PRESENTACIÓN

 

 Esta página es fruto de las sugerencias -amigablemente insistentes- de muchas personas amigas. Lo que quiero ofrecer, en ella, es un comentario breve del evangelio, desde el paradigma de la (post)modernidad y en clave transpersonal. Se trata, en realidad, de un esfuerzo por "traducir" el texto evangélico de un "idioma" a otro.

 Sabemos que un paradigma es precisamente eso: un "idioma cultural" de amplias dimensiones, tan amplias que engloba todo el dominio de lo cultural. Y no hay un paradigma "mejor" o "más legítimo" que otro, del mismo modo que un idioma no tiene más "calidad" ni más "legitimidad" que cualquier otro.

 El problema surge cuando, culturalmente, se ha producido un cambio de paradigma (idioma) y seguimos empeñados (por ejemplo, en el ámbito religioso) en seguir usando el paradigma (idioma) anterior. Al hacer así, el diálogo se hace imposible, porque emisor y receptor se encuentran en diferente frecuencia de onda. El mensaje puede ser muy bueno pero el idioma usado no es comprensible para el oyente que se mueve en otro idioma distinto.

 El evangelio fue escrito en el paradigma premoderno y en un estadio de conciencia entre mítico y racional. Su mensaje trasciende ese paradigma y ese nivel de conciencia. Por tanto, por fidelidad a él, habremos de ser capaces de "traducirlo" al paradigma de la (post)modernidad y a un estadio de conciencia transpersonal. Contentarse con repetirlo en su literalidad es condenarlo a la insignificancia, o empeñarse en que los hombres y mujeres del siglo XXI se mantengan en estructuras míticas de pensamiento. Siguiendo por ese camino, únicamente podrían ser creyentes quienes se queden instalados en el nivel mítico...

 Soy consciente de que el desafío no es pequeño y desborda mi capacidad. Por eso, mi objetivo es ofrecer humildemente algunos apuntes que faciliten la "traducción" de un texto tan rico como el evangelio a personas que ya han dejado de usar el idioma "mítico" y el pensamiento premoderno. Si a algun@ os ayuda, será suficiente.

 

 

 

 

 

 

Fiesta de la Santísima Trinidad

30 mayo 2010

 

 

Evangelio de Juan 16, 12-15

 

         En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

― Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mí y os lo anunciará.

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Uno de los mitos de Occidente –a decir de Raimon Panikkar- consiste en considerar la individualidad como el mayor valor. Lo cual llevó, entre otras consecuencias, a que Occidente pensara a Dios como un “individuo”.

Parece claro que, en el proceso de evolución de la conciencia, lo que podemos designar como el “momento individual” –con el consiguiente afianzamiento del yo- supuso un paso adelante significativo; el ser humano se pensaba a sí mismo como un individuo: había nacido la autoconsciencia.

Pero lo que fue, sin duda, un avance, implicaba un riesgo en el que se terminó cayendo: la absolutización de la individualidad, que llevó a considerar el yo como la cima de la evolución y nuestra identidad definitiva. Se identificó “persona” con “individuo” y se definió a aquélla a partir de éste. El resultado salta a la vista: la comprensión de la humanidad como una multiplicidad de individuos –yoes- enfrentados entre sí.

 

En el terreno religioso, al hablar de Dios como “persona”, se le otorgó inmediatamente un carácter “individual”, que lo convirtió en un ser “aislado” o “individuado”, separado (!) del conjunto de lo Real.

Por esta misma dinámica, cuando en la tradición cristiana se hablaba de la “Trinidad”, se caía, en la práctica, en un triteísmo, que pensaba a las “tres Personas” como “individuos”. Incluso en algunos ámbitos cristianos, teológicos y devocionales, se llegaba incluso a hablar, sin pudor, de “Los Tres”.

Originariamente, sin embargo, el término “persona” no hacía referencia a una “sustancia” (individuo separado), sino a una “relación”. Todos los seres somos gracias a la relación que nos define: del mismo modo que no puede existir el padre sin el hijo, ni el hijo sin el padre –“padre” e “hijo” son realidades radicalmente relacionales-, nadie puede existir al margen de la relación que nos constituye con respecto al conjunto.

 

Llevado al plano religioso, habría que decir que el Misterio de la Trinidad no es un enigma acerca de cómo conjugar tres “individualidades” en una Unidad, sino más bien la proclamación de que Todo es Relación. El Misterio de Lo que Es y Somos se asemeja, metafóricamente, a una infinita Red, constituida por la misma interrelación.

Decía al principio que la individualidad supuso un avance en el despliegue evolutivo de la conciencia. Pero caemos en un error cuando la consideramos como la meta del mismo. El nivel mental-egoico de la conciencia, tras ser integrado, empieza a ser transcendido en un nuevo estadio, ahora transpersonal, caracterizado precisamente –no podía ser de otro modo- por la interrelación, en una Conciencia percibida cada vez más unitaria, global e integradora.   

 

He pensado que esta introducción –en el día en que celebramos la fiesta de la Trinidad- podía ayudarnos a purificar imágenes de Dios demasiado parecidas a nuestros propios conceptos mentales y deudoras de los mitos y prejuicios que, colectivamente, arrastramos.

         Pero, realmente, ante el Misterio nos toca quedarnos callados, en un Silencio que no es indiferencia, sino adoración admirada ante ese “no sé qué, que se alcanza por ventura”, como diría san Juan de la Cruz. Para nuestra mente, es un “no sé qué” –porque no es un “objeto” susceptible de ser apresado por la razón-, pero a su lado cualquier otra hermosura palidece (“Por toda la hermosura / nunca yo me perderé, / sino por un no sé qué / que se alcanza por ventura”: Glosa 12, en S. JUAN DE LA CRUZ, Obras completas [edición de E. PACHO], Monte Carmelo, Burgos 72000, p.78).

 

          Al venir ahora al texto del cuarto evangelio observamos que, en él, “lo mío” se aplica indistintamente a Jesús, al Espíritu y al Padre. Como si eso “mío” fuera justamente el “resultado” de la relación mutua en la que Todo se encuentra.

Todo lo que tiene el Padre es mío”: En un nivel mítico y en una idea de Dios como “individuo”, “lo mío” parecía entenderse como una “cualidad” divina con la que era adornado el propio Jesús, “al lado” del Padre.

Desde la nueva perspectiva, pareciera más bien apuntar hacia el Misterio mismo de lo Real, expresado como Relación trinitaria.

Pero la afirmación va todavía más lejos, por cuanto no hay nada que quede al margen del Misterio. Por ello, esa palabra de Jesús podemos pronunciarla –desde la percepción de la “nueva” identidad- todos nosotros. Lo expresó bien el propio Jesús cuando, al contar la parábola del “hijo pródigo”, puso en labios del padre esas mismas palabras: “Todo lo mío es tuyo” (evangelio de Lucas 15,31).

Y no sólo porque el “Padre” –separado- nos hubiera prometido o incluso dado todos los “dones” que él pudiera tener, sino porque compartimos la misma Identidad, el Misterio último que nos hace ser y que en nosotros se expresa.

 

 El Espíritu –afirma también el texto- “nos guiará hasta la verdad plena”. Si la absolutización de la individualidad ha sido uno de los mitos de la tradición europea, el otro fue el de identificar la razón con el conocimiento y, en consecuencia, la creencia con la Verdad.

La mente acarició la presunción de poseer la verdad, como si de algo “externo” se tratara, gracias a la mera enunciación de un concepto. Una vez hecha esa identificación (concepto o creencia = verdad), estaban en la verdad quienes compartían las propias creencias; los otros, permanecían en el error.

Ni siquiera teníamos la lucidez suficiente para darnos cuenta de que el supuesto hecho de “conocer la verdad” no nos hacía mejores personas. Más aún, parecíamos haber consensuado que el “ser” y la “verdad” podían ir por caminos distintos, dado que el “conocer” –que se había identificado con el “razonar”- podía darse al margen de lo que fuera el “vivir”.

Esta identificación –dada por válida durante siglos…, y todavía sostenida en demasiados ámbitos culturales y religiosos- ha sido fuente de confusión, autoengaño y fanatismo.

En una entrevista reciente en la BBC, se le preguntaba a un imán radicado en Gran Bretaña el motivo por el que, mientras ellos podían construir mezquitas en Europa, en muchos países árabes está prohibido construir iglesias.

Con un desparpajo no fácil de entender, el imán vino a responder en estos términos: “Permítame que le conteste a eso con un ejemplo. Supongamos que usted es el director de un colegio y necesita un profesor de matemáticas. A los tres candidatos que se presentan, usted les pregunta cuánto suman dos y dos. Uno de ellos contesta que tres, otro que cinco, y un tercero que cuatro. ¿A cuál de ellos contrataría? Evidentemente al que ha dado la respuesta correcta. Pues bien, en el caso de la religión ocurre lo mismo: la única religión correcta es el Islam. No podemos permitir que se construyan iglesias porque propagarían el error”. Por más que el desconcertado entrevistador siguió insistiendo en que los cristianos verían las cosas de otro modo, el imán no se movió en absoluto de su argumentación. ¿El motivo? Su creencia era la verdad.

Menciono este caso porque es de nuestros días, pero casos similares, algunos de ellos mucho más graves, pueden encontrarse en todas las religiones teístas que, en un momento u otro de su historia, se han creído enviadas a propagar e imponer “la verdad” a todo el mundo, aunque fuera a través de torturas. Y decían hacerlo de buena fe; no eran conscientes del engaño en el que estaban por haber confundido una idea (mental) con la Verdad inapresable.

 

Cada vez somos más conscientes de que, a un nivel profundo, ser y conocer coinciden. Podemos pensar cualquier cosa, acertada o equivocadamente, pero no podemos conocer aquello que no somos.

Por eso, la conclusión es clara: no hay conocimiento sin transformación. De otro modo, no tendríamos sino “creencias”, es decir, “objetos mentales” que, aislados de otra referencia, únicamente sirven para dividir y enfrentar. Tiene razón el cristiano ortodoxo Paul Evdokimov, cuando presenta al verdadero teólogo como aquél que sólo habla de aquello que sabe; por eso mismo, es también alguien que “no especula sino que se transforma”. Lo cual coincide con la magnífica expresión del místico cristiano Angelus Silesius: “Qué sea Dios, lo ignoramos…; es lo que ni tú ni yo ni ninguna criatura ha sabido jamás antes de haberse convertido en lo que Él es”.

Si esto se olvida, no se puede sino estar de acuerdo, aunque sea con matices, con José Luis Sampedro, cuando escribe que la teología es contradicción en términos porque es absurdo razonar a Dios; el mero hecho de pretenderlo prueba el orgullo clerical”.

 

Es absurdo porque, como decía más arriba –algo demasiado olvidado en el discurso religioso-, la mente no puede manejar sino conceptos –los propios dogmas religiosos no son sino conceptos mentales, que quieren señalar a una realidad más allá de ellos-, referidos a realidades que, por el hecho mismo de ser pensadas, son objetivadas. Eso explica que las creencias nunca podrán encerrar la Verdad.

La Verdad desnuda y relativiza las creencias. Y no está más cerca de la Verdad quien más creencias tiene, sino quien más la encarna porque lo es –y la vive en forma de Unidad, el Amor…-. La Verdad no se puede pensar; sólo se puede ser; y cuando se es, se conoce. Lo que ocurre es que, como ha escrito Javier Melloni, “todas las religiones corren el riesgo de creer que, en lugar de pertenecer a la Verdad, la Verdad les pertenece” (J. MELLONI, Vislumbres de lo real. Religiones y revelación, Herder, Barcelona 2007, p. 11).

 

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Fiesta del "Corpus Christi"

6 junio 2010

 

 

Evangelio de Lucas 9, 11b-17

 

         En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.

         Caía la tarde y los Doce se acercaron a decirle:

         ― Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado.

         El les contestó:

         ― Dadles vosotros de comer.

         Ellos replicaron:

         ― No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres).

         Jesús dijo a sus discípulos:

         ― Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.

         Lo hicieron así y todos se echaron.

         El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos.

 

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         El relato llamado de la “multiplicación de los panes” es el único milagro que aparece en los cuatro evangelios canónicos (en Marcos y Mateo, por duplicado). Y guarda parecido con un milagro similar atribuido al profeta Eliseo (Segundo libro de los Reyes 2,42-44) y con otros de la literatura rabínica.

         Lucas sigue el relato de Marcos, abreviándolo e introduciendo cambios, según su peculiar estilo. Las cifras que aparecen –y que son las mismas que aparecían en el primer texto marcano (6,32-44): cinco+dos, cinco mil, cincuenta, doce- revisten valor simbólico y remiten al pueblo judío, representado en el cinco (y sus múltiplos)  -por el Pentateuco o los “cinco libros” de la Ley- y en el doce –por el número de las tribus-.

         El trasfondo eucarístico, por otro lado, es evidente, incluso en la clásica fórmula empleada: “Tomó los panes, alzó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los entregó”. Pero hay otro dato más: las sobras son designadas como “klasmata”; los fragmentos del pan eucarístico se llamaban “klasma”. Indudablemente, se está hablando de la eucaristía como alimento capaz de saciar la búsqueda humana. Se comprende que se haya elegido este texto en la fiesta de “Corpus Christi”.

 

         El núcleo de todo el culto eucarístico que habría de conocer un desarrollo extraordinario, a lo largo de la historia cristiana, no es otro que la presencia de Jesús en el pan, a partir de aquella frase que remite a la última cena: “Esto es mi cuerpo”, “esto soy yo”.

         Me resulta profundamente significativo el hecho de que el autor de esa frase sea el mismo que dijo: “El Padre y yo somos uno”. El Padre y el pan, el Misterio inefable y el alimento cotidiano más simple, abrazados en una Unidad que nada deja fuera.

         El pan es símbolo de la realidad entera, del cosmos total. Si sabemos ver, descubriremos la presencia de Cristo en todo lo que existe, porque él está en todo, sin separación ni costura.

         En el logion 77 del apócrifo Evangelio de Tomás se lee:

 

       Jesús ha dicho: Yo soy la luz que está sobre todos. Yo soy todas las cosas. Todas las cosas salieron de mí y todas las cosas llegarán a mí. Partid un madero, yo estoy allí. Levantad la piedra y allí me encontraréis” (H.-J. KLAUCK, Los evangelios apócrifos. Una introducción, Sal Terrae, Santander 2006, p.176).

 

         Cuando eso se experimenta, repercutirá en el comportamiento hacia los otros y hacia la realidad en su conjunto, tal como quiere mostrar un conocido cuento monástico.

        

            Se cuenta de un monasterio que, tras unos años de esplendor y de vitalidad, que se traducía también en vocaciones numerosas, empezó a experimentar un declive notable.

            Preocupado por la marcha que iba tomando, el abad decidió ir a consultar a un anciano ermitaño, que vivía no lejos del monasterio. Llegado hasta él, el anciano le dijo: “El problema que tiene su monasterio es que en él está viviendo Cristo y ustedes no se han dado cuenta”.

            De vuelta a casa, el abad reunió a todos los monjes y les comunicó lo que el ermitaño de había dicho. No hizo más. A partir de ese día, cada uno de los monjes empezó a tratar a cada hermano como si fuese el mismo Cristo…, porque -¿quién sabe?- podía haberse “disfrazado” del menos pensado.

            En muy poco tiempo, el monasterio había recobrado e incrementado su vitalidad como nunca antes se había conocido.  

 

         Puesto que Jesús está en todo, todo es eucaristía. Es cierto que los humanos solemos necesitar de ritos, celebraciones y onomásticas. Pero no lo es menos que, si no sabemos vivir la vida como eucaristía, la celebración eucarística se nos escapará entre la magia y la rutina.

         Vivir la vida como eucaristía significa vivir conscientemente la Unidad que somos, con todo, en Dios. “El Padre y todo/todos somos uno”: experimentar la verdad de esa frase y comprender su significado nos conducirá a un estilo de vida en la línea de Jesús.

         Para quien vive así, participar de la celebración eucarística no es sino celebrar –de un modo expreso y compartido- lo que está siendo su misma vida cotidiana.

         Y se termina definitivamente con cualquier tipo de dualismo o separación entre la fe y la vida, la calle y el templo, la creencia y el comportamiento, “nosotros” y “los demás”…

         El camino espiritual, conduciéndonos a la experiencia de la Unidad, barre las fronteras egoicas que habíamos establecido, también las religiosas. Desaparecen los motivos de enfrentamiento por motivos religiosos, porque hemos descubierto que no somos defensores de ninguna “creencia”, sino expresión del Misterio que en todo se manifiesta.

         El yo no puede vivir sino viendo potenciales “enemigos” a los que enfrentarse o de los que defenderse. El suyo es el reino de la soledad, el miedo y la ansiedad.

         Al tomar distancia de él, por la comprensión de que no somos ese yo que nuestra mente pensaba, dejamos de percibir la realidad desde la miope e interesada perspectiva egoica, para empezar a experimentarla desde el Misterio que la constituye, porque venimos a caer en la cuenta de que toda ella no está “fuera” de nosotros, sino –como sugería el citado logion del evangelio de Tomás- en nuestro interior.

        

         Está bien que los cristianos adoremos a Jesús-Eucaristía en el pan consagrado, dejándonos sentir habitados por su presencia. Pero sin olvidar que “Corpus Christi” –el cuerpo de Cristo- es todo lo real, en la Red que somos.

         Para ello, necesitamos crecer en Comprensión, la certeza que, haciéndonos tomar distancia del yo, nos permite experimentar la Unidad y vivir el Amor que somos.

         Lo que el yo llama “amor” es una realidad pobre, raquítica e inestable, portadora de la marca inevitable del egocentrismo. Y no es extraño que, aun sin mala voluntad, sean precisamente las personas que más dicen amarnos, aquéllas que más sufrimiento nos provoquen. Por eso, con tanta frecuencia, lo que llamamos “amor” se convierte en un juego doloroso y amargo, como canta el gran poeta que es Joaquín Sabina:

 

Amor se llama el juego

en el que un par de ciegos

juegan a hacerse daño.

Y cada vez peor, y cada vez más rotos,

y cada vez más yo, y cada vez más tú,

sin rastro de nosotros”.

 

         El “yo” no casa bien con el “nosotros”. Sólo conociendo quiénes somos, se generará un comportamiento amoroso y compasivo. En este sentido, bien podría decirse que la Eucaristía cristiana es la proclamación de nuestra verdad más profunda, en la Unidad del Misterio último de lo Real.   

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Domingo XI Tiempo Ordinario "C"

13 junio 2010

 

 

Evangelio de Lucas 7, 36-50

  

         En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo:

         ― Si éste fuera profeta, sabría quién es esa mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora.

         Jesús tomó la palabra y le dijo:

         ― Simón, tengo algo que decirte.

         El respondió:

         ― Dímelo, maestro.

         Jesús le dijo:

         ― Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?

         Simón contestó:

         ― Supongo que aquél a quien le perdonó más.

         Jesús le dijo:

         ― Has juzgado rectamente.

         Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:

         ― ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama.

         Y a ella le dijo:

         ― Tus pecados están perdonados.

         Los demás convidados empezaron a decir entre sí:

         ― ¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?

         Pero Jesús dijo a la mujer:

         ― Tu fe te ha salvado, vete en paz.

 

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            La primera comunidad cristiana debió valorar este episodio de la vida de Jesús, ya que ha sido recogido por los cuatro evangelios, si bien Lucas lo sitúa en otro contexto y con otro objetivo.

Al final del comentario, transcribo un cuadro sinóptico, recogiendo el texto tal como se encuentra en cada uno de los evangelios. Esto nos permite comprobar, una vez más, tanto la libertad con que los autores manejaban las tradiciones recibidas, como su intencionalidad teológica.

Veamos, en primer lugar, las diferencias más notables. Marcos, Mateo y Juan colocan la narración hacia el final de la vida de Jesús, como un gesto simbólico que está anticipando su muerte y sepultura: la mujer representa al verdadero discípulo que acompaña a Jesús hasta su muerte. Lucas, sin embargo, sitúa el texto casi al inicio del evangelio y lo convierte en expresión de la acogida incondicional de Jesús, que se manifiesta como perdón gratuito e incondicional, sin juicios ni condenas, que va parejo al amor agradecido de la mujer.

En Marcos y Mateo, la escena tiene lugar en Betania, en casa de Simón el leproso. Juan, por su parte, situándola también en la misma ciudad, hace que discurra, sin embargo, en casa de los hermanos Lázaro, Marta y María. Para Lucas, debido probablemente a la polémica que le interesa recalcar, el anfitrión es un fariseo, observante de la Ley.  

         La mujer es anónima, tanto en Marcos como en Mateo, y simboliza al verdadero discípulo. Ese mismo significado tiene en Juan, pero aquí aparece como María, la hermana de Lázaro. En Lucas, parece tratarse de una “pecadora pública”. Estas diferencias dieron pie, más tarde, a una confusión bastante generalizada: la de identificar la mujer del relato de Lucas, sea con María de Betania, sea con María Magdalena (quizás porque el propio Lucas la nombra a continuación, como aquélla de quien Jesús “había expulsado siete demonios”: 8,2).

         En los tres evangelios que colocan el relato al final, el motivo del enfado de los presentes –o los discípulos o Judas, según las diferentes versiones- es el derroche económico del perfume. En Lucas, de acuerdo con su intencionalidad, es que Jesús no rechace a la mujer, a pesar de su condición de “pecadora”.

 

         Si nos centramos en el relato de Lucas, advertimos tres motivos centrales: el gesto de amor de la mujer, el escándalo del fariseo y la acogida perdonadora de Jesús.

         Como luego pondrá de relieve el propio Jesús, la mujer manifiesta un amor sin medida, que el relato pone de relieve incluso por el número de verbos que utiliza: “Vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume”.

         Como ocurre en otros lugares, la aglomeración de verbos sirve a Lucas para subrayar el carácter efectivo del amor, o la compasión que se traduce en servicio eficaz. Así se manifiesta en las parábolas del “hijo pródigo” y del “buen samaritano”. En la primera de ellas, el padre “lo vio, se conmovió en sus entrañas, salió corriendo, lo abrazó y cubrió de besos…” y ordenó toda una fiesta (15,20-24); en la segunda, el samaritano “llegó junto al herido, lo vio, se conmovió en sus entrañas, se acercó, le vendó sus heridas, se las curó con aceite y vino, lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él” (10,33-35).

         Cuando realmente se despierta, el amor ni se queda en las “buenas intenciones”, ni conoce medida, sino que se expresa como un derroche efectivo que busca, sin límites y sin reparar en otra cosa, el bien de la persona.

 

         El fariseo, símbolo del hombre religioso y observante, se escandaliza: no “ve” a la mujer en su corazón, ni es capaz de “ver” el amor de su gesto. Su mirada está condicionada –filtrada- por el prejuicio y la “norma”. Eso hace que no vea a una mujer, sino a una “pecadora”; y que tampoco vea el amor que muestra, sino lo que considera un atrevimiento pecaminoso, según la ley.

         La reacción del fariseo era la “esperada” por parte de cualquier varón y, además, observante religioso. Una mujer no podía “soltarse el pelo” en público: esa acción constituía incluso motivo suficiente para que el marido la repudiara. Lo que la mujer está haciendo es una demostración amorosa en clave erótica.

 

         ¿Cuál va a ser la respuesta de Jesús? En contraste con la mirada “condicionada” del fariseo, Jesús ve sólo amor, y así se lo hace ver a su anfitrión, de un modo pormenorizado, en el que se recalca el “tú no”: el fariseo presumía de ser un  excelente “cumplidor”, pero no sabía amar. En este sentido, podría representar a las personas religiosas que tienen las creencias muy claras, que cumplen bien todas las normas…, pero tienen el corazón endurecido. Y que me recuerda las palabras apenadas de una religiosa mayor: “Siempre he cumplido estrictamente con todas las normas religiosas pero ahora, al terminar mi vida, me doy cuenta de que no he sabido amar”. ¡Qué fracaso de religión, aquélla que crea personas muy “cumplidoras” pero poco amorosas…!

         Por otra parte, Jesús, con gran sabiduría psicológica –el amor humano es reactivo-, vincula estrechamente el amor con la experiencia de ser amado. Quien se sabe amado, quien se siente perdonado, despierta al amor y a su propia capacidad de amar. Según el sentido del relato, no se trata tanto de que “se le perdona mucho, porque tiene mucho amor” –no sabemos cómo se “coló” esta expresión que es contradictoria con el sentido del texto-, sino exactamente de lo contrario: “a quien mucho se le perdona, mucho ama”.

         Todo arranca de la experiencia de sentirse amado-perdonado gratuitamente. Esa experiencia, acogida y sentida, ensancha el corazón y alienta la capacidad de amar.

         El tiempo de la práctica meditativa puede constituir también una ocasión en la que, experimentándonos amados y expresión del Amor que es, favorezcamos el despliegue de nuestro amor hacia los otros…

         El proceso parece ser éste: 1) la persona se siente amada; 2) siente que tiene amor; 3) experimenta que, en lo más profundo de sí, es amor; 4) descubre que, sencillamente, el Amor Es y se expresa también a través de ella.

         El amor será también, como en Jesús, el que nos dé una mirada limpia que sabe ver a la persona en su belleza original dentro de la Unidad que somos.

        

                                                                                               

CUADRO SINÓPTICO

 

Marcos 14,3-9

 

Mateo 26,6-13

 

Lucas 7,36-50

 

Juan 12,1-8

 

Estaba Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, cuando llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro, que era muy caro. Rompió el frasco y se lo derramó sobre su cabeza.

 

 

 

 

 

  

Algunos, indignados, comentaban entre sí: “¿A qué viene este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres”. Y la criticaban.

 

 

 

 

 

 

 

 

Jesús, sin embargo, replicó: “¿Por qué la molestáis? Ha hecho conmigo una obra buena. A los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis, pero a mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la buena noticia será recordada esta mujer y lo que ha hecho.

Se encontraba Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, cuando se acercó a él una mujer con un frasco de alabastro lleno de perfume muy caro, y lo derramó sobre su cabeza mientras estaba sentado a la mesa.

 

 

 

 

 

 

 

 

Al ver esto, los discípulos se indignaron y decían: “¿A qué viene este despilfarro? Podía haberse vendido por mucho dinero y habérselo dado a los pobres”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jesús se dio cuenta y les dijo: “¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre. Y al derramar ella este perfume sobre mi cuerpo, se ha anticipado a preparar mi sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo en que se anuncie esta buena noticia, será recordada esta mujer y lo que ha hecho.

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.

 

 

 

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esa mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jesús tomó la palabra y le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. El respondió: “Dímelo, maestro”. Jesús le dijo: “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?”. Simón contestó: “Supongo que aquél a quien le perdonó más”. Jesús le dijo: “Has juzgado rectamente”.

Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama”.

Y a ella le dijo: “Tus pecados están perdonados”.

Los demás convidados empezaron a decir entre sí: “¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?”. Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Seis días antes de la fiesta judía de la pascua, llegó Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Ofrecieron allí una cena en honor de Jesús. Marta servía la mesa y Lázaro era uno de los comensales. María se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro, y ungió con él los pies de Jesús; después los secó con sus cabellos. La casa se llenó de aquel perfume tan exquisito.

 

Judas Iscariote, uno de los discípulos –el que lo iba a traicionar- protestó, diciendo: “¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para repartirlos entre los pobres?”.

Si dijo esto, no fue porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y como tenía a su cargo la bolsa del dinero común, robaba de lo que echaban en ella.

 

Jesús dijo: “¡Déjala en paz! Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura. Además, a los pobres los tenéis siempre con vosotros; a mí, en cambio, no siempre me tendréis”.

 

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Domingo XII Tiempo Ordinario "C"

20 junio 2010

 

 

Evangelio de Lucas 9, 18-24

  

 

         Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:

         ― ¿Quién  dice la gente que soy yo?

         Ellos contestaron:

         ― Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

         El les preguntó:

         ― Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

         Pedro tomó la palabra y dijo:

         ― El Mesías de Dios.

         El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:

         ― El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

         Y, dirigiéndose a todos, dijo:

         ― El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.

 

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         La pregunta de Jesús –que Lucas presenta en un contexto de oración- es susceptible de diferentes respuestas. Para la mayoría de la gente, es un “profeta”; para los discípulos, el “Mesías” –lo más grande que un judío podía decir de un ser humano-; pero la respuesta “definitiva” –probablemente la que Jesús estaba asumiendo y viviendo en su oración- es la que dará Dios mismo en el relato de la transfiguración, que se narra a continuación: Jesús es el “Hijo amado” (9,35). 

         Me parece importante notar que aquella cuestión no pierde nunca actualidad para los creyentes en Jesús: Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Es una pregunta para la que no valen tópicos (“un profeta”) ni respuestas aprendidas (aunque sean dogmáticamente impecables), porque remite a la vivencia personal y única de cada cual. ¿Quién es Jesús para mí? Tampoco vale responder ¿quién me gustaría que fuese?, ni siquiera ¿quién pienso que es? ¿Quién es hoy –qué “peso” tiene realmente- en mi vida?

         La respuesta dependerá de muchos factores, fundamentalmente del nivel de conciencia en el que la persona se encuentre.

         Para el creyente que se halle en un nivel mágico-mítico de conciencia, Jesús será el “salvador celeste” que, viniendo a este mundo y muriendo en la cruz por culpa de nuestros pecados, nos abre las puertas del cielo. Para el creyente identificado con las “creencias”, Jesús será, literalmente, lo que de él dicen los dogmas cristológicos. Para el que se encuentre en un nivel “racional” (o “existencial”) de conciencia, Jesús será el “hombre realizado”, en quien se ha revelado la Divinidad. En una perspectiva transpersonal, Jesús es visto en la no-separación (no-dualidad) de todo, como Manifestación del Misterio de lo que es y Expresión de lo que somos.

         En ese sentido, la respuesta de los discípulos se halla aún en un nivel egoico: “Mesías” es un título de un ser percibido como separado. “Hijo de Dios”, sin embargo, o “Dios” –aunque también puede leerse desde la creencia- apunta a la identidad más honda de Jesús y de todos nosotros. Porque no somos el yo particular que creemos ser, sino la Conciencia  que en él se expresa.

         Tras las preguntas, el autor pone en labios de Jesús el primer anuncio de su pasión. Se trata, obviamente, de un vaticinio “ex eventu”, es decir, un anuncio que se plasma por escrito después de que los hechos ya habían ocurrido. Eso no significa que Jesús no viera venir su muerte –contaba con datos más que suficientes para ello-, sino que el modo de narrarlo deja entrever que quien lo escribe, conocía ya lo sucedido.

 

Y la escena se cierra con unas palabras de sabiduría: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará”.

De entrada, se advierte que Lucas –que sigue la narración de Marcos- introduce un elemento propio, al añadir la expresión “cada día”. Es un detalle que nos hace ver, probablemente, la distinta sensibilidad de cada autor.

Pero, más allá de estas cuestiones menores, ¿cuál es el significado de esas palabras? Una lectura superficial de las mismas –más todavía cuando fueron leídas desde una mentalidad dolorista- presentó al cristianismo como la religión que preconizaba, hasta sublimarlo, el dolor y la negación propia. Como si fuera el propio dolor el que, por sí mismo, reportara lo más valioso a quien se mortificaba. En consecuencia, la cruz ocupó el primer plano y todo se tiñó de negro.

Pero Jesús ni buscaba el dolor ni negaba la vida. Sus palabras no son una exaltación del sufrimiento, sino que expresan una gran sabiduría: Buscan “despertar” a la persona para que pueda percibir la actitud acertada ante la vida.

“Negar la vida” –el griego original no dice “bios” ni “zoos”, sino “psyché”: yo psicológico- no es otra cosa que no reducirse al yo superficial o ego. Se trata de negar la “ilusión del yo”, para acceder a la Vida, que es nuestra verdadera identidad. Porque sólo cuando nos desidentificamos del yo, tomamos conciencia de la Vida que somos. Ésa es la Vida de que habla el evangelio, la misma Vida que vivió Jesús, con la estaba él mismo identificado (“Yo soy la Vida”) y la que buscaba despertar en nosotros. 

  Podemos verlo más claramente, cuando leemos en el original: “El que ama su alma [psyché] la pierde; el que odia su alma [psyché] en este mundo, la guardará para la vida [zôén] eterna”. “Alma” (psyché) sería equivalente a “ego”.

Con ello, parece claro que –como ha escrito Roberto Pla-, para Jesús, “la vida en la que reside nuestra conciencia cotidiana y que llamamos vida, no es vida, sino muerte. La vida es la «vida eterna», originada en el Padre” (R. PLA, El hombre, templo de Dios vivo. Exégesis oculta de la religión de Cristo, a partir de comentarios al evangelio según Tomás, Sirio, Málaga 1990, p.748). Nuestra tarea consistiría en “pasar de la muerte a la vida”: a eso es a lo que invitan las palabras de Jesús.

El texto habla de “renunciar a sí mismo”. El modo más sencillo de traducirlo parece ser éste: “deja de vivir para tu yo”, “no gires en torno a tu ego”, porque ese modo de vida te aprisionará cada vez más, y tu vida será vacía y estéril. Dicho en positivo, es una invitación a ir más allá del ego y descubrir nuestra verdadera identidad, aquella “Identidad compartida”, en la que el propio Jesús se hallaba. Por eso –y a pesar de lo mal que se ha presentado en ocasiones-, estamos ante una buena noticia: ¡Despierta!, ¡reconoce quien eres!

En síntesis, morir (renunciar) a sí mismo es morir a la sensación de identidad separada o independiente del yo, dejar de percibirte a ti mismo como el “yo individual” que tu mente cree que eres. Ese es, justamente, el modo de encontrarse. Como decía Jean Klein, “acostúmbrate al hecho de morir y sabrás lo que es la vida”.

 

Con todo ello, lo que está en juego –dice el texto- es nada menos que “salvar la vida”. ¿Qué es salvar la vida? ¿Cómo se logra? Para quien se halla identificado con el yo, la respuesta no puede ser otra que la de vivir para él. Lo que ocurre es que el destino del yo es la muerte: vivir para el yo equivale a perder la vida. Por el contrario, quien empieza a descubrir su verdadera identidad, ya está muriendo a su yo, porque ha descubierto que es “otra cosa”: la Vida que no muere. Y, a partir de esta nueva percepción, toda la visión se modifica.

Se niega la identificación con el yo “por mí y por la buena noticia”, es decir, porque hemos empezado a ver lo que el propio Jesús veía, y que le llevaba a hacer de toda su vida una “buena noticia”. Este planteamiento no tiene nada de “alienante”, ni siquiera de heterónomo, como si hubiéramos de buscar, “fuera” de nosotros, el patrón de lo que debemos ser. En la perspectiva no-dual, no existe nada separado de nada. Por eso, cuando se accede a la visión, la “causa de Jesús” es nuestra misma causa, “su” buena noticia es la buena noticia de la totalidad.

¿Cómo avanzar en la dirección a la que apuntan las palabras sabias de Jesús? Aunque haya que hacer un trabajo de integración psicológica –en ese admirable proceso de integración y trascendencia que es la evolución-, no hagas del “yo” el centro de tu existencia ni de tu identidad.

No te estés buscando a ti mismo/a como “yo”, tampoco luches contra él: ambas cosas no logran sino fortalecer la estructura egoica y mantenernos reducidos en ella, “perdiendo la Vida”. Basta que sepas que el yo es sólo una ficción o, como decía Einstein, “una ilusión óptica de la Conciencia”.

Cesa de buscarte como “yo” y déjate reposar en el Silencio, en la Conciencia que anima todo lo que es. Lo que entonces queda es pura Atención, pura Conciencia, desnudo Estar, Plenitud, Presencia…, la Vida de la que habla Jesús y a la que se refieren los místicos. 

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Domingo XIII Tiempo Ordinario "C"

27 junio 2010

 

 

Evangelio de Lucas 9, 51-62

  

 

         Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.

         De camino, entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.

         Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: 

         ―  Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?

         El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.

         Mientras iban de camino, le dijo uno:

         ― Te seguiré adonde vayas.

         Jesús le respondió:

         ― Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.

         A otro le dijo:

         ― Sígueme.

         El respondió:

         ― Déjame primero ir a enterrar a mi padre.

         Le contestó:

         ― Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.

         Otro le dijo:

         ― Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.

         Jesús le contestó:

         ― El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.

 

******

 

         El “viaje a Jerusalén” ocupa, en el evangelio de Lucas, diez largos capítulos (desde 9,51 a 19,28). Se trata de un viaje teológico, más que geográfico –un recurso literario-, a lo largo del cual Jesús se va a dedicar prioritariamente a enseñar a sus discípulos.

         El autor inicia el relato con una indicación significativa, que se refiere a la muerte –ése es el destino del “viaje”- como “el tiempo de ser llevado al cielo”. En el evangelio, la muerte es denominada como “sueño” o como “paso”: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…” (evangelio de Juan 13,1).

         La expresión “pasar al Padre” invita a entender la muerte como la “reintegración” en la Unidad originaria de donde todo procede. Más allá de nuestras “formas” transitorias, en las que se había expresado, la Identidad profunda –que nunca nace y nunca muere- se “reencuentra” a sí misma.

         La reconocida psicoterapeuta, confidente y discípula de Carl Jung, Marie-Louise von Franz, de quien se ha dicho que interpretó más de 65.000 sueños, ofrece esta constatación: “Los sueños de los moribundos no se refieren a un final, sino a un paso”.

         La muerte no es sino el “paso” de la “forma” a la “no-forma”, de la apariencia a la Realidad, del ego al Ser, del yo a la Presencia. Ocurre algo similar al sueño: el sujeto que duerme no puede saber lo que es el estado de vigilia; más aún, ni siquiera es esa identidad “onírica” la que despierta. Cuando se despierta, emerge una “nueva identidad”, distinta del sujeto onírico.  

De un modo parecido, la muerte es el “despertar” a nuestra identidad más honda que, mientras estamos identificados con el yo, nos pasa desapercibida.

Ese es nuestro único problema: la ignorancia de creer que somos el “yo” que nuestra mente piensa que somos. Una ignorancia que nos lleva a vivir para él como si fuera “eterno”, y en realidad nos hace “perder” la Vida.

Así, entendemos la sabiduría que encierran las palabras de Jesús: “Quien vive para su yo [creyendo que es su yo], está perdiendo su vida”. Es lo que expresaba José Fernández Moratiel en el siguiente poema:

 

 

EL QUE PIERDE GANA

 

Es la extraña lógica del evangelio,

perder lo de fuera para ganar lo de dentro,

perder la fachada, perder lo postizo, lo que sólo da una sensación,

para ganar la presencia suya en el corazón.

El que pierde gana, decía incansablemente Jesús.

Si algo se destruye es para una transformación,

para que algo reaparezca… 

Algo se destruye en el silencio,

pero es para una transformación,

para que aparezca el ser.

“Yo soy”, dice Dios,

lo que se expresa con toda plenitud,

lo duradero, lo que existe siempre.

Dios es siempre Ser.

Nuestra oración es como el camino del Ser.

Algo se pierde en el silencio…

-lo que está en la superficie-,

pero se reconstruye nuestro ser verdadero.

No temáis que se pierda el cuerpo;

nuestros conceptos, nuestras ideas…

Sólo se pierde lo superficial.

Lo que no se puede perder es el Ser.

 

         Lo que no se pierde –lo que no muere- es lo que no tiene forma y, por eso, tampoco nunca nació: la Identidad –unitaria y compartida- que trasciende el tiempo y el espacio, que se encuentra más allá de cualquier “forma” a la que, eventualmente, la hayamos podido asociar.

         Más allá de la identificación con la forma, al “soltar” la identificación con el yo –con todas sus secuelas-, lo que queda es Presencia, es decir, Plenitud atemporal, la Identidad que nunca muere. Ahí todo está bien. A eso puede equivaler la expresión evangélica “Reino de Dios”.

         Dicho en otras metáforas: no somos los objetos, sino el Espacio que los contiene; no somos las circunstancias cambiantes, sino la Presencia que Es; no somos los acontecimientos que se suceden, sino el Ahora en el que todos ellos ocurren…

         Y esa Presencia que somos la experimentamos cuando permanecemos en un estar sin objeto –eso es contemplar-. Del mismo modo que quien duerme no puede salir al estado de vigilia mientras permanece en el sueño, así tampoco podremos trascender la falsa idea de ser el “yo” mientras permanezcamos en el mundo de la mente.

         Necesitamos aprender a “tomar distancia” de la mente. No se trata de negar su valor –es una de nuestras grandes riquezas-, sino de no reducirnos a ella. La mente es, en cierto sentido, un “órgano” más a nuestro servicio, capaz de “ofrecernos” incluso un sentido –aunque transitorio- de identidad…, pero somos más que ella.

         Para apercibirnos de que es así, necesitamos adiestrarnos en acallarla. ¿Qué ocurre cuando “la voz que hay en tu cabeza” deja de hablarte? Verifícalo. Tendrás que tener paciencia: estamos hasta tal punto identificados con ella, que al principio nos parecerá una tarea inútil. Persevera…

         Para empezar, puedes hacer lo siguiente: Relájate, respira profundamente dos o tres veces, suelta todos los pensamientos y todas las preocupaciones, quédate sólo aquí y ahora… y déjate estar ahí sin más. Sólo estar. No quieras “llenar” ese momento con nada; tampoco busques entenderlo, ni pretendas ir “más lejos”. Ni siquiera te busques a ti mismo como “yo”. Aprende a dejarte estar en aquello que el autor de “La nube del no-saber” denominaba “la pura conciencia de Ser”.

         En la medida en que vayas permaneciendo ahí, emergerá el Descanso, la Paz, el Gozo, la Presencia, la Dicha, la Plenitud…: el “Reino de Dios”.

        

A partir de ahí, se comprende bien el sentido de los cuatro breves episodios que se relatan a continuación: no cabe la intolerancia ni el “entretenerse” en la identificación con el ego (que, en el texto, aparece simbolizado con la riqueza, los “muertos” y la “familia”). Frente a cualquiera de sus trampas –estos relatos no hay que entenderlos literalmente, sino en toda la radicalidad de su simbolismo-, Jesús invita a “no mirar atrás”. Como si dijera: No te identifiques más con el ego y sus exigencias; permanece en la Presencia que eres –en el “Reino de Dios”- y ten la seguridad de que “todo lo demás se te dará por añadidura” (evangelio de Mateo 6,33).

Eckhart Tolle lo expresa de este modo: “La verdad básica de quien eres no es «Yo soy esto o yo soy aquello», sino «Yo Soy»” (E. TOLLE, Todos los seres vivos somos uno, Debolsillo, Barcelona 2009, p.49).

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Domingo XIV Tiempo Ordinario "C"

4 julio 2010

 

 

Evangelio de Lucas 10, 1-12.17-20

   

         En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:

         ― La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.

         ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

         Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

         Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que os pongan: porque el obrero merece su salario.

         No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el Reino de Dios”.

         Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios”.

         Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma y Gomorra que para ese pueblo.

         Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron:

         ― Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

         El les contestó:

         ― Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño ninguno.

         Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo. 

 

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         Lucas es el único evangelista que nos ofrece este relato del “envío de los setenta y dos discípulos” (o “setenta”, según otros manuscritos). El número “setenta”, que aparece varias veces en el Antiguo Testamento, bien pudiera designar la totalidad de los pueblos del mundo, según el libro del Génesis 10,2-31. La cifra original (setenta) fue modificada por los traductores, y ésa es la referencia que utiliza Lucas.

         El envío usa la imagen de la mies, que algunos profetas habían aplicado al pueblo: “Meted la hoz, la mies está madura” (Joel 4,13).

         El mensaje es ambivalente: si bien es un mensaje de paz (Shalom) y de la alegría del Reino, sin embargo, se convierte en amenaza gravísima para quien no lo acoja: “Sodoma y Gomorra” era sinónimo de destrucción definitiva.

        

         La amenaza que puede contener cualquier mensaje religioso es, sencillamente, la otra cara de su pretensión exclusivista. Por eso, esas palabras son más propias de la primera comunidad, que tenía la pretensión absolutista de poseer la verdad, que de Jesús. Nadie que “ha visto” puede luego condenar a otros.

         La condena o exclusión de los otros –característica del nivel mítico de conciencia y del “sentimiento de pertenencia” propio de ese estadio, que conduce directamente al proselitismo- únicamente surge del equívoco de quien confunde la Verdad con su propia creencia particular.

 

         El regreso de los discípulos está marcado por el gozo, tras haber experimentado su propio poder sobre las fuerzas del mal: “Hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

         Es típicamente egoico asociar la alegría con resultados que el yo califica de “satisfactorios”. Pero esa alegría, condicionada e incluso amenazada por el hecho de no alcanzar los logros apetecidos, estará –como el propio yo- marcada por la impermanencia.

         El yo es un depósito ilimitado de etiquetas que coloca a cada hecho, acontecimiento, circunstancia, objeto o persona…, y que, en último término, se pueden reducir a dos: “agradable” / “desagradable”. Cuando ocurre algo que el yo califica de “agradable”, aparecerá el bienestar; cuando, por el contrario, suceda algo etiquetado como “desagradable”, surgirá el enfado, el miedo o la tristeza. El yo es siempre esclavo de sus etiquetas. No sufre por los hechos que acaecen, sino por la interpretación que él hace de los mismos. Mientras no hay “etiquetas”, no hay sufrimiento; se puede aceptar todo. Por el contrario, cuando el yo emite un juicio negativo sobre cualquier realidad, la aceptación se vuelve imposible.

         Ahora bien, sólo podemos dejar de etiquetar si tomamos distancia de nuestra mente y de los pensamientos. Estar en la mente implica estar en el juicio permanente, porque pensar es discriminar y juzgar; en definitiva, “etiquetar”.

         Por el contrario, cuando somos capaces de observar nuestros propios pensamientos –o, sencillamente, con tal de ser conscientes de que estamos pensando-, empieza a abrirse un espacio amplio alrededor de los pensamientos. Ese espacio es consciencia-sin-pensamiento, no-juicio, descanso, estar… y tiene sabor de plenitud.

         Por la consciencia venimos a la Presencia en la que permitimos que las cosas sean como son. Y experimentamos que ahí vive el Gozo permanente, gratuito, no condicionado a nada.

         Como dicen los hindúes, la Realidad última es Sat-cit-ananda: Ser – Consciencia – Dicha plena. Es el gozo de ser, porque el Ser mismo es gozo. Esa es, como diría Francisco de Asís, la “perfecta alegría”.

 

         Hacia esa experiencia parece que Jesús quiere llevar a sus discípulos. El motivo del gozo -viene a decir- no son los logros obtenidos, sino un hecho mucho más fundamental y gratuito, a salvo de cualquier amenaza: la certeza de que “vuestros nombres están inscritos en el cielo”.

         La imagen se remonta a la costumbre del Antiguo Oriente de inscribir los nombres en los registros reales. “En la presencia del Señor se ha escrito un libro en el que figuran todos los que son fieles al Señor y honran su nombre”, escribía el profeta Malaquías (3,16). Equivale, por eso, a estar inscritos en el libro de la Vida de un modo irrevocable.

         En clave religiosa, la palabra de Jesús puede leerse en el sentido de que nuestras personas están "guardadas" en Dios y que no hay nadie ni nada que pueda separarlas de Él. Esta es la fuente de la confianza inquebrantable del sujeto religioso, a la que se remite en su vida cotidiana. Es la certeza de estar siempre y para siempre en Dios.

         Desde una perspectiva espiritual, esas mismas palabras apuntan al hecho simple de que el gozo es connatural a Ser, tal como apunta el iluminado verso de Jorge Guillén: “Ser, nada más; y basta. Es la absoluta dicha”.

 

El maestro Omraam Mikhäel Aïvanhov lo expresó también de un modo ajustado:

 

Alguien dice: «Soy feliz porque…». Pues bien, el solo hecho de que atribuya una causa a su felicidad, demuestra que no posee la verdadera felicidad. Porque la verdadera felicidad es una felicidad sin causa. Sí, sois felices y no sabéis por qué. Encontraréis que es maravilloso vivir, respirar, comer, hablar, y no sabéis por qué. No habéis recibido regalos, ni herencias, ni tenéis bonitas mujeres… Sois felices porque algo ha venido de arriba a incorporarse en vosotros, un elemento espiritual que ni siquiera depende de vosotros…, como un agua que mana del cielo.

         Para la mayoría de los humanos la felicidad está ligada a las posesiones: casas, dinero, decoraciones, gloria…, o bien mujeres o hijos. No, la verdadera felicidad no depende de ningún objeto, de ninguna posesión, de ningún ser; viene de arriba, y os asombráis al descubrir en vosotros mismos, sin cesar, este estado de conciencia superior. Os alegráis y ni siquiera sabéis por qué.

         Esta es la verdadera felicidad”.

 

         A mayor identificación con la mente –y el yo-, menos “ser” y, por tanto, menos dicha y más sufrimiento. Al acallar la mente y su obsesión etiquetadora, accedemos al reconocimiento simple de que todo es, en un Presente atemporal e infinito, que es plenitud.

         ¿Qué le importan al océano los oleajes que pueden desarrollarse en él? ¿Qué suponen, para el firmamento, las nubes que lo atraviesan? Nuestra mente nos hace identificarnos con las olas y las nubes, pero en realidad somos el océano y el firmamento.

         Que “nuestros nombres están inscritos en el cielo” significa, entonces, el desvelamiento de nuestra identidad profunda: somos-en-Dios sin costuras ni separación alguna; o mejor, Él es en nosotros, constituyéndonos y viviéndose en nosotros en forma humana.

         Al tomar conciencia de nuestra identidad, el gozo emerge manifestando su carácter gratuito. No hay que ganarlo, tampoco es el resultado de algún esfuerzo del yo; es, sencillamente, la naturaleza misma de lo Real. Ser es Gozo.

         Esa es la razón de que el gozo –“la perfecta alegría”- se pueda experimentar únicamente cuando venimos al presente, en la Presencia integradora y plena.

         Situados ahí, sabemos, como Jesús, que “Satanás ha caído del cielo como un rayo”, que el mal no tiene ningún poder sobre lo Real. Y es también entonces cuando podemos acoger y experimentar la promesa del propio Jesús: “Volveré a veros y os alegraréis con una alegría que nadie os podrá quitar” (evangelio de Juan 16,22).    

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Domingo XV Tiempo Ordinario "C"

11 julio 2010

 

 

Evangelio de Lucas 10, 25-37

 

   

         En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:

         ― Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

         El le dijo:

         ― ¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?

         El letrado contestó:

         ― “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”.

         El le dijo:

         ― Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.

         Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús:

         ― ¿Y quién es mi prójimo?

         Jesús dijo:

         ― Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

         Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:

         ― Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

         ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?

         El letrado contestó:

         ― El que practicó la misericordia con él.

         Jesús le dijo:

         ― Anda, haz tú lo mismo 

 

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         Los letrados eran los “teólogos oficiales” del judaísmo. Este se acerca a Jesús, queriendo “ponerlo a prueba”, con una pregunta característica del yo religioso: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

         Como sabemos, el yo se define por su afán protagónico y alimenta su sensación de existir como entidad autónoma, a partir de los mecanismos de la identificación y de la apropiación. En la pregunta del letrado, es él quien tiene que hacer algo para conseguir un beneficio para sí mismo. Por esa misma razón, la religión del yo no puede ser sino la del mérito y la recompensa, entendida además en clave individualista: hago “algo” para obtener “algo” para mí (aunque eso sea la salvación del alma).

         Por otro lado, aquella pregunta denota también la ignorancia en la que el yo se mueve: considerar la “vida eterna” como un objeto que poder atrapar. El yo, al no poder conocer la felicidad, la proyecta siempre hacia el futuro, en la creencia (generalmente inconsciente) de que, por fin, algún día la alcanzará. Eso le hace vivirse proyectado hacia delante, víctima de la ansiedad que nace de su propio vacío.

Pues bien, acostumbrado a perseguir el futuro, no es extraño que se imagine la “vida eterna” como el futuro definitivo en el que, finalmente, él va a ser completamente feliz: ¿Cómo no hacer cualquier cosa para “heredarla”?

 

De entrada, Jesús se sitúa en el nivel de quien le pregunta y lo remite a algo que era totalmente familiar para un experto religioso: a la Ley.

En su contestación sobre lo que pide la Ley, el letrado combina dos textos: uno del libro del Deuteronomio (6,5) –“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser”- con otro del Levítico (19,18) –“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”-.

Parece que la idea del amor al prójimo constituía un principio ético muy claro en el judaísmo anterior a Jesús. Y gracias al influjo de los judíos helenistas, poco a poco se había ido unificando la doble dimensión del amor –a Dios y a los otros-, de acuerdo a las dos reglas básicas del helenismo: la eusebia (adoración a Dios) y la dikaiosyne (el amor al prójimo).

A Jesús le agrada la contestación, le anima a vivirlo y parece así zanjar la cuestión: “Haz eso y tendrás la vida”. Por un lado, el Maestro de Nazaret vincula estrechamente el amor y la vida; por otro, no habla ya de “vida eterna” como si fuera un “premio” a conseguir, sino de experimentar la vida. Eso es lo que ocurre precisamente cuando nos abrimos al amor, en un proceso creciente de desegocentración. Pareciera como si Jesús hubiera encontrado una puerta para ayudar a aquel hombre a salir del círculo de un yo que buscaba su “premio eterno”.

 

         Pero el letrado no da el diálogo por terminado. Más que “aparecer como justo”, necesita “justificarse”, es decir, intentar demostrar que su pregunta no había sido tan tonta. Pero, a pesar de haber caído en otro mecanismo propio del yo –la justificación-, su nueva intervención va a dar la ocasión para que contemos con esta admirable parábola, que resume el corazón mismo de todo el evangelio.

         Se trata de un relato exclusivo de Lucas, aunque se remonta a una tradición anterior. Y refleja una cuestión viva en el judaísmo del siglo I, así como en las primeras comunidades cristianas: ¿a quiénes debemos considerar como prójimos? No pocos excluían de esa categoría a los extranjeros y a los samaritanos. 

         La parábola tiene bien elegidos los personajes: dos profesionales del templo –el sacerdote y el levita- y un hereje, a quien cualquier judío piadoso debía evitar.

         De un modo provocativo, Jesús hace de este último –excluido de los círculos “honorables”-, el protagonista bueno, frente a los dos hombres religiosos, en un contraste que habría de resultar a su auditorio tan hiriente como polémico.

         De esa manera, introduce un principio radicalmente revolucionario en el mundo de la religión: hay un  camino para encontrarse con Dios que no pasa por el templo. El sacerdote y el levita imaginaban hallar a Dios en el templo; sin embargo, según Jesús, quien realmente se encuentra con Dios es el que atiende al hombre necesitado. Se trata de un criterio luminosamente claro, pero tan subversivo que la misma religión tiende a olvidarlo.

         Dicho en otras palabras: lo que Dios nos pide –según Jesús- no es que seamos “religiosos”, sino que seamos “humanos”, viviendo la compasión hacia los otros.

         Eso es precisamente lo que caracteriza al samaritano: su corazón compasivo. Compasión es la capacidad de “meterse” en la piel del otro, para ver las cosas como él las ve, y sentirlas como él las siente. Pertenece a la misma familia semántica –aunque sea en griego- que la “simpatía” y la “empatía”. Por eso, la compasión no es en absoluto un sentimiento superficial o efímero, como sería una lástima pasajera, sino tan profundo que conmueve a la persona y la lleva a una acción eficaz –sin esa acción no hay compasión, sino apenas “lástima” superficial y pasajera-, haciendo todo lo que está a su alcance para aliviar el la necesidad del otro que sufre.

 

         Con la parábola –que critica a un sistema religioso de corazón endurecido-, Jesús hace ver que la pregunta del letrado era engañosa. No se trata de preguntarme “¿cuál es mi prójimo?”, sino “¿de quién estoy dispuesto a hacerme prójimo?”.

         Y concluye dando respuesta a la cuestión primera: “¿qué tengo que hacer?”. Jesús contesta: “Haz tú lo mismo”. No debió resultar agradable para un letrado que le pusieran como modelo de comportamiento al detestado samaritano. Pero, más allá de la anécdota y de la ironía que el relato destila, el criterio sigue en pie. Lo que “hay que hacer” es vivir la bondad compasiva con quien se halla en necesidad. No hay criterio religioso por encima de éste.

 

         Por eso producen tristeza no pocas reacciones de las autoridades eclesiásticas que parecen actuar más de acuerdo al propio establishment religioso que al mensaje de Jesús. La postura de L’Osservatore Romano, a raíz de la muerte del escritor y premio Nobel José Saramago, es un ejemplo de lo que, en nombre de Jesús, no deberíamos hacer jamás. 

         Reproduzco a continuación un breve artículo del periodista Manuel Alcántara, comentando el texto aludido del diario vaticano.

 

El diario oficial de la Santa Sede ha aprovechado la muerte de Saramago para reprocharle su conducta, que aparte de haber sido ejemplar desde un punto de vista personal, estuvo siempre a favor de los más desamparados. Con una escandalosa falta de piedad, que hace sospechar que quienes redactan las páginas del frecuentemente hirsuto diario no tienen a los Evangelios entre sus lecturas predilectas, acusan al gran escritor de profesar «una ideología antirreligiosa» y le piden cuentas póstumas por ser marxista. Una madre no debe despedirse así de uno de sus pobres hijos. Ni siquiera la Santa Madre Iglesia.

Saramago, que no es uno de mis escritores favoritos, ni siquiera entre los que más me han ayudado a vivir entre los que nacieron en su tierra, era un ser humano importante, o sea, alguien a quien le importaban los otros seres humanos. Estuvo siempre comprometido con la vida, a pesar de que nunca espero nada de ella, y nunca disfrazó sus ideas. Era muy callado, muy reservado, muy cortés. ¿Por qué aprovecharse para zaherirle su comportamiento a que la muerte le obligue a mantener una reserva aún mayor? Los muertos, sean quienes sean, quiero decir quienes hayan sido, merecen indulgencia. Ya lo saben todo, o siguen ignorándolo todo. Un respeto para ellos.

La falta de piedad mostrada por las páginas del diario vaticanista no sólo es sobrecogedora, sino que desmiente la teoría del perdón, que es lo único que nos permite rectificar el pasado. Repito que esa actitud es impropia de la madre misericordia, pero además aquella dignísima persona tenía derecho a sospechar la verisimilitud de algunos mitos que le fueron transmitidos. Hay que ser o creyente o pensante, dijo Schopenhauer, pero eso ha sido desmentido en ocasiones. ¿Qué culpa pueden tener algunos de no creerse las promesas post mortem? La fe es un don, según dicen sus usuarios. No hay que reñirle a los muertos. Está muy mal que lo haga una madre. Todos somos hijos de Dios”.

 

         Finalmente, bajo la perspectiva de la parábola que venimos comentando, tiene razón el obispo Jacques Gaillot cuando afirma que “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada” –es el titulo de un libro que publicó en 1995, en la editorial Sal Terrae-. Y es que la Iglesia que se remite a Jesús únicamente puede ser fiel al Maestro si es, en la práctica, una “Iglesia samaritana”.

         Pero, a su vez, sólo podrá ser esa Iglesia, cuando quienes la integramos vayamos creciendo en capacidad de amar, porque hayamos empezado a descubrir que el Amor es el núcleo de nuestra misma identidad.

         Por ello, me ha parecido oportuno incluir esta semana una práctica meditativa para favorecer la consciencia y el crecimiento en el Amor que somos. Como toda práctica, su “éxito” radicará en la perseverancia, en el trabajo con las resistencias que se encuentren y en el hecho de permanecer en la propia sensación de amar.

 

 

 

CRECER EN AMOR

Práctica meditativa para vivir la compasión

La visualización, puerta de entrada a la sensación y al puro “estar”

 

Mira que el amor es fuerte;

vida, no me seas molesta,

mira que sólo te resta,

para ganarte, perderte

(Sta Teresa de Jesús, Vivo sin vivir en mí).

 

 

Presentación

 

                   El objetivo de esta práctica es crecer en el amor, como la realidad que nos constituye.

                   Tomamos, como “puerta de entrada”, la visualización –o imaginación- de las personas hacia quienes queremos “dirigir” nuestro sentimiento amoroso.

                   En todo caso, no hay que olvidar que la visualización es únicamente eso, una “puerta de entrada”. De lo contrario, podríamos perdernos en recuerdos o cavilaciones que nos impedirían tomar distancia de la mente.

                   Lo realmente importante es conectar con la sensación de amor. En cuanto la sentimos, nos centramos en ella y nos dejamos permanecer. Es precisamente ese permanecer el que nos hará crecer en amor, transformándonos.

                   Al ejercitarnos en la práctica, notaremos que somos llevados a experimentar tres “pasos” sucesivos, que podrían nombrarse de esta manera: 1) Siento amor, 2) soy amor, 3) el Amor es (y “pasa” a través de nosotros). Pero no se trata de “acelerarlos”, ni siquiera de provocarlos voluntariamente; permaneciendo en la primera sensación, todo se nos irá regalando.

 

 

Práctica

 

Respira profundamente dos o tres veces. Cuida que tu respiración sea profunda, pausada y atenta.

Nota cómo el aire llega a lo más profundo de tu cuerpo, y haz una pausa, tras la inspiración y la exhalación, sintiendo esa zona profunda, llena de aire o vacía…

 

Visualízate a ti mismo, a ti misma…, como si estuvieras sentado/a frente a ti. Mantén la visualización hasta que la imagen de ti vaya tomando “densidad” y se afiance.

Siente amor hacia ti. Repítete a ti mismo/a: “Deseo que seas feliz, te amo, deseo profundamente tu bien”.

Siente el amor hacia ti.

Reconoce que has cometido errores, que has sido injusto/a y negativo/a, pero aun así mereces todo tu amor.

 

Ahora visualiza ante ti a tu mejor amigo/a, o a la persona que más quieres. Siente su presencia, siente su ser. Expande tu corazón y envuelve a esa persona en tu amor.

No ignoras lo que no te gusta de él/ella; también tiene defectos y comete errores, pero aun así merece todo tu amor.

Desea de corazón que sea feliz: “Te quiero, deseo que seas feliz, quiero que reconozcas tu verdadero ser; deseo profundamente tu bien”.

Siente el amor hacia ella.

 

Visualiza ahora a alguien con quien te llevas mal, con quien has tenido problemas o con quien tienes dificultades de relación.

Sus defectos e imperfecciones no le hacen menos merecedor de tu amor. La naturaleza de su ser no es diferente de la tuya.

Permite que aflore el amor gratuito y desapropiado que hay en lo profundo de ti.

 

Imagina ahora a todas las personas, a todos los seres.

Y siente amor hacia todos.

 

Siente que eres amor. Permanece unos minutos en esa experiencia.

 

Si el Silencio crece y se hace más intenso, acoge sencillamente el Amor que Es… y déjalo ser.

Hasta que, sencillamente, te dejes en un desnudo estar, en la pura consciencia de ser.  

 

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Domingo XVI Tiempo Ordinario "C"

18 julio 2010

 

 

Evangelio de Lucas 10, 38-42

 

 

         En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.

         Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

         Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:

         — Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.

         Pero el Señor le contestó:

         ― Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán.

        

******

 

         Una vez más, como tantas otras en los relatos evangélicos, no nos encontramos ante una mera “anécdota” de la vida de Jesús, sino ante una catequesis sobre en qué consiste ser discípulo.

         Esta narración aparece únicamente en el evangelio de Lucas y tiene como trasfondo la doble actividad que se desarrollaba en las primeras comunidades: el servicio (o diaconía) y la proclamación de la palabra. Según el texto, parece que el autor tiene un interés especial en subrayar la importancia de la escucha de la palabra, a la que califica como “la parte [porción] mejor”, que no puede ser quitada.

         Esa expresión de la “mejor parte” hace alusión a la “porción del Señor”. En el reparto de la tierra, cuando el pueblo se estableció en Palestina, a los levitas no se les asignó ninguna porción: su “lote” era el Señor. Y así se recoge en los Salmos:

                   “Tú, Señor, eres mi copa y el lote de mi heredad,

                   mi destino está en tus manos.

                   Me ha tocado un lote delicioso,

                   ¡qué hermosa es mi heredad!” (Salmo 16,5-6).

 

                   “Mi porción, oh Yhwh,

    es guardar tus palabras (Salmo 119,57).   

 

         En la narración, la misma postura de María –“sentada a los pies”- es una alusión directa a su lugar de discípula: ésa era la postura que adoptaban los discípulos judíos antes sus maestros. Y no deja de ser llamativo que, en una cultura tan machista, en la que ningún maestro judío hubiera consentido tener mujeres en su grupo, se reconozca a una mujer el derecho pleno a ser discípula.

         Si María es la que escucha la palabra, Marta representa el servicio. Y es ésta la que se dirige a Jesús, con un título frecuente en el evangelio de Lucas, pero que nació a partir de la experiencia pascual: Kyrios, Señor.

         La queja de Marta, sin embargo, no va a ser bien acogida. En la respuesta que el autor pone en boca de Jesús –no es probable que esas palabras pertenezcan al Jesús histórico-, pueden distinguirse dos partes: la que se refiere a la inquietud de Marta y la que elogia a María por haber elegido “la mejor parte”.

        

         Toda la respuesta rezuma sabiduría: la inquietud y el nerviosismo son síntomas de ansiedad, se corresponden con la hiperactividad mental –la rumiación incesante- y ponen de manifiesto que estamos alejados del presente. Todo ello suele denotar una carencia afectiva o vacío psicológico no resuelto, origen de una prisa que no nos deja en paz, sino que nos introduce en una carrera interminable y agotadora que no conduce a ninguna parte.

         Cuando eso se produce, la persona está identificada con su mente y, por tanto, con su ego o yo. Por eso, a aquel vacío psicológico se le añade el vacío esencial propio del yo, y la suma de ambos produce una incapacidad radical de vivir en el aquí y ahora. Porque el yo, como no puede “hallarse” a sí mismo en el presente, sólo puede sostenerse en tanto en cuanto mantiene expectativas que lo proyectan a un futuro imaginado.

         Frente a todas esas trampas y engaños, suena sabia la palabra que proclama: “sólo una cosa es necesaria”. Lo único realmente necesario –aunque haya que trabajar otras cuestiones para que ello sea posible- es venir al presente. Cuando aprendemos a vivir en el momento presente, todo empieza a fluir ajustada y armoniosamente. Cesa la inquietud, el nerviosismo, el estrés, el despiste, la ignorancia, el cansancio desproporcionado, los “dramas” mentales, los diversos mecanismos de huida, el sufrimiento inútil…

         En la medida en que ponemos presencia en nuestra vida, todo empieza a encontrar su lugar, redescubrimos el gusto por vivir y emerge la Plenitud. Decididamente, la Presencia es lo único necesario. Y, como decía el místico sufí, “quien lo probó, lo sabe”.

Cuando vivimos en la mente, fuera del presente, nos pasamos el tiempo buscándole un significado a la vida; basta venir al instante presente para disfrutar de una vida plena de significado. La Presencia es sentido.

Dejamos de percibirnos como el yo aislado y vacío, ansioso e inquieto, para empezar a descubrirnos como esa misma Presencia que todo lo abraza e integra. Nos liberamos de la tiranía de la mente pensante para percibirnos como la Conciencia desde la que la mente cumple su función: pasamos de considerarnos como “pensadores identificados con su mente” a vivirnos como “observadores de los propios contenidos mentales”. Sólo aquí y ahora: “Ser, nada más; y basta. Es la absoluta dicha” (Jorge Guillén), lo único necesario.

 

         Así entendida la “parte” que ha elegido María, queda claro que es “la mejor” y que “no se la quitarán”. Podemos perder todo lo que hemos ido adquiriendo, todo lo que tenemos, el mismo yo…, pero no podremos perder jamás lo que somos: eso es lo que nadie nos podrá quitar.

         Cuando sufrimos porque creemos amenazada cualquier cosa que tenemos –bienes, imagen, fama…-, estamos todavía identificados con el yo; permanecemos en el mundo de las “formas”; no hemos encontrado aún “lo único necesario”. Cuando “cae” el yo, con él cae cualquier forma de miedo y de sufrimiento.

 

         Ahora bien, es necesario subrayar que “lo único necesario” no es estar sentada escuchando la palabra, sino vivir en la Presencia. Y es necesario advertirlo porque este texto se usó, con frecuencia de una forma muy desafortunada, para contraponer lo que se llamaba “vida activa” y “vida contemplativa”. En esa lectura simplista, las palabras de Jesús vendrían a afirmar la superioridad de la segunda sobre la primera: el trabajo manual ocuparía un lugar muy secundario con respecto a la actividad orante o contemplativa.

         Tal interpretación, no sólo se apoya en un dualismo insostenible, engañoso y perjudicial –por el que “oración” y “vida” correrían por caminos diversos-, sino que olvida lo más característico de la respuesta: lo decisivo no es lo que hacemos, sino dónde estamos. Hay personas contemplativas que no logran salir de su mente y hay personas muy activas con una vivencia profunda del presente. Es decir, la disyuntiva que el texto plantea no hay que entenderla como si fuera entre “trabajo” y “oración”, sino entre “ignorancia” y “consciencia”, entre “cavilación” y “presencia”: está en Dios quien vive en la Presencia, tanto dentro de los muros de un monasterio como en el vértigo de un tráfico incesante.

 

         Es significativo que, dentro de una tradición que entendió esta escena evangélica en la clave a la que aludía más arriba, apareció una lectura totalmente divergente, en boca de uno de los mas grandes místicos cristianos: el Maestro Eckhart, en el siglo XIII-XIV.

         Para Eckhart, la postura digna de elogio es la de Marta. Porque es ella la que vive el servicio y la dedicación a los otros. Con esto, el Maestro renano buscaba subrayar algo a veces olvidado en la espiritualidad: el test y la garantía de un camino espiritual auténtico viene dado por la bondad y el amor servicial que produce en la persona.

         Es fácil advertir que, así entendido, no sólo no hay ninguna oposición entre ambas interpretaciones, sino que se reclaman. Con otras palabras, el auténtico camino espiritual se produce cuando María se convierte en Marta, una vez que ambas se han unificado gracias a la Presencia, porque las dos, en cualquier ocupación, han aprendido a vivir en presente.        

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Fiesta de Santiago Apóstol

25 julio 2010

 

 

Evangelio de Mateo 20, 20-28

 

 

         En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. El le preguntó:

― ¿Qué deseas?

         Ella contestó:

         ― Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.

         Pero Jesús replicó:

         ― No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?

         Contestaron:

         ― Lo somos.

         El les dijo:

         ― Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquéllos para quienes lo tiene reservado mi Padre.

         Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:

         ― Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.

         Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

        

******

 

         Aunque Mateo intenta minimizar el episodio –sabemos por Marcos que fueron los dos discípulos, no su madre, quienes se dirigieron a Jesús-, no puede negar que los caminos del Maestro y de sus seguidores aparecen como radicalmente divergentes.

         A las tres ocasiones en que Jesús habla de su final –los llamados “tres anuncios de la Pasión”-, optando por un camino de entrega servicial, sucede una reacción de los discípulos marcada por la ambición.

         En la respuesta de Jesús, leída por quien ya conoce el final de su vida, no puede dejar de advertirse la ironía: “No sabéis lo que pedís”. Ciertamente, si hubiesen sabido que estar a la derecha o a la izquierda de Jesús implicaba ser crucificado, es probable que no lo hubieran pedido.

         Quien pide los lugares de privilegio es el ego. ¿Quién necesita poder? ¿Quién necesita destacar y “ser importante”? Ambiciona desesperadamente un lugar y, mientras se afana en ello, experimenta la misma sensación que el drogadicto cuando va en busca de su dosis. Sin embargo, vacío como es, el yo nunca tiene suficiente: alcanzado un poder, se devanará por “algo más”. Es la tragedia del yo: le ocurre lo mismo en todas sus empresas, esté en juego el poder, el tener o el placer… Al apego le sucede la frustración y el dolor, hasta que el círculo empieza a girar de nuevo.

         Ello indica que no cabe solución en tanto dure nuestra identificación con él. El yo no sólo es incapaz de salir de ese círculo vicioso, sino que lo agudiza hasta la desesperación. Pero es aquella misma identificación la que nos vuelve ciegos: la falta de distancia siempre impide la perspectiva suficiente para poder “ver”. 

         Como ha escrito André Comte-Sponville, “vivimos prisioneros de las falsas evidencias de la conciencia común, de lo cotidiano, de la repetición, de lo ya conocido, de lo ya pensado, de la pretendida o contrastada familiaridad de las cosas; en suma, de la ideología o del hábito” (A. COMTE-SPONVILLE, El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios, Paidós, Barcelona 2006, p.151).

         ¿Cuándo nos abriremos a la novedad? ¿Cuándo podremos llegar a reconocer nuestra verdadera identidad, y la Comprensión que emerge de ella? Identificados con el yo, la lucha por el poder y los enfrentamientos son inevitables. Establecidos en la Presencia que somos, todo eso dejará de afectarnos.

 Hagamos un ejercicio de imaginación. Imaginemos dos barcas (que llamaremos “A” y “B”) navegando por un río que, en un momento determinado, chocan entre sí, causándose algún desperfecto.

         Las posibilidades son varias:

  1. La barca “A” va dirigida por un barquero; la “B”, por el contrario, está vacía.

  2. Las dos barcas son conducidas por su correspondiente barquero.

  3. Las dos barcas están vacías.

 

¿Cuáles serán las reacciones que se produzcan tras el choque en cada uno de los tres casos?

  1. En el caso primero, el barquero de “A” no se enfrentará a nadie; tampoco se le ocurrirá recriminar a la barca “B”, que va vacía. Si acaso, se reprochará y culpará a sí mismo, por su despiste o impericia. Es fácil que termine enojado consigo y más o menos roto por dentro: se habrá generado a sí mismo sufrimiento inútil.

  2. En el segundo caso, la discusión y el enfrentamiento están servidos: lo más probable es que ambos barqueros se enzarzen en una acalorada discusión, en la que cada cual culpe al otro del desastre ocurrido, hasta terminar en una batalla, que generará sufrimiento para ambos.

  3. Finalmente, en la posibilidad última, no habrá reproche, ni discusión, ni sufrimiento. Se acepta lo que es y se permite que la Vida fluya.

 

El barquero es el “yo”: él es el sujeto de los reproches, juicios, recriminaciones, enfrentamientos, peleas…, en definitiva, sufrimiento. Por eso, donde hay yo, habrá todo eso.

Por el contrario, la ausencia de “yo” elimina el sufrimiento y hace posible la paz. El barquero era sólo una ficción, que “personaliza” lo ocurrido y, a partir de ahí, de acuerdo con las pautas mentales y emocionales aprendidas a lo largo de su historia, reacciona. En esa reacción, no busca sino afirmarse. Y eso le hace funcionar atacando o defendiéndose, situándose en la vida como vencedor o como víctima.

En ausencia de yo, toda reacción desaparece. En su lugar, se dan sencillamente respuestas a lo que es. 

 

El yo tiene una mirada corta y engañosa: lo poco que ve sólo puede verlo girando en torno a él. La suya es, por eso, una visión dualista y egocentrada. Creyéndose separado de la realidad (!), a la que imagina “ahí fuera”, enfrente de él, la distorsiona. 

Cuando, por el contrario, somos capaces de “tomar distancia” y acallarlo, toda la percepción se modifica: caen el dualismo y la egocentración. Simplemente, todo es.

He citado más arriba a un filósofo contemporáneo que, confesándose ateo, aboga sin embargo por el cultivo de la espiritualidad. Porque, como él mismo dice, “la espiritualidad es el aspecto más noble del hombre”. Y añade: “Podemos prescindir de la religión, pero no de la comunión, no de la felicidad, no del amor”. Por todo ello, reivindica una espiritualidad al margen de las creencias y de las religiones: por extraño que a alguien le parezca, una espiritualidad “a-tea”.

Personalmente, su postura no sólo me parece legítima, sino sabia. La religión es el vehículo transportador de la espiritualidad, el mapa que quiere balizar el Territorio. Pero no es la religión lo que buscamos, sino la Espiritualidad. Aquélla separa –porque sus fronteras están delimitadas por sus creencias-; ésta une. Más allá de las creencias de cada cual –religión y espiritualidad no se identifican, pero tampoco tienen por qué estar reñidas-, la Espiritualidad remite a la dimensión profunda de lo Real que todos compartimos y a todos nos constituye. ¿Cómo no sería posible una espiritualidad no religiosa? Al contrario: es una buena noticia, que abre un horizonte magnífico en la dirección correcta

Pero si he nombrado aquí a Comte-Sponville, es por reproducir su testimonio, en el que podemos apreciar dos cosas: la posibilidad de una experiencia mística al margen de la religión, y el cambio de perspectiva que se produce cuando, en esa experiencia, el yo es trascendido. Y únicamente cuando se trasciende el yo, pueden acabar su mirada y su comportamiento egocentrados y marcados por la ambición. El lo narra de este modo:  

 

La primera vez sucedió en un bosque del norte de Francia. Tenía 25 ó 26 años. Daba clases de filosofía –era mi primer empleo- en el instituto de una ciudad muy pequeña, perdida entre campos, al borde de un canal, no lejos de Bélgica. Esa noche, después de cenar, salí a pasear con algunos amigos por ese bosque al que amábamos. Estaba oscuro. Caminábamos. Poco a poco, las risas se apagaron; las palabras escaseaban. Quedaba la amistad, la confianza, la presencia compartida, la dulzura de esa noche y de todo… No pensaba en nada. Miraba. Escuchaba. Rodeado por la oscuridad del sotobosque. La asombrosa luminosidad del cielo. El silencio ruidoso del bosque: algunos crujidos de las ramas, algunos gritos de los animales, el ruido más sordo de nuestros pasos… Todo eso hacía que el silencio fuera más audible. Y de pronto… ¿Qué? ¡Nada! Es decir, ¡todo! Ningún discurso. Ningún sentido. Ninguna interrogación. Sólo una sorpresa. Sólo una evidencia. Sólo una felicidad que parecía infinita. Sólo una paz que parecía eterna. El cielo estrellado sobre mi cabeza, inmenso, insondable, luminoso, y ninguna otra cosa en mí que ese cielo, del que yo formaba parte; ninguna otra cosa en mí que ese silencio, que esa luz, como una vibración feliz, como una alegría sin sujeto, sin objeto (sin otro objeto que todo, sin otro sujeto que ella misma), ¡ninguna otra cosa en mí, en la noche oscura, que la presencia deslumbrante de todo! Paz. Una paz inmensa. Simplicidad. Serenidad. Alegría. Estas dos últimas palabras podrían parecer contradictorias, pero no se trata de palabras: era una experiencia, un silencio, una armonía. Formaba como un calderón, pero eterno, sobre un acorde perfectamente afinado, que era el mundo. Me sentía bien. ¡Sorprendentemente bien! Tan bien que no sentía la necesidad de decírmelo, ni siquiera el deseo de que no se terminara. Ya no había palabras, ni carencia ni espera: puro presente de la presencia. Apenas puedo decir que paseara: sólo estaba el paseo, el bosque, las estrellas, nuestro grupo de amigos… Ya no había ego, ni separación ni representación: únicamente la presentación silenciosa de todo. Ya no había juicios de valor: tan sólo lo real. Ya no había tiempo: tan sólo el presente. Ya no había la nada: tan sólo el ser. Ya no había insatisfacción, ni odio, ni miedo, ni cólera ni angustia: únicamente alegría y paz. Ya no había comedida, ni ilusiones ni mentiras: tan sólo la verdad que me contiene y a la que yo no contengo. Todo eso duró apenas algunos segundos. A la vez, me sentía agitado y reconciliado, agitado y más tranquilo que nunca. Desasimiento. Libertad. Necesidad. El universo al fin devuelto a sí mismo. ¿Finito? ¿Infinito? No se plantea la pregunta. Ya no había preguntas. ¿Cómo se les podría dar respuesta? Sólo había la evidencia. Sólo había el silencio. Sólo había la verdad, pero sin frases. Sólo el mundo, pero sin significación ni meta. Sólo la inmanencia, pero sin contrario. Sólo lo real, pero sin otro. N fe. Ni esperanza. Ni promesa. Sólo había todo, y la belleza de todo, y la verdad de todo, y la presencia de todo. Eso era suficiente. ¡Eso era mucho más que suficiente! Aceptación, pero alegre. Quietud, pero tónica (sí, provocaba como un inagotable coraje). Reposo, pero sin fatiga. ¿La muerte? No era nada. ¿La vida? Era sólo esta palpitación del ser en mí. ¿La salvación? Era sólo una palabra, o era eso mismo. Perfección. Plenitud. Beatitud. ¡Qué gozo! ¡Qué felicidad! ¡Qué intensidad! Me dije: «Esto es a lo que Spinoza llama ‘la eternidad’…». Y esto, os lo imagináis, la hizo cesar, o mas bien me expulsó de ella. Regresaban las palabras, y el pensamiento, y el ego, y la separación… No importaba: el universo siempre estaba ahí, y yo con él, y yo dentro. ¿Cómo podría salirme del Todo? ¿Cómo podría concluir la eternidad? ¿Cómo podrían las palabras asfixiar el silencio? Había vivido un momento perfecto, justo lo suficiente para saber lo que es la perfección. Un momento bienaventurado, justo lo suficiente para saber lo que es la beatitud. Un momento de verdad, justo lo suficiente para saber, pero por experiencia, que es eterna” (A. COMTE-SPONVILLE, El alma del ateísmo…, pp. 163-166).

 

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