PRESENTACIÓN

 

 Esta página es fruto de las sugerencias -amigablemente insistentes- de muchas personas amigas. Lo que quiero ofrecer, en ella, es un comentario breve del evangelio, desde el paradigma de la (post)modernidad y en clave transpersonal. Se trata, en realidad, de un esfuerzo por "traducir" el texto evangélico de un "idioma" a otro.

 Sabemos que un paradigma es precisamente eso: un "idioma cultural" de amplias dimensiones, tan amplias que engloba todo el dominio de lo cultural. Y no hay un paradigma "mejor" o "más legítimo" que otro, del mismo modo que un idioma no tiene más "calidad" ni más "legitimidad" que cualquier otro.

 El problema surge cuando, culturalmente, se ha producido un cambio de paradigma (idioma) y seguimos empeñados (por ejemplo, en el ámbito religioso) en seguir usando el paradigma (idioma) anterior. Al hacer así, el diálogo se hace imposible, porque emisor y receptor se encuentran en diferente frecuencia de onda. El mensaje puede ser muy bueno pero el idioma usado no es comprensible para el oyente que se mueve en otro idioma distinto.

 El evangelio fue escrito en el paradigma premoderno y en un estadio de conciencia entre mítico y racional. Su mensaje trasciende ese paradigma y ese nivel de conciencia. Por tanto, por fidelidad a él, habremos de ser capaces de "traducirlo" al paradigma de la (post)modernidad y a un estadio de conciencia transpersonal. Contentarse con repetirlo en su literalidad es condenarlo a la insignificancia, o empeñarse en que los hombres y mujeres del siglo XXI se mantengan en estructuras míticas de pensamiento. Siguiendo por ese camino, únicamente podrían ser creyentes quienes se queden instalados en el nivel mítico...

 Soy consciente de que el desafío no es pequeño y desborda mi capacidad. Por eso, mi objetivo es ofrecer humildemente algunos apuntes que faciliten la "traducción" de un texto tan rico como el evangelio a personas que ya han dejado de usar el idioma "mítico" y el pensamiento premoderno. Si a algun@ os ayuda, será suficiente.

 

 

 

 

 

Domingo II de Navidad

3 enero 2010

 

 

Evangelio de Juan 1, 1-18

 

 

         En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo:

¾ Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo”.

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 

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         “A Dios nadie lo ha visto jamás”. A la mente humana no le gustan los misterios: tan limitada como es –apenas alcanza a conocer el cuatro por ciento de la realidad que la rodea-, prefiere aquello que puede tocar y medir.

         Por otro lado, sin embargo, le encanta embarcarse en alambicadas especulaciones, con la inaudita pretensión de explicarlo todo.

         Entre ambas tendencias, se mueve además la necesidad de seguridad, tan característica del yo, y que lo lleva –entre otras cosas- a querer controlar todo desde la mente.

         Mezclado todo ello, es comprensible que se produzcan resultados extremos, igualmente desajustados: desde la negación de todo lo que no sea mensurable (es el cientificismo chato), hasta una forma de hablar del Misterio que lo objetiva –lo convierte en un “Objeto”- y, por tanto, lo cosifica.

         Frente a este último riesgo, en el que suelen caer con facilidad las personas religiosas, nos previene esta frase del llamado Prólogo del cuarto evangelio: “A Dios nadie lo ha visto jamás”.

        

         Sin duda, el razonar sobre Dios termina, antes o después, generando ateísmo. Porque el dios pensado no podrá ser, debido a la propia estructura de la mente, sino un “objeto mental”.

         Por eso, resulta siempre oportuna la advertencia de Raimon Panikkar: “No deberíamos hacer una caricatura del símbolo Dios”. Incluso el papa Benedicto XVI, convertido en uno de los mayores defensores de la razón en la discusión religiosa actual, siendo profesor de teología en 1969, escribió algo que parece mucho más ajustado: “Todo intento de aprehender a Dios en conceptos humanos lleva al absurdo. En rigor, sólo podemos hablar de Él cuando renunciamos a comprender y lo dejamos tranquilo”.

        

         Lo que vengo diciendo no significa, obviamente, abogar por el irracionalismo. La razón crítica constituye un logro definitivo de la Modernidad, que haremos bien en no descuidar nunca. En ella, encontramos una herramienta que nos permite desenmascarar cualquier planteamiento dogmático o comportamiento irracional.

         Pero, paralelamente, es preciso reconocer que la mente no sólo no agota el conocimiento –hay un conocer no-mental o transmental-, sino que se revela radicalmente incapaz para hablar del Misterio, por una razón simple: éste la trasciende. (Pedirle a la mente que capte el Misterio es como pedirle al ojo que “vea” o entienda conceptos abstractos).

  En su estudio sobre los místicos sufíes, E. Galindo escribe: “Toda expresión sobre Dios tiene que ser heterodoxa..., porque Dios no se deja apresar ni menos expresar exhaustivamente por ninguna formulación humana. Dios desborda infinitamente toda ortodoxia” (E. GALINDO, La experiencia del fuego. Itinerario de los sufíes hacia Dios por los textos, Verbo Divino, Estella 1994).

Y muchos siglos antes, uno de los Padres de la Iglesia, Gregorio Nacianzeno había sido todavía más explícito: “Nuestros conceptos crean ídolos, sólo el «sobrecogimiento» presiente algo más”.

 

         En resumen: A nuestra mente le parece que, por el hecho de decir “Dios”, ya sabe lo que dice. Pero ese dios así nombrado puede que no sea sino una creación a medida de la propia mente. Me parece que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el Dios habitual es un Dios proyectado y, por eso mismo, “colocado ahí fuera”. Con lo cual, nombrando a Dios, hemos fracturado la Unidad que es.

        

         Si esto es así, ¿qué criterio nos queda? El de la experiencia mística (espiritual o transpersonal) y el de la práctica. A ese Dios que no podemos pensar, sí podemos experimentarlo –en el silencio y el vacío de la mente- y vivirlo. A eso apunta precisamente el segundo término de la frase del Prólogo: “El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”.

 

         Como le gusta decir a José Mª Castillo, la afirmación nuclear de la fe cristiana no es “Jesús es Dios”, sino más bien “Dios es Jesús”. Lo que conocemos es el predicado de la frase. En él, en Jesús, atisbamos lo que Dios sea.

         La tradición cristiana reconoce a Jesús como el “Rostro” de Dios. Su decir y su hacer constituyen criterios con los que desenmascarar las proyecciones habituales de las personas religiosas. Por eso, no es extraño que, en Jesús, aparezca un Dios desconcertante, inesperado, que rompe los esquemas “religiosos” y se manifiesta como Amor gratuito e incondicional, parcial con los más débiles y crítico de cualquier forma de dominación.

         Jesús habla poco de “Dios”; su mensaje gira más bien torno al “Reino de Dios”, es decir, a la Unidad de Dios en todo y en todos que, acogida, da como resultado un mundo nuevo, caracterizado por la fraternidad.

         En esa misma línea, lo que Jesús hace es vivir –practicar- a Dios. O mejor aún: permite que Dios se viva en él. Por eso, precisamente es “rostro” y manifestación de Dios: porque “Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un hombre (J. Sulivan).

         Y cuando se deja vivir a Dios, el ser humano se vivencia como bondad. Es exactamente lo que ocurrió en Jesús, que “pasó por la vida haciendo el bien” (Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,38).

 

         Jesús está “en el seno del Padre”, es decir, participa de la vida misma de Dios; es Dios expresándose en forma humana. Pero esto mismo que decimos de él, podemos afirmarlo de todos y cada uno de nosotros. Es toda la realidad la que está “en el seno del Padre”, sin dualidad posible.

          Decía antes que, debido a su propia estructura, la mente es dualista, por lo que, incluso cuando nombra a Dios, establece separación. Y una vez fracturada la Unidad, nuestra propia identidad se nos vuelve problemática, al percibirnos como seres separados frente a los otros e incluso frente a Dios. Hemos olvidado nuestra verdadera Identidad, unitaria y compartida, que sencillamente se expresa y manifiesta en infinidad de formas.

         Tal como han insistido los místicos, decir “yo y Dios” es romper la Unidad divina. Por el contrario, tanto la experiencia de Dios como el conocimiento del verdadero “Sí mismo” excluyen toda dualidad.

Nuestra mente nos hace creer que somos “yoes” que, temporalmente, tienen vida. Su limitación la confunde y le oculta que, en realidad, somos Vida, la única Vida divina –“que está en el seno del Padre”- que “temporalmente” se expresa y manifiesta en cada uno de los seres.  

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Fiesta del Bautismo de Jesús

10 enero 2010

 

 

Evangelio de Lucas 3, 15-16.21-22

 

         En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. El tomó la palabra y dijo a todos:

         ― Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

         En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:

         ― Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.

 

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         El relato se refiere a un acontecimiento –el bautismo de Jesús- que resultaba incómodo a la primera comunidad cristiana, porque el hecho de hacerse bautizar parecía ensombrecer la figura del Maestro y llevaba a la gente a plantearse por qué necesitó ser bautizado.

         En un probable intento de explicación, el apócrifo Evangelio de los Hebreos lo narra de este modo: “La madre de Jesús y sus hermanos le dijeron: Juan el Bautista bautiza para el perdón de los pecados; vayamos a ser bautizados. Pero él les respondió: ¿Qué pecado he cometido para ir a bautizarme? Con todo, puede que estas palabras mías contengan el pecado de ignorancia”.

         La incomodidad tampoco terminaba ahí. Los discípulos del Bautista argüían que su maestro era más importante, puesto que había bautizado a Jesús. Quizás para silenciar ese hecho, Lucas presenta a Jesús, dentro de “un bautismo general”, después de haber narrado que Juan había sido encarcelado por Herodes (3,20).

         Es más que probable que Jesús lo viviera con absoluta normalidad. Son luego los discípulos quienes, en el proceso simultáneo de idealización del Maestro y de enfrentamiento con los seguidores de Juan, sintieran la necesidad de limar todo aquello que, a su juicio, podía ensombrecer su figura.

Los humanos conocemos bien tanto ese mecanismo que nos lleva a ocultar nuestro “lado oscuro” o simplemente débil, como aquel otro por el que nos devanamos en justificar la pretendida superioridad de “lo nuestro”.

        

         Más allá de esas “anécdotas”, lo que parece quedar claro es que nos hallamos ante uno de los textos más importantes del tercer evangelio, en el que Lucas quiere presentar un testimonio divino sobre Jesús. Por otro lado, tal como lo redacta, da la impresión de que vincula la efusión del Espíritu, no tanto al bautismo en sí, cuanto a la oración del propio Jesús. No olvidemos que el tema de la oración va a ocupar un lugar destacado en este evangelio.

         Los signos que acompañan al relato, ya presentes en el evangelio de Marcos, están cargados de resonancias bíblicas. El “cielo que se abre” no es sino el cumplimiento del anhelo profético: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases…!” (Isaías 63,19). La “paloma” es imagen del Espíritu o Dinamismo divino que, “aleteando sobre las aguas”, pone en marcha la creación, según el libro del Génesis (2,1). Las palabras que “vienen del cielo” son un eco del Salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (2,7) y del primer canto del Siervo de Yhwh: “Este es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu para que traiga la salvación a las naciones” (Isaías 42,1).   

         Con todo ello, el evangelio presenta a Jesús como el hombre totalmente lleno del Espíritu, y reconocido como el Hijo amado del Padre.

 

         Tanto la expresión “Hijo amado de Dios”, como la de “habitado por el Espíritu de Dios”, en un nivel de conciencia mítico, se entienden en un sentido literal y remiten directamente a un cielo separado. En un nivel de conciencia transpersonal, se perciben como metáforas equivalentes que expresan el ser más profundo de Jesús y el de cada ser humano.

         “Hijo de Dios” habla del Origen, la Fuente, la Raíz, la Unidad originaria, de donde nacemos y a quien expresamos. “Somos” expresión del Misterio o el Misterio que se expresa y se vive en “nosotros”. “Habitado por el Espíritu” es todo ser, aunque él mismo lo ignore.

         De ese modo, ambas expresiones apuntan nada menos que a nuestra identidad más honda y verdadera, más allá del yo aparente o yo particular con el que nuestra mente tiende a identificarnos.

         Todo ello los cristianos lo hemos afirmado de Jesús durante veinte siglos. Ahora, dentro del progresivo despliegue de la conciencia, venimos a descubrir y a experimentar que eso es lo que somos todos…, aunque todavía nos cueste reconocerlo.

         A medida que lo vamos experimentando, aunque sólo sea en forma de atisbos o vislumbres, todo se va llenando de sentido y coherencia. Cae todo dualismo y emerge la Unidad no-dual. Empezamos a tomar distancia del yo, despertando de su sueño de ignorancia y sufrimiento, de miedo y soledad, para reconocernos en lo que realmente somos y siempre hemos sido: la Vida sin límite, la Presencia autoconsciente y plena.

 

         A partir de esa “nueva conciencia”, gracias a la comprensión que nace de ella, es posible un nuevo comportamiento, caracterizado por la experiencia de la unidad y la vivencia del Amor. Y ello ocurre en la medida en que, desde la nueva percepción, aprendemos a vivirnos en presente.

         Por eso, en esta fiesta del bautismo de Jesús, quiero trascribir unas palabras del conocido maestro zen Thich Nhat Hanh, que expresan bien esa nueva conciencia vivida en situaciones cotidianas “difíciles”. En septiembre de 2009, los 400 monjes vietnamitas de Bat Nha fueron expulsados violentamente de su monasterio y algunos de ellos arrestados por ejercer su derecho a la libertad religiosa y de pensamiento.

Mientras los soldados destrozaban ventanas y puertas, arrojando sus pertenencias personales, los monjes permanecieron en la sala de meditación en absoluto silencio y meditando, sin generar odio ni violencia.

Thich Nhat Hanh entregó este texto para ser leído por las sanghas (comunidades) locales al empezar sus meditaciones sentadas.

 

         “Invitamos a la Sangha [comunidad] a volver a la respiración consciente de modo que nuestra energía colectiva de Plena Conciencia nos lleve como a un solo  organismo a fluir como un río, sin más separación.

         Permitid que la totalidad de la Sangha [comunidad] respire como un cuerpo, genere paz como un cuerpo y sea libre como un cuerpo. Permitíos trascender la frontera de la ilusión, liberados del complejo de superioridad, del complejo de inferioridad y del complejo de igualdad.

         Somos conscientes de que la felicidad y el sufrimiento de todo el mundo son también nuestro propio sufrimiento y felicidad. Somos uno con quienes están atrapados en situaciones de opresión; también somos uno con los opresores. Nos vemos a nosotros mismos en toda la humanidad y a toda la humanidad en nosotros.

         Somos uno con la gente buena y sabia que vive en cualquier parte del mundo. Somos uno con aquellos que son capaces de abrazar la totalidad del mundo con su corazón de amor y sus dos brazos de acción compasiva. Tenemos la suficiente paz, alegría y libertad para ser capaces de ofrecer la ausencia de miedo y la alegría de vivir a todos los seres que viven a nuestro alrededor. Sabemos que no estamos solos. El amor y la alegría de los grandes seres que están presentes en el mundo nos están ayudando para no dejarnos caer en la desesperación y para mostrarnos el camino de la comprensión, la compasión y la acción correcta”.

  

         Al venir a la Presencia, que todo integra y abraza, emerge la no-dualidad. Nos desidentificamos de nuestro yo particular y nos reconocemos como la Conciencia. Empezamos viniendo a la Presencia y, al venir a ella, experimentamos que somos Presencia. Esa es nuestra verdadera identidad, “hijos amados de Dios” y “plenamente habitados por el Espíritu”.

 

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Domingo II Tiempo Ordinario "C"

17 enero 2010

 

 

Evangelio de Juan 2, 1-11

 

 

         En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

         Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo:

         ― No les queda vino.

         Jesús le contestó:

         ― Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.

         Su madre dijo a los sirvientes:

         ― Haced lo que él diga.

         Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

         Jesús les dijo:

         ― Llenad las tinajas de agua.

         Y las llenaron hasta arriba.

         Entonces les mandó:

         ― Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo.

         Ellos se lo llevaron.

         El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, porque habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:

         ― Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.

         Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él.

         Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

 

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         Con el relato de las “bodas de Caná”, situado al inicio del evangelio, el autor busca transmitirnos el primer retrato de Jesús. Por eso, una lectura del mismo en clave literal lo desfigura, al reducirlo a un episodio anecdótico que roza lo mágico, y lo priva de su significado para nosotros.

         En efecto, ¿qué sentido podría tener imaginar a un Jesús dotado de poderes mágicos, que los utilizara para cambiar el agua en vino en una fiesta de bodas? Cuando se ha leído de esa forma literal, se ha puesto el acento en el “poder” y en la “bondad” de Jesús, así como en la “preocupación atenta” de María. Nada de eso se niega, pero parece evidente que el autor no ha querido empezar su evangelio –sumamente elaborado- con una mera anécdota familiar.

        

         Sabemos que los relatos evangélicos que han llegado a nosotros tuvieron un largo recorrido hasta quedar plasmados en la forma en que hoy los leemos. Fueron textos transmitidos oralmente, adaptados a las diferentes situaciones de las comunidades primeras, elaborados y trabajados con fidelidad al trasfondo histórico pero, al mismo tiempo, con una gran creatividad, de cara a responder a las nuevas situaciones y hacerlos comprensibles en los nuevos contextos. Todo ello ha dado como resultado unos textos magníficos, cargados de simbolismo, que operan como catequesis que intentan, a la vez, vehicular la fe en Jesús y mostrar un estilo de vida coherente con su mensaje.

En aquel proceso primero de elaboración, el cuarto evangelio alcanza las cotas más altas. Todo él es un relato minuciosamente cuidado que juega con un rico simbolismo, con el que busca presentar a Jesús como el revelador del Padre.

El propio autor nos ha revelado su intención al terminar su propio escrito (el capítulo 21 es un añadido posterior) con estas palabras: “Estos (signos) han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis en él vida eterna” (20,31). 

 

Por lo que refiere al relato de hoy, si lo leemos con atención, descubriremos algunos “guiños” del autor, que nos hacen caer en la cuenta de su carácter simbólico y así evitar leerlo de un modo literalista. Planteo algunos en forma de interrogantes:

Todos estos interrogantes, irresolubles desde una lectura literalista, encuentran pleno sentido cuando acogemos el relato desde la que fue, probablemente, la intención del autor.

Pero, además de estas cuestiones, una lectura atenta y conocedora del transfondo histórico, cultural y religioso de nuestro evangelio, encuentra una serie de elementos portadores de significado preciso. Entre ellos, hay que destacar los siguientes: la boda, la referencia a la “hora”, el tercer día, el número seis, que las tinajas sean “de piedra” y utilizadas para la purificación, la carencia de vino, el hecho de llenarlas de agua “hasta arriba”, la presencia de la madre de Jesús (a quien nunca llama María, sino “mujer"), la frase: “Haced lo que él os diga”, etc.

Ante tal presencia de elementos simbólicos, Ch. Dodd, uno de los mejores especialistas en el estudio de este evangelio, llega a plantear que el presente relato sería, en su origen, una parábola que tendría como “motivo central”, igual que tantas otras, una fiesta nupcial. Posteriormente, el relato parabólico se habría convertido en una “historia de milagro”.  

A partir de los elementos que el evangelista nos ofrece, parece que pueden detectarse fácilmente las claves que hacen posible la comprensión de nuestro relato en profundidad.

 

Con estas claves, podemos comprender que lo que ocurre en Caná preanuncia las bodas de la Cruz (19,25-27) y de la mañana de Pascua (20,1-18): María será llamada de nuevo “mujer”, como símbolo del pueblo fiel del Antiguo Testamento que ha generado al Mesías y al nuevo pueblo (el “discípulo amado”: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”); María Magdalena, por su parte, es la otra “mujer”, símbolo de la iglesia que se desposa con Jesús en el huerto o jardín (imagen del Edén y del huerto del Cantar de los Cantares).

Con todo ello, Caná declara que el judaísmo está caducado; y, con él, la religión. De hecho, a continuación, el evangelio presentará a Jesús como el “nuevo templo” (“«destruid este templo y en tres días yo lo levantaré de nuevo»: el templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo”: 3,19-21) y proclamando que “para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén… Ha llegado la hora en que los que rindan verdaderamente culto al Padre, lo harán en espíritu y en verdad… Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (4,21-24).  

 

La boda en la que falta el vino simboliza la antigua alianza que va a ser sustituida por la nueva, en la que se dará el vino del Espíritu. Jesús inaugura una nueva relación del hombre con Dios, que no estará mediatizada por la Ley, sino creada por el mismo Espíritu de Dios. Jesús, el nuevo Esposo (1,15.30) o centro de la nueva comunidad humana, anuncia el cambio, que tendrá lugar cuando llegue su hora, la de su muerte-resurrección.

Así leído, descubrimos la hondura y centralidad de este relato. El texto, en el conjunto del evangelio de Juan, significa la obra entera de Jesús, que proclama y posibilita las “bodas” de Dios con el ser humano (que en el Antiguo Testamento se entendían como alianza). Para el evangelista, la nueva alianza se inicia ahora con la vida pública de Jesús; su consumación vendrá en la cruz. Esa será la “hora” de Jesús. En este evangelio, la obra de Jesús, desde sus mismos comienzos, está revestida de nupcialidad. Por eso, desde el comienzo mismo –desde el “primer signo”- anuncia el cumplimiento: el “nuevo pueblo” vive unas bodas con Dios, en las que el “vino” -la Vida, el Gozo y el Amor- se muestra sabroso y desbordante.

 

Es comprensible que, desde un nivel “racional” de conciencia, aun reconociendo el carácter simbólico del relato, se lea este texto en clave de dualidad. Dios y la humanidad (la creación) serían “dos entidades” capaces de entrar en relación, pero se seguiría pensando a “Dios” como un ser separado.

Sin embargo, de acuerdo con la vivencia del propio Jesús, tal como queda reflejada en este mismo evangelio, y en sintonía con la percepción no-dual que se va abriendo camino, de un modo cada vez más generalizado, en nuestro momento cultural, y que es expresión de una nuevo nivel de conciencia (transpersonal), emerge una lectura del texto que adquiere una profundidad mayor.

Las “bodas” son el símbolo de lo real. Todo se halla “desposado” con todo, constituyendo una gran Red que se sostiene en la misma interrelación. Todo es divino-humano-cósmico al mismo tiempo. No como realidades sumadas, ni siquiera unidas, sino como expresión no-dual de la Realidad única que en todo se expresa y manifiesta.

El viejo Sutra del corazón nos recuerda que “Vacío es forma, y forma es Vacío”. Lo divino y lo humano no son realidades paralelas, sino las “dos caras” –magníficas en su diferencia- de la misma Realidad.

 En las “bodas de Caná”, el agua puede bien simbolizar la ignorancia en que nos encerramos cuando nos reducimos al ego y a la mente: una ignorancia que es carencia y sufrimiento. El vino, por el contrario, es expresión de la Vida y el Gozo y, como Jesús, accedemos a él en cuanto nos liberamos de nuestra perspectiva egoica (nos desidentificamos de nuestra “identidad” mental), para empezar a percibir nuestra verdadera identidad, no-separada de lo Real. La persona que lo descubre –como si se tratara, dirá Jesús, de “un tesoro en el campo”-, experimenta su existencia llena del “vino” de la Alegría.

 

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Domingo III Tiempo Ordinario

24 enero 2010

 

 

Evangelio de Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

 

 

Ilustre Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que fueron primero testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

… … … … … …

 

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para darla buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”.

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:

― Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

 

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En consonancia con el modo de hacer propio de los historiadores de la época, Lucas inicia su obra (Evangelio y Libro de los Hechos de los Apóstoles) con un prólogo, en el que, tras mencionar al destinatario, deja constancia de su propio trabajo de investigación.

Desconocemos si el destinatario era un personaje real –algún mecenas o personaje ilustre, conocido en la comunidad- o se trata, simplemente, de un juego literario para referirse, sencillamente, a cualquier lector: el término “theo-filos” significa “amigo/amado de Dios”.

El prólogo reconoce expresamente que, entre Jesús y el autor, hay toda una generación de “testigos y predicadores de la Palabra”. Entre líneas, podemos advertir que se habla de un trabajo redaccional (“muchos han emprendido la tarea de componer un relato”) y otro previo tradicional (“siguiendo las tradiciones transmitidas”).

Tras aludir a ese recorrido generacional, el autor certifica su trabajo de comprobación y su interés por hacer un relato ordenado, con un objetivo declarado: fijar la verdad y solidez de la doctrina (“para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”).

Desde nuestro modo moderno de concebir el trabajo historiográfico, podríamos pensar que este prólogo exige una lectura literal del texto. Pero una vez más es necesario insistir en que esa actitud es totalmente anacrónica. El concepto de “historia” que ellos manejaban no estaba en absoluto reñido con el recurso al relato simbólico ni alegórico. Para ellos era suficiente la certeza de estar transmitiendo lo que creían como “verdad”; el “modo” de transmitirlo era algo secundario.

 

Tras el prólogo, saltándose los relatos de la infancia, el bautismo y las tentaciones, el texto que leemos hoy nos sitúa en el comienzo de la llamada “actividad pública” de Jesús con la proclamación de lo que, en este evangelio, constituye su “discurso programático”.

Lo primero que llama la atención es la presentación que Lucas hace de Jesús como alguien que es movido “por la fuerza del Espíritu”. No siempre somos conscientes de las “fuerzas” que nos mueven en nuestro vivir cotidiano, ni tampoco de las motivaciones reales que nos impulsan. Jesús llamaba la atención por la claridad de sus motivaciones y la coherencia con las mismas: es el hombre íntegro y fiel, lúcido y transparente. Se deja conducir por lo más profundo de sí mismo, por el Espíritu: deja que Dios se viva en él.

Y llama igualmente la atención que Lucas haya colocado precisamente esta escena para iniciar el relato de la actividad pública de Jesús. Marcos y Mateo situarán la visita de Jesús a Nazaret bastante más tarde (Mc 6,1-6; Mt 13,53). No hay duda de que Lucas persigue un objetivo claro: hacer de este discurso en Nazaret el programa de lo que va a ser toda la actuación de Jesús en Galilea.

Parece claro, por tanto, que las cosas no pudieron ocurrir históricamente de ese modo: nos hallamos en el inicio mismo de la actividad. Se trata del modo que el autor ha elegido para decir a sus lectores quién es Jesús.

Para ello, recurre a un texto de Isaías (61,1-2), que reproduce en su literalidad..., excepto en una frase, que Jesús omite. Se trata de la expresión de Isaías que habla del anuncio del “día de venganza para nuestro Dios”.

Esa omisión no casual ni insignificante, sino intencionada y trascendental. En el texto de Isaías, como en prácticamente todas las religiones, Dios aparecía con un rostro ambiguo: podía ser fuente de bendición, pero también de maldición; podía traer buenas noticias, pero también venganza y cólera. Se trataba de un Dios demasiado parecido a nosotros, en sus sentimientos y reacciones. La omisión de esa frase significa acabar definitivamente con cualquier rastro de ambigüedad en el lenguaje sobre Dios. Dios no es gracia o castigo, buena noticia o amenaza. Según Jesús, Dios es amor y sólo amor, compasión y bondad gratuita e incondicional.

 

Al leerlo así, probablemente captemos mejor la intención de Lucas cuando sitúa esta escena en el inicio de la actividad. Está presentando a Jesús como el “ungido” (literalmente, “mesías”) de Dios, cuya misión consiste en ser “buena noticia” para todos (“pasar por la tierra haciendo el bien”, tal como recogerá el mismo Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles: 10,38). Y ser así, realizando ese programa de vida, como mostrará o desvelará el Rostro de la Divinidad.

Una vez leído el texto del profeta, la palabra de Jesús trae a todos al presente: “Hoy se cumple esta Escritura”. En Lucas, se trata de un “hoy” continuado, siempre actual, con la única condición de que nos dejemos introducir en él. Es un “hoy” que bien podría traducirse por “aquí y ahora”, al que venimos en cuanto detenemos la mente; el presente atemporal en el que todo está bien, donde todo es bendición, gracia, libertad y Vida. El Presente tampoco es ambiguo, sino que, abrazando los dos polos de la realidad relativa (el “bien” y el “mal”), se nos desvela como Plenitud.

Recordemos otros textos del mismo evangelio, en los que aparece este mismo “hoy”. En el relato (mitológico) del anuncio del nacimiento de Jesús, los ángeles dicen a los pastores: “Hoy os ha nacido un Salvador” (2,11). Tras la curación de un hombre paralítico, símbolo de la humanidad aplastada, la gente proclama: “Hoy hemos visto cosas extraordinarias” (5,26). En el encuentro con el publicano Zaqueo, Jesús le dice: “Hoy tengo que alojarme en tu casa” (19,5), para terminar con una constatación: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (19,9). Finalmente, ya en la cruz, al compañero de suplicio que le pide compasión, Jesús le responde con una palabra esperanzadora y cargada de vida: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (23,43).

Cada uno de esos “hoy” remite al lector a su propio presente. Por eso no pierden nunca actualidad…, siempre que el lector los acoja en esa misma clave.

Pero, antes que nada, nos muestran a Jesús como un hombre que vive en un presente consciente y descansado, sabio y pleno.

Mientras estamos identificados con nuestra mente, nos vemos condenados a vivir entre la nostalgia del pasado y la ansiedad del futuro. Perdidos en las cavilaciones mentales, no logramos salir de la maraña de pensamientos y emociones que llevan las riendas de nuestra vida, hasta hacer de nuestro “yo” una prisión que nos encierra en la ignorancia y el sufrimiento.

Por el contrario, la persona que “ha visto” ha descubierto el engaño de esa reducción y ha experimentado el Presente –la Presencia- como el “lugar” de la Plenitud. En la Presencia, experimenta que no falta nada, y que no hay nada que “esperar”. Todo está ya; sólo hace falta verlo. Pero sólo lo vemos cuando tomamos distancia del “velo” de la mente.

Jesús es, en el sentido más hondo de la palabra, el hombre de la Presencia. No es extraño que su modo de estar impactara a la gente y desprendiera tanta vida. Quien vive establecido en el “aquí y ahora” es un espejo transparente de la Divinidad, Presencia plena y atemporal.

Esa forma de vivir se halla a nuestro alcance: todos ponemos tener acceso a ella. Basta con ejercitarnos en venir al presente, sin sobreexigencias ni perfeccionismos, sin tensión ni culpabilidad por no lograrlo, sino con paciencia y perseverancia. Una vez más, en Jesús vemos lo que el ser humano es capaz de vivir.

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Domingo IV Tiempo Ordinario

31 enero 2010

 

 

Evangelio de Lucas 4, 21-30

 

 

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga:

― Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios,

Y decían:

― ¿No es éste el hijo de José?

Y Jesús les dijo:

― Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.

Y añadió:

― Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio.

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

 

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El relato continúa retomando la frase con que terminaba la semana anterior. Pero, si tomamos el texto de Lucas en su literalidad, ahí mismo empiezan las sorpresas. Porque, por un lado, se nos dice que, admirados, sus paisanos le expresaban su aprobación. Pero, por otro, sin solución de continuidad, lanzan una pregunta sospechosa que, en el lenguaje popular, suele sonar siempre a descalificación: “¿No es éste…?” (en el sentido de “¿quién se cree que es?”). Y, más rápidamente aún, la respuesta “fuerte” de Jesús; para acabar todo ello en un peligro real de muerte.

¿Cómo entender la contradicción que parece contener el relato? Lo más probable es que nos falten datos. Para empezar, sabemos que Lucas lo coloca al inicio de su evangelio, cuando es seguro que las cosas no ocurrieron así. Por otro, en el texto paralelo de Marcos (6,2), parece que la reacción de sus conciudadanos puede traducirse, no ya como “aprobación” o “admiración”, sino como “desconcierto” o incluso “desaprobación”.

De ser así, la desaprobación molesta habría estado provocada por el hecho de que Jesús omitió, en la lectura del texto de Isaías, la expresión que, tal como comentábamos la semana anterior, hacía alusión a la “venganza” de Dios. Los oyentes podrían haber interpretado esa omisión como “blasfema”, y de ahí habría nacido su rechazo e incluso su decisión de acabar con él.

Podría ser también que Lucas conociera el enfrentamiento que habría tenido lugar en la sinagoga de Nazaret, pero no así los motivos concretos del mismo.

Y pudiera ser incluso que, más que el hecho mismo ocurrido en esa sinagoga, al autor de nuestro evangelio lo que realmente le interese es hacer una lectura alegórica de la vida y muerte de Jesús, teniendo en la mente lo acontecido en la propia comunidad lucana.

 

A favor de la lectura alegórica juega, no sólo el hecho de que, como acabamos de ver, no logra explicarse bien el enfrentamiento acaecido, sino otras dos cuestiones que no casan con lo histórico. Por un lado, se pone en labios de Jesús una referencia a lo que “ha hecho en Cafarnaún”, siendo así que Jesús todavía no ha estado en esa ciudad. Por otro, se habla de un “barranco en el monte donde se alzaba su pueblo”; sin embargo, esa descripción no parece corresponderse en absoluto con lo que conocemos sobre Nazaret.

Cuando los datos históricos no son exactos, suele deberse no tanto a ignorancia del autor, cuanto al hecho de que su interés real está se otra parte. En este caso, el “monte” parece ser una alusión al Calvario, que se halla “fuera de la ciudad”, donde Jesús habría de ser crucificado por parte de sus conciudadanos, que lo consideraron blasfemo.

El Jesús que “se abre paso entre ellos y se aleja” bien puede referirse tanto al hecho de la resurrección –Jesús “escapa” de la muerte-, como a lo que ocurrió en las primeras comunidades cristianas –también en la del propio evangelista- que, tras el rechazo de los judíos, terminaron abriéndose a los gentiles.

En el centro del relato, aparece el refrán popular y la alusión a los grandes profetas Elías y Eliseo. La palabra de Jesús es fuerte: “Os aseguro” es una traducción del “amén” hebreo –por cierto, la única palabra hebrea que utiliza este evangelio, en momentos importantes-, que constituye una especie de juramento.

Conocemos el interés no disimulado de los evangelistas por encontrar figuras del Antiguo Testamento, a cuya luz pudiera entenderse lo ocurrido a Jesús. De esa forma, lograban explicarse lo que les resultaba demasiado sorprendente, a la vez que colocaban al propio Jesús en la línea de los hombres de Dios, dentro de su propio pueblo.

 

En todo caso, lo que el autor parece transmitirnos es claro: Jesús, que ha iniciado su actividad con un mensaje programático que habla de Dios como “buena noticia” para el ser humano, experimenta el rechazo desde el primer momento. Un rechazo que aparece estrechamente vinculado al modo como habla de Dios. De hecho, una de las acusaciones que se esgrimirán contra él a lo largo de su vida será la de blasfemia: hablar de Dios indebidamente.

Ante lo que venimos comentando, surge una pregunta “inocente”: ¿A qué se debe que cuando alguien habla “bien” de Dios pueda ser acusado de “blasfemo”? ¿Y por qué, cuando alguien ha afirmado ser uno con Dios, como el propio Jesús o como el místico sufí Al-Hallaj (858-922), ha terminado crucificado?

La primera respuesta no parece difícil: la gente parece temer más la inseguridad que el castigo de Dios. Si cuando alguien ataca nuestros puntos de vista tendemos a ponernos nerviosos, porque sentimos amenazada nuestra seguridad, esa reacción se agudiza cuando lo que se remueven son nuestras ideas “religiosas”.  

Por otro lado, la autoridad religiosa tiende a considerarse como detentadora última de la verdad sobre Dios, por lo que –también en un mecanismo automático de defensa, consciente o no, de la propia situación de poder- no permitirá formulaciones divergentes.

En el caso de Jesús, su rechazo por parte de la autoridad religiosa recorre cada una de las páginas del evangelio: el Dios del que él hablaba no podía convivir con el Dios del templo. El templo y la casta sacerdotal, en un instinto de autoconservación, terminarán con el maestro de Nazaret.

 

Pero tampoco la mayoría de la gente acoge bien las noticias “nuevas” sobre Dios, aunque sean “buenas”. Los habitantes de Nazaret, que no toleran que las palabras de Isaías que hablan de la “venganza” divina sean alteradas, simbolizan a quienes no están dispuestos a ver cuestionadas sus creencias religiosas. Éstas se han solidificado, hasta convertirse en una referencia “segura”, donde el sujeto religioso imagina sentirse a salvo.

Un tal atrincheramiento, sin embargo, conlleva el riesgo de seguir manteniendo, por inercia o comodidad, creencias que deberían ser cuestionadas.

Las creencias inamovibles –incluso en sus formas- son características y resultan funcionales para un tipo de sociedad estática –agraria-, que debió hacer de la inmovilidad la garantía de su propia supervivencia. En aquel contexto sociocultural y religioso, las creencias fueron revestidas de un carácter absoluto en su literalidad, al ser consideradas como caídas del cielo, reveladas directamente por Dios.

Hoy somos conscientes de que tales creencias no son sino formas propias de una época determinada que, en el mejor de los casos, apuntan hacia una verdad que las trasciende absolutamente, y que exige que aquéllas sean permanentemente reformuladas, si no queremos caer en el error de confundir las formas con el contenido.

Las referencias a las que acudir para ese trabajo de re-formulación son dos: la experiencia mística y la práctica bondadosa. Ambas se muestran en Jesús, el hombre que llegó a decir: “El Padre y yo somos uno” (evangelio de Juan 10,30), y que aseguraba que no se trataba tanto de decir “Señor, Señor”, sino de vivir de acuerdo con la voluntad del Padre (evangelio de Mateo 7,21), que no es otra que el bien de las personas (evangelio de Juan 6,39). Una creencia que no resista la verificación de esta doble referencia no tiene argumentos para sostenerse.

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Domingo V Tiempo Ordinario

7 febrero 2010

 

 

Evangelio de Lucas 5, 1-11

 

 En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

― Rema mar adentro y echad las redes para pescar.

Simón contestó:

― Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos sacado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:

― Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían sacado; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón:

― No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 

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Parece que la mayor parte de los relatos sobre Jesús circulaban “sueltos”, como narraciones separadas. Esto permitía, e incluso facilitaba, que los autores de los evangelios pudieran situarlos en el contexto que les pareciera más oportuno, de acuerdo con sus propios objetivos.

Ese modo de hacer queda patente en el texto de hoy. Lucas ha elaborado una catequesis, a partir de un relato de vocación (en el que sigue a Marcos 1,16-20), pero enmarcado –cosa que Marcos no hacía- en un relato de milagro (como el que se encuentra en el epílogo de Juan 21,1-14), aunque con “acentos” característicos.

La escena se sitúa en el lago de Genesaret –conocido también como de Galilea o, en la designación romana, Tiberíades-, una extensión de agua de 20 kilómetros de largo por 9 de ancho, y famoso por su pesca.

Desde el comienzo mismo, nos encontramos con peculiaridades propias de Lucas. La gente “se agolpa” para “oír la palabra de Dios”: para nuestro autor, Dios habla a través de Jesús. La barca simboliza la misión de la comunidad y, dentro de ella, Pedro ocupa un lugar destacado. Quizás por eso, Lucas tiene cuidado en eliminar o, al menos, limar los rasgos más negativos del personaje, tal como aparecen en el evangelio de Marcos.

 

La catequesis se centra, pues, en la necesidad de obedecer la palabra de Jesús, si se quiere que la tarea de la comunidad sea fructífera. Vienen de una experiencia tan frustrante, porque la brega de toda la noche no se había visto recompensada, que ya han desistido. Sin embargo, siguiendo la invitación de Jesús, ahora van a hacer lo mismo que han estado haciendo, sólo que apoyados en la palabra del Maestro.

Lucas tiene tanto interés en subrayar la espectacularidad –y, por tanto, el contraste- del resultado obtenido, que recurre a una hipérbole: las barcas “casi se hundían”. El primer mensaje de la catequesis es claro: la misión sólo es eficaz cuando se apoya en la palabra y la persona de Jesús.

         Lo ocurrido produce asombro y admiración, que se concreta en reconocimiento de Jesús (“se arrojó a sus pies”) como “Señor” (Kyrie), hasta el punto de hacernos pensar que estamos ante un relato de apariciones del Resucitado.

         La reacción de Pedro es característica de las que aparecen en la Biblia ante las teofanías: adoración y “temor”, entendido como sobrecogimiento. La luz de lo percibido o experimentado realza la comprensión del “pecado”, “indignidad” o “pequeñez” del testigo.

         La respuesta de Jesús, por su parte, coincide también con la del Dios bíblico: “No temas”. Ante cualquier tipo de sobrecogimiento, Dios aparece como fuente de confianza, que aleja todo temor.

         Y, tras este segundo tema de la catequesis –la confianza-, la narración concluye con la forma clásica de un relato de vocación: la llamada de Jesús, acompañada de una promesa, y la respuesta pronta y radical del discípulo (y sus compañeros).

         La promesa juega con el dato de la profesión de Simón, para dar el salto simbólico a la misión: “pescar hombres” significa sacarlos del mal (= mar) para que puedan vivir, es decir, dar vida: exactamente lo que Jesús hacía.  

         El relato concluye con una fórmula estereotipada: “dejándolo todo, lo siguieron”. De nuevo, hacen lo mismo que había hecho el Maestro quien, abandonando su familia y su trabajo, había adoptado un estilo de vida itinerante y, en cierto modo, marginal. Este sería el tercer motivo de la catequesis: la invitación al seguimiento radical.

 

         Siempre lo hemos sabido, pero cada vez somos más conscientes de que el modo de percibir modifica, a veces de manera radical, lo percibido. “Todo es según el color del cristal con que se mira”, escribía Campoamor. Y esto no es necesariamente relativismo –aunque alguien pudiera interpretarlo así-, sino lucidez que reconoce humildemente nuestros condicionamientos a la hora de conocer. Basta que se modifique el paradigma o marco contextual para que veamos las cosas de un modo diferente. Y si lo que cambia es el nivel o estadio de conciencia, la modificación es inmensamente más radical.

         Para quien se halla en un nivel mágico de conciencia, no hay ninguna dificultad en entender el relato de la pesca, de que habla nuestro texto, de un modo literal; si es el nivel mítico, el relato de la vocación presentará unos matices cercanos al proselitismo… Pero cuando emerge el nivel racional y, más aún, el transpersonal, la lectura se modifica.

         La expresión “pescar hombres”, en un nivel mítico, implica una actitud proselitista: la conciencia mítica se cree poseedora de la única verdad, a la que ha de traer a quienes no la conocen. Sin embargo, desde el nivel transpersonal, se entiende como una actitud de servicio eficaz a favor de la humanidad, en la conciencia compartida.

         “Seguir a Jesús”, en un nivel mítico, suponía entender que la salvación venía de “fuera”, de un “salvador exterior”; y que nuestra vida únicamente cobraba sentido cuando se vivía en función de él, porque –uniéndolo al punto anterior-, sólo en él se encontraba “la verdad”. Sin embargo, desde la perspectiva transpersonal, no existe nada “fuera” de nada: todo se halla todo, en una interrelación básica. No hay lugar para ninguna heteronomía, ni siquiera para un dualismo. La expresión “seguir a Jesús”, en este caso, no puede significar sino que nos reconocemos en él, en cuanto espejo que nos refleja, en la no-separación constitutiva.

         Actuar “en su nombre” –“por tu palabra, echaré las redes”- no tiene ningún componente mágico. Remite, más bien, a ese “lugar” en el que reconocemos nuestra identidad más profunda. “En tu nombre”, es decir, en la Presencia que somos, en el Misterio que nos constituye, en la Unidad amorosa de Lo que es… Justamente es la experiencia de ese Misterio la que, como a Simón, nos “sobrecoge”, produciéndonos asombro, admiración, adoración…

        

         Queda claro que, en todos los niveles de conciencia, se apunta hacia la Verdad de lo que es. Y que también, en todos ellos, se puede hacer una lectura errónea y, por tanto, perjudicial, en cuanto se la absolutiza, confundiendo los conceptos con la verdad.

         Para no caer en este tipo de absolutizaciones, necesitamos experimentar lo que somos. Ello nos permitirá tomar distancia de nuestras formulaciones mentales –siempre e inevitablemente relativas- y, simultáneamente, nos capacitará para “traducir” los textos sagrados al nuevo “idioma cultural” que empieza a hablar la humanidad. Tenemos aquí una tarea urgente, si no queremos que aquellos textos, por resultar incomprensibles, terminen perdiendo toda la riqueza que contienen. 

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Domingo VI Tiempo Ordinario

14 febrero 2010

 

 

Evangelio de Lucas 6, 17.20-26

 

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

El, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:

― Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

― Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

― Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

― Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre.

Alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

Pero, ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.

 

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El más conocido “sermón de la montaña”, que en el evangelio de Mateo ocupa tres capítulos (5, 6 y 7), se convierte, en Lucas, en el “sermón de la llanura”, a la vez que se reduce considerablemente (6, 17-49).

Apreciamos, una vez más, la libertad de los autores para enmarcar las narraciones que circulaban sobre Jesús, según el objetivo que cada uno de ellos pretendía. Mateo, que presenta a Jesús como el “nuevo Moisés” –liberador y legislador-, lo sitúa enseñando –ofreciendo la “nueva ley”- en un monte, que recuerda al Sinaí, en el que la Escritura dice que Moisés recibió las tablas de la Ley. Por otro lado, si la tradición creía que Moisés era el autor de los cinco libros de la Torá –el llamado “Pentateuco”-, Mateo hará girar todo su evangelio en torno a cinco grandes discursos de Jesús: el de la Montaña es el primero de ellos.

Lucas no tiene ese objetivo, por lo que no busca agrupar dichos de Jesús en un único momento; ésa es la razón por la que su “sermón de la llanura” –tampoco tiene interés en hablar de Jesús sobre el trasfondo de la figura de Moisés- es sensiblemente más breve.

Por otro lado, si bien es cierto que ambos discursos empiezan con la proclamación de las Bienaventuranzas, también en este punto las divergencias son notables: desde el número –ocho en Mateo, cuatro en Lucas-, hasta la forma –Mateo habla de actitudes: “felices los que eligen ser pobres”; Lucas, de situaciones: “felices vosotros, los pobres”-. Eso no significa que haya oposición entre ambas –resultan complementarias-, pero pone de relieve la libertad de los evangelistas, a la que me refería más arriba.

 

Lucas, pues, ofrece cuatro bienaventuranzas, tres de las cuales tienen como destinatarios a los discípulos que se encuentran en situación de pobreza: los pobres, los que tienen hambre y los que lloran conforman el mismo grupo de gente. Se trata de una misma situación dolorosa, vista desde perspectivas diferentes. A ellos se les proclama “felices”, en la promesa de lo que recibirán.

El hecho de situar la “bienaventuranza” en el futuro es característico de una conciencia mítica o, en todo caso, egoica. El ego no puede ver esta tierra sino como un “valle de lágrimas”, y únicamente puede pensar en la felicidad, si la proyecta hacia un futuro imaginado.

Sabemos bien que la identificación con el yo es sinónimo de sufrimiento y que el propio yo no puede vivir en el presente. No es extraño, entonces, que la bienaventuranza posponga la dicha para un futuro, y que “suene” a nuestros oídos como “resarcimiento”.

Este modo de pensar, como decía, no sólo es característico del yo, sino que, desde ese nivel de conciencia, es visto como “justicia definitiva”: al fin, cada cual va a recibir lo merecido; o dicho desde cierta filosofía del siglo XX, “los verdugos no terminarán triunfando sobre las víctimas”.

En esa misma clave, se leían las “malaventuranzas” que Lucas coloca a continuación, en el texto que estamos comentando, y que no aparecen en Mateo. Se trata del reverso exacto de las cuatro situaciones previamente descritas, y comienzan con un “¡ay!”, que era un lamento funerario.

De ese modo, las situaciones se invierten y todo parecía quedar en su sitio: los pobres son recompensados; los que han disfrutado de la vida conocerán la desgracia. El lector sabe que se trata de un planteamiento frecuente en Lucas: el “más allá” es presentado como reverso de la situación presente, tal como ocurre en la parábola del rico y el pobre Lázaro (Lucas 16, 19-31).

 

Sin embargo, y por más que ese mensaje “suene bien” a nuestros oídos, desde el nivel de conciencia transpersonal, no se sostiene. El giro decisivo se produce porque es la misma identidad egoica la que es trascendida. Si el yo no es nuestra identidad definitiva, ¿quién es el objeto de las promesas?

Llegamos también a la misma conclusión cuando tomamos distancia del “modelo mental” de conocer –inevitablemente dualista-, y adoptamos la perspectiva no-dual, en la que nada está separado de nada.

¿Significa esto que todo resulta indiferente? Evidentemente, no. Pero el cambio no vendrá como consecuencia de la promesa de un premio o de la amenaza de un castigo, sino porque se incremente nuestro nivel de comprensión.

En ese sentido, las bienaventuranzas de Lucas apuntan en la dirección correcta: todos compartimos la situación de todos. Pero no porque, en un futuro, se cambien los papeles, sino ya ahora en el presente. Nuestro problema es que no lo reconocemos.  

Sólo creciendo en esta comprensión, es decir, sólo a través de la transformación de la conciencia, nuestro comportamiento con respecto a los otros se modificará, porque habrá cambiado nuestra percepción de la realidad.

 

Pero hay más todavía. Pobres y ricos, los que tienen hambre y los que están saciados, los que ríen y los que lloran…, ¿quiénes son, en último término? Visto desde el yo –el nivel egoico o mental de conciencia-, son “identidades definitivas”. Por eso mismo, lo que está en juego es también “definitivo”.

Sin embargo, desde la perspectiva no-dual, son “expresiones transitorias” de la Realidad última, “papeles” que adopta la Conciencia en su manifestación dual.

         Así las cosas –y aunque el yo no pueda admitirlo de ningún modo-, cae definitivamente toda idea de mérito y de culpabilidad. Somos “expresiones” de la Conciencia –de Dios-, en camino de reencontrar nuestra verdadera identidad.

         No somos el “yo” que nuestra mente piensa que somos, sino la Conciencia que en ese yo se expresa. La ignorancia y el sufrimiento continuarán mientras perdure la identificación con el yo; la liberación acontece al descubrir quienes somos. El que lo descubre es “bienaventurado”…, aunque cuando lo descubra, “él” ya no esté como una identidad separada.   

 

         «Penetra en tu propio interior y descubre lo que no eres.

            Ninguna otra cosa tiene importancia.

            Te basta con saber lo que no eres.

            No necesitas saber lo que eres; porque lo que eres no puede ser descrito más que como la negación de todo.

            Todo lo que puedes decir es: “no soy esto, no soy aquello”.

            No eres nada imaginable…

 

            No eres el cuerpo, ni los pensamientos, ni los sentimientos, ni las opiniones, ni el tiempo y el espacio, ni ser o no ser, ni esto o aquello.

            No eres un fenómeno entre otros.

            No eres objeto ni sujeto.

            No te busques en la identificación o en la oposición a algo.

            Eres una dimensión diferente…

 

            Abandona la idea de que eres lo que piensas ser y no habrá un foso entre ti y la Realidad. Has creado ese foso al creerte separado, porque te crees “algo”.

            No tienes que atravesar ese foso, te basta con no crearlo.

            Todo eres tú, todo es tuyo.

 

            Cuando “yo soy una individualidad” se va, “yo soy todo” llega».

 

(Marià Corbí, Más allá de los límites. Meditaciones sobre la unidad, CETR, Barcelona 2009, pp.131-132).

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Domingo I de Cuaresma

21 febrero 2010

 

 

Evangelio de Lucas 4, 1-13

 

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.

Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.

Entonces el diablo le dijo:

― Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le contestó:

― Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”.

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo:

― Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.

Jesús le contestó:

― Está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto”.

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:

― Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”.

Jesús le contestó:

― Está mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”.

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

 

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El relato de las tentaciones de Jesús aparece en los tres evangelios sinópticos, aunque con variantes. Marcos, simplemente, lo menciona, sin especificar el contenido de las mismas: “Allí estuvo cuarenta días, viviendo entre la fieras y siendo tentado por Satanás; y los ángeles le servían” (1,13). Mateo y Lucas narran las tres tentaciones pero, aparte otros cambios menores, las presentan en un orden distinto (Mateo 4,1-11; Lucas 4, 1-13). El motivo parece ser el interés de Lucas porque acaben en Jerusalén, en el templo.

Parece claro, en cualquier caso, que no se trata de una “crónica” de lo ocurrido, ya que no hubo testigos de la misma. Lo cual indica que nos hallamos ante una narración portadora de un contenido simbólico que trasciende tiempo y lugar.

Para empezar, el relato está inspirado y, en cierto sentido, reproduce la triple tentación que vivió el pueblo en la travesía del desierto, tal como quedó expuesta en el Libro del Deuteronomio (8,3-4; 6,13; 6,16). Con ese trasfondo, Lucas busca mostrarnos a Jesús como aquél que, a diferencia del pueblo, superó las mismas pruebas.

Por otro lado, la narración presenta la forma de un “rito de iniciación”, algo conocido por diferentes culturas, y en el que el sujeto se aleja del grupo y es sometido a una serie de pruebas físicas y psicológicas, de las que habrá de salir airoso, antes de alcanzar el estatus de miembro adulto de la comunidad.

Lucas tiene cuidado en señalar que es el Espíritu el que “fue llevando” a Jesús. Desde el inicio mismo, Jesús aparece como el hombre que “se deja mover” desde dentro por el Dinamismo divino –eso es el Espíritu-, precisamente porque no está aferrado a –identificado con- su yo. Es el hombre desegocentrado –libre de conceptos previos y de intereses egoicos- en el que Dios puede expresarse con libertad.

El texto habla de “cuarenta días”. Se trata de un número cargado de resonancias bíblicas –desde los cuarenta años que pasó el pueblo en el desierto (Libro de los Números 14,33-34), hasta los cuarenta días del ayuno de Moisés (Libro del Éxodo 34,28) o de Elías (Libro primero de los Reyes 19,8)- que puede entenderse como “un tiempo largo de prueba”.

El tentador es nombrado como “el diablo” –personificación de las fuerzas del mal que, etimológicamente, significa “el que divide o separa”-; Marcos lo había nombrado como “Satán”, que significa “Adversario”.

 

La triple tentación recoge, de un modo sabio y sintético, las pulsiones más importantes que el ser humano experimenta y que pueden alejarlo de lo mejor de sí: el tener, el poder y el aparentar.

El autor del evangelio parece querer transmitir, con este relato, varios mensajes importantes:

Esas tentaciones acechan a todo ser humano, porque el ego busca afirmarse ansiosamente. Pero como en sí mismo es inconsistente y vacío, únicamente logra una “sensación” de existir cuando –y porque-, a través de los mecanismos de identificación y apropiación, se aferra a los objetos, al poder o a la imagen…, y empieza a decir: “yo tengo”, “yo puedo”, “yo soy esto”…

Decir frecuentemente “yo”, suele ser síntoma de hallarse identificado en el estadio egoico –cuando no en un narcisismo infantil-, e implica una apropiación de la acción y de sus resultados. Cuando lo cierto es que nadie hace nada, sino que todo se hace a través de alguien. Todo se hace, pero no hay un “yo” que sea dueño de la acción.

El sol y la luciérnaga dan luz, cada cual a su medida, pero ni el uno ni la otra saben que brillan, ni presumen de ello. La luz “pasa” a través de ellos. El ser humano desapropiado brilla más que la luciérnaga y más que el sol. Pero, en cuanto hay apropiación, la luz queda opacada: se ha interpuesto el ego.

Y esto puede ocurrir del modo más sutil y, por eso mismo, más difícil de detectar. En el colmo de su “ingenio” y de su necesidad de autoafirmación, el ego llega a apropiarse incluso de la aparente no-apropiación y decir: “yo soy sólo canal, cauce…". Estamos entonces en el territorio del “materialismo espiritual”, cuando el yo se cuela haciéndonos creer –¡incluso al propio interesado!- que ha desaparecido. Se llama “materialismo espiritual” porque el yo, en una última pirueta, llega a identificarse nada menos que con su propia supuesta disolución, apropiándose de ella, como si dijera: “Yo soy el que no tiene yo”; o, en otra expresión, más sutil: “yo estoy iluminado/realizado”. A algo de esto nuestros mayores llamaban “falsa humildad”. Porque no hay “nadie” que se realice ni que se ilumine; cuando esto ocurre, no hay ningún “yo” que diga: “eso ha ocurrido a través de mí”, sino que, sencillamente, el yo ha desaparecido por completo.

Si todo esto no se tiene en cuenta de un modo lúcido, puede ocurrir que, tras un trabajo psicológico de años, las personas no sólo no se desidentifiquen de su yo, sino que permanezcan en un narcisismo –aunque maquillado, no menos evidente- que las hace estar “encantadas de haberse conocido”.

Algunos blogs de contenido "religioso" aparecen, a veces, como un desfile de egos inflados que, instalados en actitudes narcisistas y paternalistas –probablemente inconscientes-, creen tener respuestas para todos y soluciones para todo…, llegando en algunos casos a la osadía de decir que las “reciben” de Dios.

Aprender la desapropiación significa crecer en comprensión de que es la Vida, la Conciencia, Dios… quien realmente obra, y que no existe un “hacedor individual”. Por eso, cuando no hay apropiación, se produce la “acción correcta”. Se trasciende la moral “relativa” (al yo), la moral convencional… y se hace “lo que se tiene que hacer”.

 

Entre tanto, el ego busca seguridad. Y dado que no puede hallarla en sí mismo, la proyecta fuera de sí:

Y mientras dure la identificación con el yo, es imposible eludir esas tentaciones: son el “alimento” del que el yo no puede prescindir. Sólo podremos superarlas en la medida –y al mismo tiempo- que podamos tomar distancia de él.

 Por eso, lo que, de entrada, apreciamos en Jesús es la libertad característica de quien no coloca su “identidad” en el “yo”. Desidentificado de él, aparece como un hombre desegocentrado, porque se reconoce como Conciencia unitaria, en comunión compartida con el Ser que todo entreteje y unifica, y al que él llamaba “Abba” (Padre).

Es el reconocimiento de esta identidad profunda la que capacita para tomar distancia del yo y, con él, de todas sus identificaciones y apropiaciones. Por ese motivo, frente a las tentaciones, Jesús puede responder como lo hace: desde la sabiduría sencilla de quien “ha visto” y tiene conciencia de Quien es.

 

Para avanzar en el descubrimiento de quienes somos, quizás necesitemos empezar por observar eso que llamamos nuestro “yo”. Si soy más que mi cuerpo, más que mis pensamientos, más que mis sentimientos, más que mis reacciones…, más que mi mente…, ¿quién soy? Y, “buscando” a quien observa, es probable que llegue al “silencio” donde la pregunta se agota. Lo que entonces queda –el Silencio elocuente, la Presencia consciente, el Vacío habitado-, eso que no puede ser atrapado ni pensado, y que sin embargo posibilita todo lo demás, Eso es lo que realmente soy.    

Lo que emerge de esa “visión” es liberación, amplitud, paz, gozo, bondad… Se deshacen los estrechos límites del yo y se atisba la Unidad, hasta poder decir como Jesús: “El Padre y yo somos uno” (evangelio de Juan 10,30).

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Domingo II de Cuaresma

28 febrero 2010

 

Evangelio de Lucas 9, 28-36

 

       En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

         De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

         Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:

         ― Maestro, qué hermoso es estar aquí. Hagamos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

         No sabía lo que decía.

         Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:

         ― Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo.

         Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

 

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         El llamado “relato de la transfiguración” parece estar construido a partir de la narración del Libro del Éxodo (34,29-30), según la cual Moisés “tenía el rostro radiante” por “haber hablado con el Señor”.

         No sabemos si se trata de un “relato de aparición” del Resucitado, traído a este lugar; de una “visión” de los discípulos o, simplemente, de una narración simbólica a través de la cual el autor pretende mostrar la identidad de Jesús, como el “Hijo escogido”, avalado como tal por la Escritura Sagrada, aludida al uso judío: “la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías)”.

        

         Tal como ha llegado a nosotros, la narración se sitúa expresamente en un contexto de oración. Es ahí donde los discípulos perciben la luminosidad de Jesús, que se transparenta en su rostro y hasta en sus vestidos.

          Orar es el arte de venir al Presente y descansar (permanecer, sólo estar) en él, sin intervención de la mente, en lo que san Juan de la Cruz llamaba una “advertencia amorosa”.

         La actividad mental queda entonces “suspendida” y el orante, tal como enseñaba, en el siglo XIV, el anónimo autor de “La Nube del no-saber”, permanece descansadamente anclado en la “pura consciencia de ser”.

         Es una “nube oscura” –nada, vacío- para nuestra mente, porque ya no hay “objetos” mentales –pensamientos, imágenes, sentimientos, afectos…-, a los que ella pueda aferrarse. Pero, en realidad, es una experiencia luminosa y plena: es la Plenitud del Presente, el “no sé qué” inigualable, del que hablaba el propio Juan de la Cruz:

 

                  “Por toda la hermosura,

                  nunca yo me perderé,

                  sino por un no sé qué,

                  que se alcanza por ventura”.

 

         Mientras estamos en la mente, permanecemos en el pensamiento y, por tanto, atrapados en el pasado o proyectados hacia el futuro, identificados con nuestras “películas mentales”, la inestabilidad y el sufrimiento que conllevan.

         En la oración silenciosa o contemplativa, se opera del paso del “pensar” al “estar”, del pasado a la Presencia, del sufrimiento a la paz, de la ignorancia a la comprensión.

         Pero esto requiere adiestrarse en la capacidad de permanecer en el Presente, “viniendo” sencillamente al “aquí y ahora”. Sin pensarlo, sin pretender apresarlo, sino sólo estando. Sesha ha sabido expresarlo de un modo hermoso y ajustado:

 

Querer poseer el Presente impide experimentarlo; querer estar atento a él lo aleja. Sitúate en el “aquí y el ahora” y no intervengas queriendo poseerlo.

 

Cuando el ser humano logra situarse en una condición permanente de percepción del Presente, afloran el saber, la existencia y el amor no-diferentes”.

 

Es entonces cuando se descubre que, “mientras se piensa no se sabe; y mientras se sabe no se piensa”.

        No somos la “ola” que fluctúa impermanente, sino el “océano” en el que las olas aparecen y desaparecen. Ahora bien, “¿podrá conocer una ola lo que es el mar? Cuando ustedes piensan, son olas; cuando comprenden, son mar”. 

 

         Permanecer en el Silencio y la Presencia, en la oración-sin-objeto, eso es la oración contemplativa. Cuando todavía no hemos aprendido a “tomar distancia” de nuestra mente y no hemos empezado a “saborear” la belleza y plenitud del Silencio, lo que llamamos “oración” no es sino una cavilación mental –aunque gire en torno a “contenidos” religiosos- y, al querer estar, lo que suele ocurrir es que aparezca el sueño. Es lo primero que les ocurrió a los discípulos en aquella experiencia teofánica.

         Pero no fue lo único. En el camino espiritual –y en la práctica de la oración contemplativa-, acecha otro riesgo: el de hacer “tres chozas” (o peor todavía, una sola) para el propio ego.

         Como de cualquier otra cosa, el ego puede hacer de la oración o de la meditación un “paraíso narcisista” a su medida, en el que nadie le molesta y donde se encuentra a salvo de cualquier interpelación o cuestionamiento.

         El texto ofrece una salida a esa trampa: “escuchar” a Jesús, es decir, atender a lo que fue la práctica del Maestro de Nazaret, para dejarnos interpelar por ella.

 

         Probablemente, los tres rasgos que más atrayente hacen el mensaje de Jesús son los siguientes: su sencillez, la prioridad que da a la práctica y el hecho de que ésta se centre en la bondad o compasión. Todo ello puede resumirse en la respuesta que el propio Jesús da al doctor de la Ley que le pregunta por el mandamiento “más importante”. Tras contar la parábola “del buen samaritano”, Jesús simplemente le dice: “Ve, y haz tu lo mismo” (evangelio de Lucas 10,37).

 

         En la historia posterior, el cristianismo se fue convirtiendo en una religión marcada por el “doctrinarismo”, como si las “creencias” hubieran ido ocupando el lugar de la “práctica”.

“Escuchar a Jesús” –como pide el relato de hoy- significa volver a lo que fue el evangelio y sus prioridades.

         Ahora bien, si somos honestos, percibiremos que el riesgo de caer en actitudes narcisistas no radica en la oración contemplativa, sino en la identificación con la mente (con el yo). Cuando ésta se da, todo lo que hagamos, sin excepción, no servirá sino para inflar el propio ego.

         Por el contrario, cuando la oración es tal, su característica primera es la desapropiación del yo –el “desasimiento”, de que hablaba Teresa de Jesús-. Es entonces cuando emerge la Presencia divina, hasta “ocuparlo” todo. El ego desaparece y se experimenta lo que decía el místico sufí: “El ego y Dios no caben juntos; donde está el uno, no cabe el otro”.

         El “estar” de la oración contemplativa –o de la meditación- es Presencia desnuda de pensamientos que, transformando desde dentro a la persona, la lleva al re-conocimiento interior de su identidad profunda, en la que se descubre no-separada de lo Real.

        

         A veces, algunas personas religiosas dudan de esta “oración desnuda”, del mero “estar” sin objeto, porque piensan que “les falta algo”, una referencia expresa a Dios, a Jesús o a los santos. Es innegable que, en cada uno de nosotros, pueden estar influyendo muchos factores, que hacen que nos encontremos en un lugar determinado del camino. Por eso, parece sabio seguir la propia intuición –es la voz de Dios en nuestro interior-, siempre que haya lucidez, humildad y desapropiación del yo.

         Sin embargo, creo importante subrayar la importancia de no cerrarnos, de entrada, a la oración completamente silenciosa –en el silencio de las palabras, los afectos y los pensamientos-, en la que se nos puede revelar la Belleza y la Plenitud del Misterio que llamamos “Dios”. Cuando pensamos, tenemos pensamientos sobre Dios; cuando acallamos la mente, lo experimentamos.

         En una palabra: si el estar es verdadero estar, todo lo que queda es Dios, aquel “no sé qué, que se alcanza por ventura”. En el silencio del no-pensamiento no falta Dios –es sólo nuestra mente o nuestro yo quien puede añorar una fórmula o una palabra que le es familiar-; al contrario, es entonces cuando permitimos que, en ausencia del yo separador, su Presencia lo ocupe todo.          

 

         El ser humano desapropiado del ego puede dejar que Dios se viva en él y, habiendo descubierto que no hay un “hacedor individual”, asiente a todo lo que es, como expresión de la Voluntad divina.

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Domingo III de Cuaresma

7 marzo 2010

 

Evangelio de Lucas 13, 1-9

 

       En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:  

         ― ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

         Y les dijo esta parábola:

         Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró.

         Dijo entonces al viñador:

         ― Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala, ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?

         Pero el viñador contestó:

         ― Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

 

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         El presente relato, exclusivo de Lucas, plantea una reflexión sobre la conversión, en forma de parábola, tomando pie de unos sucesos dramáticos que habían conmocionado a la población.

         Para entender la “novedad” de la respuesta de Jesús, es preciso conocer que, en la mentalidad judía, la enfermedad y el mal, en general, eran consecuencia del propio pecado. La ausencia de mal, por el contrario, era considerada signo de la bendición divina.

         Jesús se desmarca de esa idea tradicional, desatando el nudo “religioso” entre sufrimiento y pecado. Al haber anudado ambas realidades, quienes sufrían cualquier calamidad se convertían automáticamente en objeto de juicio condenatorio por parte de los demás y ellos mismos se veían abocados a un angustiante sentimiento de culpabilidad y desesperanza. La desgracia los limitaba; la culpabilidad terminaba hundiéndolos.

 

         Es sabido que la autoridad tiende con facilidad a generar sentimientos de culpa, porque un sujeto culpabilizado se convierte en alguien sumiso y dispuesto a seguir los dictados del superior. Desde los papás que amenazan al hijo con no quererlo si no hacen lo que le mandan, hasta la religión que habla de castigos, lo que se está buscando –consciente o inconscientemente- es “obediencia” y sumisión.

         La culpabilidad, sin embargo, hace daño. Entre ella, que suele acabar en el hundimiento, y la irresponsabilidad que infantiliza y, en forma de autojustificación, fortalece el narcisismo, la actitud sana es la responsabilidad, como sentimiento maduro de quien entiende la vida como “respuesta” –ésa es su etimología- coherente con las distintas situaciones que se le presentan. Es la responsabilidad la que produce pesar y dolor en las ocasiones en que, alejándonos de la fidelidad a lo mejor de nosotros mismos, provocamos daño a los otros o a nuestro medio. Pero ese pesar doloroso –a diferencia de la culpabilidad- no paraliza ni hunde, sino que moviliza para el cambio.

         Así entendido, me parece que es sano desenmascarar radicalmente cualquier sentimiento de culpabilidad de un modo tajante: “Somos responsables de todo aquello en lo que intervenimos y de aquello otro que omitimos, pero no somos culpables de nada”.

 

         Es a esta responsabilidad a la que podemos asociar con la conversión que pide el evangelio. Porque el “perecer” de que habla no hay que entenderlo en clave de amenaza ni castigo, sino sencillamente como la consecuencia de una actitud y un comportamiento desajustados.

         Por decirlo de un modo simple: Si no somos responsables –si no respondemos humanamente a los diferentes desafíos que la vida nos presenta-, nos estamos cerrando la salida, creando infelicidad para nosotros mismos, haciendo la convivencia imposible y destruyendo el planeta; es decir, estamos provocando nuestro propio desastre.

 

         A eso precisamente apunta la parábola de la higuera plantada en la viña. Parece que, como trasfondo, estaría un rito habitual que consistía en acercarse a un árbol para convencerle, hacha en mano, de que fructificara el próximo año, amenazándolo con cortarlo si esto no ocurría.

         La parábola, sin embargo, pone también de relieve la paciencia del viñador. A pesar de llevar “tres años” –un tiempo “definitivo”- sin dar fruto, todavía el viñador sigue confiando en ella, a la vez que le ofrece todos los cuidados con esmero: “cavaré alrededor y le echaré estiércol”.

          Jesús parece subrayar la paciencia divina, porque comprende y respeta el momento y el ritmo de cada persona. Conocedor del corazón humano, sabe de los condicionamientos de todo tipo que pesan sobre él: sufrimientos pendientes o no elaborados, mecanismos de defensa puestos en marcha a lo largo de la vida para poder sobrevivir, ignorancia básica de quiénes somos y de lo que nuestro ser quiere vivir… Necesitamos tiempo y paciencia para crecer en lucidez y en consciencia, así como en libertad interior –frente a los propios miedos y necesidades-, para poder ser coherentes y fieles a lo mejor de nosotros mismos.

         Desde esa fidelidad, todo empieza a cobrar sentido: nos abrimos a quienes somos y vamos construyendo relaciones armoniosas. Eso es lo que significa, según el evangelio, “dar fruto”, y que queda admirablemente sintetizado en las palabras de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (evangelio de Lucas 6,36).

         Por eso, cuando la religión ha olvidado (olvida) este principio tan elemental, se ha pervertido: ha generado demasiado sufrimiento y ha provocado ateísmo. Se ha alejado de su núcleo espiritual, que no es otro que la compasión y la libertad, para convertirse en “religión de poder”, centrada en la norma, el credo, el rito o el miedo.

         En esta misma dirección señalan las sabias palabras del Dalai Lama, en el relato de Leonardo Boff.

 

Cuenta el teólogo católico Leonardo Boff, una de las figuras sobresalientes de la teología de la liberación, que, en una ocasión, le preguntó al Dalai Lama: "Santidad, ¿cuál es la mejor religión?”.

El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió y le contestó: “La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito. Es aquella que te hace mejor”.  

Para salir de la perplejidad ante tal respuesta, volvió a preguntarle: “¿Qué es lo que me hace mejor?". El respondió: “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético... La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión”.  

         Y Boff concluye: “Hasta el día de hoy estoy rumiando su respuesta sabia e irrefutable. No me interesa, amigo, tu religión, o si tienes o no tienes religión. Lo que realmente me importa es tu conducta delante de tu semejante, de tu familia, de tu trabajo, de tu comunidad, delante del mundo”.

   

         No hay otro criterio más acertado: “La mejor religión es la que hace mejores personas”. O, como dijo el propio Dalai Lama, en otra ocasión, “mi religión es la compasión”. Una respuesta totalmente “cristiana”, porque fue eso –y no otros supuestos “intereses religiosos”- lo que Jesús vivió y enseñó.

         De Jesús son palabras tan inequívocas como éstas: “No todo el que me diga «¡Señor, Señor!» entrará en el reino de Dios, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre” (evangelio de Mateo 7,21). O, citando a Oseas: “Misericordia quiero, y no sacrificios” (Mateo 12,7). Y, con toda rotundidad: “Lo que hayáis hecho a estos mis hermanos, me lo hicisteis a mí… Lo que no hicisteis a uno de estos más pequeños, no me lo hicisteis a mí” (Mateo 24,40.45).

         No podía haber otro criterio para aquél, a quien se definió de esta forma: “Pasó por la vida haciendo el bien” (Hechos de los Apóstoles 10,38). Sin falsos o trasnochados espiritualismos, aquí se halla lo decisivo del cristianismo: lo que cuentan no son los “discursos religiosos”, sino “hacer el bien”, en lo que coincide la llamada “regla de oro”, presente en todas las grandes tradiciones de sabiduría: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros” (Mateo 7,12).

         En una época de “ocaso religioso”, debido a un cambio en el “nivel de conciencia” –las formas religiosas conocidas son deudoras de estadios anteriores-, me parece importante centrarse en la sabiduría espiritual que está en el origen de todas aquellas tradiciones. 

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