Son, sencillamente, la belleza que se percibe al acceder al nuevo estadio transpersonal. No es algo que se alcance gracias al esfuerzo ni se compute como méritos; es una nueva forma de ver y de vivir que emerge cuando nos desapropiamos del yo, es decir, cuando vamos más allá de lo mental. Y una vez que se ha visto, se ha descubierto como el tesoro al que se adhiere nuestro corazón. Es eso exactamente lo que Jesús vio, vivió y enseñó.

• “El ojo es la lámpara del cuerpo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo está en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tiniebla, ¡qué grande será la oscuridad!” (evangelio de Mateo 6, 22-23).
Es propio del yo pensar que todo es cuestión de voluntad. Sobre esta creencia, se apoyará el voluntarismo, el perfeccionismo e incluso el juicio y la comparación. Pero, ¿realmente es así? ¿Ocurren las cosas por nuestra voluntad o sencillamente ocurren porque ocurren? ¿Puede nuestra voluntad hacer que amanezca? ¿Puede mi voluntad hacer que yo tenga unos pensamientos diferentes de los que tengo? Y si mis pensamientos y sentimientos vienen a mí sin control de la voluntad, ¿qué papel me queda?
Mientras no hay consciencia, es la mente no observada –el ego- quien nos dirige, porque los pensamientos que están en la base de nuestras acciones son los mensajes grabados antaño, las pautas mentales y emocionales aprendidas, que se repiten de una manera automática. Hasta que no los hacemos conscientes a través de la observación, permanecemos identificados con ellas. Y esa identificación es sinónimo de no-libertad. Mientras no hay consciencia, aun creyéndonos libres, no hacemos sino obedecer los patrones aprendidos.
Por eso, el sabio sabe que no es cuestión de voluntad, sino de comprensión y, en último término, de “ver”. Jesús también lo ha visto. El gran obstáculo es la “oscuridad”, que no es otra cosa que el encierro producido por la identificación con el propio yo, como si éste constituyera nuestra verdad última. En cuanto vislumbramos la falsedad de ese encierro, se hace la luz en nosotros, comprendemos, y es precisamente esa nueva comprensión –la luz- la que nos coloca adecuadamente en la vida.
Así como el cuerpo necesita el ojo para estar iluminado –dice el símil que usa Jesús-, la persona necesita de esa luz para salir de la oscuridad y del sufrimiento.

• “Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren” (evangelio de Mateo 7,7-8).
Al yo amante de la voluntad, del esfuerzo y del mérito, estas palabras le resultan reconfortantes…, a pesar de que luego tropiece una y otra vez con la desazón producida por el hecho de que no parecen cumplirse.
El mismo yo religioso las ha entendido, en clave mítica, como si se tratara de “forzar” a Dios a base de súplicas, de esfuerzos o de méritos, para que finalmente nos diera lo deseado. Y, también aquí, la misma desazón: ¡cuántas personas no se han sentido frustradas y hasta desesperadas al constatar, una y otra vez, que no se cumplía lo que esas palabras presuntamente prometían! ¿A qué se debía ese engaño cruel? Cada uno salía como podía de este doloroso interrogante. Sin embargo, lo que ocurría era, de nuevo, que se había leído una palabra –dicha desde una conciencia transpersonal- desde un nivel diferente, lo que incapacitaba su comprensión.
Ésas no son palabras cargadas de promesas para el yo, como éste quiere creer, sino algo mucho más simple y, a la vez, más profundo. Constituyen, sencillamente, una constatación que, quien se halla en un nivel de conciencia transpersonal, ha visto: en ese nivel, pedir es ya recibir; buscar es ya haber encontrado; y por el simple hecho de llamar, todo se abre. Porque no hay un “yo” que pida y “otro” que deba darle; tampoco hay ninguna petición ni búsqueda egoica; puesto que todo es ya, la comprensión de lo que es hace que “pedir” y “recibir”, “buscar” y “encontrar”, “llamar” y “abrir”, sean coincidentes.

• “Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos” (evangelio de Marcos 10,42-45).
El texto habla bien de alguien que ha hecho de su vida un camino de entrega y servicio incondicional; habla del propio Jesús. Esa forma de entender la vida no es posible desde el “yo” que, forzosamente, genera una conciencia egoica y narcisista, que le impele a sentirse el primero o “más que” otros. Por el contrario, el servicio incondicional brota cuando ha emergido la conciencia transpersonal que me hace percibir al otro como no-diferente de mí. De hecho, ese modo de vivir el servicio es uno de los criterios para verificar la realidad de esta nueva conciencia.
Más allá del yo, la Conciencia unitaria
La desidentificación del yo se produce porque se accede a un nivel de conciencia más amplio y abarcante, en el que el anterior queda integrado. Así como la conciencia corporal queda integrada y trascendida en la conciencia mental, también ésta –la conciencia egoica- queda integrada y trascendida en otra más extensa que, a falta de un término mejor, podemos designar como “conciencia unitaria”, por cuanto la unidad es uno de los rasgos que mejor la caracterizan y la distinguen de la mental, que es individual y fragmentada.
No es que la persona no tenga yo, sino que ya no se halla identificada con él, porque ha accedido a una nueva identidad más vasta. Tiene yo, del mismo modo que tiene cuerpo, pero no se identifica con el uno ni con el otro.
He tratado de mostrar cómo Jesús no se identifica con su yo, es decir, no se halla situado en el nivel egoico. Pues bien, esto significa que la suya es una “conciencia unitaria” o, si lo preferimos, transpersonal. Por eso, quiero presentar ahora otros textos que nos dejan entreverlo.

• “¿No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temáis, vosotros valéis más que todos los pájaros” (evangelio de Mateo 10,29-31).
Un rasgo típico de la conciencia unitaria es la confianza sin límites. Donde el yo ve motivos para temer, desconfiar o abatirse, la nueva conciencia confía. El yo teme y desconfía porque se percibe a sí mismo aislado frente al resto de la realidad, que ha percibido otras veces como hostil.
Por otro lado, la lectura que el yo hace de estas palabras es, necesariamente, mítica. Se imagina un dios separado que, como gran mago, está interviniendo para que al propio yo le vaya bien. Y, sin embargo, la realidad clama para decir que eso no ocurre así. No hay nadie que cuide al yo de las catástrofes que teme; no hay nadie “ahí fuera” que asegure la supervivencia del yo.
Una vez más, las palabras de Jesús no nacen del yo ni van dirigidas a él. Son las palabras sabias de quien ha visto que todo está bien. La liberación del sufrimiento no consiste en proteger al yo de cualquier realidad que él perciba como desagradable, sino justamente en aprender a tomar distancia del propio yo, accediendo a ese nuevo “modo de percibir” en el que todo se sucede –como la noche sucede al día y la calma a la tempestad- y en el que, porque finalmente “todo está bien”, podemos descansar confiadamente.

• “Llegaron su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente estaba sentada a su alrededor, y le dijeron: «¡Oye! Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Jesús les respondió: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»” (evangelio de Marcos 3,31-35).
Otro rasgo característico de la conciencia unitaria es el reconocimiento espontáneo de la “familiaridad” universal o, si se prefiere, la conciencia inclusiva por la que nos descubrimos y sentimos unidos a todos los seres. Ésta es la fuente de la compasión.
La conciencia mítica marca fronteras rígidas entre “los de casa” y “los extraños”, derivando en comportamientos dispares hacia unos y hacia otros. Es una conciencia exclusivista, que tiende a creer que toda la verdad está de parte de los suyos.
Por su lado, la conciencia racional es individualista. Puede llegar a ver a todos “iguales”, superando las barreras etnocéntricas del estadio anterior, pero seguirán siendo “iguales separados” o, en todo caso, relacionados por lazos de sangre o lazos afectivos.
En la Palestina del siglo I, el parentesco era una de las instituciones más veneradas, por lo que las palabras de Jesús suponen, en primer lugar, la ruptura de un tabú: se había atrevido a establecer un parentesco por encima del vínculo de la sangre y del clan. Pero no todo queda ahí, como entendería una lectura egoica de las mismas.
Esas palabras nacen de una conciencia unitaria que hace saltar todas las barreras, porque ha visto la unidad radical de lo real. Somos miembros de la misma familia y, en cuanto lo descubrimos, “cumplimos la voluntad de Dios”, y no podemos dejar de hacerlo.
¿Y qué es la voluntad de Dios? Que la Vida fluya, que lo Real se manifieste, que Dios mismo –si queremos seguir usando esta palabra- se viva como Él quiere vivirse en todas y cada de las infinitas manifestaciones. Por eso, en último término, somos la misma familia: porque todos somos expresiones del mismo Dios que así se manifiesta.

• “… Entonces el rey dirá a los de su lado: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me alojasteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme». Entonces le responderán los justos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te alojamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?». Y el rey les responderá: «Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (evangelio de Mateo 25,35-40).
“Conmigo lo hicisteis”: ésta es la clave. Alguien que quisiera identificarse con los que sufren, hubiera dicho: “es como si lo hicierais conmigo”. Pero aquí no está hablando alguien que quiere identificarse, sino alguien que realmente se ha descubierto no-diferente de ningún otro. Eso es lo propio de la conciencia unitaria o transpersonal. Una vez más, no se trata de voluntad, sino de comprensión. Por eso, lo que está en la base no es un esfuerzo egoico, por más encomiable que nos pareciera, sino la percepción característica de una conciencia expandida.
Cuando leemos esas palabras desde el nivel mental, valoramos la voluntad amorosa de quien las pronuncia; desde el nivel transpersonal, a quien vemos es a la Conciencia unitaria expresándose en Jesús. Ello significa que esas mismas palabras brotarán de todo aquél que acceda a ese mismo nivel de conciencia.
¿Y qué decir de las expresiones que aparecen a continuación, y que hablan del “fuego eterno” para quien no asistió a quienes se encontraban en situación de necesidad? Por una parte, la imagen del fuego (y castigo) eterno pertenece a la imaginería característica del estadio mítico. En ese sentido, es una manera de expresar el “fracaso” de quien no percibe –y no puede vivir- la unidad que somos. Por otra, la fuerte amenaza es un modo vehemente de indicar la gravedad de lo que está en juego, por lo que se convierte en una acuciante llamada a despertar.

• “Se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: «¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge»” (evangelio de Mateo 18,1-5).
En el evangelio, el niño no evoca la imagen que hoy podemos tener del mismo. Significa, más bien, la condición de quien –como el niño en el siglo I- carecía absolutamente de todo derecho y se encontraba en el último lugar. “Hacerse como niño” –una expresión querida para Jesús- equivale a colocarse en el último lugar, renunciando incluso a los propios derechos, en una actitud de servicio a los otros.
Así entendido, comprendemos por qué la figura del niño desempeña un papel central en el evangelio, como condición para captar y vivir la novedad que Jesús plantea, y que él mismo designa con la expresión “Reino de Dios” (que Mateo traducirá siempre como “Reino de los cielos”, evitando pronunciar el nombre sagrado). No podía ser de otro modo: hemos visto más arriba cómo Jesús entendía su misión como servicio y entrega.
Pero, más allá de eso, el interés del texto radica en la identificación que Jesús vive con los niños y con lo que éstos simbolizaban. “Me acoge a mí”: como en el anterior, tampoco aquí se trata de un deseo voluntarista, sino de una percepción propia de la conciencia transpersonal.

• “Cuando llegaron a un lugar llamado La Calavera, crucificaron allí a Jesús y también a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»… Uno de los malhechores crucificados añadió: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey». Jesús le dijo: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso»” (evangelio de Lucas 23,33-34.42-43).
Quien ha visto, sabe bien que aquél que hace mal, lo hace únicamente por ignorancia –o por sufrimiento, que es otra forma de ignorancia-. Por eso, no hay lugar para el juicio ni la condena. La visión desemboca en la compasión y en el perdón. ¿No había sido el propio Jesús quien había dicho: “Amad a vuestros enemigos”? ¿No fueron también palabras suyas las de “No juzguéis”? Así como la mente –el yo- no puede vivir sin juzgar permanentemente –de hecho, pensar equivale, en parte, a discriminar o juzgar-, en el estadio transpersonal el juicio es imposible.
Un dicho budista afirma: “Si realmente supiéramos lo que es bueno, lo haríamos siempre”. Lo que sucede es que, aunque nos cueste creerlo, mientras no llegamos a la conciencia unitaria, “no sabemos” lo que hacemos. Hasta que eso no ocurre, somos como “girasoles ciegos”, que andamos perdidos por falta de luz que nos oriente. Por eso también suele decirse, con toda razón, que el yo es el reino de la ignorancia y de la oscuridad.
Por otro lado, desde la conciencia unitaria desaparece también el miedo egoico a la muerte; muerte y vida son sólo las dos caras de la misma realidad. Cuando Jesús le asegura al ajusticiado que “hoy” estará con él en el paraíso, está proclamando que nunca morirá, porque nunca ha nacido. Muere únicamente el yo, en cuanto forma separada, pero no la conciencia que en él se expresa y vive.
Indudablemente, el perdón, el no juicio y la confianza en la vida aun en medio de la muerte son señales que manifiestan la conciencia transpersonal de quien lo vive así.

• “Jesús dijo: «Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado para que sean uno, como tú y yo somos uno… Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros»” (evangelio de Juan 17,11.21).
A diferencia de la mental, que es necesariamente individualizada –se trata de la conciencia asociada a un yo-, la transpersonal es unitaria. Sin negar las diferencias, lo que prima en esa nueva percepción es la unidad en la que todas ellas coexisten y se entrelazan; lo Real que a todas las constituye.
La forma personalista empleada por el autor del evangelio –típica del paradigma premoderno- no menoscaba la experiencia ni la percepción que subyace a sus palabras. En ellas, Jesús aparece como alguien que vive y ha realizado la Unidad con el Misterio que abraza todo lo real, Misterio al que él se dirigía como “Padre”.

• “Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (evangelio de Mateo 11,27).
De nuevo, aparece subrayada, en este peculiar texto del evangelio de Mateo, la conciencia que tiene Jesús, tanto de su unidad con el Misterio como de su “capacidad” para comunicarla, es decir, para conducir a los otros a esa misma experiencia.
Decía que se trata de un texto “peculiar”, porque no se corresponde con el vocabulario ni con el estilo de Mateo –sorprendería menos si se encontrara en el evangelio de Juan-, pero eso no le quita nada a la sabiduría que contiene.
Como tantos otros, al ser leído en clave mental, parecía remitir al “Padre” como un ser separado, al que únicamente conoce y puede revelar otro ser separado, el “Hijo”. Una tal lectura daba pie para entender el misterio de la Trinidad de una manera “objetivista” –como si se tratara de tres “esencias” compartiendo una misma divinidad-.
Desde la perspectiva transpersonal, la lectura es diferente y, a mi parecer, más respetuosa con el Misterio. “Padre” es una forma metafórica de designar el Amor originario que todo lo constituye y en todo se está expresando y manifestando; “Hijo” es el modo –no menos metafórico- como se designa quien ha experimentado esa Unidad última y la vive sin separación.

• “El Padre y yo somos uno” (evangelio de Juan 10,30).
Toda la conciencia de unidad queda expresada, en esta frase, de la forma más contundente. Leída desde un estadio mental –tanto mítico como racional, aunque con matices propios en cada uno de ellos-, se ha interpretado como remitiendo a la “unidad” entre la persona de Jesús y la “persona” de Dios, “el Padre”. Por la sencilla razón de que ésa es la única forma posible para el yo de pensar y entender la unidad.
Desde la nueva perspectiva transpersonal, descubrimos que la afirmación apunta a la Unidad sin costuras con el Misterio como tal, la Unidad constitutiva de lo que es. En este sentido, la expresión “el Padre y yo somos uno” pone palabras a la constitución no-dual de la realidad.
Se trata, por tanto, de una expresión válida para todo ser. Eso es lo que ya somos todos…, aunque todavía no lo hayamos percibido: Somos no-diferentes de lo Real, del Misterio que se despliega incesantemente. Jesús es alguien que lo ha visto y lo ha expresado.

• “Los judíos le dijeron: «¿De modo que tú, que aún no tienes cincuenta años, has visto a Abraham?». Jesús les respondió: «Os aseguro que antes de que Abraham naciera, yo soy»” (evangelio de Juan 8,57-58).
Para el yo, todo es una sucesión de eventos que ocurren en el tiempo. Para la conciencia transpersonal, todo es, en un Presente atemporal que no conoce principio ni final. Ese presente es…, “antes de que Abraham naciera”.
Así como el yo –la mente- sólo puede vivir en el pasado –o proyectándose en el futuro-, la conciencia transpersonal vive siempre en el presente. En efecto, acallada la mente, lo que queda es Presencia autoconsciente, sin resto de apropiación egoica. Es precisamente esa Presencia la que puede decir: “Yo soy”. Donde “yo”, evidentemente, no se refiere a la estructura egoica mental, sino al YO –con mayúsculas-, el único que es. El que hace esa afirmación no es el individuo separado –que, como mucho, puede decir: “yo existo”-, sino la conciencia unitaria que no conoce separación, porque tampoco se identifica con la temporalidad.

• “Yo soy” (evangelio de Juan 4,26; 6,20; 8,24; 8,28; 8,58; 13,19; 18,5).
En la misma línea que acabo de señalar, el evangelio de Juan pone en labios de Jesús la afirmación “Yo soy”, sin ninguna otra palabra que lo definiera. Y lo hace por siete veces, en las citas que he señalado entre paréntesis.
Un judío sabe que “Yo soy” es el modo de nombrar al mismo innombrable Yhwh, El Que Es. Presentar a Jesús de ese modo es la manera más evidente de manifestar su divinidad. Pero no para entenderla en un sentido mítico, como un dios separado, sino para expresar que Jesús ha visto y ha vivido lo que somos todos, el Secreto último, el Misterio definitivo de lo real; aquello que nuestros antepasados nombraron como “Dios”.
Y hacerlo por siete veces expresa la plenitud de la conciencia en Jesús: siete, al sumar el tres de la divinidad con el cuatro de la humanidad, es el número de la plenitud. Con ese juego numérico el autor nos habla de la conciencia inequívoca de Jesús para decir con razón: “Yo soy”.
Conciencia que vuelve a ser expresada, con la misma rotundidad, en otra frase del propio evangelio: “El que me ve a mí, ve al Padre” (evangelio de Juan 14,9).
Todo lo real remite a –y es transparencia de- Dios. Por tanto, cualquier elemento de lo real podría aplicarse con razón esas palabras que el evangelio pone en boca de Jesús. La diferencia estriba en la consciencia de ello. Esa consciencia constituye precisamente lo característico de quien ha visto, porque ha accedido al nivel transpersonal.

Es claro que el sujeto del “Yo soy” no es una conciencia egoica –a no ser que fuera víctima de delirios de grandeza o de un trastorno psicótico-, sino la Conciencia transpersonal. Ha sido K. Wilber (1991: 174 y ss.; Visser 2004: 142 y ss.) quien ha insistido como nadie en lo que él llama la falacia pre/trans. Entre el psicótico y el místico, hay un parecido: ambos se hallan fuera del estadio “racional” de conciencia; pero la diferencia es abismal: mientras el primero se encuentra en un nivel pre-racional, el segundo ha accedido al trans-racional. No tener en cuenta esta diferencia nos hace perder lucidez y puede llevar a confundir la psicosis con la experiencia mística, o el comportamiento inmoral con el trans-moral (o trans-convencional).
En Jesús, tanto la sabiduría y profundidad de su mensaje como la calidad humana de su comportamiento nos llevan a constatar que no nos hallamos en presencia de un ego inflado pre-racional, sino de una conciencia transpersonal que se manifiesta en alguien radicalmente desegocentrado, que ha hecho de su vida una ofrenda desinteresada y gratuita al servicio de los otros. Su apuesta por los últimos, su crítica del poder opresor a costa de su propia vida y su actitud servicial manifiestan con toda elocuencia la madurez humana de un yo psicológicamente integrado y trascendido.
El “Yo soy”, por tanto, en labios de Jesús, remite a alguien que –más allá de su identidad egoica- se percibe y se vive como la Conciencia atemporal e ilimitada –Lo Que Es-, que ha experimentado como su identidad última. “Yo soy”, como la única realidad autoconsistente (Wilber, 2008: 151-153, en línea con la tradición vedanta advaita; puede verse también el magistral estudio de Mónica Cavallé, 2008), a la que, por otra parte, todo ser humano puede tener acceso: el “Yo soy” que a todos nos constituye y en el que todos nos reconocemos en la no-dualidad.

Lo que percibieron sus discípulos

No es posible reconstruir en su exactitud lo que aquellos hombres y mujeres que lo siguieron irían viendo progresivamente en el Maestro de Nazaret. En lo que escribieron sobre él nos llega asombro, admiración, amor, fascinación e incluso absolutización. Da la impresión de que todos los nombres se les quedan pequeños a la hora de hablar sobre él.
De los escritos que han llegado hasta nosotros, quizás sea el cuarto evangelio el que más lejos ha ido al pretender desentrañar el “secreto” de Jesús. Por eso, me centraré en él, con el objetivo de identificar cuáles son los rasgos predominantes en la vida de alguien que, desidentificándose del yo, ha vivido en la conciencia unitaria o transpersonal.
Por otro lado, entre aquellos mismos testimonios, ocupan un lugar destacado los relatos en torno a la resurrección de Jesús, ya que será sobre esa experiencia donde se asiente la fe de aquellas primeras comunidades y, en definitiva, todo el cristianismo. A mi modo de ver, lo vivido por los discípulos puede considerarse una “experiencia transpersonal”, por lo que haré también una breve consideración sobre ello.

El testimonio de la comunidad del cuarto evangelio
Al querer descubrir lo que percibieron en él sus discípulos, lo primero que llama la atención es la “explosión” de un testimonio que estremece, el que se encuentra como pórtico de la Primera Carta de Juan, perteneciente a la misma comunidad del cuarto evangelio. Dice así:

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida –pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó-, lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (Primera carta de Juan 1,1-3).

Me destaca del texto, expresado como a borbotones insistentes, la sensación de que les faltaran palabras para expresar todo lo que han percibido; como si les resultara increíble a ellos mismos que algo así se pudiera dar. En Jesús, han creído ver la Vida, más aún, “lo que existía desde el principio”.
Sabemos que esto ocurre cuando estamos ante alguien que vive en presente, o mejor todavía, que es Presencia. La intensidad de presencia, que se trasluce en toda la persona –desde su mirada hasta su modo de actuar-, nos sitúa inmediatamente, incluso sin necesidad de palabras, en la vida y en la atemporalidad, en la plenitud de Lo Que Es.
Es seguro que algo de eso producía el encuentro con Jesús. Desidentificado de su yo, asentado de modo estable en la conciencia unitaria, era expresión de la Vida en toda su riqueza y ponía inmediatamente en contacto con el Misterio. Es fácilmente comprensible que aquellos primeros seguidores, en su presencia, se sintieran remitidos directamente a Dios, como el Misterio de Vida y de Luz, a quien el propio Jesús llamaba “Abbá” (Padre).
Algo similar se expresa en el llamado Prólogo de ese evangelio, que presenta y canta a Jesús como “Palabra” (Logos) del Padre:

“En la Palabra estaba la Vida, y la vida era la luz de los hombres…
La Palabra era la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo hombre…
A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios…
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (evangelio de Juan 1,4.9.12.14; todos los textos que aparecen a continuación pertenecen a este mismo evangelio).

Pero acerquémonos más despacio al evangelio de Juan para anotar algunos de los rasgos más sobresalientes que aquellos discípulos percibieron en este hombre que tanto les transmitía con su sola presencia. Rasgos distintivos de quien ha visto más allá de la mente egoica, porque ha accedido a la conciencia transpersonal, parecen reflejarse en los siguientes textos:

• Jesús aparece como un hombre desegocentrado, que no busca alimentar su ego (“Yo no busco honores que puedan dar los hombres”: 6,41), ni es atrapado por la necesidad (“Esforzaos, no por conseguir el alimento transitorio, sino el permanente, el que da la vida eterna”: 6,27).
El yo no puede dejar de buscarse y alimentarse a sí mismo, porque de otro modo no podría subsistir. Al no ser consistente, es sujeto permanente de necesidades que le hacen girar sobre sí mismo. Por eso, la desegocentración sólo es posible cuando se silencia el yo: un camino de silenciamiento que han vivido todos los hombres y mujeres que han vivido su vida como entrega. Hasta que no se silencie, el yo vivirá únicamente en clave de voracidad.

• Desidentificado de su ego, Jesús es un hombre libre y osado, que ha perdido el miedo a la muerte: “Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad. Yo tengo poder para darla y para recuperarla de nuevo” (10,17-18).
Quien ha “muerto” al yo no tiene miedo a la muerte. Porque ha visto que lo único que muere es precisamente el yo. Por eso, hablará de la muerte como de un “sueño” o un “paso” –ésos son los términos que usa el evangelio-, en la certeza de que la identidad más profunda se halla libre de ella.

• Jesús es alguien que no condena. Cuando le presentan a la mujer sorprendida en adulterio, algo que estaba penado con la lapidación, reacciona con una sabiduría que desarma a los jueces y verdugos, y una compasión que rehabilita a la mujer: “Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra… Tampoco yo te condeno” (8,7.11).
El yo vive de representar papeles. Entre ellos, parece sentir predilección por los de juez y víctima. Al juzgar y condenar a otros, el yo cree elevarse por encima de ellos; al quejarse, se coloca en el centro de atención.
Por eso, la desapropiación del yo viene acompañada de un abandono de ambas actitudes, la queja y el juicio. La queja se transforma en aceptación lúcida; el juicio en comprensión y compasión.
Se cuenta que un discípulo se acercó a uno de los padres de desierto para preguntarle: “¿Cómo sabré con seguridad que no me estoy equivocando en mi camino espiritual?”. A lo que el padre le respondió tajante: “Estarás completamente seguro de no equivocarte cuando no juzgues a nadie”.
Los discípulos han percibido en Jesús a alguien sabio y compasivo, que ha vivido el no-juicio y el perdón hasta el final, de un modo espontáneo, profundo e ilimitado.

• Jesús es alguien percibido como fuente de luz, de verdad y de vida. “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida” (8,12). “Si os mantenéis fieles a mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; así conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (8,31). “Yo digo la verdad” (9,45). “Tú tienes palabras de vida eterna” (6,68). “Yo he venido para dar vida a los hombres, y para que la tengan en plenitud” (10,10). “Mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso nací y para eso vine al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz” (18,37). Hasta el punto de poner en sus labios esta afirmación: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (14,6).
Como ha quedado dicho más arriba, todas estas palabras no pueden entenderse desde una conciencia egoica. El yo que habla ahí no es el yo separado, la identidad egoica, sino el “YO”, en cuanto Conciencia transpersonal.
Ningún ego puede decir: “Yo tengo la verdad”. No, lo característico de esa afirmación es que se dice de alguien que se encuentra más allá de su yo… ¡y ésa justamente es la verdad!, no un contenido mental que un sujeto pudiera expresar. Frente a cualquier pretensión o arrogancia egoica de poseer la verdad, es necesario insistir en la inevitable relatividad de cualquier formulación mental, por la razón simple de que la verdad nunca puede ser “objetivada”. Dado que la mente no puede no objetivar, todo lo que pueda decir será sólo, en el mejor de los casos, una “señal” que apunte en la dirección adecuada.
Con todas aquellas expresiones, los discípulos tratan de transmitir lo que ellos mismos han percibido en Jesús: en él se les ha revelado el secreto de lo Real. Para ellos, eso equivale, con razón, a tener acceso a la verdad, a la luz, a la Vida. Por tanto, dicho en una fórmula breve, Jesús es el camino, la verdad y la vida, es decir, el “revelador”.
Antes de ser considerado como “fundador” de religión alguna, Jesús fue visto por los discípulos como alguien que vivía en profundidad, tenía el don de poner en contacto con el Fondo de la vida, en el que todo se unifica, y, de ese modo, comunicaba vida y verdad: Tenía “palabras de vida eterna”, es decir, de plenitud.
Como decía antes, la “verdad” no se refiere a contenidos mentales (o creencias), que se hallan siempre sometidos a la inevitable relatividad del pensamiento, sino justamente a lo que podemos ver en la medida en que nos desidentificamos de la mente y nos desapropiamos del yo.

• Junto con los rasgos que acabo de señalar, el cuarto evangelio destaca también estas actitudes de Jesús, que debieron impactar especialmente a los discípulos. De hecho, todas ellas aparecen en lo que se conoce, dentro de ese evangelio, como el “testamento espiritual” de Jesús, que abarca los capítulos 13 al 17 del mismo.

 Confianza: “No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí” (14,1).
También los evangelios sinópticos han recogido esta actitud, que colorea gran parte de las parábolas. De hecho, para la Biblia, “creer” es sinónimo de “confiar”. Por eso, lo contrario de la fe es el miedo. Sin embargo, entre nosotros, la fe se ha entendido, prioritariamente, como “asentimiento mental” o “creencia”; su contrario era necesariamente el ateísmo o el agnosticismo. Hasta ahí se mostraba el influjo de estar situados en el nivel egoico.
Para el yo, creer es, sencillamente, “tener creencias” –el yo únicamente puede “tener”-, a las que aferrarse. Pero el yo no puede confiar. El reino de la ignorancia es también el reino del miedo y del sufrimiento.
Al escuchar la palabra de Jesús (“confiad”), nos llega en ella la certeza de quien ha visto en profundidad y por eso sabe que, a ese nivel, todo está bien.

 Paz: “Os dejo la paz, os doy mi propia paz. Una paz que el mundo no puede dar. No os inquietéis ni tengáis miedo” (14,27).
El yo también busca desesperadamente la paz, pero la única a la que puede acceder es la paz “que da el mundo”, es decir, el bienestar narcisista, incapaz de convivir con problemas, dificultades o dolor; la paz sensible o la paz de los cementerios.
Jesús habla de “otra” paz, aquélla que puede convivir con las dificultades porque se asienta en otro lugar más hondo y echa raíces en la fuente misma de lo real. Una paz que no desaparece porque surjan dificultades ni aparezca el dolor o la muerte. Una paz, por otra parte, que pacifica en profundidad, pero que “nunca deja en paz”, porque está habitada de un dinamismo de vida.
Los discípulos percibieron en Jesús a alguien anclado en esta paz de fondo, que no es otra cosa sino la ecuanimidad que brota de vivir en la Presencia, y que aleja cualquier miedo o inquietud.

 Gozo: “Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo, y vuestro gozo sea completo” (15,11). “Yo os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis, mientras que el mundo se sentirá satisfecho; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. Cuando una mujer va a dar a luz, siente tristeza, porque le ha llegado la hora; pero cuando el niño ha nacido, su alegría le hace olvidar el sufrimiento pasado y está contenta por haber traído un niño al mundo. Pues lo mismo vosotros: de momento estáis tristes; pero volveré a veros y de nuevo os alegraréis con una alegría que nadie os podrá quitar” (16,21-22).
“La alegría es la señal inequívoca de que la vida triunfa”, escribía H. Bergson. El gozo estable es la condición de quien conoce el secreto de lo real, de quien se ha adentrado en el Misterio. Porque es de ahí, del Misterio, de donde procede el gozo que “nadie os podrá quitar”.
Me impresiona escuchar a Jesús que habla de “mi” gozo, y de un gozo “completo”. ¿Cómo pudo haber luego, en la historia del cristianismo, predicadores insignes, como Bossuet, que dijeran que “Jesús no se rió jamás”?
El que así habla, ha visto y vive estable en la certeza de Lo Que Es, más allá de lo que le ocurre. No olvidemos que estas palabras están puestas en boca de alguien que esa misma noche va a ser traicionado, abandonado y negado por sus amigos, para terminar siendo ajusticiado en la cruz.
Como la paz de la que habla, el gozo no es borrado por el dolor ni por la muerte. Porque una y otro no nacen del yo, sino de la Realidad que se experimenta en la Presencia.

 Servicio: “Entonces Jesús, sabiendo que el Padre le había entregado todo, que había venido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura” (13,3-5).
El llamado “lavatorio de los pies” constituye una “parábola en acción”, un gesto en el que quiere expresar la actitud propia de quien se ha desapropiado del yo. Si el yo va por la vida en clave de voracidad y dominio, quien se ha desidentificado de él, lo hace en clave de ofrenda y servicio.
Los discípulos han percibido en Jesús a un hombre servicial, “que ha venido, no a ser servido, sino a servir y dar la vida”, y que en este gesto adopta el papel de esclavo –sólo un esclavo podía lavar los pies de otros-, manifestando además que únicamente esa actitud es la que permite comprenderlo.
Pero no es que esa actitud nazca de un imperativo moral; se trata de un comportamiento que se deriva de la percepción de la Unidad de todo Lo Que Es, y que traduce el amor de esa nueva conciencia, que se manifiesta más donde mayor es la necesidad.

 Amor: “Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre. Y él, que había amado a los suyos, que están en el mundo, los amó hasta el extremo” (13,1). “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros” (13,34). “Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor” (15,9). “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por los amigos” (15,13).
Sin ninguna duda, fue el amor que vivía Jesús lo que más impactó a sus discípulos. Unos setenta años después de su muerte, el autor del cuarto evangelio, cuando quiere resumir su vida, en este pórtico admirable que abre lo que será el relato del final, se expresa así: “Habiendo amado a los suyos, que están en el mundo, los amó hasta el extremo”.
El texto original dice “están” –en presente, aunque está hablando de hechos ocurridos hace varias décadas-, subrayando intencionadamente, tal como ha puesto de manifiesto uno de los mejores especialistas en el estudio de este evangelio, el impacto y la intensidad de la experiencia vivida (León Dufour, 1995: 20).
He dicho más arriba que el verdadero místico es aquél que no puede no amar. Porque ya ha visto que el Amor, a pesar de todas las apariencias adversas, constituye el secreto último de lo Real. Hemos sido hechos de amor, con amor y por amor. Pero mientras estamos identificados con nuestro yo fácilmente lo ignoramos, porque el yo, constitutivamente inconsistente, no puede sentir sino carencia.
Al acallar la mente y tomar distancia del yo, emerge la Presencia y ahí empezamos a atisbar que el núcleo o “corazón” de la Plenitud unitaria es Amor.
Tienen razón las religiones al afirmar que “Dios es amor”. La tiene también Jesús cuando reduce todos los mandamientos a éste. Pero no lo hace como un maestro de moral, que introdujera un nuevo código ético. Lo hace, más bien, como un sabio que ha visto y que lo ha vivido. Y eso es justamente lo que les llegó a sus discípulos.

 Unidad: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (15,5).
La mente es dualista, porque sólo puede funcionar a partir de la dualidad inicial sujeto/objeto. El resultado es un modelo de cognición marcado por esa misma dualidad. Eso explica que el yo únicamente pueda ver la realidad en clave monista-panteísta (todo es uno) o en clave dual (todo es dos). Sin embargo, al silenciar la mente, se trasciende ese modelo de cognición y la realidad se manifiesta en su carácter no-dual.
La alegoría de la vid subraya ese carácter no-dual de la realidad. Un sarmiento podría verse (“pensarse”) a sí mismo como algo independiente, separado y aislado; sin embargo, él mismo es también “vid”. Un dedo de mi mano podría percibirse también como una realidad separada, pero él también es cuerpo…, y así sucesivamente. Todo está en todo y todo es en todo, expresándose de modos infinitamente variados.
Una tal percepción genera una unidad incuestionable. Si todo está en todo, cualquier realidad es no-diferente de mí. Y aquí es donde alcanzan su pleno sentido las palabras de Jesús, antes comentadas: “A mí me lo hicisteis”.

• Todos los rasgos y las actitudes que los discípulos percibieron en Jesús tienen su fuente, según el evangelio, en la experiencia de su unidad e identificación con el Padre: “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta…; lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo” (5,19). Hasta el punto de que es esa unidad la que lo alimenta: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra de salvación” (4,34).
El cuarto evangelio presenta a Jesús como alguien que vive constantemente referido al Padre: ha salido de él, vuelve a él, habla lo que le ha oído a él, hace lo que le ha visto hacer a él… El Padre lo ocupa todo en la vida de Jesús.
Todo es coherente: quien se ha desidentificado del yo, puede vivir centrado en el Misterio de Lo Que Es. Por el contrario, la identificación con el yo significa egocentración: el yo percibe la realidad como un conjunto de satélites que deben girar en torno a él. Por eso también, el yo puede tener creencias, pero es incapaz de entregarse plenamente a Dios. Porque esa entrega significaría su “muerte”.
Los discípulos percibieron a Jesús como transparencia de Dios, porque Jesús, desidentificado de su yo, vivía anclado en la Presencia, como el eje sobre el que giraba toda su existencia.

• La identificación con el Misterio, al que él llamaba “Padre”, se expresa en la fórmula “Hijo de Dios”: “¿No está escrito en vuestra ley: «Yo os digo: vosotros sois dioses»? Pues si la ley llama dioses a aquéllos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y lo que dice la Escritura no puede ponerse en duda, entonces, ¿con qué derecho me acusáis de blasfemia a mí, que he sido elegido por el Padre para ser enviado al mundo, sólo por haber dicho «yo soy hijo de Dios»? “(11,34-36).
Para un judío, la expresión “Hijo de Dios” no hubiera podido significar la existencia de “otro” Dios junto a Yhwh: su monoteísmo no lo hubiera podido tolerar. Con esa expresión se aludía, más bien, a alguien que gozaba de una especial elección o predilección divina que lo introducía en el ámbito de la mayor intimidad posible con Dios.
Las cosas cambian por el hecho simple de que esa afirmación aterriza en el ambiente helenístico. Los griegos estaban acostumbrados e incluso familiarizados con las figuras de los dioses, semidioses, “héroes”, “hombres divinos” e “hijos de Dios”: el propio emperador romano era designado de ese modo. Para ellos, un “Dios” era un habitante de un mundo superior, que estaba dotado de los atributos de poder e inmortalidad. El nuevo contexto fue otorgando a la figura de Jesús un carácter “divino”, en el sentido que les era habitual, hasta llegar a entenderlo como el Hijo “enviado” a nuestro favor.
Con esas premisas, era inevitable que, antes o después, surgiera el conflicto de interpretaciones. ¿Cómo se compaginaba la unicidad de Yhwh con la divinidad de Jesús? Los filósofos y teólogos cristianos hubieron de echar mano de las categorías filosóficas a su alcance para, a partir de ellas, encontrar una respuesta que diera razón de su fe. El proceso fue lento, difícil y doloroso, hasta que fraguó, oficialmente, en las definiciones dogmáticas de los concilios de Nicea (325) y Calcedonia (451).
Sin embargo, con la emergencia de lo transpersonal, al diluir definitivamente la pretendida absolutización del modelo de cognición dualista, todo se modifica, porque se ha modificado el propio modelo de cognición. Superado el modelo mental, ni Dios ni Jesús pueden considerarse como seres separados, porque nada está separado de nada; no son objetos ni tampoco sujetos; no son un “tú”, porque no hay ya ningún “yo” que los perciba como tales.
Cuando se acalla la mente, lo que aparece es el Misterio-sin-costuras-de-lo-Real, donde todo está en todo. En esa clave, la expresión “Hijo de Dios” remite a Jesús como la manifestación de Lo Que Es y, simultáneamente, expresión de Lo Que Somos. ¿Cabe algo más divino? ¿No “coincide” esta manera de nombrarlo con lo que pretendían afirmar los cristianos de los siglos IV-V?
El malestar creyente surge, a mi modo de ver, por el hecho de no haber experimentado aún lo que es la conciencia transpersonal. Es esto lo que lleva a muchos a condenar cualquier formulación discrepante de la literalidad de los dogmas tradicionales. Porque temen que se está perdiendo algo valioso. Y es así: visto desde la conciencia mental (mítica e incluso racional), esto supone una “pérdida” –el yo pierde su referencia de seguridad “separada”-. Pero, una vez atisbado lo transpersonal, lo que parecía pérdida se convierte en liberación definitiva.

• En el origen de todo, la Conciencia unitaria que Jesús vive, aunque tal conciencia venga expresada en un lenguaje todavía mítico: “¿Qué ocurriría si vieseis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?” (6,62). Porque lo que el evangelio tiene claro es que esa nueva conciencia requiere “nacer de nuevo”: “El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (3,3).
“Bajar del cielo”, “subir al cielo” significa, en el esquema mítico que piensa a Dios habitando el espacio celeste, vivir en el ámbito de Dios, participar plenamente de la vida divina.
Al reconocerlo como “bajado del cielo”, los discípulos han percibido a Jesús como alguien que vivía la divinidad sin distancia de ningún tipo, hasta el punto de que verlo a él era “ver” a Dios. Ahora bien, vivir la divinidad sin distancia significa vivir la Unidad y, por tanto, estar situado “más allá” de la percepción dual que la mente impone.
Eso significa que, para acceder a ese Misterio que Jesús denominaba “Reino de Dios”, sea necesario “nacer de nuevo”. Lo que está en juego, en efecto, es una nueva identidad… Se requiere, por tanto, un nuevo nacimiento.
En el propio lenguaje evangélico, podría expresarse como “morir al yo” y “seguir a Jesús”. En clave transpersonal, equivale a reconocer que el yo –con el modelo conceptual que de él se deriva- no es la identidad definitiva. Hace falta “nacer” a la conciencia unitaria: sólo ella nos permitirá acceder a ese nuevo modo de ver y de vivir.

• Desde esa nueva conciencia, Jesús declara abiertamente el final del templo (“Destruid este templo, y en tres días yo lo levantaré de nuevo”: 2,19), porque el verdadero templo es su propio cuerpo, es decir, la persona. En la misma línea, señala el final de toda religión: “Está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén… Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoren en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (4,21-24).
No podía ser de otro modo. En esa nueva conciencia, todo es “templo de Dios”…, porque nada está separado de nada. Todo es expresión y manifestación de lo Real. Vacío y forma, inmaterial y material, Dios y creación…, todo es no-diferente, imposible de ser separado.
El texto del cuarto evangelio nos lleva a plantearnos una nueva cuestión: ¿Queda lugar para la religión en la conciencia transpersonal? La respuesta la ofrece el propio texto: Ha terminado el tiempo del templo; la adoración es “en espíritu y en verdad”.
La religión es el modo en que la espiritualidad toma forma mientras el ser humano se halla en el nivel mental –sea mítico o racional- de la conciencia. Como yo separado, percibe a Dios como Ser también separado: he ahí la religión que ha de expresarse en creencias, ritos y prácticas; la religión del templo.
Ahora bien, en la medida en que se transciende el yo, Dios deja de ser percibido como un ser separado, y justamente entonces todo se llena de su presencia y de su aroma. Y la persona que ha nacido a esa nueva conciencia se convierte en adorador de Lo Que Es. Adora “en espíritu y en verdad”, porque en todo percibe el Misterio digno de adoración, alabanza y amor.
“Ha resucitado”: la experiencia que dio origen al cristianismo
De todo lo que sus discípulos trasmitieron a propósito de Jesús, ocupan un lugar preeminente los testimonios acerca de la resurrección. Hasta el punto de que en esa afirmación –“Jesús ha resucitado de entre los muertos” o “Jesús ha sido resucitado por Dios”- se condensa el primer credo de aquella comunidad inicial. Y es esa misma fe en la resurrección la que constituye el núcleo de la fe cristiana, ya que, al decir de Pablo, “si Cristo no ha resucitado, tanto mi anuncio como vuestra fe carecen de sentido” (Primera Carta a los Corintios 15,14, escrita hacia el año 55). El cristianismo se fundamenta en el llamado “acontecimiento pascual”: la muerte-resurrección de Jesús.

Desde la perspectiva de este trabajo, me interesa únicamente señalar la contundencia del testimonio de los discípulos, que se sienten radicalmente transformados por lo que dicen haber experimentado: El crucificado sigue vivo… “y nosotros somos testigos” (Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,32).
Ellos intentarán plasmar la experiencia en una serie de relatos de apariciones del Resucitado, con alusiones también a la tumba vacía. Hoy somos conscientes de que tales relatos no pretenden –ni hubieran podido- ser una crónica periodística de lo ocurrido. Como ponen de relieve los exegetas y teólogos más rigurosos –pueden consultarse dos obras de síntesis que tienen en cuenta los estudios más recientes sobre esta cuestión: Lois, 2002; Torres Queiruga, 2003)-, tanto el acontecimiento mismo de la resurrección como las apariciones del Resucitado “ocurren” en un nivel que trasciende el tiempo y el espacio. Siendo acontecimientos absolutamente reales, no pertenecen al ámbito de la historia. Se trata, por decirlo en una palabra, de una experiencia transpersonal. Y eso fue justamente lo que vivieron los discípulos.

A lo largo de su vida, como hemos tenido ocasión de comprobar en los textos evangélicos comentados, Jesús manifiesta una confianza ilimitada, también ante su propia muerte. Lo que se conoce como su “agonía en el Huerto de los Olivos” no invalida lo que había sido una constante en su vida; de hecho, sale incluso de esa angustia gracias a la confianza y la experiencia del Padre a quien siente como Consuelo.
No podía ser de otro modo: quien ha accedido a un nivel de conciencia transpersonal, trascendidas las barreras de la mente, se halla en el Presente atemporal, en el que la muerte no es sino un fenómeno episódico, la modificación de una apariencia. Quien se encuentra en ese Presente sabe bien que nada morirá, porque nada ha nacido; todo, sencillamente, Es.

¿Qué ocurre con los discípulos? Como decía más arriba, resulta llamativa la firmeza de su testimonio, expresado en textos tan plurales y distintos, pero habitados todos ellos por un espíritu de tal convicción, gozo, fortaleza, transformación…, que podemos afirmar con rigor que aquellos hombres y mujeres vivieron una experiencia transpersonal.
Más allá de lo empírico, de todo lo que puede ser constatable por medio de los sentidos, por diferentes factores, entre los que hay que destacar probablemente su propia convivencia con Jesús, accedieron a un nivel de conciencia transpersonal que les permitió “ver” al Resucitado, en aquel mismo Presente en el que Todo Es.

Lo que sucedió después se explica porque una experiencia de ese tipo no puede encerrarse en los límites de la mente. Por eso tuvieron que recurrir al lenguaje simbólico, en el que fueron escritos los textos que han llegado hasta nosotros, y que se expresan, como no podía ser de otro modo, en unas categorías míticas hoy definitivamente caducadas: se dejó tocar, se vio, comió, ascendió entre las nubes, subió al cielo, está sentado a la derecha del Padre… De hecho, cuando nos quedamos en la literalidad –y en la forma objetivante de los relatos-, las preguntas, llevadas a la caricatura, conducen al absurdo: ¿Por qué las apariciones tuvieron que durar sólo 40 días en el mejor de los casos (Libro de los Hechos de los Apóstoles 1,3), o un solo día –el propio Lucas, autor del libro citado, en su evangelio, había situado la ascensión en el mismo día de la resurrección: evangelio de Lucas 24,51-?
Podemos comprender que, dentro del paradigma de la antropología unitaria que caracteriza el pensamiento bíblico, hablaran de resurrección “corporal”, y se refirieran al Resucitado como alguien a quien se puede “ver” y “tocar”, porque se muestra con el mismo cuerpo que tenía antes de su muerte.
Al hacer así, los discípulos pretenden únicamente afirmar dos cosas: que la resurrección es real, y que el Resucitado es el mismo al que ellos habían tratado. De ese modo, buscan preservar tanto la realidad de la resurrección como la identidad del Resucitado.
Pero eso no significa, evidentemente, sostener que la resurrección implique la ausencia del cadáver. El concepto “cuerpo” no se refiere a la materialidad, que no sólo se descompone tras la muerte, sino que cambia a lo largo de nuestra propia vida, incluso renovándose periódicamente la totalidad de las células que lo componen. Lo definitivo del “cuerpo” no es la materialidad, sino su realidad como expresión de la persona y fundamento de su capacidad de relación.
Dicho con otras palabras: La corporalidad de Jesús resucitado –de toda persona que muere- trasciende radicalmente la condición espacio-temporal; por tanto, no tiene –ni puede tener- ninguna de las cualidades físicas que constituían su cuerpo mortal. El carácter no-material de su cuerpo sólo resulta accesible en una experiencia que trasciende lo empírico y lo puramente mental; es decir, en una experiencia transpersonal. Esto es, probablemente, lo que vivieron los discípulos.

Por eso, más allá de las expresiones que tienen que utilizar para dar cuenta de lo que han percibido, más allá de la insostenible literalidad de las palabras empleadas, podemos apreciar en sus testimonios tanto el dinamismo de la Presencia experimentada, como los efectos de esa misma experiencia, junto con algunas “indicaciones” para poder abrirse a ella. En este sentido, los relatos son también catequesis que buscan transmitir y, a la vez, posibilitar la experiencia.
En concreto, los relatos de apariciones del Resucitado constituyen 6 conjuntos literarios (Marcos 16,1-8; Marcos 16,9-20; Mateo 28; Lucas 24; Juan 20, Juan 21), imposibles de concordar en sus detalles (número de apariciones, tiempo, lugar). De hecho, si los redactores hubieran querido engañarnos, lo hubieran hecho mejor. Ellos narran su experiencia como pueden.
Pues bien, estos relatos de apariciones, caracterizados por su llamativa sobriedad, contienen tres elementos significativos: 1) Los discípulos no esperan al Resucitado, les sorprende como Viviente; según los textos, no se trata de una proyección de ellos; 2) les cuesta reconocerlo; según los textos, el reconocimiento del Resucitado no se produce fácilmente; 3) una vez reconocido, Él les transmite su misión.
En el momento mismo en que experimentan la Presencia del Resucitado “habitando” toda la realidad, aquellos hombres y mujeres se perciben a sí mismos, no sin desconcierto, en un nuevo estado de conciencia que trasciende los límites físicos y que, a la vez que les llena de gozo y de fortaleza, les lleva a captar como propia la misión de Jesús. En una vivencia tan intensa e inédita de su Presencia, que los discípulos sentirán “arder sus corazones” (evangelio de Lucas 24,32), y Pablo llegará a afirmar: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Carta a los Gálatas 2,20).
Lo que queda claro es que la “visión” del Resucitado no es física; a esto parecen aludir los evangelistas cuando hablan de la dificultad –y hasta del “miedo”- que experimentaban los discípulos para reconocerlo. Todo eso significa sencillamente que Jesús no ha vuelto a “esta” vida, sino que “ha entrado” en la vida de Dios, por lo que sólo puede ser reconocido con los “ojos de la fe”, es decir, en una “capacidad de ver” que trasciende lo estrictamente mental. En esa percepción, los discípulos se descubren compartiendo una unidad con él, similar a la que el propio Jesús vivía con el Padre, y a la que el autor del cuarto evangelio se referirá reiteradamente, poniendo en labios del Maestro frases como ésta: “No os dejaré huérfanos, volveré a estar con vosotros” (evangelio de Juan 14,18); “volveré y os llevaré conmigo, para que podáis estar donde voy a estar yo” (14,3); “volveré a veros y os alegraréis con una alegría que nadie os podrá quitar” (16,22). Porque “el que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él” (14,23). Y también: “Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado, porque tú me amaste antes de la creación del mundo” (17,24)… “Lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros” (17,21), porque “ahora saben, con absoluta certeza, que yo he venido de ti” (17,8).
En definitiva, gracias a la experiencia vivida, los discípulos saben que “podéis encontrar la paz en vuestra unión conmigo. En el mundo encontraréis dificultades y tendréis que sufrir, pero tened ánimo, yo he vencido al mundo” (16,33).

Es claro que quien se expresa en estos textos es el Resucitado; o, por decirlo con mayor propiedad, es la experiencia de la resurrección la que permite a los discípulos “escuchar” a Jesús y “captar” estas palabras, en una “absoluta certeza” que únicamente pueden certificar quienes han vivido la experiencia, que los ha convertido precisamente en “testigos”.
Es también a partir de su propia experiencia como, poco a poco, la comunidad va cayendo en la cuenta de que hay momentos singulares en los que puede alumbrarse más fácilmente la capacidad de reconocer al Resucitado. Los distintos relatos de apariciones –desde la Magdalena a los de Emaús- se convierten así en catequesis que quieren “indicar” esas circunstancias “favorables”: la fracción del pan, la Escritura sagrada, las propias palabras del Jesús histórico, la acogida del desconocido, la comunidad…

De ese modo, con sus categorías y dentro de su “idioma” cultural, aquellos hombres y mujeres trataron de expresar y transmitir lo que habían experimentado.
¿Cómo podemos entenderlo hoy? Una vez superado el nivel mítico de conciencia y trascendido también el mental, la resurrección de Jesús aparece como la experiencia de la Vida-Que-Es, en la no-diferencia. Lo que ha sucedido en él es, en realidad, lo que sucede en todos. Más aún: sucede en todos, en la no-diferencia que somos. La resurrección es un fenómeno transpersonal: nos introduce en la verdad profunda de lo real, que no es la “apariencia” separada y fraccionada que nuestra mente nos muestra, sino la Unidad sin costuras, no-dual, de la Vida-Que-Es-y-Somos.

Lo que podemos concluir

Cuando leemos el evangelio, no desde una clave mental –mítica o racional-, sino desde una perspectiva transpersonal, descubrimos a Jesús como alguien que percibió la verdadera naturaleza de lo real. Es decir, alguien que vio.
Ese ver significó para él descubrir su identidad profunda como “Yo soy”, Conciencia-sin-forma, más allá del yo-mental, que queda integrado y trascendido. Y eso explica también que, con su vida, Jesús viviera –realizara- a Dios, en forma de sabiduría y de compasión.

Jesús vive en un estado de conciencia unitaria o transpersonal, de donde brota una confianza ilimitada y un sentimiento inquebrantable de Unidad, que le hace vivir en identificación con todos y con el Misterio de lo Real (Dios), hasta poder presentarse como “Yo soy”.

Fue el “hombre fraternal”: todo su comportamiento tuvo como eje el amor a los otros, expresado como bondad, compasión y servicio incondicional. Ese comportamiento no proviene, en primer lugar, de un empeño ético, esforzado o voluntarista, sino de su propia comprensión de la realidad: él vio que el “yo” no era la realidad definitiva, y por eso mismo enseñó que vivir para el yo equivale a perder la vida. Y lo que enseñaba no era diferente de lo que él mismo vivía.

Sus discípulos percibieron en él a un hombre desegocentrado, libre, acogedor, veraz…; vieron en él la personificación e incluso la fuente de la confianza, de la paz, del gozo, del servicio, del amor, de la unidad…, el Rostro humano de la “divinidad”. En nuestro lenguaje, diríamos que vieron en él la Presencia de lo transpersonal.

Tras la muerte en la cruz, los discípulos vivieron sorpresivamente el “encuentro con el Resucitado”, en una experiencia de carácter también transpersonal. Usando categorías propias de la época, la trasmitieron en relatos simbólicos, con los que trataban de dar cuenta de la misma. Esa experiencia es coherente con la enseñanza misma de Jesús, así como con el nivel de conciencia (transpersonal) en el que vivió.

Lo que luego ocurrió es que Jesús fue leído desde el nivel mítico y racional. No podía ser de otro modo, porque ése era el nivel en el que, colectivamente, se encontraba la humanidad. Pero esa lectura tuvo necesariamente su coste.
Transformó a Jesús en un “Dios separado” –destruyendo incluso la unidad que había constituido lo más nuclear de su experiencia-, convirtiéndolo en “objeto de culto”. Y en lugar de tomar su mensaje como la invitación a vivir un camino de transformación que permitiera trascender la conciencia egoica, se creó otra religión, caracterizada también por las creencias y el dualismo mítico.
No me parece arrogancia afirmar que quizás hoy estemos en condiciones de poder comprender el mensaje de Jesús desde una perspectiva nueva, más “cercana” a la que fue la suya. Y no sólo por los conocimientos que, desde las diferentes ciencias, nos permiten una aproximación mayor a la realidad geográfica, económica, social, política y religiosa de la Palestina del siglo I, sino porque podemos empezar a atisbar el horizonte de lo transpersonal, lo cual nos sitúa en una “frecuencia de onda” desde la que conectar más fácilmente con lo que él vivió.
Desde esta nueva perspectiva, Jesús deja de ser percibido como un “salvador celeste” separado, para poder ser comprendido como el hombre que “vivió” y “realizó” el Misterio, de modo que puede llamarse con verdad “Hijo de Dios” y “Dios”. Más allá de cualquier “mapa” mental, vio y se ancló en el “territorio”, hacia el que todos los mapas –también los religiosos- apuntan.
Jesús constituye una invitación al ser humano para que –acallada la mente, en el silencio del yo, en la Presencia luminosa y autoconsciente- pueda experimentar que estamos todos constituidos de la misma y única Realidad. Y que, al desidentificarnos del yo, accedemos a la Conciencia unitaria que se manifiesta como sabiduría y compasión.
Eso explica que el suyo sea un mensaje con el que fácil y gustosamente “sintoniza” cualquier persona. Porque pone vida y palabras a lo que todos, lo sepamos o no, somos y aspiramos a vivir. Lo mismo nos ocurre con todas aquellas personas que se viven en la Presencia que somos: más allá de las palabras que utilicen, se convierten en “reveladoras” de nuestra más profunda realidad. Son portadoras de un mensaje transpersonal que nos pone en contacto con la verdad de lo que es, aunque sólo podamos percibirlo y vivirlo en la medida en que el propio yo es trascendido.

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WILBER, K. (2007), Espiritualidad integral. El nuevo papel de la religión en el mundo actual, Kairós, Barcelona.

WILBER, K. (2008), La visión integral. Introducción al revolucionario enfoque sobre la vida, Dios y el Universo, Kairós, Barcelona.

 

Fe y afectividad

FE Y AFECTIVIDAD: UNA RELACIÓN DIALÉCTICA[1]

Hacia un ajuste integrador 

Han quedado atrás los tiempos en que “fe” y “afectividad” se miraban con recelo. Y, al acercarse, han descubierto que son complementarias y mutuamente potenciadoras, siempre que se vivan desde una lucidez que las reconoce en relación dialéctica: una vivencia ajustada de la afectividad facilita una vivencia adulta y genuina de la fe, y una vivencia ajustada de la fe favorece la maduración y la integración afectiva. En la medida en que ambas dimensiones se van integrando, la persona crece en unificación y en amor. Se percibe encajada en quien es, con sus limitaciones y carencias, serena y en camino. Y enraizada en su dimensión más profunda, en Dios, se deja “desplegar” hacia fuera.
Subrayo el término “ajuste”, porque ahí se encuentra la clave para que ambas vivencias resulten mutuamente enriquecedoras. Una vivencia desajustada de la afectividad puede llegar a bloquear o distorsionar el proceso de fe de la persona, del mismo modo que una vivencia desajustada de la fe puede repercutir gravemente en su integración afectiva.
Es verdad que, en todo lo humano, habremos de contar con “desajustes”, puesto que decir humano es decir limitado y, por tanto, imperfecto. Hasta el punto de que el afán de perfección -el perfeccionismo y el no reconocimiento de la propia limitación- es con frecuencia la mayor fuente de desajustes. Ahora bien, eso no debe ser excusa para nuestra pereza o comodidad, ni freno para nuestra búsqueda de una vivencia cada vez más integrada de estas dimensiones de nuestra persona.
Ha solido achacarse a la formación sacerdotal un exceso de intelectualismo, voluntarismo y perfeccionismo. Como toda generalización, es probable que esa afirmación no haga justicia a la realidad, pero apunta en una dirección que debería hacernos pensar, en cuanto muestra dónde se han puesto los “acentos” en aquella formación. Y sabemos que, si nos descuidamos, todo acento conlleva el riesgo de un olvido.
Intelectualismo, voluntarismo y perfeccionismo son rasgos que, con mayor o menor intensidad, marcaron aquella formación y repercutieron en el modo de vivir la fe y de integrar la afectividad.
Llamo intelectualismo a un modo peculiar de ver a la persona y de aproximarse a la realidad, en el que prima lo cerebral. A partir de ahí, se potencia el desarrollo intelectual del sujeto, con el consiguiente olvido de su dimensión sensible, afectiva y corporal. Llevado al extremo, ve a la persona como una cabeza “pegada” a un cuerpo. Pero, al alejarla de su sensibilidad y corporalidad, la separa también de los sentimientos y, en último término, de la vida. Una formación de aquel tipo podía generar personas que pensaban, más que vivían. Los desajustes que se derivan de cara a una integración unificadora de la afectividad resultan evidentes.
Pero una formación intelectualista no sólo olvida el cuidado de la dimensión afectiva, sino que repercute negativamente en la propia vivencia de la fe, dando lugar a lo que se ha denominado una “fe conceptual”. No es extraño. Se trataba de un “clima” ideal para encerrar, inadvertidamente, la fe en la cabeza y convertir la experiencia creyente en asentimiento mental a formulaciones dogmáticas, perfectamente elaboradas.
Con ello, se había llegado a dos extremos igualmente peligrosos y empobrecedores: el olvido de lo afectivo y la reducción de la fe a la “creencia”. En el extremo, la persona quedaba empobrecida y Dios era reducido a un “objeto mental”, por más que se escribiera con mayúscula y se le llenara de atributos tales como “omnipotente” u “omnisciente”.
Frente a esa unilateralidad, cada vez somos más conscientes de que, si queremos avanzar en la integración de la fe y la afectividad -y, de ese modo, en la unificación de la persona-, habremos de partir de una visión diferente del ser humano, que posibilite una vivencia ajustada de la una y de la otra.
Pero creo importante decir antes una palabra sobre los otros dos puntos que aquella formación acentuaba: el voluntarismo y el perfeccionismo. Cualquier pedagogo competente sabe que, sin voluntad y sin esfuerzo, no puede haber crecimiento. Y que la voluntad es uno de los valores en baja en nuestra cultura postmoderna. Una cultura también en la que, de un modo similar, el perfeccionismo anterior se ha transmutado en un “todo da igual”. ¡Con qué facilidad nos dejamos llevar por la ley del péndulo y cómo nos cuesta mantenernos en el delicado equilibrio que tiene en cuenta los aspectos complementarios!
Porque hablar de voluntad y de búsqueda de lo más perfecto no significa aplaudir el voluntarismo y el perfeccionismo. Y esto es lo que ocurrió, a veces, en aquella formación. Era comprensible, a partir del intelectualismo, que prácticamente todo se redujera a voluntad y a perfección. De ese modo, se olvidaban los mecanismos que condicionan el comportamiento de la persona y las “leyes del crecimiento”. Mecanismos, en su mayor parte inconscientes, que actúan con una inexorabilidad parecida a la de las leyes físicas. Enfrentado a esas leyes, no sólo ignoradas sino expresamente descalificadas, no era extraño que en el sujeto se generaran sentimientos de dureza, rigidez, sobreexigencia, orgullo, resentimiento… Cuando alguien ha sido formado en un “ideal de perfección”, tiene mucho riesgo de deshumanizarse y de deshumanizar, porque fácilmente la búsqueda de perfección se convierte en un perfeccionismo que termina negando o reprimiendo todo aquello que no encaja en el ideal. Pero como nada se reprime impunemente, puede llegar a producirse en la persona una escisión (neurosis) entre su “imagen idealizada” y su sombra o “cara oculta”, con todo lo que eso repercute en el modo de vivirse a sí misma, de vivir las relaciones con los otros y de abrirse a la Gratuidad de Dios[2].
Detrás de todo lo que vengo planteando, late una doble pregunta, en la que se encuentra la clave de toda nuestra cuestión: ¿cómo vivir la afectividad?, ¿cómo vivir la fe? Preguntas que nos remiten a la importancia de crecer en una vivencia ajustada de la fe y la afectividad, que haga posible una fecunda relación dialéctica entre ellas y, en consecuencia, favorezca la unificación y la felicidad de la persona -del sacerdote- y el despliegue de su vocación a favor de los otros. Tomar en serio esas preguntas debería conducir, a mi modo de ver, a valorar el trabajo psicológico sobre uno mismo. Cada vez más, disponemos de herramientas (escuelas de formación personal, acompañamiento individual…) que pueden ayudarnos a vivir de un modo más lúcido, creciendo armoniosamente en quienes somos. Trabajo psicológico que debería ocupar un lugar relevante en la formación de los futuros sacerdotes.

La dimensión afectiva de la fe
Una relación dialéctica y enriquecedora entre fe y afectividad requiere una vivencia ajustada de ambas. ¿Qué decir sobre la vivencia ajustada de la fe? Para responder a esta pregunta en el reducido espacio de este trabajo, me centraré únicamente en dos puntos, por la estrecha relación que guardan con lo que han sido dos carencias importantes en la etapa anterior: el olvido de la dimensión afectiva y el exceso de conceptualización de la fe que parecía reducirla a creencia intelectual.

1. El afecto en la vivencia de la fe
La fe, antes que una creencia que se plasma en una formulación doctrinal, es un modo de ver, un modo de vivir, un modo de ser. Toma a toda la persona en todas sus dimensiones, de un modo integrador y configurador. Por lo que el creyente no es una persona que “tiene fe”, sino alguien tomado y configurado, cada vez más plenamente, por una experiencia radical que repercute y le hace vibrar en todo su ser.
Vibra también su afectividad. En efecto, en la experiencia de fe, se percibe enraizado en el Amor originario, incondicional y gratuito; un amor que no sólo lo envuelve, sino que lo constituye. Y, al mismo tiempo, despierta y moviliza en él toda su capacidad de amar. Necesidad de ser amado y capacidad de amar: en la fe, la afectividad ha encontrado descanso, motor y cauce.
Sin caer en anacronismos que pretenden extraer de la Escritura lo que no puede dar, no cabe duda de que ésta intuición recorre toda la Biblia: el corazón de la fe es el amor y, con él, el afecto. Empezando ya por el “primer mandamiento”.
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deut 6, 5). El “primer mandamiento” del decálogo bíblico, ratificado por Jesús (Mc 12, 29-30), antes que imperativo, es revelatorio; antes que una orden, es una proclamación. No impone la obligación de amar a un dios separado, celoso de su honor, que se asemejaría a un soberano narcisista y vanidoso. Una tal caricatura de Dios, fruto de la proyección humana y condicionada por un estado de conciencia mítico, nos resulta hoy inequívocamente blasfema. Es uno de los dioses que necesitamos matar[3].
No. Ese “primer mandamiento” revela algo fundamental, de lo que la Biblia irá tomando conciencia progresivamente, hasta llegar a proclamarlo con rotundidad: “Dios es amor” (1Jn 4, 8). Lo Real, el Fondo, lo Nuclear de la vida, Lo Que Es, es amor. De donde se derivan, como en cascada, todo un torrente de consecuencias, alguna de las cuales enuncio a continuación.
Creer es una cuestión de amor. Que creer sea una cuestión de amor significa, también, que, antes que cualquier otra cosa, el creyente se percibe, en su núcleo más íntimo, ser y proceder del Amor. Aquél “en quien somos, nos movemos y existimos” (Hech 17, 28) es amor. La fe es, antes que nada, experiencia de ser amado, que lleva a dejarse alcanzar e impregnar más y más por esa realidad, para descansar en ella y posibilitar que fluya y circule, compasiva y eficazmente, hacia los otros.
Acierta en la vida quien vive el camino del amor. Si el núcleo de lo Real, su “secreto” es Amor, amar no es, en primer lugar, una cuestión ética, sino de sabiduría. “Acertamos” en la medida en que vivimos el amor; nos “equivocamos” -eso significa originalmente la palabra “pecado”: errar el blanco, no acertar- siempre que vamos contra el amor.
Ésa es la razón por la que el “segundo mandamiento” – “amarás a tu prójimo como a ti mismo”- es “semejante al primero” (Mt 22, 39). No amamos por imperativo, sino porque somos amor. Es cierto que podemos vivirnos en la superficie más egocéntrica, ignorando o bloqueando la realidad más profunda. Pero, en la medida en que accedemos a nuestra realidad profunda, todo aparece unificado y armonioso; todo es un puzzle admirablemente encajado. Un puzzle sin costuras constituido, entretejido y mantenido en el Amor originario.
Ésa es la razón, también, por la que toda la vida y el mensaje de Jesús se condensan en la práctica del amor. Centrado en el núcleo de lo Real, es un mensaje sabio que no conoce dualismos. Lo que define al creyente no es que diga “Señor, Señor”, sino la práctica compasiva del “haz tú lo mismo” (Lc 10, 37).
Dios es fácilmente amable. El creyente que no se ha perdido en los conceptos, que no se ha enfriado en la rutina ni se ha enredado en mecanismos psicológicos egoicos, se siente gozosamente fascinado y atraído por el Dios Amor, la luminosidad radiante y amorosa de Lo Que Es. Por eso, considerar aquel primer mandamiento como una obligación parece indicar que no se ha captado su sentido más profundo; en todo caso, el mandamiento es un “recordatorio” que quiere hacernos volver a la realidad. Es un gozo amar a Dios porque es amor… y amor es lo que somos.

2. Dios no puede ser pensado
Cuando, advertida o inadvertidamente, insistimos prioritariamente en lo conceptual, empobrecemos y oscurecemos la fe. No sólo porque una actitud de ese tipo olvida nada menos que lo nuclear de esa misma fe -la luminosidad amorosa de lo Real-, sino porque evidencia una arrogancia insostenible: creer que se puede pensar a Dios. Dios no puede ser pensado, por el hecho simple de que nuestra mente puede únicamente pensar objetos limitados: de hecho, pensar implica delimitar y, por ello mismo, limitar. De ahí que cualquier pensamiento sobre Dios no consigue otra cosa que objetivarlo, es decir, reducirlo y velarlo.
La pretensión de “saber” mucho sobre Dios y de hablar de Él sin cautela no genera sino ateísmo. Porque un Dios del que se “sabe” mucho no puede ser Dios, sino una proyección de nuestra mente. El Dios que se puede pensar nunca es el verdadero Dios. Tenía razón el viejo maestro del Tao Te Ching: “El que sabe no habla, y el que habla no sabe”. Todo lo que podamos llegar a pensar es categorizable, pero Dios -por definición- es lo que está más allá de toda categoría.
La fe requiere, por tanto, ir “más allá” del pensamiento. Porque el Dios que no puede ser pensado, puede ser intuido, percibido, experimentado en la contemplación in-mediata. Y puede ser vivido, en una vivencia que tomará toda nuestra persona, también nuestra afectividad.
  
Afectividad y madurez humana
El “campo de pruebas” de la fe y de la oración es la vida cotidiana. La mejor religión -decía el Dalai Lama- es la que hace mejores personas. Y si la fe no va provocando un proceso de transformación personal habría que preguntarse en qué trampas ha caído el creyente. Las trampas pueden ser muy sutiles y guardan relación, más o menos directa, con la afectividad. Por una razón obvia: lo que frena o impide el crecimiento personal son problemáticas y mecanismos relacionados con la vivencia de lo afectivo. Una afectividad no integrada hará inviable la transformación personal y repercutirá negativamente en la vivencia de la fe.
Detrás de una afectividad no integrada hay una herida o una carencia afectiva, provocadas por la no respuesta ajustada a la necesidad del niño de sentirse reconocido. Todo empezó por la necesidad. La frustración reiterada de aquella necesidad básica provocará una herida que, reprimida, se enquistará en el organismo psíquico del niño, provocando desajustes más o menos serios en su modo de vivir y de percibir. De hecho, aquel sufrimiento habrá de ser el factor más relevante que origine un funcionamiento cerebral -ante el sufrimiento psíquico-afectivo reiterado, el niño, en un instinto de protección, “huye” a la cabeza-, en el que “enganche” la formación intelectualista de que hablaba al principio. Y todo quedará afectado: la relación consigo mismo, la relación con los otros, el modo de afrontar la vida y la apertura a la dimensión espiritual, todo será deudor de aquellas primeras experiencias.
En ellas, en el “reflejo” que el niño recibe de sus padres, se fragua la relación consigo mismo, relación básica que condicionará todas las demás. Si, gracias a lo vivido en ellas, el niño crece en aceptación y valoración de sí, conociéndose en sus riquezas y en sus límites, podrá desarrollarse una afectividad integrada y armoniosa. Si, por el contrario, la carencia de aquella primaria “urdimbre afectiva”, de que hablara el profesor Rof Carballo, provoca grietas de importancia en su psiquismo, nos encontraremos con una afectividad “hambrienta”, que, de un modo tan inconsciente como compulsivo, reclamará en todo una respuesta que la sacie. Y la persona se verá atrapada en una voracidad, que la convertirá en consumidora de cuanto se ponga a su alcance.
La compensación nunca dará resultado, porque la herida es antigua. Se trata de un vacío sin fondo, que nada ni nadie podrá hoy colmar. Sólo un trabajo psicológico que permita “re-vivir” el dolor enquistado en el vacío, podrá sanear esa afectividad, curando la herida original. Un trabajo que a todos nos sería muy útil, por cuanto todos guardamos “señales” de aquellos primeros momentos que ya no recordamos.
Entre tanto, la voracidad tenderá a invadir todas las dimensiones de la persona, incluida la espiritual. El vacío, reconocido o no, buscará una compensación también en la vida de fe, convirtiendo la oración en un refugio o paraíso narcisista, construido a la propia medida. En esos casos, la oración puede convertirse en huida de una realidad que nos resulta costosa, haciendo de Dios el propio doble especular, un dios inadvertidamente proyectado por el propio orante.
Esa misma voracidad, que no nace de una voluntad premeditada, sino de un vacío muchas veces ignorado, aunque doloroso, hará muy difícil la vivencia de lo que constituye el corazón del mensaje evangélico: el amor gratuito. Mientras la persona se encuentre atrapada por su propia necesidad narcisista, que se manifiesta en voracidad e insaciabilidad, no podrá estar disponible para vivir la ofrenda de sí, gratuita e incondicional.
Pero, como ha quedado afirmado desde el principio, la relación entre la fe y la afectividad es dialéctica. Si el nivel de integración afectiva condiciona el modo de vivir la fe, no es menos cierto que un modo de vivir ésta favorece la integración de aquélla. Y no sólo porque Dios actúa por las rendijas de nuestra vulnerabilidad -y, en último término, todo es gracia-, sino porque una vida de fe y de oración puede ayudar a centrar y equilibrar la afectividad. Y eso, no por un espiritualismo sin sentido que quiera suplir el trabajo psicológico, sino porque coloca a la persona en su “buen lugar”, ayudándola a crecer en libertad, desapropiación y entrega.
En cualquier caso, resulta básico comprometernos con nosotros mismos para integrar nuestro mundo afectivo, desde un trabajo personal directamente orientado en esa dirección. Y desde un modo de vivir la fe y la oración que incluya el cuidado de una relación afectuosa, de valoración y aprecio, hacia nosotros mismos. Ese sentimiento de cariño hacia sí, cuando es real, no tiene nada de narcisista ni egocéntrico. Cuando se conecta con él, se percibe que es, en realidad, un cariño absolutamente inclusivo: nadie ni nada queda fuera de él. Por eso, en él nos sentimos centrados, unificados, ahondados y dinamizados hacia los otros.
El camino hacia la madurez afectiva será siempre un proceso inconcluso, un proceso de autoafirmación y donación a la vez, no para “alcanzar” algo añadido, un plus que nos perfeccione, sino para llegar a ser nosotros mismos. Si no se colara nuestro orgullo neurótico -con frecuencia, hábilmente disfrazado, buscando compensar y justificar sus necesidades pendientes-, podríamos percibir con descanso una verdad tan elemental como serena: toda nuestra tarea y nuestro único objetivo consiste en vivir lo que somos.
Ese proceso nunca acabado puede ser nombrado de modos diferentes, como un camino que conduce: del narcisismo a la donación, de la voracidad a la ofrenda, del egocentrismo a la comunión, de la ignorancia a la lucidez, de la carencia a la plenitud, del individualismo a la trascendencia, del yo al tú, al él, al nosotros, a Dios… Ése es el camino de la madurez humana[4].
¿Qué es la madurez humana? La expresión de Albert Camus, en La peste, no puede ser más acertada y hermosa: “La persona madura es la que sabe trabajar, amar y jugar”. También Freud había asociado “madurez” con capacidad de amar y de trabajar. Ahora bien, la concisión de la frase no debiera hacernos olvidar que esa capacidad requiere trabajar todo aquello -heridas y vacíos afectivos- que no nos deja estar disponibles, todo aquello pendiente que la está bloqueando. El amor humano es reactivo: la capacidad de amar se activa en la medida en que ha recibido respuesta ajustada la necesidad de ser amado. La no respuesta reiterada a esta necesidad se convierte en una “losa” que aplasta, en mayor o menor medida, la propia capacidad de amar.
Eso significa que, en el presente, para caminar hacia la meta -madurez-, habremos de pasar por una estación intermedia, que nombramos como “autoestima”. Y aquí el equilibrio es delicado: si no pasamos por esa estación, corremos el riesgo de no lograr una madurez serena; pero si convertimos la estación en meta, quedaremos estancados en el narcisismo, incapaces de abrirnos a la alteridad.
Necesitaremos un trabajo psicológico que, curando nuestras heridas y sacándonos de nuestros disfuncionamientos, nos permita llegar a una sana autoestima -a la aceptación y valoración humilde y amorosa de nosotros mismos-, como camino hacia la madurez que nos permita vivir lo que somos. Una afectividad más integrada y armoniosa repercutirá en nuestro modo de vivir la fe. Pero, a su vez, una vivencia humilde, serena y gozosa de la fe, una vivencia anclada en la experiencia de ser en Dios Amor, acelerará y fortalecerá nuestro camino hacia la madurez.

La Unidad presentida
Un trabajo psicológico favorece el proceso de integración personal y el camino hacia la madurez. Favorece incluso la apertura a la dimensión de trascendencia, por aquello que decía Maslow: todo proceso de autorrealización que no se aborta conduce a la autotrascendencia. Pero la meta humana no consiste en lograr un “yo unificado” y armonioso en sus relaciones y en su tarea. No es poco. Ese yo unificado ha hecho un trabajo encomiable para llegar a habitar su propia casa y la más amplia casa del mundo. Ese yo unificado intuye, incluso, el Secreto último de lo Real, que llamamos Dios, y se ha abierto a una relación personal con Él.
Pero, paradójicos como somos, una vez habitada nuestra casa, nos vemos empujados a trascenderla. Al tiempo que vamos trabajando nuestro yo, vamos descubriendo que la conciencia sobrepasa las fronteras egoicas y que emerge una “nueva conciencia” que reconocemos como nuestra identidad más profunda. No somos ese “yo” encapsulado en las fronteras de nuestra piel; somos, más bien, la Conciencia sin límites que en ese “yo” se manifiesta. La psicología “reclama” a la espiritualidad, una espiritualidad que pueda dar razón de lo que es, más allá de las conceptualizaciones que sobre ello se hayan hecho.

Para explicarme, necesito volver a lo que apuntaba más arriba. Un Dios pensado no sólo se convierte automáticamente en un ser objetivado -un ídolo-, sino también en un ser separado. A partir de esa “separación” inicial, que no es sino simple producto de nuestra mente dualista, será difícil que las relaciones con Dios no se planteen, incluso inconscientemente, en clave de “rivalidad”: un ser separado frente a otros seres separados, cada uno de ellos con sus propias y específicas “esferas de intereses”, prontas a entrar en conflicto. De manera que, a partir de aquel engaño dualista inicial, no resultaría extraño que se desencadenara toda una serie de consecuencias nefastas, más o menos en esta línea: objetivación, dualismo, rivalidad, legalismo, alienación, rebeldía, resentimiento… Un esquema, por lo demás, que resulta sumamente familiar para nuestro inconsciente, porque no es sino un “calco” de lo que todo niño ha vivido en la relación con sus padres, como seres “separados” y “enfrentados”. De ahí, precisamente, la fuerza con la que un tal esquema de méritos y recompensas se ha arraigado en nuestra mente.
Pero volvamos a nuestro tema. Decía que donde hay pensamiento, hay separación. La razón es simple: no podemos pensar sin separar o delimitar, sin establecer “fronteras”. Instalados en un estado de conciencia racional-mental, no podemos referirnos a Dios sino en esa misma clave de separación. Y así lo hacemos en toda oración “reflexiva” o “afectiva”. Pero, antes o después, esa forma de oración resultará insatisfactoria, como han experimentado y enseñado todos los místicos.
En este sentido, resulta particularmente llamativo el testimonio de santa Teresa de Jesús, precisamente por su insistencia en el carácter “personalista” de la oración. Pocos místicos habrán insistido tanto en la oración como “diálogo”. Pues bien, en su obra de madurez, se ve llevada a expresar la Unidad experimentada, a través de imágenes tan atrevidas como elocuentes, imágenes que apuntan al carácter no-dual de lo Real:
“Digamos que sea la unión como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo, que toda la luz fuese una… Acá es como si cayendo agua del cielo en un río o fuente, adonde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir ni apartar cuál es el agua del río, o lo que cayó del cielo; o como si un arroyico pequeño entra en la mar, no habrá remedio de apartarse; O como si en una pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase gran luz; aunque entra dividida, se hace todo una luz” (7 Moradas 2,4,).

¿Qué significa todo esto? Es un paso notable que la vivencia de la fe y de la oración esté impregnada de afecto, porque tal vivencia apunta en la buena dirección: Dios es amor. Pero aquella vivencia no termina en lo relacional, a pesar de que la relacionalidad constituya nuestro modo habitual de vivirnos en el actual estado de conciencia. Porque mientras permanezcamos ahí, alimentaremos la idea de la separación. Se requiere ir más allá, en un movimiento que favorezca la transformación de la conciencia.
Y eso es lo que ocurre precisamente en cuanto vamos “más allá” del pensamiento. Nuestra conciencia egoica se ve trascendida y se manifiesta la Unidad sin costuras de lo real, donde nada se niega, pero donde todo se percibe de un modo nuevo.
Dado este paso, la afectividad ya no es un elemento que se “añadiría” a la fe. El amor mismo se manifiesta, se revela como la realidad que es y que constituye todo. El amor no es, en primer lugar, algo que recibo o algo que pongo; sencillamente, el amor es. Creer y orar, a partir de ahí, consiste sencillamente en dejarnos ser lo que en realidad somos, en la Unidad de Lo Que Es.
El sacerdote está llamado a ser “maestro espiritual”. De él se requiere que haya experimentado y pueda guiar en el camino hacia la Unidad, lo cual implica a su vez un trabajo nunca acabado de integración armoniosa entre fe y afectividad. Pero, en nuestro momento presente, a un maestro espiritual se le pide además que nos ayude a “despertar”, a salir de nuestra pequeña identidad egoica, de la ceguera e ignorancia de nuestro pequeño yo, para percibirnos como conciencia ilimitada en la Unidad de Lo Que Es. Una conciencia egoica ha de ser, necesariamente, egocéntrica. Y, aun con los mejores propósitos, todo lo que toque quedará impregnado de egocentrismo: en la economía, en el ocio, en la política… y en la religión. El ego no puede sino funcionar “egoístamente”. Y lo que parece claro es que ni la humanidad ni el planeta tendrán futuro si no se produce una transformación de la conciencia, si no pasamos de la conciencia egoica a otra unitaria, que percibe la interrelación y unidad de todo lo que existe. El cambio de conciencia es lo que propiciará el cambio de actitudes y de comportamientos. Y aquí es donde la fe tiene una tarea preciosa: la de favorecer la emergencia de esa “nueva conciencia”, a través de la práctica de la meditación. Gracias a esta práctica, es posible trascender el pensamiento y, con él, el propio yo, haciendo posible que emerja ese nuevo estado de conciencia, que nos permite “ver” la realidad en una verdad mayor que aquélla que obtenemos a través de la mente egoica. En lo que se alcanza a ver, el futuro de la vida en la tierra depende de este cambio de conciencia. Y éste, además de nuestro camino de felicidad, habrá de ser nuestro compromiso.

En-Ti
El creyente, también el sacerdote, se debate entre la intensidad del Anhelo y la pobreza de la palabra a la hora de expresarlo. Entre el atisbo de Lo que es, pleno y gozoso, y la “distancia” inevitable de la mente. Con todas las limitaciones de nuestra mente y de nuestro lenguaje, la búsqueda no cesa. De pronto, se nos regala…, se hace presente el sobrecogimiento, pero nos faltan palabras. Y, sin embargo, no podemos dejar de balbucearlo. ¿Cómo nombrarlo? ¿Cómo nombrarte?
Quiero terminar transcribiendo una oración que he publicado en otro lugar[5], pero que me permite, mejor que otra cosa, sintetizar lo que he querido exponer y hacerlo desde la perspectiva de la No-dualidad, hacia donde toda experiencia de fe conduce.

Te llamo “Tú”,
aunque eres más Yo que yo mismo.
Estoy en Ti,
pero cuando estoy en Ti, ya no soy yo.
Porque mientras soy yo
no puedo estar en Ti.

Mi yo te busca con pasión,
porque necesita un Tú que lo complete;
porque, en su conocimiento tan limitado,
busca a tientas la Verdad que se le escapa;
porque, aun en la oscuridad de su estado,
intuye la Luz que se le niega.

Y está bien:
así te busca como Tú, como Verdad y como Luz.
Pero queda insatisfecho
porque, en su agudeza,
se pregunta si no estará proyectando;
y porque, en su separación,
ve la Unidad imposible.

Lo que no imagina, pequeño yo,
es que él mismo no es sino una construcción mental,
una “forma” de ver, de conocer, de relacionarse.
Y en cuanto forma relacional -relativa-
tiene necesidad de relación,
necesidad de un Tú, necesidad de Ti,
el Sin-Forma, el Más-allá de toda forma,
lo I-limitado y Absoluto,
que todo lo llenas y en todo te manifiestas;
la Fuente original y el Movimiento de la vida.

Y ha sido esa necesidad, esa intuición,
la que ha llevado a mi pequeño yo
a buscarte desde siempre,
sin cejar en el empeño;
a hablarte desde la alabanza y la gratitud,
desde la necesidad y el sufrimiento.
Ha sido mi pequeño yo el que,
a partir de su lectura del mensaje de Jesús,
te ha llamado Padre
y te ha vivido como Amigo,
“Dios, Amigo de la Vida”.
Y no andaba desencaminado,
pequeño yo, buscador infatigable:
el Fondo de la Vida es Amistad
porque es Comunión y Unidad.

Pero algo ocurrió un día:
el pequeño yo descubrió su desnudez;
lo que él había considerado como su identidad
no era sino una “forma” de verse;
el “yo” tomado como realidad consistente
mostró su inconsistencia.

Tal descubrimiento supuso una sacudida,
un maremoto que amenazaba
todas las certezas anteriores.
Y algo de eso ocurrió,
porque hizo inevitable una re-lectura
de todo lo previamente “adquirido”.
Sin embargo, con la nueva experiencia,
nada valioso se perdió.
Muy al contrario,
se abría camino, ¡ahora sí!,
la Unidad que es.
Y, en el mismo proceso,
el pequeño yo era “negado”,
creando un espacio inédito de libertad,
de amplitud y comunión.
Se me había dado descubrir algo elemental,
que ya dijo el mismo Jesús:
la negación del pequeño yo
-“negarse a sí mismo”-
es condición ineludible para abrirse a la verdadera identidad,
la Verdad no-dual,
la Identidad que es comunión.

Es verdad que el pequeño yo
sigue añorando sus antiguas formas,
incluida su forma de orar:
necesita de la relación,
necesita dirigirse a Ti como su Tú,
y llamarte “Padre” y “Amigo”,
y eso le hace bien.
Pero, poco a poco,
está aprendiendo a hacerlo sin apego,
como el que sabe que se trata únicamente
de una forma transitoria,
como quien vive en un nivel de conciencia diferente.

Más allá de la palabra,
más allá de la imagen,
más allá del concepto,
más allá de la mente…,
¿cómo llamarte?,
¿cómo nombrarte?,
¿cómo agradecerte?,
¿cómo alabarte?,
¿cómo amarte?…

Me quedo en-Ti
en el Silencio,
en la Atención,
en el Presente.
En Ti,
que eres más Yo que yo mismo.
Me quedo en Ti,
porque ya no hay un “yo” enfrente,
porque no soy “yo”.

En el momento en que abandono los conceptos,
se me abren los ojos:
“Tú” y “yo” somos, en realidad, no-dos.
Por eso, no eres un “Tú” para “mí”.
Sencillamente, ES.
Todo es
lo Informe en la forma,
lo Absoluto en lo relativo,
lo Infinito en lo finito,
Unidad…,
Amor,
DIOS.
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[1] Este trabajo ha sido publicado en Surge 641-644 (mayo-diciembre 2007) 471-487. Bajo la dirección de Saturnino Gamarra, se han agrupado esos números de la revista para configurar un extenso volumen monográfico bajo el título La fe del sacerdote.  
[2] En la imposibilidad de desarrollar aquí toda esta temática, remito a mi libro Nuestra cara oculta. Integración de la sombra y unificación personal, Narcea, Madrid 22007.
[3] J. M. MARDONES, Matar a nuestros dioses. Un Dios para un creyente adulto, PPC, Madrid 2006.
[4] J. MELLONI, Relaciones humanas y relaciones con Dios. El yo y el tú trascendidos, San Pablo, Madrid 2006.
[5] Vivir lo que somos. Cuatro actitudes y un camino, Desclée de Brouwer, Bilbao 32007, pp. 56-60..

Crecimiento personal y compromiso social

 

CRECIMIENTO  PERSONAL  Y COMPROMISO SOCIAL[1]

Cuando, desde El Correo de PRH, me dijeron que querían publicar el texto de una conferencia que, con el título de “Crecimiento personal y compromiso social”, ofrecí en el año 1999, sentí que debía revisarlo y actualizarlo. Aquel texto revisado es el que ofrezco en estas páginas. 

Con frecuencia, tendemos a ver la realidad en compartimentos estancos. Ello hace que realidades complementarias lleguen a percibirse, en ocasiones, como opuestas o incluso excluyentes. Es lo que a veces ocurre cuando se habla de “crecimiento personal” y de “compromiso social”. Lo que intento aquí es ofrecer algunas pistas que nos ayuden a puntualizar lo que entendemos bajo ambos conceptos, para ser más conscientes del modo cómo se reclaman mutuamente en la persona que avanza hacia la madurez.

 1. Una primera objeción
Una de las objeciones más frecuentes que se suele hacer a cualquier proceso de formación personal es que encierra a la persona en un narcisismo, que la lleva a vivirse egocentrada, únicamente preocupada por ella misma (y “su” crecimiento).
Es cierto que este riesgo existe. Se puede constatar un modo de vivir la formación en el que la persona está interminablemente “girando sobre sí misma”; donde escasamente se tiene en cuenta la realidad exterior; donde la formación se convierte en un refugio, en un “calmante” de malestares o incluso en un pretexto para satisfacer el propio orgullo neurótico… En definitiva, más que para crecer en solidez, calidad de relaciones y despliegue hacia los otros, se usa para un “sí mismo” infecundo y estéril, sin salida a la vida.
Se ha perdido, entonces, el objetivo de la formación, y el objetivo de la vida: llegar a ser uno mismo, es decir, vivir en coherencia consigo y con la mayor plenitud posible -de acuerdo con quien se es de fondo- y, desde ahí, afrontar las dificultades -entre las que aparecerá, sin duda, la propia tendencia a la “instalación” cómoda-, para desplegarse en un eficaz actuar social.
Ese riesgo acecha tanto más cuanto la persona -en un afán legítimo de sentirse bien- puede llegar a creer -inconscientemente- que “crecer” significa “estar bien sensiblemente”. Cuando eso se da, no es extraño que se estanque en aquella búsqueda de “estar bien”, esperando que la formación le proporcione ese estado en el que nada se mueve a nivel sensible…, en lugar de ser más ella misma, en las diferentes circunstancias que le presente la vida.
En esta perspectiva, es normal que la formación personal se desvirtúe de contenido, entretenga y empobrezca a la persona, aumentando el riesgo de que se instale en una actitud individualista e infantil…, justamente lo contrario de lo que cualquier “formación personal”, que merezca ese nombre, pretende conseguir.

 2. Qué entendemos por “crecimiento personal”
Comencemos diciendo que hablar de “crecimiento” es hablar de algo natural: todo ser vivo siente “gusto” en crecer. Y si no crece, muere. Centrándonos en el ser humano -como ser que puede cooperar activamente en su propio proceso de crecimiento-, dicho fenómeno implica varias dimensiones. Se trata de crecer en:
Lucidez: conocimiento de mí que es consciencia de quién soy, de lo que vivo, de mis reacciones, de mi historia…, que me permite vivirme más cercano a mí mismo, comprenderme, y vivir en coherencia conmigo y en fidelidad a lo que soy de fondo. Aquí radica la importancia capital del aforismo antiguo, principio de toda sabiduría: “Conócete a ti mismo”. Se trata de un conocimiento para la vida; aporta confianza, seguridad, “despliegue” de las propias capacidades: mal podré ser yo mismo si no sé quién soy. Es un conocimiento al que tenemos acceso a través de nuestras sensaciones; de ahí, la importancia de abrirnos al mundo de nuestros sentimientos, y aprender a descifrarlos para así avanzar progresivamente en el descubrimiento de nuestra verdad.
Solidez: capacidad de “hacer pie” en sí mismo, a partir de un sentimiento de consistencia interior que nos hace capaces de afrontar la vida desde quienes somos en profundidad: pasamos de ser esclavos de nuestros miedos y necesidades a ser personas erguidas en su dignidad. Crecemos en esta solidez, en la medida en que conocemos quiénes somos y actuamos de acuerdo con ello.
Madurez afectiva: en la línea de avanzar y desarrollar la capacidad de amar, de vivir un amor libre y gratuito, curando la necesidad enfermiza de ser amados. También aquí, el trabajo consiste en pasar del “niño”, como pura necesidad, al “adulto”, como capacidad de vivir las relaciones en libertad y proximidad: eso es la autonomía; la valoración, el respeto, la ayuda al otro…
A medida que avanza en este proceso, el sujeto va experimentando una plenitud de existencia accesible. Va descubriendo que “lo que colma de verdad a la persona es:
– sentirse existir en lo mejor de ella misma,
– percibir el sentido profundo de su existencia,
– sentir su lazo con la Trascendencia,
– progresar en la actualización de su ′actuar esencial′,
– sentir que contribuye, en su modesto lugar, al avance de la humanidad.
Dicho de otro modo, lo que colma es crecer y favorecer el crecimiento”[2].
Visto así, queda claro que el crecimiento es la condición de posibilidad para que las personas puedan vivir lo que son y desplegar todas las capacidades que portan, con lo que “ser uno mismo” y “vivir la mayor eficacia social a favor de los demás” no sólo no son aspectos contradictorios, sino estrictamente coincidentes, ya que el no despliegue de mis capacidades equivale a no ser yo mismo.
Visto así, finalmente, puede afirmarse que “el crecimiento de las personas es el valor número uno de una sociedad humana”[3]. Con una consecuencia comprometedora: dar a cada persona las oportunidades de llegar a ser ella misma, desplegando “la increíble riqueza de ese yacimiento de potencialidades y de creatividad” que cada una porta.

3. Un crecimiento que implica compromiso social
Podemos entender por “compromiso social” la actitud -y los comportamientos y/o acciones que derivan de ella- en favor de una mayor humanización de la sociedad, tanto a nivel de estructuras -promoviendo un cambio hacia una sociedad más acorde con la dignidad de las personas-, como a nivel de ayuda personal -facilitando en cada caso que las personas puedan vivirse cada vez más en coherencia con ellas mismas-.
A partir de aquí, creo que puede hacerse una doble puntualización:
· Toda persona, en lo más profundo de sí misma, es capacidad de apertura y donación a los demás. Puede afirmarse que el amor gratuito pertenece al núcleo mismo del ser persona, que la lleva a querer el bien de todos; más aún, a experimentar la unidad que somos con todo. Por lo tanto, a mayor emergencia de ese núcleo profundo, mayor compromiso a favor de las personas y de la humanización de la sociedad. Dicho al revés: el no compromiso cuestionaría fuertemente lo que pudiera presentarse como “crecimiento personal”, por lo que habría que sospechar de cualquier proceso de crecimiento que olvidara la dimensión social. También en este campo, la acción a favor de los otros constituye el test más adecuado para verificar la verdad y el ajuste de cualquier camino de crecimiento. Todo trabajo psicológico ha de favorecer que se desplieguen capacidades desconocidas, dormidas o bloqueadas, que conducen al compromiso social. Compromiso que brota espontáneo en cuanto la persona conecta con ese “núcleo profundo” de su identidad, precisamente porque ese núcleo es “donación”.
Si no se da ese compromiso por los otros, ¿a qué puede deberse? Ya he hecho alusión antes a la “trampa” de vivir la formación de un modo egocéntrico. Más en general, creo que puede afirmarse que la no vivencia de ese compromiso puede deberse a la poca consciencia y apertura a ese núcleo real que lleva cada persona -poca consciencia, que suele ir acompañada de un predominio de necesidades sensibles-. Si la persona no está atenta, o no va haciendo un trabajo sobre sí misma para liberarse progresivamente de todo aquello -miedos y necesidades- que puede “atarla” en su interior, no sería de extrañar que permaneciera replegada sobre sí misma…, viviéndose –sobreviviendo- en la superficie, a distancia de sí. Una vez más, parece que también puede aplicarse en este campo aquello de que “la distancia que me separa de los demás es la misma que la que me separa de lo mejor de mí”. Cualquiera podrá afirmar, desde su propia experiencia, que, cuanto más cercano está a lo mejor de sí, más cercanas siente a las personas, más unido, solidario y comprometido de siente y se vive con todo ser humano.

4. Resistencias y trampas en ambos frentes
Tanto el trabajo de crecimiento como el compromiso social se encuentran con resistencias y trampas.
Por lo que se refiere al primero, las trampas que lo acechan parecen ser la búsqueda de un bienestar sensible como meta última, en un narcisismo especialmente reforzado en nuestro medio cultural; y la autojustificación, que lleva a creer que el hecho de “trabajarse psicológicamente” ya hace ser “persona madura”, con lo que no se consigue sino autoafirmar y reforzar el ego.
Pero el trabajo de crecimiento no sólo conoce trampas, sino que encuentra también resistencias. No pocas personas son frenadas ante un trabajo de ese tipo por miedos más o menos inconscientes: miedo a crecer, cuando no se han “resuelto” adecuadamente los estadios anteriores; miedo a vivir, cuando, por la propia historia psicológica, se lo ha identificado con “sufrir”; miedo al propio mundo interior, cuando se ha crecido en algún sentimiento de indignidad o vergüenza; miedo al vacío, padecido incluso aunque no haya sido nombrado…
Por su parte, también el compromiso social conoce trampas: puede nacer del voluntarismo y encubrir una necesidad de autoafirmación narcisista; puede camuflar la necesidad desproporcionada de reconocimiento, desde una búsqueda de valoración que genera dependencias afectivas; puede vivirse, inconscientemente, como una compensación de vacíos o incluso como “tapadera” de culpabilidades antiguas. Todas las trampas tienen en común el hecho de que impiden que el compromiso nazca de la gratuidad.
Y también aquí, constatamos resistencias más o menos arraigadas que, nacidas de nuevo de los miedos, frenan lo que podría ser el compromiso social: miedo a desinstalarse, a entregarse, a “perder”…
Cuando los miedos nos vencen, aparecen las defensas y nos habituamos a vivir “a la defensiva”. Y en esta actitud, tendemos a suprimir uno de ambos términos: el “compromiso social” o el “crecimiento personal”, sin caer en la cuenta de que la supresión de cualquiera de ellos es síntoma de una disociación o, más exactamente, de un modo de vivirse “a distancia” de sí mismo. Cuando, en realidad, ambas dimensiones constituyen una unidad, que caracteriza justamente a la persona que va avanzando en unificación.

5. Del narcisismo, por la autoestima, a la madurez del compromiso. La clave que detecta la trampa
El camino hacia la madurez será siempre un proceso inconcluso, un proceso de autoafirmación y donación a la vez, no para “alcanzar” algo añadido, un plus que nos perfeccione, sino para llegar a ser nosotros mismos. Si no se colara nuestro orgullo neurótico -con frecuencia, hábilmente disfrazado, buscando compensar y justificar sus necesidades pendientes-, podríamos percibir con descanso una verdad tan elemental como serena: toda nuestra tarea y nuestro único objetivo consiste en vivir lo que somos[4]. Conscientes de que “lo que somos” incluye también la unidad y la solidaridad.
Ese proceso nunca acabado puede ser nombrado de modos diferentes, como un camino que conduce: del narcisismo a la donación, de la voracidad a la ofrenda, del egocentrismo a la comunión, de la ignorancia a la lucidez, de la carencia a la plenitud, del individualismo a la trascendencia, del yo al tú, al él, al nosotros, a Dios… Ése es el camino de la madurez humana[5].
Ésa es, pues, la meta. Pero, ¿qué es la madurez? La expresión de Albert Camus, en La peste, no puede ser más acertada y hermosa: “La persona madura es la que sabe trabajar, amar y jugar”. También Freud había asociado “madurez” con capacidad de amar y de trabajar. Ahora bien, la concisión de la frase no debiera hacernos olvidar que esa capacidad requiere trabajar todo aquello -heridas y vacíos afectivos- que no nos deja estar disponibles, todo aquello pendiente que la está bloqueando. El amor humano es reactivo: la capacidad de amar se activa en la medida en que ha recibido respuesta ajustada la necesidad de ser amado. La no respuesta reiterada a esta necesidad hará que se transforme en una «losa» que bloquee o incluso aplaste, en mayor o menor medida, la propia capacidad de amar, que todo ser humano porta.
Eso significa que, en el presente, para caminar hacia la meta -madurez-, habremos de pasar por una estación intermedia, que nombramos como “autoestima”. Y aquí el equilibrio es delicado: si no pasamos por esa estación, corremos el riesgo de no lograr una madurez serena; pero si convertimos la estación en meta, quedaremos estancados en el narcisismo, incapaces de abrirnos a la alteridad.

Aplicado expresamente al tema que nos ocupa: Si olvida la meta hacia la que tiende, el trabajo psicológico puede fomentar el narcisismo; pero, sin una sana autoestima, el compromiso social estará apoyado en cimientos inestables que podrán llegar a hacerlo contraproducente en sus efectos.
Necesitaremos un trabajo psicológico que, curando nuestras heridas y sacándonos de nuestros disfuncionamientos, nos permita llegar a una sana autoestima -a la aceptación y valoración humilde y amorosa de nosotros mismos-, como camino hacia la madurez que nos permita vivir lo que somos, en todas las dimensiones. Una afectividad más integrada y armoniosa repercutirá en nuestro compromiso afectivo y efectivo a favor de los demás. Y, a su vez, la vivencia esforzada -aunque serena y gozosa- de ese compromiso cotidiano acelerará y fortalecerá nuestro camino hacia la madurez.
Ésta es, pues, la clave del discernimiento. El trabajo psicológico, ¿me hace mejor persona?, ¿me hace crecer en capacidad de amar y de vivir para los otros?, ¿favorece que pase del “yo” al “tú” y al “ellos”?

6. El trabajo sobre sí mismo, condición de armonía y de eficacia social
Llegados a este punto, podemos ver con más claridad la mutua implicación entre “crecimiento personal” y “compromiso social”: no hay crecimiento personal que no desemboque en un compromiso social, a la vez que el compromiso social, para que sea constructivo y humano, requiere un trabajo sobre sí, que permita a la persona vivirse desde lo mejor de ella misma…, si no quiere introducir en ese compromiso sus propios “desórdenes” interiores.
Desde nuestra visión del ser humano, visión que es fruto de un acceso experiencial, lo que vengo diciendo resulta totalmente coherente. No hay riesgo de egocentrismo en el compromiso por llegar a ser uno mismo, puesto que ser uno mismo incluye vivir primariamente la dimensión comunitaria que nos constituye: ser yo es vivir en armonía con lo profundo de mí; y lo que está en armonía con quien soy en profundidad es el bien del otro: nunca puede ser bueno para la persona lo que destruye a los demás. El riesgo del egocentrismo aparece cuando me vivo desde las necesidades de mi sensibilidad o de mi cuerpo, sin tener en cuenta la fidelidad a lo profundo de mí.
Más aún, “la absolutización del olvido de sí y la centración exclusiva en los demás sin tener en cuenta el bien personal, pueden ser considerados como disfuncionamientos (huída de sí, búsqueda de valoración, fusión con el otro, compensación inconsciente de carencias, reparación suscitada por la culpabilidad, etc.). Estos comportamientos, con apariencias altruistas, cuando en realidad son egocéntricos, engendran dependencias psicológicas y culpabilidad en las relaciones interpersonales”[6].
Tras estas aclaraciones, podemos volver a la cuestión que da título a este apartado: ¿por qué el trabajo sobre sí mismo es condición de armonía y de eficacia social? Dicho de otro modo: ¿cuál es el objetivo de la formación personal?
El trabajo sobre sí mismo puede permitir que la persona vaya viviendo un ajuste cada vez mayor, de modo que pueda ser cada vez más la persona que es de fondo: conocerse en quien es en profundidad, dejarse impregnar de esos rasgos y actuar de acuerdo con ellos es lo que favorece que la persona pueda ser transformada desde dentro y crecer en solidez.
El trabajo sobre sí mismo hace posible que nuestra vida no sea dominada por los dinamismos inconscientes -que con tanta frecuencia descubrimos en el origen de acciones, comportamientos, reacciones…-, sino que podamos vivirnos cada vez más en coherencia con nuestro ser…, para no quedarnos estancados en los “buenos propósitos” y para que no se nos “cuele” lo que no queremos hacer.
El trabajo sobre sí mismo es la condición para que los hombres y las mujeres podamos ir poniéndonos en pie, sobre nuestra dignidad, y así ofrecer a la humanidad lo que cada cual portamos para ella, lo mejor de nosotros mismos.
Con otras palabras, el trabajo sobre sí mismo es lo que hace posible avanzar en lucidez, despliegue y limpieza de obstáculos.
Este es el objetivo de la formación personal: facilitar que la persona crezca de forma integral y unificada, siendo cada vez más sólida, armoniosa y eficaz, desplegando sus capacidades, fundamentalmente, su capacidad de donación; en una palabra, que sea ella misma en su riqueza y belleza original, vividas en solidaridad.

A modo de conclusión
Es evidente que el crecimiento personal -si es tal- tiene repercusiones sociales en una humanización progresiva de la sociedad.
Me gustaría terminar este texto con una cita extraída de la conclusión de la obra “La persona y su crecimiento”:
“Casi 30 años de observación nos han permitido establecer una relación estrecha entre el crecimiento de las personas y la humanización de la sociedad. Contrariamente a una creencia bastante extendida, la formación personal no arrastra riesgos de repliegue sobre sí mismo, de falta de compromiso, de individualismo, incluso de egocentrismo como, a veces, se ha pretendido. Ciertamente, este riesgo puede manifestarse en tal o cual etapa del crecimiento, pero sólo es un paso; el ′consejero′ atento sabe que, para sobrepasar ese riesgo, es preciso ir más lejos, profundizar en sí mismo, hasta llegar a las raíces sociales del ser. Efectivamente, es imposible llegar a ser plenamente uno mismo sin participar en el bien común y en el avance colectivo.
“… Son innumerables los testimonios que atestiguan que un trabajo sobre sí abre mucho más, compromete en la acción, atenúa las distancias, mejora las relaciones, hace ser más creativo y más eficaz… Impacta constatar que el movimiento de ′centración sobre sí mismo′ lleva a una apertura hacia algo que es ′más que uno mismo′. Sin duda porque más allá de las razas, culturas, religiones, se aborda entonces la ribera de lo que hay de más ′común′ y de más universal en todo hombre, la intuición de una verdadera y profunda fraternidad…
“Si esto es así, el crecimiento de las personas no es sólo un valor a reconocer entre otros; llega a ser ′el valor nº 1 de la sociedad humana′. Tomado verdaderamente en serio, y en una amplia escala, favorecería el que se pudiera franquear un umbral: el de una mayor personalización y de una mayor humanización de la sociedad”[7].

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[1] Este artículo ha sido publicado en El Correo de PRH-ESPAÑA, nº 47, 2º Semestre – 2007, pp. 15-25.
[2] PRH INTERNACIONAL, La persona y su crecimiento. Fundamentos antropológicos y psicológicos de la formación PRH, Madrid, l997, p. 223.
[3] A. ROCHAIS, Nota de Observaciones: “Cómo facilitar el crecimiento de las personas”, p. 2.
[4] E. MARTÍNEZ LOZANO, Vivir lo que somos. Cuatro actitudes y un camino, Desclée de Brouwer, Bilbao 32007.
[5] J. MELLONI, Relaciones humanas y relaciones con Dios. El yo y el tú trascendidos, San Pablo, Madrid 2006.
[6] La persona y su crecimiento…, p. 122-123.
[7] La persona y su crecimiento…, pp. 278-280.