Todas las entradas de: editor

«El Evangelio lee nuestro anhelo». Comentario al evangelio de cada día (Ciclo B – 2017/2018)

A Ana

Todo ser humano puede detectar en su interior la voz del deseo y la voz del Anhelo. El deseo es el lenguaje del ego: nace de la necesidad y se caracteriza por la ansiedad y la insaciabilidad; el Anhelo es expresión de la plenitud que somos y lleva la marca del gozo y de la gratuidad. Así, mientras la identificación con el primero tiraniza, el segundo nos conduce a casa.

Un texto es inspirado cuando nace del anhelo. Eso explica que el lector se sienta “leído” interiormente por él. Porque, en último término, todo texto de sabiduría y nuestro corazón dicen la misma cosa, porque en ambos es el anhelo quien se expresa.

A diferencia del deseo, siempre insaciable, con el anhelo ocurre una profunda y hermosa paradoja: al acogerlo se “disuelve”, porque nos hace descubrir, con tanta sorpresa como admiración, que somos justamente aquello que anhelábamos. Como decía Jesús, “el Reino de Dios está dentro de vosotros”.

Esto es lo que descubrimos en el evangelio: una palabra sabia que “lee” el anhelo humano y, de ese modo, desenmascarando posibles engaños y advirtiendo de las trampas que acechan, muestra el camino a “casa”, la misma que habitaba Jesús y a la que nombraba como “Padre” o como “Reino de Dios”.

El autor, al acompañarnos en esta lectura del evangelio, abriga el deseo cordial de que la palabra de Jesús produzca “resonancias” en nosotros y dinamice nuestro propio Anhelo, hasta descubrir, experimentar y saborear la plenitud que somos, y que queda expresada en una afirmación del propio Jesús, aplicable a todos nosotros: “Yo soy la vida”.

«No busques la verdad, tan solo deja de mantener opiniones» (Xin Xin Ming).

No pasa / nada. Los ojos no ven, / saben. El mundo está bien / hecho” (Jorge Guillén).

«Aquí se puede ver el camino en lucha con la tierra, el amarillento acantilado, el castillo con sus portillos, sus crestas y sus muros. El camino se hace entonces afilado, y los pasos se incrustan en él cada vez más profundamente. El camino se mete en la tierra, pero lo detiene el desprendimiento de una colina entera. Le es necesario entonces saltar por encima para continuar su trazado un poco más adelante: el camino no olvida jamás su objetivo» (David Le Breton).

Yo ni siquiera soy poeta: veo. / Si lo que escribo tiene valor, no soy yo quien lo tiene: / el valor está allí, en mis versos. / No hay nada en todo eso que dependa de mi voluntad” (Fernando Pessoa). 

Realizarse es descubrir la verdad que soy detrás del error que vivo” (Antonio Blay).

Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”.

ÍNDICE

Introducción

Tiempo de Adviento

Tiempo de Navidad

Tiempo Ordinario

Tiempo de Cuaresma

Tiempo de Pascua

Tiempo Ordinario

Índice de las lecturas evangélicas

INTRODUCCIÓN

El ser humano se percibe a sí mismo como un ser anhelante. Dentro de la tradición cristiana, en un lenguaje teísta, Agustín de Hipona expresó esa percepción de un modo sublime: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Sin embargo, parece necesario precisar a qué nos referimos cuando hablamos de “anhelo”. Porque suele confundirse con otros movimientos psíquicos y, sobre todo, porque una inadecuada comprensión del mismo puede confundirnos acerca de nuestra verdadera identidad.

El anhelo no es lo mismo que el deseo que nace de la necesidad. En un nivel relativo, el ser humano es pura necesidad; no es extraño, por tanto, que se sienta sacudido constantemente por deseos que tiran de él en diferentes direcciones. Ahí nos movemos. El riesgo aparece cuando, apropiándonos del deseo, nos reducimos a él. Porque, en ese mismo momento, desconectamos de nuestra verdadera identidad para convertirnos en marionetas movidas por las necesidades y los miedos.

El anhelo no tiene tampoco nada que ver con lo que podría ser la exigencia mental que nace generalmente del “yo ideal” o incluso del superyó. En virtud de ese mensaje, la persona se siente “impelida” a sacar adelante una acción determinada o a comportarse de un modo específico.

Esta doble matización orienta nuestra mirada hacia algo más profundo e interior que los meros deseos sensibles y las exigencias mentales. Pero todavía es necesaria una puntualización más para prevenir un engaño mucho más sutil, pero no menos peligroso.

Esta última trampa es la que hace conectar el anhelo –innegablemente experimentado- con una supuesta carencia original. Según esta lectura habitual, el ser humano es visto como –y reducido a- un yo particular, radicalmente necesitado, frágil y vulnerable, es decir, como un ser carenciado. Sin ningún cuestionamiento previo, se da por sentado que su “personalidad” constituye –es lo mismo que- su “identidad”.

Una vez que se asume como real esa visión, solo quedan dos caminos: la resignación, que ve la carencia como definitiva y califica al anhelo de ilusión engañosa, o la proyección, que sitúa la plenitud anhelada en el exterior y en el futuro, como “algo” que supuestamente nos completaría.

La primera es la lectura del ateísmo clásico; la segunda es la propia de las religiones teístas. En esta se inscriben las palabras de Agustín, citadas más arriba. A mi parecer, aciertan al afirmar que solo hay descanso en la plenitud, pero se equivocan al situar la plenitud “fuera”, proyectando en el exterior lo que realmente somos. Al hacerlo así, el “Dios” pensado secuestra nuestra verdadera identidad: lo que realmente somos, es arrebatado y proyectado en un Ente separado.

Eso explica que, para salir de esa trampa mortal, sea necesario abrirse al modelo no-dual de conocer(1). Desde él, es claro que somos plenitud –consciencia de ser, vida…-, por lo que no se trata de “perseguir” ningún objeto fuera, sino de caer en la cuenta y reconocer lo que siempre hemos sido.

Si no fuéramos plenitud, no nos dolería la carencia”, escribía Antonio Blay. Somos aquello que permanece cuando todo cambia. Y eso único permanente no es otra cosa que la consciencia de ser. Lo que ocurre es que no podemos captarlo pensando, debido a la naturaleza dual y separadora de la mente, sino atendiendo –acallando el pensamiento- y, finalmente, siéndolo.

Somos, pues, consciencia que se expresa en una forma particular –como “personalidad”-; plenitud que adopta una modalidad concreta. Si el error de base consiste en olvidar nuestra identidad y reducirnos a la forma, la sabiduría nos lleva a reconocernos en lo que realmente somos.

¿Qué significa entonces el anhelo? Tal como lo percibimos, sería sencillamente la expresión –o, si se prefiere, la “voz”- de la plenitud que somos. Dicho de un modo más preciso: el anhelo de vida y de plenitud obedece a la intuición de que, en realidad, uno es la Totalidad. Pero, cuando esa intuición se aplica a la sensación de identidad independiente, termina adulterándose y convirtiéndose en el deseo de poseerlo todo. Así, en lugar de serlo todo, uno se limita simplemente a tratar de poseerlo. Este es el fundamento de toda búsqueda de gratificación sustitutoria, la sed insaciable que padece todo yo independiente.

A partir del momento en que aparece la sensación de identidad separada, la sombra de la muerte será su inseparable compañera. Y no hay nada que el yo pueda hacer; por eso recurre a todo tipo de apoyos “externos” que contribuyan a aliviar el miedo a la muerte y consoliden el engaño de que el yo es inmortal. Pero todos ellos son objetos sustitutorios, del mismo modo que el yo independiente es un sujeto sustitutorio.

No hay modo de salir de esta trampa hasta que no reconocemos nuestra verdadera identidad. Al caer en la cuenta de ello, descubrimos también que, en realidad, anhelamos lo que ya somos. Con lo cual, se nos hace evidente que lo que nombramos como “anhelo” no es sino otro nombre de la plenitud. De ahí que no nos “lance” hacia fuera ni hacia el exterior, sino que nos ancle en nuestra auténtica “casa”. Y será entonces, una vez reconocida nuestra identidad, cuando la Vida –la plenitud- se exprese a través de nosotros, de una manera sabia y amorosa.

Si el anhelo expresa lo que ya somos, ¿qué sentido tiene acercarnos al evangelio? Hay un motivo sencillo: el evangelio –como todo libro “sagrado”, antiguo o moderno- y nuestro corazón dicen lo mismo. Porque en ambos se expresa la sabiduría atemporal que se halla en el origen y en el corazón de todo lo real. Sabiduría que no es diferente de la consciencia originaria y originante.

Esto requiere acercarse al texto evangélico, no como un anecdotario de la vida de Jesús, tampoco como un código moral o como un “catecismo” doctrinario, sino como un texto sabio que, precisamente por serlo, conecta con el corazón de cualquier ser humano que busca.

Y lee nuestro anhelo porque, del mismo modo que la consciencia –como la vida- es solo una, que todos compartimos y que en todos se manifiesta, la plenitud y el propio anhelo es siempre el mismo en todos los seres. Eso explica que, al acercarnos al evangelio, descubramos el anhelo que movía a Jesús –si bien expresado con palabras propias de la época- y caigamos en la cuenta de que no es diferente del que nos mueve a nosotros.

Este primer reconocimiento libera ya de cualquier riesgo de alienación, porque no se otorga la autoridad a un texto “ajeno”, por más “sagrado” que fuere, sino a la sabiduría profunda y única, que “resuena” en nuestro interior como propia, aunque haya sido “despertada” por las palabras de otro.

El anhelo, decía más arriba, es la vida misma que fluye a través de nosotros. Eso hace que lo sintamos dotado de un dinamismo poderoso, sabio y ajustado, que a la vez que nos ancla en lo que somos, nos conecta en la unidad con todo y busca desplegarse armoniosamente.

El anhelo, pues, no es “algo” ajeno ni separado, sino que constituye realmente nuestra “casa”, el lugar donde hacer pie, nuestra identidad. Y nos recuerda nuestra única certeza: la certeza de ser. De todo lo demás podremos dudar, cualquier otra cosa será impermanente; sin embargo, estemos como estemos y ocurra lo que ocurra, siempre permanecerá estable la certeza de ser.

Los comentarios que siguen quieren ayudar a comprender el mensaje del evangelio desde nuestro propio anhelo. Para experimentar que realmente lo que en él se dice lee nuestra propia vida y nos conecta a nuestra verdadera identidad, aquella a la que el propio Jesús se refería cuando afirmaba: “Yo soy la vida” o “El Padre y yo somos uno”.

————————————————————

(1). Para una comprensión de lo que ello implica, remito a mis libros anteriores: Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22014; Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 22015; así como a los comentarios del evangelio de los dos Ciclos litúrgicos anteriores: Otro modo de leer el evangelio. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo C, 2015-2016), Desclée De Brouwer, Bilbao 2015; Guía para volver a casa. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo A, 2016-2017), Desclée De Brouwer, Bilbao 2016.

Para caer en la cuenta…: RAP (ADVAITA) DEL PERDÓN

libertad-2Esto del perdón parece una locura,
pero es la única cosa que todo lo cura.
La idea es la siguiente: es que no hay nada fuera,
solo tus pensamientos, tu mente es la que crea.
La verdadera acción es solo darte cuenta:
únete a la vida, deja de ir por tu cuenta.
Ignora de una vez la voz de tu cabeza,
es solo un programa: dolor, miedo y pereza.
Se le ha llamado “ego”, es un software mental,
te hace sentir apego y que la muerte es real.

Y ahora te lo explico en unos pocos pasos:
si quieres liberarte, realiza este trabajo.
Acepta tu sentir, observa qué se siente,
es solo energía que brota del subconsciente.
No intentes descubrir, ni resolver el caso:
si es sufrimiento es culpa, y si es culpa es que es falso.

Nada será probado, ni cosa constatada.
Solo has de decir: “solo sé que no sé nada”.
Solo una solución, en medio del conflicto,
suelta todo juicio, que no existe veredicto.

Si estás tratando de programar todo el futuro,
sin duda lo verás todo de color oscuro.
Acepta que el conflicto está solo en tu mente:
nadie te ha hecho nada, siéntelo, que es evidente.

Yo elijo cambiar toda mi percepción.
Repite esto conmigo y acepta la sanación.
Todo mi pesar se lo ha llevado el viento
y solo queda en mí un profundo agradecimiento.

Comienza este camino, hazlo ya sin más demora,
que lo único que existe es el aquí, es el ahora.
Todo miedo es producto de la inconsciencia,
créete esto, amigo, y ten un poco de paciencia.

Renuncia al sufrimiento, que no sirve para nada.
Verás que no te miento, toda tu mente se aclara.
Si estoy haciendo un juicio, no veo correctamente,
de nuevo me ha atrapado el ego, que es muy persistente.
Este mundo de espejos tiene un raro mecanismo:
todo lo que ves es el reflejo de ti mismo.
Si quieres controlar, ya te has equivocado;
el programa te maneja, estás siendo controlado.

Para disfrutar de una lectura grata,
comienza por los sabios, Maharaj Sri Nisargadatta.
Si crees que eres un cuerpo, piensa en esto y detente:
soy solo Consciencia, soy Espíritu, soy Mente.

Dar y recibir, ya no existe distinción,
con tu mente liberada todo es Vida, paz y unión.
Se acabó todo sufrir, llegó el fin del invierno,
caliéntate en el fuego del reflejo de lo eterno.

Esta es la visión Advaita, es la no-dualidad.
Si miras a tu centro hallarás la libertad.
Vive en el presente, solamente el hoy.
Recuerda simplemente que yo existo, que yo Soy.
Todo el Poder es tuyo, en ti está latente,
elige ver un mundo totalmente inocente.

Para descargar los audios, pulsa el botón derecho del ratón sobre los siguientes enlaces y elige «Guardar enlace como»

Guía para volver a casa. Comentario al evangelio de cada día. Ciclo A – 2016/2017

Ciclo A

A Ana

Lo sepa o no, en todo lo que emprende, el ser humano no busca otra cosa que “volver a casa”. Ese es su mayor anhelo y el motor de su existencia.

La “casa” es nuestra verdadera identidad. Por tanto –y esta es la primera paradoja-, buscamos lo que ya somos, pero que en gran medida ignoramos. La ignorancia nos hace buscar a tientas y la añoranza nos empuja a compensar.

Porque, mientras nos creemos lejos de casa, sentimos frío y vacío, que tratamos de compensar con mil objetos sustitutorios: dinero o poder, imagen o títulos, placeres o creencias, sexo o religión, relaciones o soledad…

La sensación de estar lejos de casa se manifiesta como ansiedad, que nos hace adictos a cualquier cosa que pueda aliviarla. Pero no hay satisfacción posible mientras permanezcamos en la ignorancia.

La realidad es que no hay ninguna lejanía. Aunque hayamos pensado lo contrario, lo cierto es que nunca hemos estado –ni podemos estar- fuera de casa. Lo que necesitamos es, sencillamente, caer en la cuenta de que ya estamos en ella.

El autor se acerca al evangelio como palabra de sabiduría. En Jesús encuentra a un hombre sabio que vivió plenamente consciente de su identidad, que no es separada de la nuestra. Y en la palabra del evangelio percibe guiños que inspiran, sostienen y alimentan el camino de “vuelta a casa”, aquella identidad una que compartimos con todos los seres. Por eso, al encontrarla –al caer en la cuenta-, nos encontramos a nosotros mismos y a todos los seres. A esa “casa” Jesús la llamó “tesoro escondido”, “perla”, “semilla”, “Reino de Dios”, “Vida” o “Padre”. Al encontrarla, comprendemos que todo lo que dijo Jesús lo podemos decir cada uno de nosotros con la misma verdad. Todo ser humano puede decir: “Yo soy la vida” o “El Padre y yo somos uno”.

La desilusión es la comprensión de que nada fuera de ti (ninguna persona, objeto, sustancia, acontecimiento)  te hará plenamente feliz, ni te completará, ni te llevará de vuelta a Casa.
La paz es la comprensión de que nada fuera de ti (ninguna persona, objeto, sustancia, acontecimiento)
te hará plenamente feliz, ni te completará, ni te llevará de vuelta a Casa.

No hay prácticamente ninguna distancia entre la desesperación y el despertar de la gratitud.
No puedes llegar a Casa, amigo. ¡Nunca saliste de ella!
(Jeff Foster).

«Que en la algarabía de nuestras tareas sin fin no cese de resonar en el fondo de nosotros, como emitido por un instrumento de cuerda única, este constante llamamiento: ¡Oh! ¡Despierta! ¡Sé consciente!» (Rabindranath Tagore).

Entre usted y Dios no hay distancia para un camino” (Nisargadatta).

«Qué dichosa será tu alma y qué bien empleada estará si se entra dentro y se está en su nada, allá en el centro» (Miguel de Molinos).

“Compare usted la conciencia y su contenido con una nube. Usted está dentro de la nube, mientras que yo la miro. Está usted perdido en ella, casi incapaz de ver la punta de sus dedos, mientras que yo veo la nube y otras muchas nubes y también el cielo azul, el sol, la luna y las estrellas. La realidad es una para nosotros dos, pero para usted es una prisión y para mí un hogar” (Nisargadatta).

 

ÍNDICE

 Introducción

Tiempo de Adviento

Tiempo de Navidad

Tiempo Ordinario

Tiempo de Cuaresma

Tiempo de Pascua

Tiempo Ordinario

Índice de las lecturas evangélicas

 

INTRODUCCIÓN

Al libro que recogía los comentarios al evangelio de cada día del Ciclo “C” (2015-2016), creí adecuado titularlo: “Otro modo de leer el evangelio”. Con ello no quería apostar por ningún afán de novedad; intentaba, sencillamente, leer el texto evangélico desde la perspectiva no-dual, en el convencimiento de que la misma resulta un “idioma” mucho más adecuado que el modelo mental de cognición, caracterizado por la (errónea idea de la) separatividad y la objetivación. En la presentación de aquel libro –así como en otras publicaciones anteriores-, justificaba tal afirmación[1]. A ellas remito para comprender lo que en esta se da por supuesto.

El título de este nuevo comentario, relativo al Ciclo “A” –que no puede ser sino complementario del anterior-, busca explicitar, tanto el objetivo de la lectura, como el ángulo desde el que quiero hacerla.

Me parece claro que, en cuanto libro de sabiduría, superadas ya las lecturas literalistas y moralizantes que lo convertían, respectivamente, en un conjunto de anécdotas del pasado o en un código ético, lo que busca el evangelio solo es una cosa: ayudar a ver. La misma metanoia (conversión) de la que hablará Jesús no es sino una invitación a mirar desde “más allá de la mente”.

Ahora bien, no se puede ver si no se crece en consciencia; crecimiento que, en las tradiciones espirituales, se ha designado como “despertar”. Si tenemos en cuenta que todo se ventila en la comprensión, no puede haber objetivo más importante que el de comprender quiénes somos y qué es lo real. Es a lo que quiere llamar el grito de Tagore, que encabeza este escrito: “¡Despierta! ¡Sé consciente!”.

Me acerco, pues, al evangelio, como una palabra que me llama a vivir consciente y a ir despertando a la verdad de lo que somos. Pero esa “verdad” no es ninguna creencia, ningún concepto, que nuestra mente pudiera atrapar. La verdad es una con la realidad y, por lo tanto, con lo que nosotros mismos somos en profundidad. Es decir, la verdad coincide con nuestra casa.

De hecho, únicamente llegamos a “nuestra casa” cuando, superando los engaños en los que nos hemos enredado, despertamos a la comprensión de lo real. Pero esa comprensión no es el resultado de un proceso conceptual o de un razonamiento mental, sino que ocurre, por el contrario, en el silencio de la mente. La razón es sencilla: el Silencio disuelve el engaño de la separación. Aquietando la mente, salimos del bucle en el que ella se instala, y accedemos al “conocimiento silencioso”, del que han hablado siempre los sabios y los místicos.

Porque no podemos conocer “nuestra casa” pensando –alcanzaríamos, si acaso, un concepto de la misma-, sino únicamente habitándola de una manera consciente. Y, al hacerlo, nuestro primer descubrimiento es sorprendente: ya somos y siempre hemos sido Eso que andábamos buscando. Pero nuestra ignorancia –sueño- nos impedía reconocerlo.

Nos hallamos inmersos en una curiosa paradoja: somos plenitud, pero nuestra mente nos piensa como carencia; somos ya la casa que nuestra mente busca fuera. A falta de consciencia, nos vemos reflejados en aquella oración de Isabel de la Trinidad: “Señor, si tú estás en todas partes, ¿cómo me las arreglo yo para estar siempre en otro sitio?”. La confusión nace del hecho de que nuestra mente hace una lectura reductora y por tanto errónea de lo que somos. Y la paradoja se resuelve en cuanto comprendemos el equívoco y nos reconocemos uno con la Vida, uno con lo que es, consciencia atemporal e ilimitada.

De lo dicho se desprende que “crecer en consciencia” o “despertar” consiste en reconocer “nuestra casa”, en descubrir, experimentar y vivir nuestra verdadera identidad; en responder existencialmente a la pregunta humana por antonomasia: ¿quién soy yo?

Confío en que ahora pueda entenderse el título de estos comentarios, que comprenden y leen el evangelio como una guía para volver a casa, en la certeza, sin embargo, de que nunca nos habíamos alejado de ella.

Desde esta perspectiva, quiero acercarme al evangelio de cada día como un recordatorio que me dice: “¡Despierta! Reconoce tu casa y permanece en ella. No olvides tu verdadera identidad. Vive en conexión con ella”.

Y esto es lo que, día a día, quiero compartir con los lectores: la palabra que haga crecer nuestra comprensión y nos “traiga”, una y otra vez, a la “casa” de la que nunca nos habíamos alejado.

Esa “casa” no puede nombrarse adecuadamente, porque es más grande que todos los nombres y todos los conceptos. Pero hay palabras que apuntan en aquella dirección: consciencia, presencia, espaciosidad, plenitud, Ser, Dios… En los evangelios sinópticos se nombra, con frecuencia, como “Reino de Dios”, y en el de Juan, como “Vida”.

Esa “casa” es solo una –lo Real es uno- y compartida. Todos estamos en ella. Solo necesitamos caer en la cuenta: cuando eso ocurre, pasamos de la oscuridad a la luz, del agobio a la paz, de la tristeza al gozo, del sufrimiento a la liberación, del egoísmo a la comunión… Cesa la resistencia y se fluye con la Vida; cae la identificación con el ego y nos descubrimos en Casa.

Deseo cordialmente que, día a día, en lo profundo de nuestro corazón, escuchemos la palabra que nos recuerda: “¡Vuelve a casa!”. Y que estas páginas, aproximándonos a la sabiduría de Jesús, constituyan una ayuda eficaz en ese despertar compartido.

[1] Otro modo de leer el evangelio. Comentario al evangelio de cada día (Ciclo “C”, 2015-2016), Desclée De Brouwer, Bilbao 2015. He desarrollado la necesidad de pasar del modelo mental al modelo no-dual en Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 22014; y lo he aplicado a una relectura de los principales contenidos cristianos en Cristianos más allá de la religión. Cristianismo y no-dualidad, PPC, Madrid 22015.

Semana 27 de marzo: LA REVOLUCIÓN CUÁNTICA

Cuántica

 

Me parece, a la vez, profundamente revelador y esperanzador el hecho de sea, dentro mismo de la ciencia, donde se haya producido un cuestionamiento radical de los postulados materialistas y de las pretensiones cientificistas.

 

A pesar de que las implicaciones de sus resultados no se hayan plasmado todavía en el imaginario cultural colectivo, la física cuántica ha revolucionado los presupuestos sobre los que se asentaba la física clásica o newtoniana. En sus escasos cien años de vida, ha supuesto un cambio radical de paradigma, de consecuencias enriquecedoras. Efectivamente, a tenor de sus descubrimientos incontestables, las cosas no son lo que parecen: la mente –y el llamado “sentido común”- nos engaña con mucha facilidad.

 

Curiosamente, la principal intuición procedente del nuevo paradigma científico no es tecnológica. La física cuántica viene a confirmar algo para lo que no se hallaba explicación racional: la estrecha relación entre nosotros y con todo el cosmos. Hasta finales de la última década, los científicos y las mentes científicas consideraron una ilusión la interconexión entre los seres humanos y de estos con la naturaleza.

 

Sin embargo, los experimentos contrastados en el mundo de las partículas elementales han superado aquellas viejas concepciones atomistas, para afirmar que la realidad a la que denominamos universo es un todo integrado, sin fisuras.

 

Y, curiosamente, esa es la experiencia espiritual genuina. A partir de ahí, parece que la actitud sabia consiste en abrirnos a esa nueva visión que está emergiendo, ya que –como decía Krishnamurti- “de esta crisis sólo podremos salir mediante una transformación radical de la mente”.

 

El denominador común de esta nueva cultura emergente es el holismo: Como ha escrito Ervin Laszlo, “entre nosotros se extiende una nueva epidemia: cada vez son más las personas infectadas por el reconocimiento de su unidad”. Es así: crece por doquier la conciencia de la interrelación de todo, de la no-separación, de la no-dualidad radical. Y esa nueva conciencia, que va conformando una nueva cultura, afecta también a todas las dimensiones de nuestra experiencia: a la economía, a la ecología, a la política, a las relaciones, a la religión…

Semana 27 de marzo: COMO LA MONTAÑA

Montaña en lago

 

Como la montaña que constantemente visita mi ventana.

 

A veces, el sol la calcina. Otras, la ahoga.

 

Con frecuencia la lluvia la castiga.

 

No es raro que la niebla la envuelva mansamente.

 

Nunca la oí quejarse por culpa del calor o del frío.

 

Jamás exigió nada por su majestuosa belleza. Ni el agradecimiento. Se da simplemente. Gratuitamente.

 

No es menos majestuosa cuando el sol la acaricia que cuando el viento la azota. No se preocupa de que la vean. Ni se enfada si la pisan.

 

Es como Dios: todo lo soporta; todo lo sufre; todo lo acoge. Dios se comporta como ella. Por eso la montaña es un sacramento de Dios: revela, recuerda, alude, remite.

 

 

Leonardo Boff

Semana 20 de marzo: PASCUA: EL DESIERTO ERA UN VERGEL

Flor

 

Cuando nos hallamos en medio del “desierto”, todo aparece marcado por la sequedad, la aridez y el sufrimiento. La mente se enreda, nuestra mirada queda atrapada en la oscuridad y llegamos a vernos dentro de un callejón sin salida. La aridez se transforma en sinsentido y vacío desesperanzado. Cualquier intento de liberación nos parece condenado al fracaso. Y así seguirá pareciendo mientras no cambiemos de perspectiva.

 

Porque la clave se encuentra precisamente ahí: estábamos viendo todo lo que sucedía desde el personaje del sueño. Y para él, ciertamente, no hay salida posible. Y eso es lo que se pone en evidencia en toda experiencia de desierto: el yo, en torno al que habíamos organizado nuestra existencia, se revela insustancial. Y debido a nuestra identificación con él, terminamos convencidos de que nosotros mismos somos insustanciales.

 

Sin embargo, existe otro nivel de realidad, más allá del aparente. Así como basta despertar por la mañana para apreciar el carácter irreal de nuestros sueños nocturnos, es suficiente con acallar el pensamiento para despertar a este otro nivel al que accedemos gracias a la atención. En él emerge ante nosotros la consciencia de ser, como el fundamento de todo lo real, que constituye nuestra identidad más profunda y, por ello, la fuente de toda confianza y seguridad.

 

A esa Fuente original, Jesús la llamaba “Abba” (Padre). Y de ella se dice que “resucitó a Jesús” (Hech 2,24.32…). Como él, tofos nosotros nos sentimos ya resucitados cuando nos reconocemos en aquel mismo nivel profundo en el que él vivía. Así escribe Pablo: “Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).

 

Reconocernos como consciencia de ser equivale a descubrir que somos Vida, tal como el mismo Jesús había afirmado: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Más aún: en ese nivel profundo se aprecia que solo hay Vida, que se manifiesta y despliega permanentemente en infinitas formas.

 

Todo es Vida, realidad no-dual que no conoce opuesto y que abraza todo lo existente. Dentro de ella, nacimiento y muerte son únicamente formas que adopta, sin sentirse ella afectada. Descubrir que somos Vida es la esencia de lo que llamamos “despertar”.

 

La Vida no muere, han reconocido todas las tradiciones espirituales. En torno a esa certeza, se han elaborado diferentes “mapas”, según los diferentes ámbitos geográficos, históricos y culturales: la reencarnación, la inmortalidad del alma o la resurrección. Cada uno de ellos insiste más en algún aspecto particular, pero todos coinciden en la afirmación central: solo hay Vida.

 

Sin embargo, tal afirmación se nos escapará mientras sigamos viendo la vida como algo “separado” de nosotros. Somos vida aunque solo podamos verlo cuando, en lugar de pensarla, la atendamos. La mente crea dualidad (separación); la atención permite conectar con el Fondo último, que trasciende conceptos y palabras.

 

Al ser Vida, en la medida en que vivimos en conexión con ella, podremos acoger todo lo que se manifieste. Las circunstancias externas no van a mejorar, seguirán siendo como eran, y nos afectarán porque somos seres sintientes, pero ya no de un modo definitivo. Más aún, tendremos capacidad de re-situarnos en cuanto cualquier malestar nos haga ver que nos hemos reducido a la forma (al yo).

 

Desde la Vida que somos brotará también un cuidado amoroso y servicial hacia todas las formas. Porque, en el nivel aparente de lo real, sigue presente el dolor y la oscuridad. Ahora podremos acogerlos y prestar ayuda, aunque sin condenarnos a pensar que ese es el único nivel existente.

 

Al reconocernos como Vida, comprendemos la exactitud de la afirmación de Pema Chödrön: “Tú eres el cielo, todo lo demás es el clima”. Efectivamente, tú eres Quietud (Consciencia, Presencia) que observa el oleaje.

 

El desierto seguirá siendo difícil y duro, pero tú no eres solo, ni sobre todo, el pequeño yo que lo padece o se encuentra perdido en él –aunque ese yo requiera atención y cuidado de tu parte-, sino la Vida que se disfraza, tanto de ese yo particular como del propio desierto.

 

Cuando puede mirarse desde esta perspectiva, podrá seguir habiendo dolor, pero no se dejará de ver que lo que nos parecía un desierto amenazador es, en realidad y en lo más profundo, un precioso vergel, tal como había sabido ver Isaías cuando exclamaba: “El desierto se convertirá en vergel… Mi pueblo vivirá en albergue de paz, confiado en sus moradas, tranquilo en sus casas” (Is 32,15-18).

 

La “morada” o “casa” no es algo que nos espere en el futuro, sino aquella misma consciencia de ser que constituye nuestra verdadera identidad, nuestro “hogar” compartido. Y eso es ya ahora.