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RELIGIÓN, ESPIRITUALIDAD, NO-DUALIDAD,,,

Entrevista realizada por Lala Franco,

publicada en Alandar 304 (enero 2014) 4-5.

 

(En la revista se publicó una versión abreviada por razones de espacio;

esta es la versión completa).

Enrique Martínez Lozano es escritor y conferenciante.  Psicoterapeuta y teólogo, se ha secularizado hace un año, lo que no ha cambiado un ápice la tarea a la que se dedica en exclusiva desde hace una década: el acompañamiento espiritual de grupos mediante el aprendizaje de la meditación en talleres y retiros por toda la geografía nacional. Autor de numerosos libros, escribe un comentario semanal del Evangelio en clave no-dual, que puede leerse en su web, y que envía gratuitamente a quien desee recibirlo. La espiritualidad es para él un viaje a la plenitud de nosotros mismos que nos convertirá en personas unificadas y compasivas. La espiritualidad es su tema. El tiempo y el papel se quedan escasos para contener el río de su pensamiento y su experiencia.

 

 

Enrique, ¿qué es la espiritualidad?

 

Por decirlo de un modo sencillo, “espiritualidad” hace referencia directa a la dimensión profunda de lo real. Podría añadirse que lo “espiritual” es todo lo real, en su “doble cara”: lo visible y lo invisible, lo manifiesto y lo inmanifestado…, pero no como dos realidades añadidas, sino como los dos rostros de lo único Real.

 

 

¿Podemos hablar de una inteligencia espiritual?

 

Indudablemente. Comprendo que haya personas a las que ese término les rechine, por diversos motivos, y que prefieran usar otro. Pero del mismo modo que no puede haber crecimiento humano sin el cultivo de la inteligencia emocional, tampoco es posible sin el cuidado de la “inteligencia espiritual”.

La espiritualidad es una dimensión humana tan básica y fundamental como la corporeidad, la afectividad o la sociabilidad. Su olvido supone una amputación grave de la persona.

Dicho de un modo más simple: del mismo modo que tenemos necesidades fisiológicas (somos cuerpo) y emocionales-afectivas (somos psiquismo), tenemos también necesidades espirituales que necesitamos conocer, gestionar y responder adecuadamente. Francesc Torralba ha escrito que “el ser humano, sea religioso o no, tiene unas necesidades de orden espiritual que no puede satisfacer ni desarrollar si no es cultivando la inteligencia espiritual”. Es así. Y, personalmente, constato que cada vez son más los padres y educadores que se hallan en esta búsqueda. Es necesario trabajar la “inteligencia operativa” y la “inteligencia emocional”. Pero si nos quedamos ahí, perpetuaremos el estado de “anemia” y, con él, la ignorancia acerca de quienes somos y el sufrimiento.

 

 

¿Cuáles son, según tu experiencia,  las aspiraciones del hombre de hoy en el terreno espiritual? ¿Hay sed de Dios?

 

Hay sed de interioridad, de profundidad, de silencio, de plenitud… Porque no se puede soportar demasiado tiempo la anemia. La búsqueda es expresión del hambre y de la sed de Aquello que no puede ser satisfecho con ningún objeto. “¿Dios?”. Siempre que no lo confundamos con la misma palabra ni con ninguna de nuestras imágenes mentales. El Maestro Eckhart decía, en el siglo XIII: “No tengas ningún dios pensado, porque cuando cambie tu pensamiento, ese dios caerá con él”. Y Charo Rodríguez, una poetisa amiga, escribe: “Solo el Dios encontrado, / ningún dios enseñado puede ser verdadero, / ningún dios enseñado. / Solo el Dios encontrado puede ser verdadero”.

Es comprensible que las personas vivan aferradas a imágenes de Dios con las que han convivido desde niños. Sin embargo, para que haya crecimiento espiritual, antes o después se hace imprescindible reconocer que son solo imágenes y dejar caer cualquier representación mental. Solo entonces, estamos disponibles para experimentar y saborear el Misterio. Y es que, como dijera el teólogo y cardenal Nicolás de Cusa, en el ya lejano siglo XV, “Dios es lo no-otro de nada”.

 

 

A Dios, dices,  no lo podemos pensar, solo vivirlo. Pero, ¿cómo vivir a Dios?

 

Seamos o no conscientes de ello, Dios ya se está viviendo en todos nosotros, en todo lo que es. Un Dios “separado” es solo una proyección mental. Lo “dejamos vivir” sencillamente en la medida en que caemos en la cuenta de ello. Ahí mismo empezamos a percibir y vivir la no-dualidad.

“Vivir a Dios” es exactamente igual a “vivir nuestra verdadera identidad”. Y eso requiere, lógicamente, des-identificarnos del “yo” que creíamos ser. Por eso, puede decirse que el camino espiritual consiste en la desapropiación del yo, no por ningún tipo de voluntarismo ético, sino porque hemos comprendido que nuestra identidad es otra. Y, en “lo que somos”, no hay ningún tipo de dualidad con “lo que es”.

Eso es, por otro lado, lo que vivió Jesús, tal como lo expresa Jean Sulivan, en una de las frases que me parecen más hermosas sobre él: “Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un hombre”. Eso es “vivir a Dios”.

 

 

Tú has llegado a la espiritualidad desde la psicología, afirmas. Y hablas continuamente de la no-dualidad. Psicología transpersonal, no-dualidad… son conceptos que hay que explicar a los no iniciados, y que tienen un significado grande en el terreno de la espiritualidad…

 

La no-dualidad es un “modo de conocer” y, por tanto, un modo de acercarnos a lo real y un modo de vivir, que me parece más ajustado que el “modo mental”. Más ajustado porque lo Real no puede ser sino uno-en-la-diferencia.

 

Desde el modelo mental, se enfatiza uno de esos dos polos, y así se habla de monismo (panteísmo) o dualismo; pero eso no hace justicia a lo Real; es solo una lectura mental.

 

Me parece que el paso del “modelo mental” al “modelo no-dual” –que se está empezando a dar ya en la filosofía, la psicología, la sociología, la hermenéutica…- constituye uno de los cambios más revolucionarios de nuestro momento histórico, por todas las consecuencias que aporta.

Es lo que siempre habían dicho los místicos. En la actualidad, lo dicen incluso los físicos cuánticos. Estoy preparando un libro, que probablemente salga en la próxima primavera, que se titula precisamente: “Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad”. El mismo trabajo en la preparación de ese libro me ha supuesto un gran enriquecimiento.

 

En cuanto a la psicología transpersonal,  llamada también psicología integral, es aquella que no olvida ninguna dimensión del ser humano. Cada vez somos más conscientes del empobrecimiento humano que supone el reducir la persona a una estructura psicosomática. La psicología transpersonal, nacida de la mano de la psicología humanista, nos hace caer en la cuenta de aquella dimensión más profunda –transmental, transegoica-, que no es otra que la dimensión espiritual.

 

 

¿No es el reconocimiento de la Presencia algo común a las tradiciones religiosas?

 

Efectivamente, más allá de las palabras que usemos –Presencia, Consciencia, Plenitud, Vacío, Dios…-, las religiones surgen habitadas por un mismo anhelo: desvelar el misterio de la existencia, responder a las preguntas: “¿quién soy yo?” y “¿qué sentido tiene todo esto?”, apuntar hacia el Misterio último –la Mismidad- de lo que es… La pena es cuando se absolutizan y remiten a ellas mismas –contra esta tendencia autorreferencial de la religión está hablando mucho el papa Francisco- o se enredan en palabras o creencias, a las que atribuyen un (imposible) valor absoluto.

Las religiones tienen tendencia a caer en una doble trampa: buscar el poder y confundir su creencia con la verdad. Justo lo opuesto a lo que enseñaba Jesús. Eso hace que aparezcan ante la gente con un aire de superioridad, que provoca cada vez más recelos, cuando no rechazo abierto.

En un movimiento de autodefensa, la religión esgrime que su creencia no es aceptada debido al relativismo actual. Pero, con frecuencia, el condenado “relativismo” no es sino una etiqueta descalificadora que usa quien no puede o no sabe convivir fácilmente con el pluralismo.

 

 

Es decir, que religión y espiritualidad no son identificables…

 

No; podemos considerar la religión como el “mapa, y la espiritualidad como el “territorio”; o en otra imagen clásica, la religión es la “copa”, mientras la espiritualidad es el “vino”. Mientras se percibe así, no hay ningún problema. Religión y espiritualidad no están identificadas, pero tampoco tienen por qué estar reñidas. El problema llega cuando las religiones  se olvidan de que son solo una construcción humana que busca “canalizar” el Anhelo, un medio al servicio de lo que somos. Cuando eso ocurre, la religión, en lugar de unir, separa y excluye. La espiritualidad, por el contrario, es siempre inclusiva, por una razón muy simple: porque constituye nada menos que el territorio de nuestra “identidad compartida”, más allá de los “mapas” que utilicemos. Esto explica también que pueda existir legítimamente una “espiritualidad religiosa”, al lado de una “espiritualidad laica” (Marià Corbí) o una “espiritualidad atea” (André Comte-Sponville). En mi opinión, las religiones están llamadas a vivirse como “servidoras” de la vida de las personas y de la espiritualidad.

 

 

¿Qué hay en la tradición religiosa católica para saciar la sed espiritual de que hablábamos al inicio?


Una profunda riqueza: la persona de Jesús de Nazaret; la sabiduría de los textos fundantes; una tradición ininterrumpida de experiencia mística, aunque en ocasiones haya quedado “nublada” o velada por aspectos institucionales que parecían ocupar y controlar todo; una tradición secular de humanización y entrega, al lado, sin embargo, de actitudes y comportamientos fanáticos, autoritarios, violentos, culpabilizadores y represores. La historia cristiana me parece un espejo patente de lo que es la ambigüedad de lo humano; o, expresado de otra forma, de lo que es capaz de hacer el ego incluso con lo más sagrado.

 

 

Hay muchas prácticas cristianas que ayudan a una rica experiencia interior… ¿no tenemos ahí un tesoro por redescubrir?

 

Sin duda, la tradición cristiana es un tesoro por redescubrir y, en algunos casos, incluso por estrenar, si confrontamos nuestra vivencia –y la de la Iglesia- con lo que fue Jesús de Nazaret.

En ese redescubrimiento, me parece que ha de ocupar un lugar esencial lo que fue el “camino” más característico de Jesús: la compasión hacia el ser humano en necesidad. Y, simultáneamente, toda la gran tradición contemplativa, que ha sido considerada habitualmente en la Iglesia como algo marginal. Esto me parece un enorme empobrecimiento.

 

 

Hablemos, pues, de meditación…

 

La meditación no es, en primer lugar, un método ni una práctica…, sino un modo de vivir o un modo de ser, un estado de consciencia, caracterizado precisamente por la no-dualidad.

Al estar habitualmente identificados con la mente, necesitamos “ejercitarnos” en superar es inercia, y así poder descorrer el velo que nos impide reconocer nuestra verdadera identidad. En este sentido, meditar consiste en estar en el presente, acallar la mente y atender a lo que está aconteciendo. Son tres modos de expresar lo mismo, ya que esas tres cosas no pueden darse sino simultáneamente.

 

 

 

Eso me lleva a preguntarte por el prestigio de lo oriental, de lo budista en concreto. ¿Cuál es la razón de ese prestigio?

 

Primero, que contiene mucha sabiduría y mucha experiencia. No hace mucho tiempo, un budista me comentaba: “Entre nosotros, damos prioridad a la experiencia que conduce a la sabiduría, al «despertar»; vosotros, en cambio, dais preferencia a las creencias y a la sumisión a la autoridad religiosa”.

Pero hay otros factores: uno no menor consiste precisamente en el hecho de que, al venir nosotros de una tradición religiosa que parecía encerrada en creencias y mandamientos, hemos estado echando de menos el cultivo de la dimensión espiritual, de una forma experiencial.

Por otro lado, aunque es cierto que el Maestro Eckhart, Teresa de Jesús o Juan de la Cruz son exponentes sublimes de la experiencia mística, ellos, a diferencia de los maestros de Oriente, no dan una “pedagogía” para avanzar por ese camino contemplativo.

Al mismo tiempo, nos hemos hecho conscientes, como decía antes,  de que toda religión no es sino un “mapa” que intenta desvelar el misterio del existir o apuntar hacia el “territorio” anhelado que somos. Al verlo así, no solo queda sanamente relativizada toda creencia, sino que aprendemos a contrastar los diferentes mapas con la riqueza que cada uno de ellos aporta. Estoy convencido de que el futuro de las religiones ha de ser el encuentro humilde entre ellas, en el que se descubran buscadoras humildes al servicio de la genuina espiritualidad: es lo que quería expresar al hablar de los “mapas” al servicio del “territorio”. En este sentido, me gustaría citar un libro que me parece muy valioso en todo este campo del llamado “diálogo interreligioso”. Es el libro de un experto, Javier Melloni,  que lleva por título: “Hacia un tiempo de síntesis”.

 

 

El “mindfulness”, tan actual, ¿es lo mismo que la meditación?

 

Se suele decir que el mindfulness ha significado el descubrimiento de la meditación por parte de la psicología y la psiquiatría. Tanto es así, que en la última década, la cuestión más investigada dentro del campo psicológico, en Estados Unidos, ha sido la eficacia del mindfulness para el trabajo terapéutico.

Con todo, en rigor, siendo una muy buena noticia el interés de la psicología por ello, no es exactamente lo mismo que la meditación. El mindfulness o atención plena puede entenderse como una herramienta terapéutica que favorece la unificación e integración psicológica de la persona. Pero la meditación –repito, hablando con rigor-, si bien es imposible vivirse in “atención plena”, es otra cosa; como decía antes, es un estado de consciencia, caracterizado por  la no-dualidad.

 

 

¿Cómo cultivar la espiritualidad, cuál es tu propuesta para avanzar en el camino espiritual?

 

La respuesta también es sencilla: creciendo en consciencia de quienes somos. Al final, todo se ventila en la respuesta adecuada a esta pregunta: “¿quién soy yo?”. Mientras la respuesta sea inadecuada, permaneceremos en la ignorancia y el sufrimiento –aunque seamos personas muy “religiosas”-; por el contrario, la respuesta adecuada, liberándonos de ello, tiene sabor de plenitud.

Lo que ocurre es que la respuesta no puede venir desde la mente (el modelo mental de conocer) porque, al ser una parte de lo que somos, su respuesta es inevitablemente reductora; nos hace creer que somos apenas una estructura psicofísica, un “yo individual”; es decir, reduce nuestra identidad al “yo-idea”. Cuando se trabaja a partir de esa creencia, todo –el mismo trabajo psicológico e incluso la propia vivencia religiosa- resulta empobrecido.

La respuesta adecuada no puede ser resultado de un razonamiento o de una elaboración conceptual. Porque no podemos ser nada que podamos pensar, ya que todo lo pensado necesariamente es un objeto (mental). Únicamente podemos conocer lo que somos…, cuando lo somos. Y para ello necesitamos silenciar la mente, y así acceder a una experiencia directa, inmediata y autoevidente de nuestra verdadera identidad.

Aquí se da una hermosa y profunda paradoja: ni podemos pensar lo que somos, ni somos lo que podamos pensar. Una paradoja que encuentra un atractivo paralelismo en lo que nos dice la física cuántica: “lo que vemos no es real, y lo real no podemos verlo”.

El camino espiritual no es otra cosa que reconocer quiénes somos y vivirnos conectados a ello. A esto las tradiciones espirituales le han llamado “despertar”, un estado de consciencia que se caracteriza por la sabiduría (comprensión) y la compasión.

Religión y mundo moderno

LA RELIGIÓN EN LA ENCRUCIJADA DEL MUNDO MODERNO Y POSTMODERNO

A propósito de “Espiritualidad integral

La magnitud del cambio cultural que estamos viviendo afecta a la religión de tal manera que la coloca en una encrucijada –cruce decisivo que es necesario resolver para acertar en el camino- profundamente novedosa. ¿Qué es lo característico de esta situación? Querría responder a esta cuestión de un modo sintético e incluso esquemático, de la mano del último libro, recientemente publicado, de Ken Wilber[1].

  • Un ejemplo como punto de partida: Un universitario cristiano típico se avergüenza de hablar de religión con sus profesores –que se hallan en un nivel racional o pluralista y teme que lo ridiculicen-, pero todavía se avergüenza más de sus amigos cristianos –que sostienen unas creencias míticas y etnocéntricas-. En esta situación, se ve obligado a renunciar a su fe para afirmarse en su (post)moderna visión del mundo, o a seguir creyendo, pero estancado en el estadio mítico del desarrollo espiritual; es decir, ha de optar entre: vivir en ámbar (mito) y abrazar a Cristo, o avanzar hacia naranja (razón) y renunciar a Cristo. De cualquier modo, su acercamiento al Espíritu queda truncado.
  • ¿Qué ha ocurrido?

De entrada, la explicación parece simple: Culturalmente, se encuentra en el nivel racional; religiosamente, en el mítico. Pero no es simplemente eso.

La explicación nos viene de nuestra historia. Tal como se ha desarrollado, lo racional llegó a descartar y despreciar lo religioso, porque había identificado la religión con el estadio mítico de la misma. Es cierto que la Modernidad y la Ilustración supusieron la muerte del dios mítico. Pero su grave error consistió en que rechazaron cualquier Dios –o, simplemente, a Dios-, toda la línea de la inteligencia espiritual; esto supuso un auténtico desastre cultural, que cerró la posibilidad de acceder a las posibilidades postmíticas de la inteligencia espiritual. Porque la modernidad confundió el nivel mítico de la inteligencia espiritual con la misma inteligencia espiritual, identificando a toda la ciencia con el nivel racional y a toda la espiritualidad con el mito. Ésta es la falacia nivel/línea: la confusión de un determinado nivel de una línea con toda la línea.

Como consecuencia, se produjo una doble reacción:

–         Represión de los propios impulsos espirituales, y rechazo de todo lo que se presente como espiritual, a lo que se considera como una estupidez irracional: la ciencia declara la guerra a la religión. De hecho, los intelectuales de vanguardia de la Modernidad empezaron a rechazar la religión y la espiritualidad de su conciencia.

–         Fijación a un determinado nivel, que se defiende feroz y obsesivamente de todos los ataques: la religión mítica declara la guerra abierta a la ciencia (y al mundo liberal en general).

Ambas reacciones lograron, paradójicamente, el mismo objetivo: una razón mutilada de la línea espiritual.

  • ¿Qué hace, ante ello, la persona religiosa? Cuatro actitudes

–         Identificación. Proveniente de una tradición marcadamente religiosa, la gran mayoría de los creyentes se hallan identificados con lo que han sido las formas tradicionales de expresar la fe. Pero esta postura no resulta fácil de mantener, porque el “desajuste” va en aumento. Por ello, suele dar paso a una de las siguientes.

–         Atrincheramiento. Con el fin de salvar sus planteamientos religiosos –la forma mítica en la que se había expresado-, confundiendo la espiritualidad y la religión con el nivel mítico de la misma, se identifica con ese nivel, hasta atrincherarse en él, viendo la modernidad como amenaza. Como es obvio, esta actitud se halla mucho más próxima a cualquier fanatismo, por autodefensa: porque cree que la modernidad le está impidiendo existir.

–         Solución de compromiso. Por un lado, quiere ser fiel a la forma recibida, pero, por otro, no puede dejar de lado el estadio racional en que se encuentra. La única salida es llegar a una solución de compromiso, que resultará precaria e inestable, aparte de incómoda, ya que no es fácil evitar una fractura en la propia persona entre lo que es su nivel cultural y su nivel religioso.

–         Búsqueda creativa. Es la actitud que se toma más en serio la doble fidelidad, de un modo que resulte coherente y unificador. Por ello, es capaz de distinguir “forma” de “contenido”. Por ello también, es la única que trasciende y supera todo dualismo. Y la que abre a la esperanza.

  • ¿Cómo salir de la crisis? ¿Qué hacer?

Si lo que ocurrió con la Modernidad fue que todo lo espiritual fue reprimido, la salida pasa por la desrepresión. La Modernidad lo reprimió porque el nivel mítico de Dios era terrible y el daño provocado por la Iglesia en nombre de ese Dios, espantoso; la Ilustración lo rechazó. “Recordad las crueldades”, era el lema de Voltaire. El error grave de la Modernidad –como ha quedado dicho- consistió en que identificó todo lo religioso con aquella divinidad mítica institucionalizada en la Iglesia medieval. Ello condujo a una descalificación de lo espiritual y, consiguientemente, a un tremendo empobrecimiento de lo humano. Por su parte, cierta postmodernidad –no toda ella: se puede ser postmoderno y no relativista- agudizó el error, al quedar atrapada en un relativismo vulgar, vacío, autocontradictorio y moralmente pernicioso.

Pues bien, sólo podremos salir de ese error –y del empobrecimiento resultante- reconociendo lo espiritual como línea siempre presente, en todos los estadios del desarrollo, que puede alcanzar diferentes niveles, y por lo mismo, diferentes formas de expresión y vivencia.

Ello requiere también, por parte de los creyentes, una lectura desapasionada de su propio mensaje, desde la nueva apertura que ofrece el desarrollo cultural. En suma, un ejercicio humilde de lucidez. Cada vez resulta más evidente para muchos creyentes que la solución para nuestra situación actual no puede ser un mero retorno al tradicionalismo.

  • ¿Qué es la espiritualidad?

Según el esquema de Wilber, dentro de las diferentes líneas de que consta lo que es el desarrollo humano –línea cognitiva, estética, moral, interpersonal, afectiva…- la espiritual es la línea que responde a la pregunta: “¿Cuál es la preocupación última?”. Lo que la espiritualidad busca es precisamente la respuesta a ese interrogante. A lo largo de los siglos, ha ido dando diferentes respuestas, de acuerdo con los diversos niveles de desarrollo que el ser humano iba atravesando. Al dejar de reprimirla, somos capaces de abrirnos a una de las líneas básicas que nos constituyen. Y podremos dialogar y buscar entre todos respuestas que vayan siendo cada vez más coherentes. Conscientes de que, en esa búsqueda, también el agnosticismo y el ateísmo se consideran respuestas válidas. De lo único que se trata es de no ahogar la pregunta.

El hecho de que la espiritualidad sea respuesta a la citada pregunta no significa, en absoluto, que se reduzca a algo teórico. Según escribe D. Evans, en una de las mejores definiciones que se han dado de ella, “la espiritualidad consiste principalmente en un proceso transformador básico en el que descubrimos y nos desprendemos de nuestro narcisismo para entregarnos al Misterio a partir del cual todo se está manifestando constantemente… [Toda transformación espiritual auténtica] implica despojarse del narcisismo, del egocentrismo, del estar aislado en uno mismo, del interés por uno mismo, etc.[2].

  • ¿Qué son los niveles o estadios?

Son varios los estadios –arcaico, mágico, mítico, racional y transpersonal- que ha recorrido la conciencia en su proceso evolutivo. Lo que ocurre en esa evolución es que se modifica nuestra percepción de la realidad. Y, por lo que se refiere a la religión, esto tiene consecuencias decisivas. Por una parte, cuando se estanca en el nivel mágico-mítico, en los que hizo su aparición histórica, se bloquea el desarrollo espiritual, y la religión etnocéntrica entra en conflicto con la racionalidad mundicéntrica. Por otra, cuando es la modernidad la que confunde –y reduce- la espiritualidad al nivel mítico de la misma, la reprime. Así, en ambos casos, se ha terminado identificando espiritualidad y mito, con el consiguiente empobrecimiento de la dimensión mas profunda de la realidad. La recuperación limpia de esa dimensión es una de los mayores retos que tenemos por delante. Y en ello se juega el futuro de la humanidad y del planeta.

  • ¿Ver a Dios?

Característico de los estadios mágico y mítico era concebir a Dios como un ser separado, en el exterior, habitando su cielo. Para nuestra concepción del mundo, sin embargo, aquella imaginería es inconcebible. No hay tal “ser separado” de la realidad –no puede haber una realidad última infinita separada-, sino el Dinamismo que hace ser y en todo se manifiesta[3]. Y se percibe cuando estamos situados en el espacio o nivel adecuado, adoptando los medios adecuados. Quien se halle instalado en el nivel moderno-pragmático-cientificista, es probable que únicamente vea el mundo chato; quien esté en el nivel mágico-animístico, creerá ver a Santa Claus; quien acceda al nivel transmental, podrá ver a Dios en todo.

Y aquí se hace necesario plantear otra cuestión: ¿Dónde suponemos que está Dios y donde pensamos que no está ni puede estar? ¿No nos jugarán aquí una mala pasada nuestros propios prejuicios? ¿Por qué tendemos a creer que las cosas hermosas o placenteras no son espirituales?

Permítanme citar, aunque no sea de modo literal, un texto de Wilber especialmente inspirado y hermoso: Dios es imposible de negar, como tampoco se puede negar la conciencia de esta página, sabiendo que el Espíritu y la conciencia de esta página no son dos: la omnipresente conciencia Divina plenamente iluminada no es difícil de alcanzar, sino imposible de evitar, como han sabido todos los místicos. ¿Por qué lo buscaba aquí o allí, cuando Dios es El Que Busca?… ¿Por qué se empeña en que Dios muestre su Rostro, cuando el Rostro de Dios es su Rostro original, el Testigo, ahora mismo, tal cual es?… ¿Acaso debe hacer algún esfuerzo para ser consciente del momento presente? ¿Dónde pretendía ver a Dios, cuando Dios es el Vidente omnipresente? ¿Cuánto conocimiento pensaba embutir en su cabeza para llegar a conocer a Dios, cuando Dios es el Conocedor omnipresente? Sienta al Lector de estas líneas, experimente la simple sensación de Ser. Atrévase a dar el último paso que conduce desde el yo hasta el Yo. Renunciando a buscar, encontró a Dios. Cuando abandone toda búsqueda y descanse en el Buscador, dejará de necesitar mapas; se habrá acabado el juego del escondite al reconocer, finalmente que Usted era Ello[4].

Y, como hemos dicho en su momento, esto no significa negar la posibilidad relacional con Dios –Wilber habla de “la segunda persona del Espíritu”-. El Misterio que es/somos -que, en último término, constituye nuestra más profunda identidad- puede ser nombrado como “Tú”. De una forma no mítica, pero absolutamente legítima, mi pequeño yo se rinde, adora y ama al Misterio, lo nombra como “Tú” y, gracias a ello, va liberándose también del narcisismo de todo ego que, aun en la meditación, puede alimentarse y crecer.

  • ¿Qué Cristo?

Del mismo modo que existe un dios mágico, un dios mítico, un dios racional…, así también el cristiano, dependiendo del nivel en que se encuentre, percibirá y leerá a Cristo en clave mágica, o mítica, o racional, o pluralista… o mística-integral. Aferrarse a una compresión mítica significa quedarse estancados en un nivel cultural definitivamente superado, a la vez que privar a la humanidad de la riqueza del mensaje de Cristo, por seguir presentándolo en una forma inasumible desde nuestra actual concepción del mundo.

  • El papel de la religión

Comparto la apreciación de Wilber de que la religión es la única institución que puede ayudar a sus seguidores a avanzar desde la versión prerracional, mítico-pertenencia, etnocéntrica y absolutista hasta la versión racional-perspectivista, mundicéntrica y postconvencional.

Desde el Dios arcaico hasta el Dios mágico, el Dios mítico, el Dios racional, el Dios pluralista, el Dios integral y otros Dioses todavía más elevados, “la religión no es más que la institucionalización de la espiritualidad comunicando su buena nueva a la próxima generación[5]. Pero de su apertura depende que pueda seguir ofreciendo ese impagable servicio o, por el contrario, quede arrinconada, por, negándose a crecer, haberse estancado en un nivel ya superado del desarrollo de la conciencia.

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[1] K. WILBER, Espiritualidad integral. El nuevo papel de la religión en el mundo actual, Kairós, Barcelona 2007. Junto a esta obra, quiero hacer referencia a la de J.N. FERRER, Espiritualidad creativa. Una visión participativa de lo transpersonal, Kairós, Barcelona 2003. Se trata de una muy valiosa revisión crítica de la teoría transpersonal, con claras consecuencias para una renovada comprensión, formulación y vivencia de la espiritualidad. De un modo explícito, afronta “los dos retos más importantes a los que se enfrentan hoy los buscadores espirituales: el peligro del narcisismo espiritual y el fracaso de integrar las experiencias espirituales en la vida cotidiana”: p. 45.

[2] Cit. en J.N. FERRER, op.cit., p. 66.

[3] Es un gusto recomendar el librito de W. JÄGER, La vida no termina nunca. Sobre la irrupción en el Ahora, Desclée de Brouwer, Bilbao 2007.

[4] K: WILBER, Espiritualidad integral…, pp. 350-352.

[5] Íbid., p. 353.

Espiritualidad, no-dualidad, identidad

ESPIRITUALIDAD, NO-DUALIDAD, IDENTIDAD

Entrevista en “Yoga en red“, 25 enero 2013, www.yogaenred.com

Enrique: ¿Puede hablarnos de su experiencia vital y espiritual?

 La vida me ha regalado dos actitudes de fondo que me han acompañado desde que tengo memoria, incluso siendo muy niño, y que han sido motores permanentes en mi andadura. Me refiero a la búsqueda de la Verdad y a la confianza en el Fondo de lo real. Han venido unidas y eso ha permitido que se potenciaran mutuamente.

Mi trayectoria vital, con sus subidas y bajadas, aciertos y errores, ha sido una permanente búsqueda de la Verdad. Y no por un interés “mío”; sencillamente, ha sido así. Casi a modo de anécdota, diría que hay una pregunta que siempre se me ha hecho presente: “¿Y si las cosas no fueran como me las han contado, ni como siempre las he visto?”.

A veces me ha costado “ver”, también porque la indecisión es otro rasgo de mi carácter. Pero cuando he visto con claridad, me he dado cuenta, incluso muy sorprendido, de que nadie ni nada me podía detener (a pesar de que viví mucha inseguridad ante la opinión de los otros).

Y, por otro lado, la confianza, una sensación de fondo que, aun en medio del mayor desconcierto, me seguía asegurando: “Confía. Todo está bien”. No venía de la mente –que veía muchas cosas mal y estaba sufriendo-, pero sabía a verdadera.

Por ahí ha discurrido mi experiencia vital y espiritual, no como dos cosas separadas, sino en todo momento unificadas. Siempre se me ha regalado también un “olfato” especial para detectar la falsedad de todo dualismo.

 ¿Cómo explica qué es la meditación a quien le pregunta?

 Me parece importante subrayar que la meditación no es una actividad, ni un método, ni una serie de prácticas…, aunque sea importante perseverar en las prácticas meditativas.

La meditación es una forma de vivir, una forma de ser. Porque es nada menos que un estado de consciencia. Igual que hay un estado que es el sueño y otro que es la vigilia (el pensamiento), la meditación (dhyana, en sánscrito) es otro estado de ser, caracterizado por la experiencia de la no-dualidad y –va de la mano- la vivencia del momento presente.

La meditación no es una práctica; es vivir en estado de Presencia, percibiendo que no hay nada separado de nada, y que nuestra verdadera identidad no es el yo –tal como creemos en el estado del pensamiento- sino esa misma Presencia, ilimitada y eterna.

 ¿Y como explicaría sencillamente, para que todo el mundo pueda entenderlo, qué es la espiritualidad?

 Todo resulta totalmente convergente y elegante. Los científicos suelen decir que, cuando una fórmula o una ecuación es elegante, hay muchas garantías de que sea verdadera.

Todo esto es muy elegante, porque todo converge: la espiritualidad no es otra cosa que la vivencia de –y la ayuda para vivir- ese estado de Presencia.

Espiritualidad es la dimensión profunda de todo lo real. Así entendida, es claro que no hay nada que quede al margen de la espiritualidad.

Con la espiritualidad hemos tenido dos problemas: 1) que las religiones han tendido a apropiársela, y de ese modo la han desfigurado; y 2) que la cultura vigente en Occidente, sobre todo a partir de la Modernidad –en gran medida, como reacción al absolutismo de las religiones-, la ha olvidado, produciendo un empobrecimiento humano muy grave, el “mundo chato”, de que habla reiteradamente Ken Wilber.

Por decirlo brevemente: todo lo que existe tiene una dimensión de profundidad, más allá de la apariencia material. Eso es lo “espiritual”, y ahí está para quien sabe ver. De hecho, materia y espíritu, energía y consciencia, no son sino las dos caras de la única realidad, en un abrazo no-dual.

 ¿Cómo ve la religión, la religiosidad y las distintas religiones en estos tiempos?

 Como dice Javier Melloni, un hombre sabio y verdadero maestro espiritual, en el mejor sentido de la palabra, “podríamos decir que las religiones son las copas; la espiritualidad, el vino; las creencias, las denominaciones de origen de cada vino, y la mística es beber de ese vino hasta embriagarse”.

¿Cómo lo veo en la actualidad? Me parece innegable que estamos asistiendo a un declive de la religión institucional, a la vez que a un auge de la búsqueda espiritual.

La religión institucional ha caído, a lo largo de la historia, en un error grave y dañino: ha tendido a absolutizarse. Como si al referirse al Absoluto, ella misma se hubiera creído en posesión de él y de la Verdad. Esto es peligroso, porque es falso; ha hecho mucho daño y provoca un rechazo cada vez mayor. La religión solo es buena cuando se vive decididamente al servicio, no de ella misma ni de la institución ni de sus creencias, sino de la persona y de la espiritualidad.

Por otro lado, el ser humano no soporta demasiado vacío, porque su Anhelo es plenitud. La suma de ambos factores explican, a mi modo de ver, la creciente búsqueda espiritual. Se sepa o no, no podemos dejar de buscar. ¿Qué buscamos? Suena a paradójico, pero es así: buscamos lo que ya somos y siempre hemos sido. Esto explica, en último término, por qué no podremos dejar de hacerlo nunca.

 Usted es teólogo cristiano y psicólogo. ¿Cómo confluyen estas dos facetas? ¿Qué pueden aportarnos?

 No sé si la teología aporta mucho…, aparte de erudición. Sí, siempre es bueno conocer lo que han pensado o escrito tantas personas que nos han precedido. Pero no tengo mucha fe en la teología, igual que no la tengo en la mente, a la hora de hablar de lo Absoluto. La mente –y el discurso conceptual- es una herramienta preciosa y eficaz en el mundo de los objetos, pero es absolutamente incapaz de referirse a lo que no es objetivable. Y eso conlleva una trampa peligrosa: la mente reduce el misterio a un objeto; la teología reduce la Verdad a una creencia, y a Dios a un ídolo.

Lo que sí me parece relevante es la convergencia de la psicología con la espiritualidad. Creo que son dos raíles que es preciso recorrer simultáneamente: porque la espiritualidad sin la psicología se queda coja, y la psicología sin la espiritualidad permanece ciega.

De hecho –y esto lo he comprobado con frecuencia- el olvido de uno de esos dos raíles hace que la persona descarrile fácilmente.

 Bajo su punto de vista, ¿cómo puede el ser humano afrontar las crisis? ¿Qué puede ayudarnos a entenderlas y superarlas?

 Me parece que, de entrada, la crisis puede resolverse mejor si la entendemos como oportunidad. Porque es así: la crisis remite siempre al crecimiento. Es cierto que también constituye una encrucijada, y podemos errar en ella. Ese es el riesgo, pero no niega que sigue siendo oportunidad.

Dicho esto, habría que ver cada crisis en concreto. Pero, en cualquier caso, me parece importante contar con tres cosas: unas claves de comprensión de lo que estamos viviendo, unas actitudes básicas que permitan resolverla de una manera constructiva, y unas herramientas concretas como medios eficaces.

Con respecto a las actitudes, desearía subrayar cuatro: la no-evitación de la crisis (o aceptación de lo que estamos viviendo), la no-reducción a lo que ocurre (siempre somos más que todo lo que nos pueda suceder), el cuidado por venir siempre al momento presente (sin dejar que la mente se pierda en la rumiación o el victimismo), y el amor a uno mismo (para poder acogernos tal como estamos: esto es “tener compasión de sí”, particularmente necesaria cuando se hace presente el dolor).

Entre las herramientas, destacaría la ayuda psicológica, el compartir con alguna persona de confianza, así como algunas prácticas específicas, tanto psicológicas como espirituales (o meditativas).

 Sé por propia experiencia que viaja por diferentes lugares impartiendo talleres, conferencias, retiros… ¿Cómo vive este compartir y como responden las personas que asisten a sus trabajos?

 Lo vivo con mucho gusto, como una oferta de lo que se me regala ver y vivir. Y percibo en las personas dos cosas que siempre me sorprenden: el enorme interés (que no es sino expresión del anhelo que nos constituye, lo conozcamos o no) y las “resonancias” o “ecos” que se producen en ellas. Como si despertara lo que ya estaba, aunque fuera dormido; o como si pusieran nombre a lo que siempre habían intuido… Esto es sumamente gratificante, porque nos encontramos en la misma realidad. Siento que soy el “pretexto” para que pueda despertarse el “maestro interior”, el único al que debemos seguir.

 Su faceta de escritor…

 Realmente surgió  de una forma totalmente inesperada, casi como un juego. Hace solo diez años escribí algo para “uso interno” de un grupo muy específico, alguien lo vio y creyó que debía publicarse… A partir de ahí, todo fue fluyendo. En ocasiones, sueño incluso el índice de un posible libro, y es un gozo experimentar cómo el texto fluye por sí mismo.

Disfruto escribiendo porque prácticamente no me cuesta esfuerzo. Hay detrás todo un trabajo constante de estudio, reflexión y práctica. Pero, a la hora de escribir, fluye con espontaneidad de un modo muy fácil.

Escribo a raíz de lo que voy viviendo y de lo que voy viendo en tantas personas a las que conozco en talleres o acompaño, de un modo u otro. En ese sentido, los libros no quieren ser sino respuestas sintéticas a cuestiones específicas, en la esperanza de que puedan ayudar a que las personas “pongan nombre” a lo que ellas mismas están viviendo. Buscan ayudar a vivir.

 ¿Qué somos? ¿Quienes somos realmente? ¿Hacía dónde caminamos en nuestro devenir humano?

 Esta es la pregunta “definitiva”, la “única cuestión” que realmente vale la pena. De la respuesta a la misma dependerá nuestra esclavitud o nuestra liberación, nuestra desgracia o nuestro gozo.

En nuestro medio cultural, la respuesta más habitual es la que considera al ser humano como una estructura psicofísica, considerando el “yo” como nuestra identidad definitiva. Es una respuesta que nace de la mente. Pero, dado que la mente, únicamente ve “objetos”, lo que hace es convertir a la persona en un objeto más, en una percepción absolutamente reductora. Por otro lado, es inevitable: ¿cómo una parte de lo que somos –la mente- va a saber quiénes somos en profundidad?

Esa respuesta reductora es la fuente de todo nuestro sufrimiento, pues nos identifica con una realidad impermanente, transitoria y, en último término, vacía, ya que lo que llamamos “yo” es solo una ficción mental.

¿Qué somos? Una indagación minuciosa y atenta nos hace caer en la cuenta de que no somos nada que podamos observar (cuerpo, sensaciones, sentimientos, emociones, pensamientos, circunstancias…), porque todo ello no son sino objetos dentro del campo de nuestra consciencia. Pero lo que somos no es ningún objeto o contenido de la consciencia. Somos el Sujeto que ve, Eso que observa y que no puede ser observado. Por eso, solo conocemos lo que somos, en la medida en que lo somos. No se trata, por tanto, de un conocimiento conceptual –que únicamente sirve para el mundo de los objetos-, sino de un conocimiento por identidad: puedo conocer quien soy precisamente porque lo soy.

Y Eso que somos tiene mil nombres, todos metafóricos, que quieren apuntar a nuestra realidad inefable: Vacío original, Plenitud desbordante, Consciencia desnuda, pura Atención, Presencia ilimitada, Quietud, Gozo, Amor…

¿Hacia dónde caminamos? Hacia ninguna parte. No hay camino porque no hay distancia. Lo que somos es ya Aquí y Ahora. Un antiguo dicho zen nos recuerda: “Si tenéis el menor deseo de ser mejores de lo que ahora sois, si os afanáis, aunque solo sea mínimamente, en la búsqueda de algo, ya estáis yendo contra el no nacido”. Si tuviéramos que buscar o alcanzar algo, eso sería señal de que no lo somos; habríamos caído en la trampa del ego y del dualismo. Pero todo es Ahora.

Un místico cristiano medieval escribía: “Si no lo buscas, lo encontrarás”. Actuamos convencidos de que la plenitud no-dual está ausente (fuera y en el futuro). Pero la realidad es que esa plenitud es todo lo que existe y no hay lugar donde no esté. No hay modo alguno de acercarse más; ni de alejarse tampoco. El Sí mismo (o Yo Soy) –el Fundamento último de todo lo que existe, y que constituye igualmente nuestra misma identidad- no es una realidad que resulte difícil de alcanzar, sino, más bien, un estado del que resulta imposible escapar.

No nos falta nada, no hay alguien que tenga que ir a algún lado. No hay un lugar adonde ir. Si no nos movemos, ya hemos llegado.

¿Qué nos falta? Una sola cosa: reconocerlo, caer en la cuenta o –como afirman todas las tradiciones de sabiduría- salir del sueño de nuestra mente (ego) y despertar.

 Algo que quiera compartir con los lectores de esta entrevista…

 Aparte de expresaros mi gratitud por esta posibilidad de compartir lo que veo y vivo, me gustaría animaros para que toda vuestra actividad refleje la hermosa unidad que evoca precisamente la palabra “yoga”, para ayudar a despertar del sueño del dualismo y favorecer el reconocimiento que todo, sin excepción, queda abrazado en la radiante, bella y plena no-dualidad. Muchas gracias. 

Educar en la interioridad

EDUCAR EN LA INTERIORIDAD

Entrevista publicada en “El Norte de Castilla“, 27 mayo 2013.

-Según el título de su charla. ¿Cuáles son las mayores necesidades que hay que atender en los niños y los jóvenes?

De acuerdo con una descripción clásica en todas las tradiciones de sabiduría, en el ser humano reconocemos una triple dimensión: cuerpo, psiquismo y espíritu. En cada uno de esos niveles, encontramos necesidades que requieren ser respondidas adecuadamente si queremos crecer en unificación y en plenitud humana. Hablamos, por tanto, de necesidades corporales (alimentación, descanso, movimiento), emocionales (sentirse reconocido/amado: a través del contacto físico, la mirada, la palabra, el tiempo de calidad que se le dedica) y espirituales (paz, felicidad, silencio, libertad, plenitud, unidad…).

-¿De qué manera toman conciencia de su mundo interior o se les puede invitar a hacerlo?

La primera condición es que el adulto sea consciente de su propio mundo interior y haya experimentado la riqueza que tal consciencia aporta. Porque no podemos acompañar al niño más lejos de donde nosotros mismos hayamos llegado.
Además de ello, se requiere crear espacios y desarrollar prácticas simples que ayuden al niño en esa toma de conciencia. Hablamos de prácticas psicológicas y meditativas (el cuidado de la inteligencia emocional y espiritual), que favorecen que el niño se vaya familiarizando con su mundo interior, poniendo nombre a lo que vive y aprendiendo a gestionarlo.
Para quienes se encuentren interesados en esta cuestión, creo adecuado sugerir dos libros interesantes: desde la neurociencia, el de Daniel Siegel, “El cerebro del niño”, publicado en la editorial Alba; y, desde la espiritualidad, el de Ana Alonso, “Pedagogía de la interioridad”, de editorial Narcea.

-Cuáles son las claves para acompañar a los niños en el proceso de madurez y cómo se puede controlar la rebeldía de la adolescencia.


La clave fundamental consiste en que la persona adulta se viva desde lo mejor de sí, sea diestra en gestionar su propio mundo interior y sea capaz de vivirse ante el niño como presencia sólida y amorosa. No hablamos de adultos “perfectos” –cosa imposible para todo humano-, sino lúcidos sobre sí mismos, que se aceptan y acogen con sus luces y sombras, por lo que son capaces de aceptar y acoger a los demás.
Desde esa actitud, les resultará más fácil vivir dos actitudes básicas, que han de activarse simultáneamente: el cariño y la firmeza, también en momentos de rebeldía infantil o adolescente.

-Justifíqueme por qué es necesaria una referencia espiritual.

Entendida en su sentido más genuino, “espiritualidad” es sinónimo de “interioridad” o, si se prefiere, de “humanidad plena”. Así vista, su olvido supone una amputación grave del ser humano, con la consiguiente sensación de vacío. Con ello, estaríamos privando al niño del acceso a su dimensión fundamental.
La espiritualidad constituye una dimensión tan básica como la corporeidad, la afectividad o la sociabilidad. Esto explica la importancia decisiva de cuidar la inteligencia espiritual, en cuanto capacidad de nos permite responder adecuadamente a toda esa dimensión.
Lo que ocurre es que la palabra “espiritualidad” con frecuencia aparece cargada de resonancias negativas: porque se ha contrapuesto al cuerpo, al placer, a la vitalidad…, o porque se la había identificado con la religión. Sin embargo, hoy somos conscientes de que es totalmente posible una “espiritualidad laica” (Mariano Corbí) o incluso una “espiritualidad atea” (André Comte-Sponville).

-Usted invita a la meditación como forma de vida. ¿Cómo se aplica en el mundo de las prisas en el que vivimos?

Precisamente, cuantas más prisas, más necesario es el aprendizaje y el cultivo de esa otra forma de vida, que consiste en desarrollar la capacidad de vivir en el presente, siendo dueños de la propia mente.
Meditar, antes que una práctica o un método, es una forma de ser, una forma de vivir. Se trata de un arte y, como todo arte, puede aprenderse gracias a la práctica perseverante.
Al crecer en la capacidad de venir al presente, sin identificarnos con los movimientos mentales y emocionales que surgen en nuestra mente, esta forma de vida sabe a ecuanimidad, consciencia y plenitud. En realidad, la persona termina reconociéndose en ella, porque encaja adecuadamente con el anhelo que nos mueve.
Así como todo sufrimiento –no el dolor- nace de la mente no observada, la liberación del mismo solo es posible gracias a la consciencia de quienes somos.

-¿De qué forma la crisis afecta a la educación y el crecimiento de los niños?

Sin duda, la crisis puede afectar negativamente en un doble sentido: por un lado, cuando el problema económico es fuerte en la familia, el niño puede verse expuesto a un peligroso sentimiento de inseguridad; por otro, los recortes en los medios destinados a la educación pueden devaluar la calidad de la misma.
Ahora bien, todo puede ser oportunidad de crecimiento; también las crisis. Ello requiere vivir –y enseñar a vivir- actitudes constructivas. Y este sería un buen mensaje que toda crisis nos viene a recordar: Lo decisivo no es lo que nos ocurre, sino aquello que hacemos con lo que nos ocurre.