PRESENTACIÓN

 

 Esta página es fruto de las sugerencias -amigablemente insistentes- de muchas personas amigas. Lo que quiero ofrecer, en ella, es un comentario breve del evangelio, desde el paradigma de la (post)modernidad y en clave transpersonal. Se trata, en realidad, de un esfuerzo por "traducir" el texto evangélico de un "idioma" a otro.

 Sabemos que un paradigma es precisamente eso: un "idioma cultural" de amplias dimensiones, tan amplias que engloba todo el dominio de lo cultural. Y no hay un paradigma "mejor" o "más legítimo" que otro, del mismo modo que un idioma no tiene más "calidad" ni más "legitimidad" que cualquier otro.

 El problema surge cuando, culturalmente, se ha producido un cambio de paradigma (idioma) y seguimos empeñados (por ejemplo, en el ámbito religioso) en seguir usando el paradigma (idioma) anterior. Al hacer así, el diálogo se hace imposible, porque emisor y receptor se encuentran en diferente frecuencia de onda. El mensaje puede ser muy bueno pero el idioma usado no es comprensible para el oyente que se mueve en otro idioma distinto.

 El evangelio fue escrito en el paradigma premoderno y en un estadio de conciencia entre mítico y racional. Su mensaje trasciende ese paradigma y ese nivel de conciencia. Por tanto, por fidelidad a él, habremos de ser capaces de "traducirlo" al paradigma de la (post)modernidad y a un estadio de conciencia transpersonal. Contentarse con repetirlo en su literalidad es condenarlo a la insignificancia, o empeñarse en que los hombres y mujeres del siglo XXI se mantengan en estructuras míticas de pensamiento. Siguiendo por ese camino, únicamente podrían ser creyentes quienes se queden instalados en el nivel mítico...

 Soy consciente de que el desafío no es pequeño y desborda mi capacidad. Por eso, mi objetivo es ofrecer humildemente algunos apuntes que faciliten la "traducción" de un texto tan rico como el evangelio a personas que ya han dejado de usar el idioma "mítico" y el pensamiento premoderno. Si a algun@ os ayuda, será suficiente.

 

 

 

 

Fiesta del Bautismo de Jesús

8 enero 2012

 

  Evangelio de Marcos 1, 6b-11

       

 

         En aquel tiempo, proclamaba Juan:

¾ Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

         Por entonces, llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.

         Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:

¾ Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.

 

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BAUTIZADOS: SUMERGIDOS EN LA VIDA

 

 

Para la primera comunidad cristiana, Jesús es el “esposo” del pueblo; Juan es sólo “el amigo del esposo”, quien le prepara el camino, el precursor… Con estas imágenes trataron de zanjar la polémica que mantenían con los seguidores del Bautista, en torno a la preeminencia de uno de los maestros sobre el otro.

Es cierto –anota Marcos- que Jesús fue bautizado por Juan, lo cual significaría un reconocimiento implícito de la autoridad de este último. Pero, a diferencia de él, es realmente el maestro de Nazaret quien bautiza, no con agua, como Juan, sino con Espíritu Santo.

“Bautizar con Espíritu Santo” significa comunicar la misma vida divina, “hacer nacer” de Dios. Sabemos que el bautismo con agua –presente, de un modo u otro, en distintas religiones- constituía un rito simbólico de muerte/renacimiento: la persona introducida en el agua era “sepultada” para salir limpia y renovada. El bautismo era, por tanto, la imagen de una “vida nueva”.

Sin embargo, con Jesús –subraya el evangelista- ocurre algo diferente. No se trata ya un rito, sino de una realidad: la misma vida de Dios en nosotros.

 

Es comprensible que Marcos lo exprese en las categorías más comunes de su época, propias de una conciencia mítica. Según esa forma de ver las cosas, Jesús nos comunicaría algo que previamente no teníamos…, y que sólo tendrían quienes creyeran en él.

Esta forma de hablar nos resulta familiar, porque las personas religiosas hemos crecido con ella. Era la manera habitual de expresarse tanto la teología como el catecismo.

Sin embargo, a poco que se amplía la conciencia, nos percatamos de algunas disonancias: ¿cómo puede ser que “antes” no tuviéramos ya la Vida divina?; ¿cómo puede ser que quienes no crean en Jesús o no le conozcan carezcan de ella?...

 

Desde una perspectiva transpersonal y no-dual, logramos salir de los vericuetos de la mente y de los pseudo-problemas en los que se encierra. Nos damos cuenta de que aquélla era sólo una “forma de expresión” –característica del modelo mental en una etapa mítica-, que hoy podemos “traducir” de un modo que parece más adecuado.

Una vez más, la clave se halla en la no-dualidad. Si no hay nada separado de nada, no hay tampoco nada “separado” de la Vida divina. Es esa Vida la que palpita y fluye en todo lo real, la que nos constituye en el núcleo de lo que somos. Por eso, podemos decir con verdad que todos los seres estamos ya “bautizados con Espíritu Santo”; ¿cómo podríamos no estarlo?, ¿cómo podríamos vivir en ausencia de la Vida?, ¿cómo estaríamos vivos si nos halláramos desconectados de la Fuente de la Vida?...

A partir de su primera creencia que le lleva a considerarse un “individuo separado”, el yo llega a pensarse capaz de vivir “separado” también de Dios. Sin embargo, eso es sólo una trampa mental. Nada puede ser ni estar “fuera” de Dios, si “Dios” es la Fuente de lo que es, lo que hace que todo sea, el “corazón” de toda realidad. Sea lo que sea lo que estamos viendo, es a Dios a quien vemos…, aunque nuestro “despiste” o nuestros prejuicios mentales nos impidan percibirlo.

“Bautizados con Espíritu Santo” significa incluso todavía más. No se trata sólo de que hemos “recibido” la Vida divina, sino que somos esa misma Vida, expresándose en una forma particular. Porque hay –y somos- formas diferentes; pero todas ellas son expresión de la única Vida y del mismo Ser.

 

Esto se ha expresado en las religiones con una imagen entrañable: la de “hijos de Dios”. Y el mismo relato de Marcos la recoge en el momento del bautismo de Jesús: “Tú eres mi hijo amado”.

Somos hijos porque estamos naciendo permanentemente de la Fuente de la Vida, que es nuestra misma vida. Somos seres creados, habitados, sostenidos, amados por el Fondo originante y amoroso de todo lo que es, al que las religiones han llamado “Dios”.  

La palabra que Jesús escucha lo define: antes que nada –como insistirán todos los evangelios, particularmente el de Juan-, Jesús es el hijo amado. Pero esa palabra es dirigida también a cada uno y cada una de nosotros: en realidad, somos más “Jesús” de lo que hubiéramos podido pensar. Calmada la mente, en la quietud de nuestra identidad más profunda, se nos hace patente la no-distancia con él. Y todavía esa expresión se queda muy corta: estamos compartiendo la misma Vida de la que él fue tan consciente.

 

¿Nos bautiza Jesús con Espíritu Santo, es decir, nos comunica la Vida divina?... En realidad, como decía más arriba, eso son únicamente formas de expresarlo.  Porque, ¿cómo podría comunicarnos lo que ya somos y siempre hemos sido? Habría que decir mejor: nos lo hace descubrir. Lo que vemos en él, se da en realidad en todos nosotros. La única diferencia es que el lo vio y nosotros no. Los cristianos lo reconocemos como el “espejo” luminoso en el que podemos ver reflejado lo que somos todos.

 

En este contexto, en el que reconocemos y celebramos la Vida que somos, quiero dejaros el regalo de la “traducción” del Salmo 100, que me hizo llegar Roberto, un religioso marista.

 

 

SALMO 100

 

Que la Tierra entera aclame

esta Simplicidad Total en la que todo descansa;

soltemos todo miedo y asidero

para entrar en ella con profunda alegría;

respiremos serenos en esta Bendita Intemperie

que excede la imaginación más audaz.

 

Sepan todos que este Vacío Infinito

es como una sonrisa colmada;

que de este Fondo sin Fondo nacen

todas las cosas y siempre regresan a él;

que la nueva civilización se basa

en esta ausencia de base llamada Libertad,

donde hacemos la experiencia

de que todos somos Uno.

 

Entremos en el templo de la Confianza Desbordante

donde ya no necesitamos hacer pie;

en el atrio que carece de confines

y no está en ningún lugar;

sin poder tan siquiera dar gracias

porque en el santuario sin objetos ni paredes

descansamos con las manos abiertas y vacías.

 

Esta expropiación del ego es buena

y nos arropa con su suave desnudez;

deja la mente boquiabierta

en manantial de aguas suspendidas

donde fluyen, sin que sepamos cómo,

la compasión y la sabiduría

en plenitud

y por todas las edades.

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Domingo II Tiempo Ordinario "Ciclo B"

15 enero 2012

 

  Evangelio de Juan 1, 35-42

       

 

         En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo:

¾ Éste es el cordero de Dios.

         Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó:

¾ ¿Qué buscáis?

Ellos le contestaron:

¾ Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?

Él les dijo:

¾ Venid y lo veréis.

Entonces fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo:

¾ Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).

Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:

¾ Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).

 

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¿QUÉ ANDAMOS BUSCANDO?

 

 

El evangelio de Juan enmarca el inicio de la actividad de Jesús en un relato de búsqueda y de seguimiento. Dos discípulos del Bautista empiezan a seguir al maestro de Nazaret.

El desencadenante es una palabra de Juan que proclama a Jesús como “el cordero de Dios”. Parece claro que tal afirmación procede de la fe de la comunidad joánica, que la pone en boca del asceta del Jordán.

Para la primera comunidad, la imagen del “cordero” contenía reminiscencias profundas: la “Pascua” o “paso del Señor” como liberador, que sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto para conducirlo hasta la tierra “que manaba leche y miel”. “Cordero pascual” era, pues, sinónimo de liberación y de vida. Eso es precisamente lo que pone en marcha a aquellos dos discípulos… y lo que sigue moviendo a todos los buscadores del mundo.

 

El ser humano puede definirse como buscador…, hasta que llegue el momento en el que descubra que no hay nada que buscar. De nuevo, la paradoja nos sale al paso permanentemente. Pero, de entrada, la búsqueda es inevitable.

         En un primer nivel, en el origen de la búsqueda podemos detectar una insatisfacción: creemos que algo nos falta, porque nos sentimos insatisfechos. Y nos lanzamos en su búsqueda.

         Generalmente, los primeros pasos los dirigimos hacia fuera, en busca de “objetos” –bienes, posesiones, afectos, imagen, poder, placer…- que reclama nuestro yo. Imaginamos que, fuera de nosotros, debe haber “algo” que nos sacie y nos permita descansar en una sensación de plenitud.

         Sin embargo, no tardamos en experimentar que, en lugar del descanso soñado, lo que empezamos a almacenar es frustración creciente: la búsqueda no nos aporta nada estable y pleno.

         A partir de esa constatación, con frecuencia dolorosa, si no caemos en el escepticismo, empezamos a intuir dos claves que nos harán resituarnos en la dirección adecuada:

         Con este giro, tal vez hayamos descubierto algo, que dará una hondura nueva a toda la búsqueda. Decía que ésta nace, en un primer nivel, de nuestra insatisfacción. Ahora podemos empezar a reconocer que, en realidad, proviene de otro nivel más profundo: nada menos que del Anhelo que somos. La insatisfacción era sólo el síntoma.

El Anhelo es la voz de nuestro “maestro interior” –o Espíritu- que busca dirigir nuestra atención a lo que realmente somos y hemos olvidado. El anhelo nos hace recordar. Y, cuando eso se produzca, cesará toda búsqueda.

Una antigua leyenda judía cuenta que, cuando nace un niño, un ángel le toca en la boca para que no cuente nada del lugar de donde viene. Este toque del ángel parece ser tan eficaz que el niño, no sólo no contará nada, sino que incluso él mismo olvidará su origen. Pues bien, ese “Origen olvidado” es lo que tenemos que recordar: eso es lo que somos.

El Anhelo o maestro interior nos reclamará todo el tiempo hasta que se produzca el recuerdo. Y es entonces cuando descubrimos que no había nada que buscar, porque somos lo buscado.

Buscamos plenitud, felicidad, quietud, gozo, unidad, luz, verdad, amor, armonía… Pues bien, justo eso es lo que somos. Lo hemos olvidado porque nos hemos reducido al yo, hasta identificarnos con el ego carente e insatisfecho. Al aquietar el pensamiento y venir al momento presente, caen todas nuestras antiguas identificaciones egoicas y queda, simplemente, lo que somos. La búsqueda ha llegado su fin el día en que descubrimos que el buscador es lo buscado. Eres ya –y siempre lo has sido- aquello que buscas.

Entre tanto, necesitaremos de medios, de personas y de herramientas. El objetivo de todas ellas no habrá de ser otro que aprendamos a escuchar a nuestro “maestro interior”. No hay que seguir a ningún maestro externo, ni hacerse adicto a ningún medio. Hay que oír y seguir al maestro interior.

Pero este maestro habla en el silencio. Por eso necesitamos también familiarizarnos con el silencio –de la mente y del ego-, para permitir que nos muestre la verdad de lo que somos, cuando se retira el velo que lo ocultaba.

 En no pocas ocasiones, tendremos la sensación de quedarnos a oscuras. Pero eso forma parte también de la búsqueda. Nuestra mente necesita pasar por la noche para que podamos abrirnos a una luz nueva, que trasciende los esquemas del pensamiento. Lo expresó de una manera hermosa el poeta Luis Rosales:

 

De noche iremos, de noche,

sin luna iremos, sin luna,

que para encontrar la fuente,

sólo la sed nos alumbra”.

 

         “¿Qué buscáis?”, les pregunta Jesús a aquellos dos buscadores. De entrada, no lo saben. Simplemente intuyen que el maestro de Nazaret lo ha visto. Por eso, su respuesta es otra pregunta sabia: “Maestro, ¿dónde vives?”. Han empezado a seguirlo porque les parece que él “sabe”. Pero no le piden palabras ni esperan respuestas mentales. Lo que quieren es entrar al “territorio” donde vive Jesús y poder también ellos transitarlo. Se trata del territorio que todos andamos buscamos: la verdad de quienes somos.

         Todo lo demás son “mapas”, explicaciones, creencias, informaciones, opiniones… Mapas que hemos podido necesitar durante algún tiempo, pero que no pueden saciar nuestro anhelo. La búsqueda no se detendrá –a no ser que la ahoguemos- hasta que no pisemos el territorio. “Nadie se emborracha con la palabra «vino»”, decían los místicos sufíes. Nadie puede quedar satisfecho porque posea muchos mapas.

         La respuesta de Jesús es la de un verdadero maestro: “Venid y lo veréis”. Experimentadlo por vosotros mismos, recorredlo, caminadlo… No les da explicaciones, ni les pone condiciones ni tampoco les exige ningún tipo de sumisión. Lo que somos, sólo lo podemos “ver” cuando venimos a ello. Nadie nos lo puede enseñar desde fuera; nos puede ofrecer “mapas”, dar ánimos, sostenernos y acompañarnos, pero es cada cual quien debe hacer el camino.

         Jesús invita a “venir” donde él ya “vive”. Porque ese “territorio” que somos es compartido: quien accede a él, descubre que “lo que somos” no deja nada ni a nadie fuera. Cuando accedemos a él, “vemos” como Jesús mismo veía.

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Domingo III Tiempo Ordinario

22 enero 2012

 

  Evangelio de Marcos 1, 14-20

       

          Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:

         ¾ Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia.

         Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.

         Jesús les dijo:

         ¾ Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.

         Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

         Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

 

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LA BUENA NOTICIA DE QUIENES SOMOS

 

 

          Con narraciones diferentes –en la forma y en los personajes-, tanto Marcos como Juan (a quien leíamos la semana pasada) inician el relato de la actividad pública de Jesús con el tema del discipulado.

         En Juan, se ponía el acento en la búsqueda. Dos hombres se acercan a Jesús porque, a tenor de sus palabras, hay algo en él que les ha cautivado y quieren averiguar dónde “vive”. A quienes se le acercan como buscadores, el maestro de Nazaret les propone: “Venid y lo veréis”, entrad, probad y lo experimentaréis.

         En Marcos, el acento está puesto en el seguimiento. Puede sonar diferente, porque el contexto ha cambiado, pero se trata del mismo mensaje, presentado ahora desde otra perspectiva.

        

         Para empezar, aquí es Jesús quien toma la iniciativa, mientras que en el cuarto evangelio, son los discípulos quienes dan el primer paso, manifestando su actitud de búsqueda.

         El hecho de presentar a Jesús llamando tiene, para un lector que proviniera del judaísmo, un hondo significado teológico. Así como en la Biblia hebrea era Yhwh quien tomaba la iniciativa, llamando a la vida –a todos los seres- o a la misión –en el caso de los profetas-, esa misma función corresponde a Jesús.

         De ese modo, Jesús es presentado como nuestro “maestro interior”, la voz de aquel mismo Anhelo que nos constituye y que se halla en el origen de toda nuestra búsqueda, tal como veíamos en el comentario de la semana anterior.

         Es cierto que el “venid conmigo” puede leerse desde una perspectiva mítica, dando lugar a una idea del “seguimiento” más o menos heterónoma, como seguir o imitar a “otro”.

         Desde una comprensión no-dual, sin embargo, esa misma expresión puede “traducirse” como “venid adonde yo estoy”, es decir, “venid al territorio de la identidad compartida que es también el vuestro”.

         Es el “maestro interior” el que nos recuerda la voz del Anhelo y nos reclama para que podamos encontrarnos con quienes realmente somos.

         Desde ahí podremos ser “pescadores de hombres”, ayudando a vivir, favoreciendo su “despertar”. El texto juega con la imagen del “mar” (el abismo) como el lugar del “mal”. “Pescar hombres” no significa hacer proselitismo, sino liberarlos de todo aquello que les esclaviza, de todo tipo de mal. En la certeza de que la liberación ocurrirá en la medida en que nos hagamos conscientes de nuestra verdadera identidad.

 

         Ello requiere, dice la narración, dejarlo todo. Ese “todo” no es otra cosa que la identificación con el ego, como condición para abrirnos a nuestra verdad más profunda.

         Nos hemos reducido al ego cada vez que hemos pensado que somos sólo el yo individual. Al hacer así, nos veremos a nosotros mismos y a toda la realidad a través del “programa” característico del propio ego. Por eso, el primer paso quizás sea comprender cómo funciona ese programa para, así, poder desactivarlo. Subrayo algunos elementos que me parecen decisivos:

         El laberinto del ego se convierte en una pesadilla sin salida…, hasta que no nos hagamos conscientes de la falsedad de su programa. Y la consciencia empieza con la observación de su funcionamiento, con la toma de distancia de la mente.

         Es esa consciencia la que nos hace descubrir que el ego es sólo una creación (ficción) mental y que su primera creencia es radicalmente errónea: No somos seres separados, sino más bien “formas” diferentes de una misma y única Realidad.

         Al dejar de identificarnos con el ego, empezamos a ver: estamos “siguiendo” a Jesús, estamos descubriendo que somos no-separados de él, que compartimos su misma y única Identidad. Nos hemos “convertido” y hemos palpado el “reino de Dios”. Sin ninguna duda, se trata, no de una, sino de la Buena Noticia.

 

         ¿Quiénes somos?

         Nos resistimos a vernos así, porque el “programa” grabado intensamente en nuestro inconsciente, debido al momento evolutivo de la especie, así como a toda la educación recibida –el programa del ego-, hace que nos hayamos reducido a su propia percepción. Tendemos a mirar y entender la realidad de acuerdo con las pautas del programa.

Y el programa nos dice permanente e insistentemente que todo es imperfecto; que el presente no está bien, y que tenemos que estar “pendientes” del futuro.

Sabemos que el ego es enemigo del presente, porque en él desaparece. Por eso huye constantemente, refugiándose en la “ilusión” del futuro… que nunca llegará. Pase lo que pase, el ego estará siempre insatisfecho, porque la insatisfacción lo define.

 

Pues bien, frente a los engaños y las trampas en que nos encierra el programa del ego, la palabra de Jesús nos dice que “se ha cumplido el plazo” y que “el reino de Dios está cerca”. Todo está ya aquí y ahora. Basta “salir” de la mente y de sus programas para “venir” a lo que siempre hemos sido, la Identidad que habíamos “olvidado” y hacia la que nos llama, una y otra vez, nuestro maestro interior.

        Esa es la Buena Noticia.

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Domingo IV Tiempo Ordinario

29 enero 2012

 

  Evangelio de Marcos 1, 21-28

       

 

         Llegó Jesús a Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad.

         Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:

         ¾ ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

         Jesús lo increpó:

         ¾ Cállate y sal de él.

         El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos:

         ¾ ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y lo obedecen.

         Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

 

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RUTINA O NOVEDAD

 

 

         Ante el modo de enseñar de Jesús, la gente quedaba “asombrada”. Y el autor del evangelio lo atribuye al hecho de que “enseñaba, no como los letrados, sino con autoridad”.

         Generalmente, la gente queda asombrada cuando el mensaje que oye le suena a “nuevo” y, al mismo tiempo, encuentra “eco” en su interior. Y eso ocurre porque quien habla “conecta” con la realidad que, aunque quizás dormida, habita ya en los oyentes.

         Si no hay novedad, no es fácil que se produzca asombro; la rutina provoca sólo, según los casos, sueño, autosatisfacción o enardecimiento (cuando los eslóganes conocidos fomentan el fanatismo).

         Pero si es sólo “novedad”, el asombro será superficial y pasará tan rápidamente como llegó. Y ése no parece que fue el caso de Jesús. La gente que lo escucha queda “asombrada”, porque se ha sentido “tocada” por lo que dice el maestro: éste ha sabido “poner palabras” a lo que ellos ya sentían o intuían, aun sin haberlo hecho consciente.

         A este modo de hablar, Marcos lo llama “enseñar con autoridad”. “Autoridad” es lo opuesto a imposición. Del latín “augere”, significa “aumentar” y, en cierto sentido, aupar.

         Más allá de los términos, cuyo valor es siempre limitado, en sociología suele distinguirse entre “autoridad” y “poder”: este último se basa en la fuerza; aquélla, en el carisma personal o en el reconocimiento merecido por el propio comportamiento. Uno busca la sumisión; la otra no tiene más objetivo que el bien de la persona y su crecimiento.

         Ante el poder, el oyente puede sentir miedo; ante la autoridad, confianza y ánimo.

        

         El propio evangelista contrapone el modo de enseñar de Jesús con el de los letrados. Estos eran los “teólogos oficiales” del judaísmo. Al parecer, su enseñanza no provocaba asombro. Probablemente, lo que hacían era repetir las palabras de la Torah y las interpretaciones recibidas de doctores anteriores a ellos.

         Eso es un ejercicio de erudición, que suele dejar fríos los corazones de los oyentes. Se transmite doctrina, pero no hay vida; no se sale de la ortodoxia, pero falta experiencia personal de lo que se habla y “novedad” que nace de la hondura.

         Los “letrados” de todos los tiempos y latitudes tienden a ofrecer “doctrina enlatada”, a la que asienten cansinamente los fieles, pero que no aporta nada nuevo. Suele ser un recitado de conceptos aprendidos, adornados con opiniones de letrados anteriores o de superiores jerárquicos, como si la falta de experiencia de lo que se dice se quisiera compensar con la multitud de citas de otras “autoridades”.

En un trabajo reciente, el teólogo jesuita Aloysius Pieris afirma que el enfoque escolástico, para hablar de la espiritualidad, no es más que la propia timidez escondiéndose tras la autoridad de fuentes secundarias. Y comenta que Ignacio de Loyola se lamentaba de que el estudio de la teología escolástica había secado su corazón, por lo que recomendaba el estudio de la teología positiva o afectiva de los Padres de la Iglesia.

                  

         En cualquier caso, el verdadero maestro habla de lo que ha visto y experimentado. Por eso, se atreve a hacerlo en primera persona. Ha pasado por un proceso en el que ha experimentado la prueba, aprendiendo a “poner nombre” a lo que iba viviendo.

         En ese recorrido, ha sido llevado a honduras que, sin pretenderlo, le permiten conectar con las vivencias más profundas de las personas que, a su vez, se sienten reconocidas y “leídas” en su interior. Es comprensible: en lo hondo, todos estamos ya conectados; como los islotes que aparecen separados en la superficie, pero que en realidad comparten la misma tierra común en niveles subterráneos; como los pozos que vemos igualmente separados, pero que no son sino portadores de la misma agua que, subterráneamente, los “une” a todos. 

         Javier Melloni habla de las “tres etapas” por las que pasan las religiones: la chamánica, la sacerdotal y la de sabiduría. La primera está caracterizada por la novedad, que aporta el “iniciador” de la misma. La segunda, por la repetición que busca conservar lo recibido: es la tarea del clero. La tercera, finalmente, por la interiorización del mensaje, que hace superflua tanto la rigidez de la etapa anterior como el rol del “clero” como una clase separada.

         Según este esquema, parece claro que en la segunda de esas etapas no puede haber novedad; más aún, todo lo que suene a nuevo será visto como peligroso y, con frecuencia, perseguido. La prioridad, en esa etapa, consiste precisamente en no alterar nada de lo recibido de la tradición anterior.

         Indudablemente, esta rigidez otorga seguridad –“siempre se ha hecho así”-, a la vez que poder a la clase sacerdotal, encargada de la vigilancia doctrinal u ortodoxia. Pero conlleva el riesgo de esclerotizarse, alejándose cada vez más de la vida y de las preocupaciones de las personas.

         El contraste, por tanto, es patente: el maestro espiritual –en nuestro caso, Jesús- es alguien que crea algo nuevo; la clase sacerdotal, por el contrario –incluso siendo sucesora de ese mismo maestro-, busca por encima de todo conservar. El mensaje de ésta tiende a ser, por su propio papel, reiterativo y rutinario; el del maestro, sin embargo, por más veces que se le escuche, siempre sabe a nuevo.

         Se comprende también que, precisamente por enseñar algo “nuevo”, Jesús fuera acusado de “blasfemo” por la autoridad sacerdotal, que no cejó hasta conseguir que fuera ejecutado.

 

         Parece que nos encontramos en un momento en el que podemos superar la segunda etapa –de la rigidez doctrinal-, gracias a la interiorización del mensaje de Jesús. Si lo hacemos, conectaremos con aquella misma novedad del maestro –expresada hoy, lógicamente, en nuestro propio lenguaje o “idioma cultural”-, y podremos llevar algo de luz y de calor a tanta gente que busca, porque se sentirá “alcanzada” en su corazón.

         Esto requiere que, siguiendo a nuestro “maestro interior”, pasemos por la experiencia, recorriendo nuestro propio camino espiritual. Ese camino nos conducirá más y más a nuestro “centro”, ese centro que compartimos con todos los seres. Por eso, cuando hablemos desde él, notaremos vibrar los corazones de quienes nos escuchan.

 

         El evangelista escenifica el “enseñar con autoridad” de Jesús en un relato de exorcismo. Más allá de las explicaciones que se puedan dar de este fenómeno (he intentado resumirlas en el libro Sabiduría para despertar. Una lectura transpersonal del evangelio de Marcos, Desclée de Brouwer, Bilbao 2011, pp. 57-58), parece claro que “habla con autoridad” quien es capaz de domeñar sus propios “demonios interiores”, todo aquello que tiende a arrebatarnos la libertad interior: nuestros miedos, necesidades, mecanismos o funcionamientos que nacen del ego y giran en torno a él.

         Por eso, “hablar con autoridad” implica una desapropiación del propio ego. Y así comprendemos las tres características básicas de un maestro espiritual: la experiencia personal, la humildad y la coherencia o integridad. Tres rasgos que caracterizaron también al maestro de Nazaret, tal como se recoge en los textos:

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Domingo V Tiempo Ordinario

5 febrero 2012

 

  Evangelio de Marcos 1, 29-39

       

 

         En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Y la fiebre la dejó y se puso a servirles.

         Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían no les permitía hablar.

         Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:

         ¾ Todo el mundo te busca.

         Él les respondió:

         ¾ Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.

         Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

 

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CUERPO ESPIRITUAL Y SILENCIO CREADOR

 

 

         Prácticamente al inicio de su evangelio, Marcos nos ofrece un sumario, en el que parece querer sintetizar la obra de Jesús, subrayando su actividad sanadora, su dimensión orante y la comprensión de su misión como anuncio de la Buena Noticia (eso significa la “predicación”).

        

         Jesús fue un sanador o, por decirlo con un térmico técnico, un “taumaturgo” (literalmente, “hacedor de milagros”). En un nivel de conciencia mágico o incluso mítico, el taumaturgo era considerado como un mago, alguien poseedor de poderes especiales o que, gracias a la ayuda sobrenatural, podía realizar acciones portentosas que no estaban al alcance del común de los humanos.

         Precisamente por haberse vinculado el “milagro” con la “magia”, en el nivel racional de conciencia, todos los hechos considerados “milagrosos” son puestos en cuestión y, frecuentemente, considerados falsos, invención de unos pocos y objeto de la credulidad de la mayoría.

         Desde nuestra perspectiva parece que es posible adoptar una actitud más ajustada: existe un nivel de realidad que escapa a nuestra mente consciente y que, sin embargo, no es reducible a la magia ni a la ingenua credulidad de la gente.

         Progresivamente vamos aprendiendo a ser más humildes ante la realidad. Si la ciencia nos dice que apenas vemos el 4% de la realidad de la que ella puede dar razón –existiría un 23% de materia oscura y otro 73% de energía oscura-, ¿qué credibilidad podemos dar a nuestros sentidos y a nuestra mente cuando salimos del pequeñísimo espacio que ella puede controlar?

         Simultáneamente, es también la propia ciencia la que empieza a hablarnos del poder de la mente sobre la materia. Algo que no debería ya extrañarnos, si tenemos en cuenta que todo lo que existe no es sino energía en diferentes niveles de “condensación”: determinadas actitudes mentales y vitales, desde el amor hasta la autosugestión, pueden “canalizar” la energía de una forma determinada y provocar reacciones que resultan incomprensibles para el grado de conocimiento del que hoy disponemos. Por citar un solo caso: si las investigaciones de Masaru Emoto han demostrado que un simple pensamiento puede modificar el “dibujo” de la estructura de las moléculas del agua, ¿cómo dudar del impacto de nuestros pensamientos y sentimientos en el mundo que nos rodea? (M. EMOTO, Mensajes del agua. La belleza oculta del agua, La Liebre de Marzo, 11ª edición, 2010; pueden también consultarse diversas páginas web, comentando esos experimentos).

        

         En lo que se refiere a nuestro tema, si bien los relatos de milagro han sido, en su mayoría, elaborados (y “magnificados”) en forma de catequesis por la primera comunidad cristiana, parece claro que Jesús realizaba obras que llamaban la atención y que eran consideradas “milagrosas” por sus contemporáneos. De hecho, en el evangelio se afirma que el debate no estaba centrado en torno a si el maestro de Nazaret obraba prodigios, sino en la discusión sobre a qué habría que atribuirlos: al poder de Dios o a fuerzas demoníacas por las que estaría poseído (Marcos 3,22).

         La lectura que los propios evangelios hacen de ello se resume en una sola expresión: “Toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos” (Lucas 6,19). A mi entender, eso es la definición de que lo está llamado a ser todo cuerpo: un “cuerpo espiritual”, es decir, un cuerpo que comunica una fuerza sanadora, como “canal” por el que fluye la Vida en beneficio de todos.

         Hablar de la fuerza que salía de su cuerpo, significa reconocer la transparencia, la verdad, la profundidad, la unificación y la bondad amorosa del propio Jesús, cauce limpio del Amor en una conciencia de Unidad.

 

         Según el texto, Jesús alimentaba su vida en la oración. Si tenemos en cuenta que lo que estamos comentando es un “sumario”, podemos concluir que el hecho de “levantarse de madrugada y marcharse al descampado a orar” era algo habitual en él; formaba parte de su actividad cotidiana.

         La “noche” y el “descampado” –el silencio que precede al nacimiento del nuevo día- han sido siempre buscados por aquellas personas que deseaban vivir conectadas con su Anhelo más profundo, con su “maestro interior”.

         Todos tenemos experiencia de la multitud de “voces”, externas e internas, que nos bombardean constantemente, hasta el punto de correr el riesgo de convertirnos en marionetas de unas y otras. Cuando esto nos ocurre, sobrevivimos en una superficialidad vacía o quedamos enredados y reducidos a pensamientos inestables y egocentrados.

         Necesitamos del silencio, que no es sólo ausencia de ruidos externos –si bien esto lo puede facilitar-, sino, sobre todo, acallamiento de nuestro “murmullo interno” y del protagonismo de nuestro ego.

         Javier Melloni lo ha expresado de una forma inspirada: "El silencio comienza por ser una práctica y acaba convirtiéndose en un estado. Porque el silencio no es ausencia de ruido, sino ausencia de ego. Acallar el ego significa pasar de una perspectiva autocentrada y depredadora a una actitud receptiva y reverente ante la realidad. Este cambio de perspectiva opera como una espaciosidad que se abre entre nosotros permitiendo que se haga transparente la Presencia que todo lo sostiene".

         Ese Silencio nos pone en contacto inmediato con lo que realmente somos. Por eso –quien lo experimenta, lo sabe-, es fuente de libertad interior, de compasión y de creatividad.

         El Silencio es la Quietud de donde todo brota, tal como cantan estos versos atribuidos al maestro Lao-Tsé (siglo VI a.C.), de quien se suele decir que es el autor del Tao te Ching:

 

Treinta radios convergen

en el eje de la rueda,

pero es su vacío

el que la hace útil.

Se recoge arcilla

y se modela la vasija,

pero es su vacío

el que la hace útil.

Se abren puertas y ventanas

al edificar una casa,

y es el vacío interior

el que la hace útil.

Así, el Ser nos da el Servicio

y el No–Ser da la utilidad.

 

        Para terminar, quiero ofrecer una sencilla “guía” para ejercitarnos en la práctica:

 

Escucha el silencio…

Percibirás enseguida los ruidos que te rodean… Pero permanece atendiendo al silencio, y notarás cómo los ruidos caen en ese vacío.

Vendrán pronto pensamientos… Pero permanece atendiendo al silencio, y notarás cómo los pensamientos caen también en ese vacío: un pensamiento es mucho menos que ese puro estar despierto y atento.

Sigue escuchando el silencio…

ningún concepto, ninguna imagen,

sólo silencio…

Vuelve a esa práctica, una y otra vez…

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